Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #13
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Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #13

En el Centre Escolar Catalanista, ya empezó a destacar.

Lo presidía el también abogado Narcís Verdaguer i Callís, partidario de abrir inmediatamente sucursales de la institución en cada comarca de la geografía catalana.

Prat criticó esta visión y propuso otras prioridades: opinaba que el catalanismo todavía no era fuerte y que debía consolidarse aún en Barcelona, para que el Cap i Casal del Principado pudiera irradiar una nueva ideología nacional, desligada del integrismo católico.

Entendámonos: nadie ganaba a Prat en cuanto a devoción.

Pero para construir un edificio moderno, este tenía que separarse explícitamente del carlismo (lo observó Pla con agudeza en su Homenot) .

La estrategia imaginada en 1887 fue la que mantuvo Prat durante toda su vida: conquista de cátedras de instituto, conquista de la prensa, acción de gobierno desde Barcelona derramándose hacia el resto del país...

Y eso que Prat no procedía precisamente de un ambiente urbano...

En 1889, recordaba Prat, habían empezado los triunfos del catalanismo.

En las Cortes se debatía un nuevo Código Civil; la Lliga Catalana estimó que el Derecho propio catalán estaba en peligro, así que organizó mítines de protesta por toda la geografía del país: el resultado fue considerado la primera victoria de la plataforma, que consiguió que el artículo 15 del nuevo código no estableciera la preeminencia del derecho castellano sobre el catalán.

Los nacionalistas se envalentonaron y, durante la primavera de 1891, el Centre Escolar Catalanista, con Prat al frente, pidió a la Diputación que se fundara una cátedra de Derecho catalán que fue denegada por una presunta falta de presupuesto.

Este episodio revela uno de los rasgos más acentuados de las actuaciones de Prat: la tenacidad jurídica, la insistencia en ir arrancando poco a poco ventajas desde el regionalismo y la ley para consolidar un proyecto de restauración nacional.

Fracasada la intentona de la cátedra de Derecho catalán, se fundó la Unió Catalanista ese mismo 1891, con Prat como secretario.

Pero allí aún no era el jefe; continuaron predominando los gerifaltes historicistas: el dramaturgo Àngel Guimerà, el abogado Verdaguer i Callís, el jurisconsulto Joan Josep Permanyer, que llegó a presidente del Colegio de Abogados de Barcelona y del Ateneu Barcelonès, el arquitecto Domènech i Montaner, primer presidente de la Unió, el bibliófilo Pau Font de Rubinat, tesorero de la Unió, y el historiador Josep Coroleu.

Es decir, precisamente la generación posromántica que superarían Cambó, Eugenio d’Ors y Prat a principios del siglo XX .

La primera asamblea general de la Unió Catalanista se celebró en Manresa entre el 25 y el 27 de marzo de 1892.

En Manresa se aprobaron unas ponencias autonomistas que habían sido redactadas previamente en Barcelona.

A Prat no le convencieron demasiado: por una parte, pensaba que no se había reflexionado suficientemente sobre la personalidad catalana (puesto que se trataba de reconstituir una nación, y no solo de liberarla), y tampoco se había examinado la cuestión de qué instituciones medievales fueron un lastre para el progreso y cuáles podrían ser recuperadas para imaginar un futuro factible para el país.

Prat defendía cierto historicismo, pero no caía en entusiasmos románticos: lo que se aprobara en Cataluña debía ser aplicable, actual, depurado, funcional y realista, nunca inactual o anacrónico.

Otro rasgo de su pensamiento era el corporativismo: Prat era antiparlamentarista, imaginaba una monarquía con poder ejecutivo y legislativo, con reyes sometidos a las leyes aprobadas en las Cortes, Cortes divididas en brazos y no en partidos políticos, como en el Medievo.

Prat era un hombre serio, se imponía porque el mando tranquilo era consustancial a su ser.

No perdía los estribos, no se desviaba en deliquios.

En 1888 ya ejercía la secretaría de la junta de la sección de Derecho y Filosofía y Letras del Centre Escolar Catalanista; en 1890, justo tres años después de haber ingresado en él, ya se había convertido en su presidente.

En 1894 salía por primera vez de Cataluña para instalarse en Madrid y preparar y defender su tesis doctoral.

Prat acudió a José Canalejas, abogado y profesor auxiliar en la Universidad Central de Madrid, en busca de consejo.

El futuro presidente del Consejo de Ministros frenó las aspiraciones demasiado teóricas del joven catalán y le recomendó un trabajo claro y práctico sobre derecho industrial.

A Prat Madrid le parecía un cuchitril insoportable, así que terminó con las gestiones lo más rápido que pudo, a diferencia de Eugenio d’Ors, que gastó dos años remoloneando por la capital y pululando por las calles durante las noches de juerga, bebiendo con Julio Camba.

En cambio, Cambó y Puig i Cadafalch habían resultado escogidos concejales en el Ayuntamiento de Barcelona, y desde 1901 hacían política seria contra dos objetivos claros: los oxidados monárquicos y los seguidores del radicalismo republicano que se irían agrupando en torno a la figura demagógica de Alejandro Lerroux.

Barcelona crecía a ojos vistas desde la época de Rius i Taulet y el año de la Exposición.

En 1900, la ciudad contaba con 533.000 habitantes, unos 174.

000 más si contábamos la población de los municipios recién integrados o aún autónomos.

Diez años después, vivían en Barcelona 50.

000 personas más, de los cuales un tercio eran de clase obrera (Aisa, 2019: 18).

El Prat abatido en el antro carcelario compara su situación presente con su discurso inicial como presidente del Centre Escolar Catalanista.

Él nunca fue amigo de destacar, ni de protagonizar grandes polémicas (aunque sostuvo una sonada con Leopoldo Alas, «Clarín»; el de Oviedo desde La Publicidad el 7 de enero y el 7 de marzo de 1896, y Prat desde La Renaixensa el 19 de febrero y el 1 de abril de 1896).

La polémica entre ambos estalló porque Alas consideraba el catalán un «dialecto» que se enfrentaba a la erosión de la Historia.

Prat replicaba que la castellana era una civilización decadente, incapaz de imponer una cultura dinámica.

Es lo que desarrolló en forma de catecismo nacionalista en el librito Compendi de doctrina catalanista, que escribió a cuatro manos con su amigo Pere Muntanyola, con el que luego se peleó.

Prat sabe perfectamente que ahora pena en un calabozo, en parte, por lo que publicó allí.

Lo que escribieron los dos amigos era de un anticastellanismo radical y frontal.

Del opúsculo, Prat mandó imprimir más de cien mil ejemplares.

En gran medida, Prat se hizo popular a causa de aquel escrito.

En 1897, junto al historiador Jordi Rubió i Lluch, volvió a la carga redactando el Missatge dels catalans a S.M.

Jordi I, rei dels He l·l ens. Creta acababa de sacarse de encima el yugo turco, y en el texto se insinuaba que Cataluña era otra Creta que tenía que desprenderse a cualquier precio del dominio de otro imperio decadente: España.

Como podemos imaginar, a las autoridades no les hizo precisamente gracia la comparación.

Fue su época más dedicada a la confrontación.

Sin embargo, Prat evolucionó y era más bien amigo de dirigir los tinglados y las campañas desde las bambalinas, construyendo con mano firme pero sin que se notara demasiado, sin provocar conflictos agudos.

Sus discursos no eran rimbombantes ni resonantes, pero dejaban las cosas claras.

En esa ocasión, en 1890, sentó las bases de su pensamiento político posterior.

Su papel se llamó La Nació com a subjecte de Dret Natural, y estaba empapado de patriotismo catalán.

La novedad es una concepción que pasaría a su libro principal, La Nacionalitat Catalana (1906), y que se situaría en la base de la Lliga Regionalista, el partido que cofundaría en 1901: la Nación era una entidad natural, y el Estado una fabricación artificial que no tenía en cuenta las especificidades de los pueblos.

Si España como ente centralista era un error político, era porque restaba energía a sus componentes, irreductibles entre sí.

Todo esto, cuando llegó a manos del filósofo madrileño José Ortega y Gasset, que tuvo que vérselas con Cambó, le produjo una gran ira y un gran sentimiento de desprecio.

Pero lo curioso es que Ortega acabó llegando a la misma conclusión que Prat (es decir, que el Estado era una construcción artificial), pero le dio un valor distinto.

Para Prat y Cambó, los imperios debían superar el ciego y mediocre centralismo de los Estados decadentes; para Ortega, desde El Escorial partía una energía nacional que debía ser capaz de entusiasmar e implicar a todas las regiones de la gran España.

Para los regionalistas, España solo podría ser grande si admitía su naturaleza compuesta.

Para los patriotas liberales, solo un centro fuerte podía dignificar toda la construcción histórica estatal y llenarla de sentido.

Pero de todo esto, en 1902, Prat aún no sabía nada.

De momento lo habíamos dejado en su celda meditando sobre los giros de la Fortuna y madurando sus teorías políticas, que acababan de llevarle a la cárcel: una mixtura del teórico de los nacionalismos Hippolyte Taine, el historicismo de Savigny y el positivismo de Leplay y Comte.