Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #6
8%

Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #6

El interés por los documentos y las piedras de la Cataluña medieval no hace más que aumentar en esos años.

Durante la exposición fue premiada la monografía de un joven arquitecto que luego dará mucho que hablar: Josep Puig i Cadafalch, yerno de Dolors Monserdà, con su estudio pionero Notes arqueològiques sobre les esglésies de Terrassa.

Hace casi un siglo (desde que el historiador ilustrado Capmany se puso a ello con ahínco) que los catalanes andan hurgando entre diplomas y documentos medievales, buscándose a sí mismos.

Aquella grandeza del pasado ha de sustituir la insoportable mediocridad provinciana en que había caído la Cataluña anterior a 1880.

El estilo ampuloso y medievalizante del Mensaje para la reina revela quién lo ha redactado: Àngel Guimerà, el fogoso dramaturgo romántico.

Justamente Guimerà había debutado como dramaturgo nada menos que en el Liceu, con su drama histórico Gala Placídia (1879).

Barcelona se negaba a ser una capital de provincia más: reclamaba un cetro, otra vez, algún tipo de liderazgo político efectivo, y a poder ser, imperial, como el del siglo XV .

Es el proyecto que acertarían a tratar de impulsar Prat de la Riba y Francesc Cambó durante los apretados primeros años del siglo XX , sobre todo entre 1906 y los años de la Primera Guerra Mundial.

Prat perfila ese proyecto en varios escritos más dinámicos que los de Guimerà: España debe ser una corona dual o bifronte, como el Imperio austrohúngaro.

María Cristina agradece el gesto con exquisita cortesía, pero al volver a Madrid nadie hace caso del papelucho, que cría polvo por algún lugar del archivo de Palacio.

En aquel momento, el arquitecto Gaudí ya trabaja a toda máquina.

Sus primeras obras maestras datan de los años ochenta: la Casa Vicens (1883-1885), un proyecto espectacular y multicolor, casi cubista, construido con soluciones inspiradas en Japón, se levantó en Gràcia; los pabellones Güell (1884-1887), en Pedralbes; y el magnífico Palau Güell (1885-1889), uno de los monumentos más singulares de la ciudad, en la calle Nou de la Rambla, con interiores visionarios.

Los noventa fueron los años de consolidación del Modernismo arquitectónico: Gaudí terminó el colegio de las Teresianas en 1894, y la Casa Calvet en 1899.

La Exposición de 1888 fue un auténtico trampolín para los creadores modernistas, y obligó a la ciudad a sacudirse sus telarañas para emprender la autocrítica y el emprendimiento.

En el Café Restaurante de la Exposición, que los barceloneses llamaron El Castell dels Tres Dragons en recuerdo de una pieza de Pitarra, instaló un taller el arquitecto Domènech i Montaner.

Los trabajos que se realizaban allí los dirigía su colaborador Antoni Maria Gallissà con un sentido inglés, al modo de los talleres Arts and Crafts.

Sin embargo, los proyectos más ambiciosos y reconocidos del movimiento son de principios del siglo XX , cuando ya se incubaba la reacción novecentista.

Barcelona ya no quería ser como Florencia o Venecia, sino que quería parecerse a una nueva Roma: la Casa Lleó-Morera es de 1905, igual que la Casa Batlló; el Palau de la Música se construyó entre 1905 y 1908; la Casa Milà, la más famosa, también llamada La Pedrera, entre 1905 y 1911; la Casa Terrades o de les Punxes, donde instaló su domicilio Eugenio d’Ors, entre 1903 y 1905, y la Casa Serra, entre 1903 y 1907.

Gaudí era un tipo extraño y pintoresco, retraído y profundamente místico.

No le interesaban ni la exhibición ni el gusto, solo Dios y las creaciones que pudieran emanar de su Voluntad.

Su intensa espiritualidad católica era la de la orden de los Rosacruces.

Aquellas obras no se entienden sin el patrocinio y la protección de Eusebi Güell i Bacigalupi, hijo del industrial proteccionista Joan Güell, a quien ya hemos visto al frente del Vapor Vell.

Los catalanes de la Renaixença no solo buscan la luz en los manuscritos polvorientos que se deshacen en los monasterios, también quieren «fabricar» luz.

Dos empresarios, Narcís Xifra y Tomàs Dalmau, empiezan a producir electricidad en Barcelona en el año 1873 con una dinamo.

En 1880 instalan la primera central eléctrica de la ciudad, en la Rambla de Canaletas.

Esta instalación repartió luz entre talleres y fábricas, por ejemplo, La Maquinista Terrestre y Marítima.

Un año después, abría sus oficinas la Sociedad Española de Electricidad, en el Paralelo, donde se construiría la primera central eléctrica de España.

La que el poeta Joan Salvat-Papasseit, veinte años después, reflejaría en sus crónicas negras de la Barcelona industrial, firmando «Gorkiano».

Fue instalada en la calle Mata del Poble Sec, y se inauguró en 1894.

La Sociedad Española de Electricidad pasa un mal momento en 1890 y va a parar a manos de la firma inglesa Woodhouse and Rawson, y luego de la alemana AEG.

Esta fundó la Compañía Barcelonesa de Electricidad.

En ese momento, la central térmica solo tenía una chimenea, entre 1904 y 1908 se amplió la planta y al complejo le crecieron las dos chimeneas adicionales que acabaron de darle su perfil característico a uno de los barrios más proletarios de la ciudad.

Un barrio que se había formado extramuros y que había ido creciendo por acumulación de sedimentos humanos y urbanísticos diversos.

Antes de que el distrito V se convirtiera en el Barrio Chino, el núcleo del ocio nocturno, el tráfico de drogas y la prostitución, se perfiló como un centro industrial.

En la calle Cid, Tomàs Dalmau instaló una central eléctrica que contaba con una sala de calderas en los bajos.

Allí funcionaban a todo trapo dos máquinas de vapor, una de veinte caballos sistema Alexander y otra de cuarenta, sistema Corliss.

En otra sala, dos dispositivos electromagnéticos generaban la electricidad.

El 28 de septiembre de 1882 se puso en marcha una instalación de alumbrado público que recorría el paseo de Colón.

Los cables salían de la calle Cid y llegaban al litoral a través de la Rambla de Santa Mònica.

Quince lámparas de arco voltaico sistema Gramme fueron encendidas a las siete de la tarde por el alcalde Rius i Taulet para celebrarlo.

Tres años después, la Sociedad Eléctrica Española volvió a ser noticia desde su sede en la calle Cid: el 10 de septiembre de 1885, una pequeña multitud de notables (autoridades locales, representantes del gobierno central, periodistas y oficiales de Marina) contemplaron cómo se encendía un potente foco de la casa Sautter y Lemonnier instalado en la azotea de la fábrica.

El aparato, construido con fines militares, contaba con un arco voltaico de 600 carcels.

En los años ochenta del siglo XIX , parecía que la ciudad deseara impresionarse a sí misma con este tipo de exhibiciones, que generaban autoconfianza y fe en el Progreso.

La primera Exposición Universal limpió la ciudad de telarañas y de sueños medievales, la puso sobre el mapa del mundo y la remodeló por completo.

Fue inaugurada el 20 de mayo de 1888 en el gigantesco salón del nuevo Palau de Belles Arts, que había sido construido para la ocasión.

Durante la velada hablaron, delante de la reina, el promotor Manuel Girona y el presidente del Consejo de Ministros, Práxedes Mateo Sagasta.

Sin duda fue un buen momento de sintonía entre la ciudad y la monarquía restaurada, para desesperación de los republicanos.

El edificio era soberbio, instalado en el actual paseo de Lluís Companys.

Medía noventa por cincuenta, y su altura era de veintiún metros.

Por fuera parecía una estación de tren coronada por dos torretas chatas.

En 1943 mandó derribarlo el primer alcalde franquista de la ciudad, Miquel Mateu, para conseguir hierro.

En su lugar fueron construidos unos horripilantes edificios blancos y grises que albergaban juzgados, y con ello se perpetraba uno de los peores crímenes urbanísticos que se han cometido contra la ciudad.

Esos bloques insípidos siguen en pie, cerca de los pabellones de la Exposición que aún se conservan, pero han caído en desuso: son un monumento a la sinrazón.

A muy escasos metros tienen la estatua dedicada a Rius i Taulet, frente a la entrada del parque de la Ciutadella.

El prestigioso alcalde tuvo que dejar el cargo el 31 de diciembre de 1889.

Una nueva ley impedía la reelección de los ediles hasta que no pasaran cuatro años entre un cargo público y otro.

Rius i Taulet se retiró a sus posesiones de Olèrdola (Alt Penedès), de donde había sido nombrado marqués.

Desde ese momento lo embargó la melancolía más completa y murió solo un año después.

Fèlix Macià i Bonaplata, ingeniero liberal, fue designado como su sucesor.

Duró solo siete meses en el cargo, y tuvo que presenciar un hecho histórico inquietante para las fuerzas del orden: la primera celebración del Primero de Mayo.

Decenas de miles de obreros desfilaron pacíficamente entre las Ramblas y el paseo de Colón.

No ocurrió nada destacable, pero al día siguiente los anarcosindicalistas lanzaron la consigna de la huelga general.

Hubo disturbios y el 3 de mayo el capitán general Ramón Blanco declaró el estado de guerra.