Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #4
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Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #4

Republicanismo, federalismo radical, libertarismo y espiritismo tuvieron en Gràcia su capital catalana hasta muy entrado el siglo XX .

En 1888 se había celebrado en Barcelona el Primer Congreso Internacional Espiritista, y en 1889 mujeres republicanas librepensadoras y masonas, un nutrido contingente espiritista y publicistas anarquistas crearon la Sociedad Autónoma de Mujeres, que mantenía una escuela laica gratuita para mujeres.

El espiritismo era subversivo porque osaba construir una cosmología espiritualista totalmente alejada de la ortodoxia católica romana y sus ritos de paso.

En 1901, una incombustible Teresa Claramunt fundó la revista anarquista El Productor.

La ciudad se iba llenando de personajes curiosos.

Como el de Monsieur Bidel, que se paseaba por las Ramblas junto a una leona que formaba parte de su zoológico privado.

Este hombre del espectáculo había instalado a sus fieras en el llamado Prado Catalán, en el paseo de Gràcia, esquina Gran Via.

Allí el público pudo admirar en 1877 su colección de maravillas vivas: cuatro hienas, un oso gris, un elefante y un mono.

El ayuntamiento obligó a Bidel a ponerle un bozal a la leona, pero seguramente no lo necesitaba puesto que el felino cuidaba tiernamente de un corderito.

Otro gran extravagante fue el comediógrafo, periodista y filósofo Albert de Sicília Llanas i Castells, también amigo de Pitarra, quien tuvo la peregrina idea de instalar un volcán en la montaña de Montjuïc para celebrar las fiestas de la Mercè de 1879.

El volcán era real como la vida misma, expelía fuegos artificiales y todo tipo de pirotecnia: humo en abundancia, lava artificial y mucho fuego y estruendo.

Los barceloneses, maravillados, se reunieron en el llano de Santa Mònica y en las azoteas de sus casas para ver semejante prodigio.

Me pregunto cómo limpiarían todo aquello luego...

Llanas era cada noche el último barcelonés en meterse en la cama; a los amigos les decía que tenía que «cerrar la Rambla».

Diez años después pudieron verse más escenas pintorescas en un solar del Eixample, concretamente en la calle de Muntaner.

El 18 de diciembre de 1889 desembarcó en Barcelona, en el barco Palma, el circo de Buffalo Bill.

Durante cinco semanas, entre Rosselló y Còrsega circularon caballos, indios ataviados con vistosas plumas, cowboys auténticos y hasta búfalos.

La afición a los animales culminó el día de la Mercè de 1892, cuando fue instalado el Zoo de Barcelona en un rincón del parque de la Ciutadella.

La fortaleza había caído derrocada tras la Gloriosa, en 1868.

Hasta entonces las ejecuciones públicas se realizaron allí, y los barberos que afeitaban a los clientes que miraban hacia aquella dirección les hacían una rebaja por el servicio (Poblet, 1979: 36).

Los primeros habitantes del nuevo zoológico procedían de una granja de la Vall d’Hebron, en la parte más elevada de la ciudad, y formaban parte de la colección de Lluís Martí-Codolar.

Por treinta mil pesetas, el ayuntamiento adquirió cuarenta y un mamíferos, ciento veinte aves y dos reptiles.

El ejemplar más popular fue un elefante asiático que se llamaba Baby, pero al que los barceloneses llamaban «L’Avi», como luego a Francesc Macià.

La iniciativa fue del coleccionista y taxidermista Francesc Darder, que dirigió el zoológico hasta el momento de su muerte, en 1918, víctima de una mordedura de serpiente (Brotons, 2015: 133).

Otras personalidades se dedicaban a cosas más prácticas: en 1882 el gobierno autorizó a través de un Real Decreto la instalación de redes de telefonía.

El invento de Bell solo había tardado cuatro años en llegar al país.

En 1884, el ayuntamiento procedía a conectar la casa consistorial con los bomberos y otras oficinas municipales.

En el futuro, cuarenta años después, los hombres de la Mancomunitat catalana le darían el impulso definitivo a la red telefónica del país.

El 30 de mayo de 1882, La Vanguardia traía una noticia terrible: el cochero de un tranvía tipo rippert saltó sobre la plataforma de un tranvía y asesinó al conductor con dos tiros en la cabeza.

Era la culminación del conflicto entre las primeras compañías municipales de tranvía y los transportes pirata que habían salido como hongos por toda la ciudad en la figura de los odiados tranvías rippert, tirados por caballos, que no necesitaban raíles de hierro.

Los vehículos oficiales perdían clientela y dinero con la innovación de 1882.

Un antecedente de las luchas actuales entre taxistas y compañías de plataformas digitales sin licencia.

La primera línea de tranvía se había inaugurado diez años antes, el 27 de junio de 1872, y cubría el trayecto entre el llano de la Boquería y los Josepets de Gràcia.

Gràcia era la localidad autónoma más grande de la periferia, con un marcado carácter propio.

Los tranvías eran todos de tracción animal.

El 18 de septiembre, se abrió el tramo entre la Boquería y la Barceloneta.

En 1873, esta línea se ampliaría hasta alcanzar el Astillero.

Luego, como había pasado con el ferrocarril, el crecimiento fue continuado: en 1874, el tranvía llegaba al Poblenou; en 1875, a Sants; en 1877 fue inaugurada la circunvalación del núcleo antiguo y, ese mismo año, llegó a los almacenes más alejados del puerto y al municipio de Sant Gervasi.

A Sarrià llegó en 1879, a Badalona en 1873 y a Horta, subiendo la cuesta, diez años después.

La Rambla continuó siendo la arteria principal de la ciudad, animada y pintoresca.

La literatura, tal y como nos cuenta el historiador Poblet, se ocupó de ella generosamente: «Es curioso que la llamada vía sacra haya sido cantada, tocando a la escena, por los dos comediógrafos más populares que ha tenido Cataluña —cada uno en su época—, que no son otros que Frederic Soler y Josep Maria de Sagarra.

Y también que, precisamente, haya sido enaltecida teniendo por marco las mismas horas, o sea, las turbulencias de la revolución septembrina de 1868.

En efecto, la obra lírica La Rambla de les Flors, entonces aún firmada por el seudónimo de Serafí Pitarra, fue estrenada en el Novedades el año 1870, mientras que el autor de La Rambla de les floristes la daba a conocer en las tablas del Poliorama en 1935, por bien que haciendo pasar su acción también dos o tres años antes de la Revolución de septiembre» (1979: 44).

Destaca Poblet que tratándose de dos obras tan alejadas en el tiempo las dos trataran de explotar un idioma popular muy parecido.

Aunque los tiempos cambiarían pronto: solo un año después del estreno de Sagarra, sobre el Poliorama montó guardia George Orwell armado con un fusil e integrado en las milicias del Partido Obrero Unificado Marxista de Andreu Nin.

Revoluciones aparte, 1868 fue un año importante para la cultura catalana: Pitarra dejó aparte los singlots poètics para empezar a escribir un teatro de mayor envergadura, y la ciudad recibió la visita de una expedición de escritores en lengua provenzal hermanados con los floralistas.

Los Juegos de ese año los presidió el incansable Víctor Balaguer, que quiso invitar a Frédéric Mistral al certamen.

Este llegó acompañado de sus camaradas felibres Louis Roumieux, Paul Mayer y un primo del emperador, el príncipe Guillermo Bonaparte, que escribía en occitano aunque vivía en Londres.

También visitó la ciudad el poeta Zorrilla, con gran éxito personal, y las floristas de las Ramblas le ofrecían claveles.

Luego fueron los escritores catalanes quienes devolvieron la visita viajando al sur de Francia: Nimes, Aviñón, Béziers, Maillane, Beaucaire, Saint-Rémy y Arlés.

La multitud republicana armada no tardó ni dos años en volver a la plaza de Sant Jaume, pero esta vez para celebrar la proclamación de la Primera República (12 de febrero de 1873).

Los concentrados aclamaban a los políticos que habían subido al balcón del Palau de la Generalitat.

El alcalde de Barcelona, Francesc Rius i Taulet, monárquico convencido, dimitió inmediatamente, y le sucedió Narcís Buxó i Prats, abogado y comerciante republicano.

En el ayuntamiento se organizó deprisa una guardia cívica improvisada y se colocó en el balcón una bandera extraña: de color rojo, estrellas blancas, un triángulo y la palabra «Catalunya».

El 21 de febrero ocurrió algo inquietante desde el punto de vista del orden público: dos batallones que esperaban poder ser embarcados hacia Cuba, en lugar de marchar hacia el puerto, se dirigieron también a la plaza de Sant Jaume.

Por todas partes había concentraciones espontáneas y se leían discursos encendidos por las esquinas.

El hombre fuerte del momento fue Baldomer Lostau, federal internacionalista, que convenció a la Diputación de que proclamara el Estado Federal Catalán.

Este Estado autónomo incluía las cuatro provincias catalanas y las Islas Baleares.

A Francisco Pi i Margall, ministro de Gobernación, casi le da un infarto, y tuvo que convencer a golpe de telégrafo a sus correligionarios del Partido Republicano Democrático Federal que hicieran cambiar de opinión a Lostau y esperaran a que se aprobara una Constitución Federal en Madrid.

Una Constitución Republicana Federal que nunca llegó en 1873, y tampoco en 1931.