Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #7
Como cada septiembre, los barceloneses esperaban con ilusión la llegada de las fiestas de la Mercè.
Como cada año, en 1893 también iban a desfilar las fuerzas del orden, con sus caballos, sus uniformes y sus quepis, por la Gran Via.
El día 24, las familias acaudaladas aparcaban sus carruajes en los laterales del paseo; las gentes más humildes acudían a pie.
El capitán Arsenio Martínez Campos, uno de los artífices de la Restauración, era el capitán general de Barcelona y se situó con su caballo en la esquina con la calle Muntaner para contemplar el paso de las tropas.
La desgracia tuvo lugar cuando pasaban las últimas unidades.
Un joven ataviado con una blusa azul se acercó al militar y le dijo: «¡Mi general, ahí va eso!
», mientras deslizaba a su lado dos bombas esféricas tipo Orsini.
El caballo tomó la peor parte de la detonación, que hirió a dos generales de brigada, siete espectadores y un guardia civil llamado Jaume Tous, que murió poco después.
El público huyó despavorido en todas direcciones, creando una situación dramática y caótica.
Martínez Campos salió casi ileso del atentado, con una herida en la pierna que no le impidió asistir por la tarde a un acto en la Universidad.
El autor del ataque no solo no intentó escapar, sino que se quedó en el mismo lugar afirmando que él había sido el responsable.
Unos policías vestidos de paisano lo detuvieron inmediatamente y lo trasladaron al cuartel de las Drassanes.
Resultó ser un obrero de treinta y dos años que se llamaba Paulí Pallàs.
Había nacido en Cambrils, era impresor, estaba casado y tenía dos hijos.
En su casa la policía encontró propaganda anarquista.
La respuesta policial fue totalmente arbitraria e indiscriminada.
Ante la convicción de que Pallàs no había actuado solo, empezaron las detenciones masivas, las torturas en las comisarías y los juicios fraudulentos.
Para encerrar a los sospechosos se habilitó el castillo de Montjuïc, puesto que la odiada fortaleza de la Ciutadella había sido derruida en 1868.
El 29 de septiembre, Pallàs fue juzgado en consejo de guerra; el 2 de octubre fue trasladado al castillo de Montjuïc; el día 5 le fue comunicada la sentencia de muerte, y el 6 moría fusilado en uno de los glacis de la muralla.
El 21 de mayo de 1894, fueron fusilados seis anarquistas más por su presunta implicación en los hechos: cayeron Josep Codina, Manuel Archs, Mariano Cerezuela, Josep Sabat, Jaume Sogas y Josep Bernat.
La bomba Orsini, esférica y con dieciocho chimeneas, la había inventado el italiano Felice Orsini, que en 1858 atentó contra Napoleón III durante una representación de la obra Guillermo Tell (Brotons, 2015: 135-136).
Se iniciaba en Barcelona una espantosa dinámica de acción-represión que ya no se iba a frenar en décadas. Hasta los años de la Primera Guerra Mundial, lo que más abundaron fueron los atentados con artefactos explosivos; y, luego, el pistolerismo desatado en mitad de las calles.
Lo peor aún no había llegado. En la ciudad se había desatado el terror.
La policía iba encontrando explosivos en diversos domicilios privados, y la Diputación, ante nuevos alzamientos en Marruecos, optó por la prudencia y renunció a enviar cinco batallones de voluntarios.
El clima se fue enrareciendo con rapidez y todo el mundo esperaba nuevos atentados.
El 7 de noviembre de 1893, se iba a inaugurar la temporada de ópera en el Liceu con el estreno de Guillermo Tell, de Rossini.
Aunque fuera llovía intensamente, el teatro estaba lleno.
A las diez y cuarto de la noche, mientras empezaba el segundo acto de la obra, se vio un breve resplandor en la platea, seguido de una detonación sorda; los actores quedaron mudos y el público empezó a aplaudir sin saber lo que había ocurrido: había estallado una bomba en el asiento 24 de la fila 13, causando la muerte instantánea de catorce espectadores.
Un segundo artefacto, en el asiento 27 de la fila 17, no llegó a explotar.
Si lo hubiera hecho la hecatombe de aquella noche habría sido doble.
Los muertos fueron encontrados sobre todo en las filas 13 y 14.
La gente comenzó a huir en desbandada, provocando más víctimas.
El humo no dejaba ver nada y el suelo había quedado cubierto de sangre.
Finalmente, las víctimas mortales pasaron de veinte.
Aquel atentado cayó como una losa sobre el ánimo de la ciudad.
En primera fila, aquella noche se encontraban en la sala la escritora Dolors Monserdà y su marido, que salieron ilesos por la puerta de la calle de Sant Pau.
El 9 de noviembre se realizó un entierro colectivo, en el que desfilaron catorce carruajes.
El alcalde de la ciudad, Manuel Henrich i Girona, empresario, impresor y liberal sagastino, encabezaba la comitiva.
Los comercios no abrieron sus puertas y mucha gente llevaba un farol cubierto con una gasa negra.
El autor de la monstruosidad fue capturado en enero en Zaragoza.
Se trataba de Santiago Salvador Franch, hijo de campesinos, tabernero frustrado, jornalero y traficante de alcoholes.
El 1 de febrero fue internado en la cárcel de la calle Amalia.
Durante el juicio declaró cosas sorprendentes: en lugar de salir huyendo del escenario de su crimen, se quedó tranquilamente en el teatro contemplando la muerte, la agonía y el caos que había desatado.
Dijo al juez que su deseo era causar cuanto más daño mejor a la clase burguesa, matando indiscriminadamente; y en la culminación de su morbosidad nihilista, Salvador declaró haber subido al mirador de la estatua de Colón para ver pasar la comitiva fúnebre.
En la cárcel, Salvador intentó salvar la vida declarando que se había convertido al catolicismo.
Pero el 20 de noviembre de 1894 le comunicaron su sentencia: diecisiete años de cárcel por veintisiete asesinatos frustrados, y pena de muerte por los veinte asesinatos cometidos.
Fue ejecutado en el garrote vil en el patio dels Corders, adyacente a la cárcel.
La temporada del Liceu fue cancelada, y el Guillermo Tell de Rossini no se repuso hasta 1925. Curiosamente, en 1926, Eugenio d’Ors publicó su propia versión del clásico schilleriano, en una cuidada edición del valenciano Sempere.
La ciudad era un avispero. El 5 de febrero de 1893, unas tres mil personas acudieron a un mitin en el teatro Calvo-Vico de la Gran Via de les Corts Catalanes.
Los anarquistas y librepensadores barceloneses deseaban gritar bien alto su apoyo a la apertura de una capilla protestante en Madrid, inauguración que había enfurecido a la Iglesia católica.
Antonio Gurri y Josep Llunas i Pujals, director de La Tramontana (1881-1896), pudieron presenciar el acto, pero Teresa Claramunt se quedó fuera, interceptada por un policía, por el hecho de ser una mujer.
Cuando el mitin concluyó, estalló un tiroteo en la calle, en el que resultaron heridos un civil y tres agentes de policía.
La maquinaria represiva se puso en movimiento rápidamente.
Claramunt y Gurri fueron detenidos en su casa y encerrados en el castillo de Montjuïc.
Teresa Claramunt fue sometida a un consejo de guerra acusada de instigar disturbios y de proferir gritos subversivos en la vía pública.
Pronto se vio que aquel juicio era una farsa, porque cuando Claramunt preguntó a un policía que actuaba como testigo qué gritos habían sido esos, el agente no supo qué decir, alegando que no entendía el catalán.
La oradora se indignó y empezó a increpar a las fuerzas del orden dentro de la sala.
Al final fue condenada a cuatro meses de arresto domiciliario y al pago de una multa de ciento veinticinco pesetas.
Su marido, Antonio Gurri, fue absuelto por falta de pruebas.
El horror volvió a las calles de Barcelona el 7 de junio de 1896, cuando estaba terminando la procesión del Corpus de Sang en las inmediaciones de la iglesia de Santa Maria del Mar.
Otra bomba Orsini explotó en la calle dels Canvis Nous, dejando en la vía una visión espantosa de cadáveres, sangre, cuerpos mutilados y sillas desvencijadas.
En el acto murieron tres personas, cuatro más entre las víctimas de forma inmediata, y luego fallecieron otras cinco personas hasta finales de mes.
Entre los muertos hubo dos niños, que fueron transportados a su entierro en coches blancos.
El salvajismo de ese atentado advirtió a los barceloneses de que las personas humildes también estaban en el punto de mira, y ya no únicamente las élites.
Algunas voces señalaron a la propia policía o a matarifes de la patronal, pero no se pudo comprobar (Mendoza, 2003: 211).
La campaña represiva fue de una arbitrariedad nunca vista: unas cuatrocientas personas fueron detenidas, entre ellas numerosos intelectuales, propagandistas y escritores, y muchas torturadas salvajemente en el odiado castillo de Montjuïc.
Uno de los condenados a muerte, el pensador Pere Coromines, no tenía absolutamente nada que ver con la bomba de la calle dels Canvis Nous.
Encerrado en su celda, Coromines empezó a escribir su libro más célebre, Les presons imaginàries.