Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #5
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Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #5

El 9 de marzo llegó a Barcelona el presidente de la República, Estanislau Figueras, para acabar de apaciguar los ánimos de los maximalistas.

Los federales perdían el control por momentos.

Aun así, arrasaron en las elecciones a Cortes celebradas entre el 10 y el 13 de mayo de 1874.

Formaban parte de los cuadros vencedores Figueras, Pi i Margall, Josep Anselm Clavé, Santiago Solé i Pla, Salvador Sampere i Miquel y Narcís Monturiol.

Los candidatos del grupo de Almirall también cazaron algunas actas de diputado.

El 1 de junio reabrieron las Cortes y aquello fue un cafarnaúm: los carlistas habían ganado los combates de Alpens e Igualada, y Figueras estaba harto del caos entre republicanos; fue cuando pronunció su frase más famosa: «Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros», antes de coger un tren hacia París en Atocha sin despedirse de nadie.

La autenticidad de la frase hoy está en entredicho, y tampoco se ha profundizado mucho en la hipótesis que lanzó Josep Pla, siempre socarrón, según la cual el viejo Figueras se había enamorado de una chica y decidió fugarse para vivir su idilio sin interrupciones.

Sucedió a Figueras Pi i Margall, quien retuvo también la cartera de Gobernación, es decir, competencias de orden público y organización electoral.

Estallaron cantones separatistas en Andalucía, Valencia y Murcia que dejaron a Pi contra las cuerdas: su gobierno duró treinta y seis días.

Posteriormente, Pi escribió un libro interesante sobre aquel período, desmintiendo que él hubiera creado y alentado el separatismo y el autoritarismo.

El siguiente en gobernar fue el republicano moderado Nicolás Salmerón, que movilizó a ochenta mil reservistas y los puso en manos de generales aguerridos que deseaban sofocar las insurrecciones inmediatamente.

Pero Salmerón no podía, en conciencia, firmar sentencias de muerte, y dimitió también.

Le sucedió el centralista Castelar (6 de septiembre de 1874), con el cual la Primera República empezó a virar hacia su autodisolución.

Aquella República militarista no tenía ya nada que ver con el proyecto de los federales catalanes.

La ciudad también se iba llenando de periódicos.

Cuando los liberales subieron al poder, en 1881, se relajó la ley de prensa y las autoridades ya no tuvieron tan fácil prohibir periódicos y denunciar a sus directores u hombres de paja.

La profusión de cabeceras nuevas fue asombrosa, y se sumó a las muchas que ya existían: el Diario de Barcelona, de orientación conservadora, era por sí mismo una especie de celacanto periodístico, se editó nada menos que desde 1792 hasta 1994; El Diluvio, inconformista e irreverente, una auténtica pesadilla para biempensantes, salió a la calle desde 1858 hasta 1939, coreando consignas republicanas; el Correo Catalán era la voz de los carlistas, y se editó entre 1876 y 1985; La Correspondencia Catalana, papel republicano, tuvo menos vida, de 1877 a 1884; La Publicidad, republicano moderado, vivió varias etapas: durante la Primera Guerra Mundial fue reactivado por los hermanos Tayà, que vendían chatarra a Italia para que ese país pudiera fabricar armas y fortificaciones; y luego se catalanizó en 1922, empezó a editarse en 1878 y duró hasta 1939; La Vanguardia continúa vivo, como todos sabemos, habiendo sido fundado en 1881, y será uno de los protagonistas de esta crónica; La Renaixensa, dirigido por Àngel Guimerà y Pere Aldavert, escritores ambos, y que eran pareja, era el único que se editaba en catalán; La Dinastía era muy conservador y vio la luz entre 1883 y 1904; el Diario Mercantil era políticamente neutro, publicaba informaciones útiles para los comerciantes, y salió a la calle entre 1887 y 1937.

Otros periódicos menores fueron El Barcelonés, La Península, El Suplemento, El Monitor, La Nación, La Prensa Liberal y el Noticiero Universal, longeva cabecera conservadora que funcionó casi un siglo, desde 1888, año de la Exposición Universal, hasta 1985 (Brotons, 2015, 97).

La primera revista femenina en lengua catalana fue La Llar, creada en 1871; aunque existía un precedente romántico en forma de suplemento semanal del Diario de Barcelona:El Álbum de las Familias (1859).

Actualmente parece claro que la primera escritora catalana que empezó a reivindicar una educación digna para la mujer fue la poeta Josepa Massanés, en 1841, en términos muy parecidos a los del feminismo conservador de las generaciones siguientes, las de Dolors Monserdà, Carme Karr y Francesca Bonnemaison; es decir, sin combatir la estructura familiar tradicional.

Bonnemaison también se dedicó en cuerpo y alma a combatir la ignorancia, creando el Institut de Cultura i Biblioteca Popular de la Dona y dirigiéndolo desde 1914 hasta 1936.

En 1909, la institución tenía 320 socias; en 1910, ya eran 1.

445. Durante la dictadura de Primo de Rivera, contó con la ayuda activa de la futura novelista Aurora Bertrana.

En Barcelona también se iba abriendo paso la prensa obrera: El Productor empezó a publicarse en 1885.

Se trataba de un semanario socialista que fue evolucionando hacia el anarquismo.

Su antecedente era el tempranero El Obrero (1864), que dirigía Antoni Gusart i Vila.

Gusart fue uno de los organizadores del Primer Congreso Obrero, y durante la Primera República fue secretario del Ayuntamiento de Sant Andreu del Palomar.

Cuando las cosas se torcieron para él tras el golpe del general Pavía, se marchó a Mataró para regentar una cooperativa de producción.

Esto ocurría en 1874, cuando en Madrid caía el gobierno de Castelar en circunstancias poco decorosas.

Cerca de la capital catalana, la noticia de la caída de la Primera República no gustó nada: contingentes de federales armados se hicieron fuertes en Gràcia y Sarrià liderados por «el Xic de les Barraquetes».

El hecho de que las familias guardaran armas en casa (trabucos, escopetas conejeras, pistolones y bombas) facilitaba el estallido de algaradas y motines.

Las tropas barcelonesas reprimieron con fuerza el movimiento y hubo doce muertos.

La mayoría de los republicanos salió huyendo por las montañas cuando el fuego se hizo insoportable.

El 31 de abril de 1882 sucedió algo realmente trascendental en Barcelona: fueron plantadas las primeras palmeras.

Hasta esa fecha, y a no ser que hubieran viajado hasta zonas tropicales, la inmensa mayoría de los barceloneses no habían visto nunca una palmera (y eso si no consideramos «palmera» al margalló autóctono, que tanto utilizó Gaudí para inspirar sus trabajos con hierro).

Las palmeras fueron colocadas en dos filas en el novísimo paseo de Colón, recién estrenado.

Ahí siguen. La nueva arteria debía conectar la Rambla con el Pla de Palau, donde residían los gobernadores civiles.

Presidía el consistorio Francesc de Paula Rius i Taulet.

Este alcalde memorable ya había comandado el municipio en dos ocasiones anteriores: la primera, ya lo hemos visto, entre el 1 de febrero de 1872 y el 11 de febrero de 1873, sobrepasado por los partidarios de la Primera República.

La segunda vez fue designado por el capitán general Martínez Campos, el 6 de enero de 1874, tras el golpe de Estado del general Pavía, que fue el pistoletazo de salida para la restauración monárquica.

Sin embargo, Rius i Taulet volvió a dimitir el 30 de diciembre de aquel mismo 1874, cuando el propio Martínez Campos dio el golpe que colocó a Alfonso XII en el trono.

Rius i Taulet no se sintió cómodo hasta que se consolidó un bloque liberal dinástico, bajo las órdenes de Sagasta.

Fue entonces cuando le llegó una de sus dos plenitudes como alcalde, entre el 14 de marzo de 1881 y 1884.

El hacendoso político inició entonces un período febril de obras públicas y embellecimiento de la ciudad.

Se dice que cuando viajaba a la capital del Estado impresionaba a los madrileños con su carroza lujosa y su séquito emplumado.

Persuadido por un empresario, Antoni Fages, autorizó e impulsó la construcción del monumento a Colón, uno de los más representativos de la ciudad.

Fue un proyecto de Gaietà Buïgas, que diseñó la columna de sesenta metros de altura coronada por la estatua del descubridor, de siete metros de altura.

Otro cambio importante fue el derribo de la Muralla de Mar, uno de los últimos tramos que habían empezado a ser demolidos tres años antes.

Solo se conservó el portal de Santa Madrona.

Las palmeras también fueron cosa suya, y no gustaron nada, puesto que una de las distracciones más queridas por los habitantes de la capital era pasearse por lo alto de la Muralla de Mar.

En mayo de 1888, la reina regente, María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre de Alfonso XIII, visita Barcelona con motivo de la Exposición Universal, que Valentí Almirall consideró una calamidad y un despilfarro público.

María Cristina tiene buena fama: parece bastante más sensata e inteligente que su marido, el difunto Alfonso XII, con quien se había casado en 1879 entre mil murmuraciones, y los miembros de la Lliga de Catalunya piensan que podría ser una buena idea entregarle un memorial en forma de Mensaje solemne, acogiéndose al derecho de petición.

El contenido es muy interesante, y más bien osado: lo que proponen los prohombres catalanistas es una especie de confederación entre Cataluña y España; es decir, que se restaure el espíritu de la monarquía austriaca, asentada sobre Castilla y la Corona de Aragón.