Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #14
Prat tampoco era republicano, era más bien un agitador pragmático, y un hombre de orden, así que cuando Guimerà y Aldavert se separaron del Centre para fundar la Lliga de Catalunya, el joven jurista se fue con ellos, por la sencilla razón de que tanto él como sus compañeros eran unos lectores fanáticos del periódico de Guimerà y Aldavert, La Renaixensa.
Sin embargo, aunque muchos creen que La Renaixensa fue el primer periódico en catalán (a partir de 1881 fue el único que se imprimía en esa lengua en Barcelona), en realidad, como ya sabemos, el primero lo había fundado el mismo Almirall (Diari Català, en 1879).
Unos jóvenes inquietos, que iniciaron la primera generación modernista, recogieron el testigo de Almirall y, lamentando que hubiera desaparecido el Diari Català, crearon la revista L’Avenç, subtitulada «Periòdich catalanista» para continuar la línea federalista del maestro.
Jaume Massó i Torrents tenía solo dieciocho años cuando fundó la revista junto a Ramon Casas y Josep Meifrén.
El 3 de enero de 1881, se distribuyó entre los amigos una tirada del número cero de L’Avenç.
La dirección indicaba la calle de Cucurulla, 3; era el domicilio de los padres de Massó.
La revista empezó con una tirada de tres mil ejemplares, de los cuales se solían vender dos mil quinientos (Balcells, 2013a: 14).
A partir del número 7 (abril de 1882), la revista se volvió mensual.
Massó publicaba en ella artículos sobre antigüedades gloriosas de Cataluña (el Arco de Bará, las murallas de Tarragona, la ermita de Sant Andreu del Coll, en la Garrotxa) y también elogió calurosamente la trayectoria de Frederic Soler.
Figuraba como director Ramon Domènech Perés, y estaba abierta a los veteranos de la Renaixença: Frederic Soler, Conrad Roure, el naturalista Narcís Oller, el inevitable Àngel Guimerà, como poeta, y los mejores críticos del momento: Josep Yxart y Joan Sardà.
La guardia joven era nutrida: Ramón D. Perés, Ape l· les Mestres, Francesc Matheu, Lluís López Oms y el propio Massó i Torrents.
Santiago Rusiñol se encargaba de la crítica artística, que firmaba con tres letras M.
La palabra «modernista» fue utilizada por primera vez en catalán en un artículo de Perés, el 15 de enero de 1884, mientras Massó i Torrents estaba en Manchester (Balcells, 2013a: 20).
Porque Massó no se quedó en Barcelona contemplando el río de la vida, sino que salió de viaje en 1884 y no volvió hasta tres años después.
Estuvo en Inglaterra, estudiando procesos de fabricación textil, en París, Hungría y Austria.
A París fue en 1886, acompañado de Yxart y Oller, que iba para conocer a Zola.
Entre el 7 de mayo y el 14 de julio de 1887 publicó en La Renaixensa un total de cinco crónicas dedicadas a Hungría.
El asunto no era políticamente baladí, puesto que se estaba empezando a conciliar la idea de que la monarquía hispánica podía convertirse en un ente bicéfalo como el Imperio austrohúngaro.
Prat, que era un forofo del periódico, debió de leer esas crónicas de Massó, y quién sabe si influyeron sobre una de sus ideas políticas más importantes.
A la vuelta, tomó como socio a Joaquim Casas-Carbó, y la ampliación de capitales permitió renovar la revista L’Avenç, que se convirtió en la palestra de los escritores y artistas del Modernisme.
Tanto Casas-Carbó como Domènech Perés, que acabó dirigiendo L’Avenç, eran hijos de indianos, es decir, hijos de catalanes que habían vuelto a Cataluña con fortunas adquiridas en América.
El equipo editor estaba bien relacionado con los cuadros culturales del catalanismo: Amèlia Massó, hermana de Jaume, contrajo matrimonio con Josep Rogent, hijo del famoso arquitecto Elies Rogent.
El pintor Ramon Casas y Josep Meifrén, cofundadores del primer L’Avenç, habían sido compañeros de colegio de Massó.
Este siguió una trayectoria académica autodidacta, tomando de aquí y de allí solo los cursos y lecciones que le interesaban, hasta convertirse en uno de los mayores especialistas de la época en poesía medieval catalana y provenzal.
Massó aún alcanzó a escuchar al viejo Milà i Fontanals en su último curso académico en la Universidad, pues murió en 1884 después de haber puesto los cimientos de la filología catalana.
También pudo disfrutar de las clases de Joaquim Rubió i Ors, el autor de Lo gaiter del Llobregat (1841), superviviente de la primera Renaixença romántica.
Manuel de Bofarull, director del inmenso Archivo de la Corona de Aragón, le enseñó paleografía, y el sacerdote encargado de unirle en matrimonio con Josefina Ventós fue ni más ni menos que el poeta Jacint Verdaguer.
En 1891, se fusionaron las dos asociaciones excursionistas más importantes del país: la Associació Catalanista d’Excursions Científiques, que se había fundado en plena época positivista, en 1877, y la Associació d’Excursions Catalana, más liberal.
De la unión surgió el Centre Excursionista de Cataluña, auténtica red social de los intelectuales catalanistas.
Lo presidió Antoni Rubió i Lluch, hijo de Rubió i Ors y sucesor de Milà i Fontanals en su cátedra de Literatura.
Massó i Torrents se convirtió en uno de los socios más activos del nuevo Centre, y fue su secretario entre 1896 y 1900.
En 1908 fue nombrado vicepresidente de la entidad, y la presidió entre 1915 y 1919.
El primer número de la segunda época de la revista de Massó vio la luz el 25 de enero de 1889; la sede se había trasladado a la calle Boters, número 3, y en lugar de lanzar dos mil ejemplares como en 1882, los editores optaron por una cantidad más prudente: quinientos ejemplares.
Nunca se pudo alcanzar la tirada de tres mil ejemplares, y hubo de contentarse con esos modestos quinientos...
A la revista le habían salido imitadoras más baratas en la ciudad.
Joventut, la gran revista de la segunda generación modernista, que también se subtituló «Periòdich catalanista», se planeó en un local de la calle Montsió en 1899, y lanzó su primer número el 1 de enero de 1900.
La pagó Oriol Martí y la impulsaron Lluís Via y Emili Tintorer.
La empresa no fue trascendental solo por la revista, inferior en calidad a L’Avenç, sino por las obras literarias que publicó, de primer orden: las Disperses, de Joan Maragall, y Solitud, de Caterina Albert, «Víctor Català».
Como fichaje estrella, los editores de Joventut recuperaron a un ya veterano Pompeu Gener, el filósofo iconoclasta que había publicado La Muerte y el Diablo en 1884.
A partir de 1902, Via solicitó la colaboración de Carme Karr para la crítica musical, que firmó con el seudónimo «Una liceísta».
El mismo Via le prologó su primer libro de narrativa, titulado Volves (1906) y publicado con el seudónimo «L’Escardot», que la autora adoptó para algunas publicaciones periódicas.
En su propia revista, Feminal, su seudónimo era «Joana Romeu».
Los nombres más destacados de Feminal fueron Dolors Monserdà, Francesca Bonnemaison, Caterina Albert y Narcisa Freixas, compositora y profesora de música.
Con el cambio de siglo, Jaume Massó abandonó paulatinamente la literatura de creación y se fue especializando en trabajos de erudición filológica e histórica: entre 1901 y 1907 fueron viendo la luz los siete volúmenes de su Revista de Bibliografía Catalana, publicación enciclopédica que creó, redactó y publicó en solitario.
En 1892, tuvo un disgusto: Raimon Casellas, crítico de arte, dejó L’Avenç para integrarse en La Vanguardia; posteriormente, también abandonaría ese periódico para unirse a la empresa de Prat, La Veu de Catalunya.
Como narrador, Casellas dio el pistoletazo de salida para la novela modernista con su genial Els sots feréstecs (1901), que Massó quiso contrarrestar con un texto más urbano: Desi l·l usió (1904), que ya había publicado en la revista Catalònia.
Sin embargo, a Massó no le llegó el éxito por una novela, sino por un libro de relatos, Croquis pirinencs, que reunía doce historias seleccionadas de entre las que había ido publicando en L’Avenç desde 1889.
El aire del libro era más naturalista que simbolista.
La primera edición, agotada rápidamente, apareció en 1896; la segunda, en 1903, y la tercera, ya en época clasicizante, en 1910.
Todas las publicó L’Avenç mismo. En 1921, Josep Carner recuperaba el volumen para la Biblioteca Catalana que dirigía en la Editorial Catalana.
Un día pasó por la redacción de L’Avenç un joven que venía de Sant Andreu del Palomar lleno de ideas republicanas y obreristas: era el dramaturgo Ignasi Iglésias.
Massó y Casas-Carbó no dudaron en fichar a aquel poeta noble y exaltado: su obsesión por retratar al pueblo llano en cuadros entendibles y asequibles para todos encajaba a la perfección con el espíritu federalista de L’Avenç.
Iglésias recordaba al viejo Verdaguer pero pasado por el filtro y los aromas de Ibsen.
Un tiempo más tarde los editores ficharon a otro personaje mucho más estrafalario por el que Massó pronto empezaría a sentir devoción: el pensador Jaume Brossa, hombre enorme de conversación tropical e incontenible.
Con el tiempo, gracias a las reflexiones inflamadas que Brossa fue publicando en L’Avenç, el pensador se fue convirtiendo en el principal adalid del regeneracionismo catalán.
La voz de los más radicales (Brossa mismo, Pere Coromines y Pompeu Gener) se dejó oír en el periódico Ciencia Nueva, vanguardia de los intelectuales anarquizantes.