Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906 #2
Los tumultos de 1856, los que obligaron a Clavé a marcharse, no fueron cualquier cosa, puesto que dejaron una estela de quinientos muertos y cerca de mil heridos.
La idea de Clavé era apartar a los obreros de las tabernas y hacer que se dedicaran a cantar bellas canciones sobre flores y ríos.
Que la gente se apartara de la prosa, la carbonilla y el humo y pudiera disfrutar activamente de la armonía del universo.
Aún hoy en todas las ciudades catalanas hay alguna avenida dedicada a Clavé y numerosísimas estatuas dedicadas a su figura.
En los años treinta, Clavé aún no era un prócer patrio y era «en Josepet de la Guitarra», un músico nómada que iba de taberna en taberna mostrando su arte, mientras el pionero del republicanismo catalán, Abdó Terrades, que llegó a ser alcalde de Figueres, escribía y estrenaba su obra antimonárquica El Rei Micomicó (1838), cuatro años antes de fundar su furibundo periódico El Republicano.
En el Pla de Palau se había construido en 1837 una obra singular, los porches Xifré, donde se instaló el restaurante Les Set Portes, que durante muchos años funcionó como animado café cantante.
Otro amigo de Pitarra era el librero Josep Maria Codolosa, otro personaje pintoresco de la Barcelona ochocentista.
También era asiduo de la relojería republicana del gran dramaturgo, y se dijo de él que llegó a pasar tanta hambre que tenía las orejas transparentes.
Era viudo, se parecía a José Zorrilla, convivía con un hijo pintor y con una hija muy bella, y vivía de escribir poemas y comedias para que otros autores las firmaran.
Pululaba por el Raval dando sablazos y vendiendo libros viejos.
En 1883, instaló su negocio de librería en una escalera de la calle Hospital, entre Egipcíaques y Roig.
Después se asoció con un tal Albert Colom, que tenía una parada en la esquina de la calle de las Cabras.
Pero el arreglo duró poco porque los dos hombres no se entendían bien.
Codolosa era fatal para los negocios: se sabe que un día vendió unas Constituciones medievales catalanas, es decir un incunable, que adquirió por diez reales y vendió por cinco duros, y encima lo celebró como una hazaña extraordinaria.
Otro día le vendió al también escritor Antoni Palau i Dulcet una edición de la poesía de Garcilaso de la Vega de 1788 por la astronómica cifra de un real.
Codolosa era un espíritu libre que surtía de romances y pareados a los ciegos y a los mendigos que le pagaban algo por sus composiciones populares.
Publicó muchos libros que hoy se pueden consultar en la Biblioteca de Catalunya, muy cerca de donde él adelgazaba y se consumía por el ideal: Escardots, En les tombes, Memòries d’un pobre home...
Codolosa acabó instalando su negocio en la calle Hospital, 40, frente a la iglesia de San Agustín.
En la placita de enfrente le gustaba rodearse de jóvenes extraviados y de poetas piojosos.
Acabó viviendo en distintas habitaciones del barrio del Padró, completamente solo y sin un solo mueble aparte del catre.
Los versos le salían por las orejas transparentes.
En la rebotica de Pitarra, Codolosa conversaba con otro escritor arruinado a quien llamaban «Gandul».
Se trataba de Carles Altadill, hermano del muy laborioso novelista y secretario de Narcís Monturiol, Antoni Altadill.
El Gandul logró escribir dos comedias de un solo acto y un libro de poesía: Llampecs entre tenebres.
En aquella época todo era muy tremebundo y cósmico.
Con el apoyo financiero de los propietarios del Heraldo de Madrid y El Diluvio, consiguió editar cuatro volúmenes de un semanario que tituló El Embustero.
Desconocemos el alcance informativo que pudo tener este papel.
Se conoce que Altadill el Gandul no aguantaba mucho tiempo en ningún empleo.
Perdía el tiempo entre figones y murió de tuberculosis en 1890.
La Navidad de 1893, Codolosa envió a Frederic Soler la siguiente felicitación: «En días de Navidad / me veo en cama postrado / tan pobre y necesitado / que es una barbaridad.
/ A usted, señor, al cual dio / numen el divino Apolo, / y a Talía, único y solo / mil laureles conquistó; / sabiendo que siempre es bueno, / magnánimo y generoso / compasivo y dadivoso / ante el sufrimiento ajeno, / vengo hoy, señor Soler, / creído que endulzará / mis penas y me dará / algo, si es que puede ser; / pues no ignora que anda escaso / el dinero entre poetas, / que descuidan sus gavetas / para atender al Parnaso.
/ No obstante, por poca cosa / que me dé, Don Federico, / se contará por muy rico / su admirador Codolosa.
/ Y con franca gratitud / por su noble caridad, / en Pascuas de Navidad / ruego a Dios le dé salud / fortuna y felicidad» (Poblet, 1979: 158).
Se ignora si el ingenioso sablazo surtió efecto.
Entre 1872 y 1887 operó en Barcelona otro descendiente de Robrenyo, el autor y empresario Jaume Piquet.
Este genio de la improvisación y la desfachatez más cándida era aún más estrafalario que Pitarra, y se agenció el Teatro Odeón para llevar a cabo su particular visión del teatro.
Piquet se valía de toda clase de reclamos sensacionalistas, y con frecuencia llevaba a escena batallas campales y sitios que o bien se acababan de producir, o incluso continuaban en la vida real de la nación en el momento de ser llevadas a escena.
De esta forma, el teatro de Piquet actuaba tanto de expresión poética como de noticiario general del reino, un poco como el Twitter actual.
A Piquet le encantaban los crímenes truculentos y sabía sacar partido del grosero anticlericalismo que era tan del gusto de esa España primitivamente liberal.
Se cuenta que era un alma bonachona y que daba una buena parte de lo que ganaba a los pobres.
Una relación sucinta de alguno de los títulos que pergeñó nos da una idea de su carácter y del alcance de su ingenio: La monja enterrada en vida o el secret d’aquell convent, El curandero de Sants, El terremoto de Casamicciola, El hijo del verdugo de Londres, La urraca ladrona, Amor hasta la tumba, El martes 14 de octubre o las inundaciones de Murcia, Dos llençols i un vestit negre, La Inquisición de Barcelona...
Arregló también para su abigarrada escena Guillermo Tell, La dama de las camelias y el Don Juan Tenorio.
Una vez montó un cuadro satírico improvisado a partir de dos tristes sillas: colocándolas una junto a otra, hizo como que se trataba de un confesionario al que acudían un penitente y un sacerdote sordos, incapaces de entenderse. La gente se desternillaba con aquello.
El Odeón, situado en la plaza de Sant Agustí, había sido inaugurado mucho tiempo atrás, el 31 de marzo de 1850, reformado seis años después para poder albergar un café y una escalera nueva.
Como curiosidad, recordemos que en su escenario actuaron por primera vez los coros de Clavé, precisamente en el año de su fundación.
Luego fue también importante porque Frederic Soler fundó en él la sociedad La Gata, que fue la primera formación estable de teatro en catalán, en 1864.
Al año siguiente, Soler mismo estrenaba allí su primera obra de larga duración, Les joies de la Roser o la pubilla d’Hostalric, que fue un éxito clamoroso y representó cierto avance en la producción pitarresca: de la comedia desenfrenada y grotesca, el autor había conseguido pasarse a la comedia de costumbres.
¿Cómo era el espectador que acudía al Odeón?
Nos lo ha retratado el historiador Poblet: «Se trataba de un público entusiasta de los platos fuertes, que durante las representaciones se exaltaba y que, una vez terminado el espectáculo, dejaba el teatro lleno de cáscaras de cacahuetes, de peladuras de naranja y de papeles con que se había envuelto la merienda, ya que la duración de las funciones era larguísima» (1979: 98).
La gente pedía a gritos que se matara al «traidor» de las obras, o avisaba al protagonista de que le acechaba algún facineroso escondido detrás de una cortina o un mueble.
No era raro que algún actor pagara por las fechorías provocadas por su personaje ficticio, en la calle real, recibiendo pescozones y gritos.
Todo este mundo era de una candidez conmovedora; esta Barcelona de comedia aún no se había convertido en la Rosa de Fuego.
Muy cerca de la catedral, en la calle de la Palla, número 2, vivían los Monserdà.
El padre se dedicaba a religar y encuadernar volúmenes, la madre se reunía con los clientes y llevaba las cuentas.
Por la rebotica de los Monserdà iba desfilando toda la Renaixença intelectual barcelonesa: el erudito Milà i Fontanals, el polígrafo Joan Cortada, el historiador Antoni de Bofarull, el dramaturgo Frederic Soler, el narrador costumbrista Emili Vilanova y el bibliófilo Marià Aguiló; no faltaban tampoco los bulliciosos republicanos: Abdó Terrades, Narcís Monturiol y Anselm Clavé.
La pequeña de la casa, Dolors, creció entre libros y fue temprano a la escuela, un hecho insólito para la época.
Dolors había nacido en 1845, cuando solo hacía cinco años que había terminado la Primera Guerra Carlista, y solo tres del bombardeo ordenado por el general Espartero.
La desgracia se abatió sobre la casa cuando murió el padre, en 1859, año de los primeros Juegos Florales, y el desamparo más crudo se abatió sobre Beatriu Vidal, la viuda, y Dolors, que solo tenía catorce años.
Fue imposible mantener el taller del que dependían, y ambas se tuvieron que poner a coser y bordar para poder mantenerse.
Todas estas experiencias de infancia y juventud nutrirán la obra narrativa de Dolors Monserdà, matriarca y pionera de las escritoras feministas de Barcelona.