Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #3
4%

Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #3

Se casó con menos de veinte años con un joven platero, Eusebi Macià.

Su empresa la compartía con su hermano, y la mantuvieron en la calle Argenteria, primero, y luego en la calle Ferran, una de las de más relumbrón, por desembocar directamente en la Rambla.

Dolors tuvo cuatro hijos, pero se le murieron dos, al final sobrevivieron solo Angelina y Dolors.

La segunda, Lola, contrajo matrimonio con el futuro presidente de la Mancomunitat de Catalunya, Josep Puig i Cadafalch, brillante arquitecto e historiador del arte.

El matrimonio Macià-Monserdà vivía en el paseo de Gràcia, esquina Consell de Cent, y allí es donde se celebró el convite de la boda entre Lola y Puig i Cadafalch, en 1892.

El pensamiento reformista de Monserdà, siempre vinculada a la burguesía liberal, tuvo continuadoras ilustres como Carme Karr y Francesca Bonnemaison.

En 1879, Valentí Almirall le encargó la edición del suplemento de moda del Diari Català, cuya redacción estaba instalada también en la calle Ferran.

En 1888, el año de la Exposición, Monserdà publicó Poesies catalanes.

Sin embargo, sus aportaciones más relevantes fueron novelescas: La Montserrat (1893), La família Asparó (1900), que se agotó en un mes, La fabricanta (1904), La Quitèria (1906), la única de ambiente rural, y Maria Glòria (1917).

Su Estudi feminista es de 1909, y la recopilación de ensayos y artículos Tasques socials, de 1916.

Dolors Monserdà hizo prologar sus libros por clérigos como estrategia para evitar roces con la sociedad biempensante de la ciudad: Estudi feminista se publicó con un prólogo del capuchino Miquel d’Esplugues, mientras que Tasques socials incluyó un pórtico del jesuita Ignasi Casanovas.

La principal aportación de Monserdà al feminismo es la exigencia de que la mujer pudiera acceder a los estudios universitarios.

La contrapartida de ello es que la mujer que se dedicara a trabajar tenía que renunciar al matrimonio, y si se dedicaba a estudiar debía convertirse en una «vestal incorrupta».

Eugenio d’Ors leyó atentamente a Dolors Monserdà, y cuando diseñó el plan de bibliotecas públicas catalanas y la Escuela de Bibliotecarias, también exigió un nivel sacerdotal de castidad, aunque luego ironizara sobre las relaciones amatorias entre profesores y alumnas.

En ningún caso desafió Monserdà a los moralistas de su tiempo ni se planteó apartar su modelo de mujer de las atribuciones domésticas tradicionales, y sus continuadoras Carme Karr y Francesca Bonnemaison no se desviaron mucho de esta línea fundamental que tenía la educación femenina como principal caballo de batalla.

En cambio, el feminismo rupturista, laico y revolucionario de Teresa Claramunt tuvo herederas en las escritoras librepensadoras de Gràcia: Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo Soler, a quienes visitaremos luego.

El 27 de marzo de 1869, nuevamente adornados por la barretina roja, partía del puerto de Barcelona otro contingente de Voluntarios de Cataluña.

Esta vez no iban a Marruecos, sino a Cuba, para tratar de sofocar una insurrección nacionalista.

En esta ocasión las cosas empezaron a complicarse, en un antecedente de lo que ocurriría en la ciudad cuarenta años después.

En septiembre, el ministro de la Guerra, Joan Prim, decretó una leva de cuarenta mil jóvenes.

Madrid y Barcelona empezaron a rugir contra las quintas, pero el general no se arredró y publicó la medida el 28 de marzo de 1870.

La Diputación de Barcelona se ofreció a pagar la exención a todos los afectados de la provincia, pero el ministro de Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta, se negó en redondo a aceptarlo.

Cuando la noticia se supo en la Ciudad Condal, la plaza de Sant Jaume empezó a llenarse de manifestantes.

Los líderes republicanos (Valentí Almirall, Antoni Feliu i Codina, Innocenci López Bernagossi, Canut Millé, Salvador Alfonso y Pere Costa) se temían un desbordamiento revolucionario popular y decidieron no encabezar las revueltas que se olían en el ambiente.

La rabia estalló el 3 de abril de 1870: una multitud obrera entró por la fuerza en el Ayuntamiento de Sants mientras se realizaba el sorteo de las quintas, que decidía quién debía ir a combatir a Cuba y quién no.

El mobiliario de la sala, con la urna y la mesa y las sillas, salieron volando por la ventana.

Un concejal murió a tiros y otro quedó herido en la garganta por arma blanca.

Entretanto, otros insurrectos irrumpieron en la iglesia para tocar a somatén.

En la fábrica España Industrial y en otros rincones quedaron instaladas barricadas populares.

Por la noche se habían calmado los ánimos, pero habían muerto seis personas.

En el centro de Barcelona se levantaron barricadas con adoquines de la calzada, en el Raval y en el convento de las Capuchinas.

Pero allí Almirall y los suyos actuaron como agentes del orden, sofocando la rebelión.

Donde las cosas se agravaron mucho más fue en la Vila de Gràcia, a partir del 5 de abril.

La casa Gibert, un palacete amplio y achatado de tres plantas, fue la primera construcción del Eixample barcelonés.

Se levantaba solitaria en un arenal con algunos árboles raquíticos en lo que luego sería la plaza de Catalunya.

El Plan Cerdà no había dispuesto nada para aquel espacio fronterizo con el cual nadie supo qué hacer durante décadas.

Allí, en la casa Gibert, instaló su Estado Mayor el capitán general Eugenio Gaminde y Lafont, el 6 de abril de 1870.

A unos metros de la casa, en el cruce entre el paseo de Gràcia y la calle Provença instaló también una batería de artillería que empezó a bombardear indiscriminadamente la Vila de Gràcia.

Allí se había hecho fuerte la insurrección antimilitarista.

Los artilleros intentaban por todos los medios derribar el campanario civil que se había construido entre 1862 y 1864, y que llevaba ya dos días tocando a somatén día y noche.

El capitán general tardó cinco días en alcanzar la torre, que desde entonces fue conocida con el nombre de La Trencada.

Finalmente, tras tres días de bombardeos, cuatro columnas de soldados entraron en la villa decididas a pasar por las armas a los ocho mil republicanos rebeldes.

No encontraron ni uno. De vez en cuando alguien les disparaba desde algún tejado, pero no ocurrió nada reseñable.

Tras entrar en el ayuntamiento, dispuestos a deponer el gobierno municipal, solo encontraron al alguacil.

Gaminde hizo venir a un puñado de vecinos y los nombró ediles.

Aterrorizados, los vecinos tuvieron que aceptar el nombramiento.

Su ejercicio duró ocho meses, tras los cuales dejaron la sede municipal con el mobiliario renovado y un superávit de ocho mil pesetas.

La torre-campanario de Gràcia (que se llamó primero Marieta y luego Trencada) pasó a ser un símbolo del republicanismo local.

Durante sesenta y dos años se publicó el semanario satírico La Campana de Gràcia, luego también acompañado por su revista escudero, que empezó a ver la luz en 1872, L’Esquella de la Torratxa (Brotons, 2015: 71-74).

El municipio graciense, anexionado a Barcelona en 1897, se fue convirtiendo en un nido de elementos subversivos.

En 1891 ya se había instalado en él el matrimonio formado por Teresa Claramunt y Antonio Gurri, fervientemente anarquista.

Allí es donde Teresa empezó a destacar como oradora, en compañía de otras mujeres librepensadoras del momento: Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo Soler.

López de Ayala, líder del librepensamiento anticlerical, había ingresado en la masonería en Madrid antes de instalarse en Barcelona, en el año 1890.

Hasta 1918 fue la cabeza visible de todo un movimiento intelectual, y una de sus principales luchas consistió en que las mujeres pudieran incorporarse en pie de igualdad con los hombres en las logias.

Algunos intelectuales y catedráticos apoyaban esta postura, como Odón de Buen, Anselmo Lorenzo y Cristóbal Litrán.

Ella formaba parte de la logia La Constancia.

Junto con Amalia Domingo Soler fundó la Sociedad Autónoma de Mujeres, luego convertida en la Sociedad Progresiva Femenina (1898).

En 1906 impulsaba la revista El Gladiador, que llegó en forma hasta la Semana Trágica.

En el Congreso Internacional del Libre Pensamiento de 1910, López de Ayala y su correligionaria Laura Mateo se pronunciaron en contra del voto femenino, arguyendo que las mujeres aún no estaban preparadas para ejercerlo.

López de Ayala cambió de idea en 1919, cuando curiosamente lo había hecho también la representante más destacada del feminismo rival, el católico y conservador: Carme Karr.

En septiembre de 1917, en Feminal, Karr reclamaba sin ambages el sufragio femenino, y cuatro años después iba aún más lejos y fundaba la primera asociación sufragista de Cataluña.

El grupo se llamó Acció Femenina, y funcionó paralelamente a la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (1918), liderada por María Espinosa de los Monteros con el apoyo de María de Maeztu.

En mayo de 1921, se produjo en Madrid una importante manifestación pro sufragio femenino.