Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #9
A partir de la fundación de Els Quatre Gats, la gente del arte y la farándula empezó a acostumbrarse a los cafés de aspecto modernista.
Algunos llegaron a ser suntuosos, como por ejemplo, el Torino, en el paseo de Gràcia esquina Gran Via, obra de Ricardo Capmany con la colaboración de Gaudí y de Puig i Cadafalch.
En 1902 recibió el Premio del Ayuntamiento al Mejor Establecimiento Comercial.
Su propietario, Flaminio Mezzalama, introdujo el vermut en Barcelona.
El espacio que ocupaba ese café lujoso cambió totalmente de aspecto, y hoy es la Joyería Roca, obra racionalista de Josep Lluís Sert.
Al año siguiente, consiguió ese mismo premio el interior de la Fonda España, obra de Domènech i Montaner que contaba con una chimenea espectacular del escultor Eusebi Arnau.
En este caso, el conjunto se ha conservado hasta la actualidad.
El Café de la Luna, que se trasladó a la plaza de Catalunya con la Rambla de Catalunya en 1909, también recibió el premio al mejor establecimiento. Su interior fue obra de Salvador Alarma y Miquel Moragas, tío y sobrino que solían trabajar como escenógrafos en el Liceu.
Eusebi Arnau diseñó también las figuras que decoraban las lámparas de la fachada de la Fundición Artística Masriera (calle Ferran, 51), establecimiento comercial del mejor orfebre del Modernismo, Lluís Masriera.
El éxito le llegó a espuertas a partir del año 1901, cuando empezó a exponer sus innovadoras joyas: el nuevo estilo acabó colándose en todos los aspectos de la vida burguesa barcelonesa.
En 1901 estalló en Barcelona una violenta huelga de tranvías.
Teresa Claramunt, detenida junto a muchos otros líderes obreros (Castellote, Sempau, López Montenegro), se había radicalizado y se había convertido al anarcocomunismo.
Acababa de romper con su marido y su pareja era ahora Joan Baptista Esteve, alias «Leopoldo Bonafulla», zapatero de oficio, que dirigía el semanario El Productor.
Exigió la huelga general en un mitin en el Circo Español (16 de febrero de 1902), en el que participó estando ya embarazada.
La huelga revolucionaria estalló al día siguiente, dejando un reguero de sangre espantoso: doce muertos y cuarenta y cuatro heridos.
Se declaró de nuevo el estado de guerra y se instaló artillería por las calles.
Los ánimos no se calmaron hasta el día 24.
Teresa y Leopoldo Bonafulla fueron desterrados a Andalucía, donde encontraron la tierra abonada para sus labores de agitación: se dedicaron a hacer campaña acompañados de los redactores de Tierra y Libertad.
Al volver a Barcelona, encontraron el movimiento obrero prácticamente desarticulado, y con la militancia desmovilizada.
Corrió el rumor de que Bonafulla colaboraba con José Canalejas, y la pareja fue marginada dentro del movimiento libertario.
Fue el momento de mayor producción periodística por parte de Claramunt, que publicó una setentena de textos en El Productor entre 1902 y 1907.
El dandi Pompeu Gener, genial y caótico, funcionó como cadena de transmisión entre el mundo abigarrado de la rebotica de Pitarra y las peñas del Modernismo.
Gener ya no era un romántico, sino un cosmopolita pleno.
Imprimía unas tarjetas de presentación donde se autodenominaba «Savant catalan», con domicilio en el Grand Boulevard Petritxol.
Barcelona. Como todo el mundo sabe, la importantísima calle de Petritxol no es precisamente ancha...
Gener ganó fama en 1891 con un extraño libro de aforismos, Los Cent Conçeyls del Conçeyl de Cent, como si los hubiera escrito un tal Fra Feliu Pi de Sant Guiu.
El prólogo lo firmaba J.M. Buscaengrunes, es decir, Buscamigas.
El tono general era bastante barroquizante y neopopular: «Mai ningú no se n’ha penedit / de no haver-se mamat el dit?
», o bien «Mai farà discursos bons / qui s’atipi de cigrons».
Gener se convirtió desde joven en el monarca de las anécdotas y el chiste fácil en Barcelona, un trono que le disputó luego el pensador Pujols, si bien lo cierto es que cuando se sentaba a reflexionar y a escribir en serio, Gener era uno de los mejores ensayistas de su tiempo.
En su boulevard se exhibió, en 1892, una curiosa pintura realista de Galofré Oller: Pena de azotes, en la que se veía a un pobre reo encima de un burro mientras recibía los trescientos azotes prescriptivos de aquel tipo de condena, en vigor hasta principios del siglo XIX .
El pobre infeliz recibía tres azotes en cada esquina que cruzaba la comitiva, hasta completar un total de cien paradas en las que recibía los latigazos.
La gente hacía cola delante de la Sala Parés para ver esa escena, un recuerdo macabro de algunas prácticas que ya empezaban a quedar muy atrás.
Gener publicaba artículos filosóficos en la revista Joventut, sobre Kant, sobre Nietzsche...
Entretanto, dos autores menos conocidos se atrevieron con la filosofía de la música, Óscar Esplá y Josep Soler.
El primero se había formado en Alemania con Max Reger, y el segundo tuvo como maestro al compositor Taltabull, que también había sido discípulo de Reger.
La verdad es que la ciudad no era amable con sus músicos, que no tardaban en marcharse de Barcelona a Madrid, París o Estados Unidos en busca de un sustento digno.
La emigración fue el destino de los mejores músicos catalanes del momento: Benvingut Socias, Ferran Via, Santiago Ribera, Joan Manén y Amadeu Vives (Cuscó, 2022: 13 y 14).
El filósofo Pujols lo denunció en las memorias que dictó a Artur Bladé: Amadeu Vives hizo mucho dinero fuera de Cataluña, el maestro Enric Morera consiguió flotar con cierta precariedad en Barcelona, pero Gay fracasó estrepitosamente y vivió en la miseria.
Pujols también pensaba que los mayores músicos que había dado Cataluña en el siglo habían sido Jaume Pahissa, en tiempos del Modernismo, y Manuel de Falla, de la generación del 27, acompañados por un grupo «académico» (Amadeu Cuscó, Juli Garreta, Frederic Mompou, Manel Blancafort, Conrad Saló, Robert Gerhard y Baltasar Samper) y otro más folklórico, donde situaba a Eduard Toldrà y los hermanos Lamote de Grignon.
También pensaba Pujols que la música catalana era demasiado concreta, demasiado doméstica, sin halo cósmico.
Con todo, la ciudad no acabó de enmudecer nunca y mantuvo cierto nivel (Cuscó, 2022: 50 y 58).
Los dos grandes, Pahissa y Falla, se fijaron en la poesía épica de Verdaguer para componer el primero Canigó, de 1910, y el segundo, Atlàntida, entre 1927 y 1946.
En Barcelona, Pablo Picasso mantenía buenas amistades: Carlos Casagemas, Jaume Sabartés, Joan Vidal y Ventosa, la familia Fernández de Soto, los Junyer-Vidal y, finalmente, los Reventós, que eran muy curiosos.
Isidre Reventós i Amiguet y Concepció Bordoy i Tuyet eran sus padres: los hermanos eran un total de nueve.
El patriarca, Isidre, era medio poeta y maestro de obras y llenaba a menudo la casa de músicos y artistas de todo tipo.
Eugeni d’Ors aún se acordaba de ella en una glosa tardía, «Los Reventós» (La Vanguardia, 3 de noviembre de 1949).
La glosa orsiana, de la interminable serie «Estilo y cifra», es de las buenas.
En aquella época, D’Ors reflexionaba a menudo sobre la naturaleza del Glosario, y las que iba publicando no siempre eran de las más exitosas.
La dedicada a los Reventós rezuma nostalgia de una época remota donde todo era más libre y desenfadado:
Un día, cuando casi criaturas, fuimos Picasso y yo a buscar a nuestro camarada Ramón Reventós a la casa paterna, sita entonces en la calle del Regomir.
Vendrían a ser las nueve de la noche, y la familia —¡costumbres hoy olvidadas!
— no es que estuviese ya a la mesa, es que estaba aún.
Se nos pasó a que esperásemos a un gabinete contiguo cuya acristalada puerta de comunicación al comedor fue discretamente cerrada.
Desde nuestro lugar no veíamos a los comensales, pero les oíamos perfectamente, incluso en los más leves ruidos de vajilla y cubiertos.
En un momento dado debió de servirse algún plato de verduras, de que la cocción culinaria había abusado, cuando alguien comentó, con una especie de caricaturesca zumba: «¡Esto parece un pienso para sirenas...
!». Se rió la gracia, de un lado de la vidriera y del otro.
Nosotros pensamos que venía de Ramón. O, tal vez, de su hermano Jacinto, a la sazón estudiante de Medicina.
Pero no: venía de una hermana, que tenía el mismo donaire imaginativo y los mismos timbre y acento. (...)
Nos es imposible, al apreciar hoy ese talante del médico, no asociarle memorias del humorismo de su hermano escritor, prematuramente perdido por nuestras Letras.
De cuando gustábamos en lo vivo, de sus consonantes sarcasmo, zumba, claridad, elasticidad, centelleo.
El primer golpe, en las invenciones de Ramón Reventós era corrosivo.
La lección final, tónica. «Si uno llorase, nos decía, para combatir los abandonos de la propia sensibilidad, la gente creería que le sale a uno el anís por los ojos.
» Pero, de ahí, se pasaba al «Sustine» de los estoicos: «Los hombres de nuestra clase no pueden llorar».
Ni hacerse, tampoco, grandes ilusiones. «Una vez, nos contaba cierto día, un sabio consiguió, a fuerza de años, investigaciones, experiencias, descubrimientos, que una planta pimentera diese tomates.
Convocó, en congreso, a los otros sabios.
Estos le dijeron que aquello era una tomatera. »