Bohemia y barricadas Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906
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Bohemia y barricadas

Bohemia y barricadas

Por Andreu Navarra

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Primera parte. Comedias y barricadas 1888-1906

Su padre, que llegó a ser alcalde de Castellterçol, era liberal sagastino.

Casi lo mata la decisión de Valentí, el hermano de Enric, de hacerse carlista.

Además tuvo la mala fortuna de morir durante uno de los combates.

En aquella época, Enric se arrodillaba cada noche antes de irse a dormir, costumbre que no solo conservó de adulto, sino que también amplió a los trayectos en coche.

Prat rezaba antes de meterse en un automóvil y, según Rovira i Virgili, que fue su secretario de prensa, Prat pensaba que los ateos olían mal.

En la obra no salían muy bien retratados los carlistas, que acababan de tomar la ciudad de Manlleu.

Su líder, el general Francesc Savalls i Massot, un hombre con fama de duro y cruel, lo supo y se presentó en Barcelona a caballo.

Nadie lo molestó. Savalls compró tranquilamente su entrada para asistir al estreno de la obra.

Lo peor fue que tanto Frederic Soler como los actores lo reconocieron y no les llegaba la camisa al cuerpo.

Ya se veían presos o muertos. Sin embargo, cuando terminaron, Savalls se mostró entusiasmado y elogió calurosamente la obra, antes de irse por donde había llegado y volver a su cuartel general de la comarca de Osona.

Ocupaba la Capitanía General de Barcelona el conde de Cheste, furibundo dinástico.

Rápidamente, el militar quiso redactar un mensaje de apoyo a Isabel II y se lo encargó a dos soldados de su Estado Mayor.

Estos dos eran catalanes, pero no sabían escribir en catalán, así que decidieron traerse al único que juzgaron capaz de hacerlo: Frederic Soler, «Pitarra».

Así que el pobre relojero republicano tuvo que escribir al dictado un manifiesto tan ridículo que fue conocido como el ban dels Paus, els Peres i els Berengueres, porque terminaba de forma bien pintoresca: «¡Catalanes!

: amad los tronos de los Peres y los Jaumes; de los Alfonsos, Isabeles y Fernandos.

¡Viva Isabel II! La Religión y la Monarquía legítima son el puerto de las naciones que se ahogan».

Era el estilo habitual por estas latitudes...

Lo malo es que muchos creyeron que el papelito había sido idea de Pitarra mismo...

Pero pronto se iba a ver que el orden necesitaría más que un bando ridículo para mantenerse en la ciudad.

La multitud que quemó inmediatamente las barracas donde se cobraban los impuestos en las puertas de la ciudad, quienes entraron tumultuosamente en el ayuntamiento para empezar a arrojar mobiliario por las ventanas, y quienes arrastraron el retrato de Isabel II por las calles Ample, Regomir y Ciutat, antes de quemarlo en medio de la plaza de Sant Jaume, no eran precisamente amantes de los Alfonsos y Pedros y Fernandos y Felipes...

Todo este alboroto explotó mientras la reina veraneaba en San Sebastián, donde no tuvo más remedio que salir al exilio en un tren que la trasladó inmediatamente a Francia, el 30 de septiembre de 1868.

El 2 de octubre ocurrió otro hecho memorable: en un acto de valentía suicida, el conde de Cheste salió de paseo solito y sin escolta por la Rambla.

Cerca de la iglesia de Betlem, unos transeúntes le exigieron que gritara: «¡Viva Prim y muera la reina!

», a lo que se negó el aún capitán general, que no dijo nada y siguió su camino, hasta que se giró frente a la turba amenazante que le seguía y gritó: «¡Muera Prim y viva la reina!

». Al llegar a su palacio, en Drassanes, Cheste redactó y firmó su renuncia.

Su sustituto, Joaquim Bassols, se puso incondicionalmente bajo las órdenes de la Junta Revolucionaria.

Lo extraordinario es que Cheste saliera vivo del trance.

Seguramente nadie quería distinguirse como vengativo y sangriento, y la saña se cebó con objetos y símbolos.

Una multitud se reunió nuevamente en la Rambla y se adentró en el teatro del Liceu para arrancar el retrato de la reina odiada.

La gesta la protagonizó un personaje popular muy famoso, Tonet de les Capses, que entró en el teatro y exigió que le fuera entregado el retrato.

El vigilante negó que existiera tal pintura.

Y ya se iban los exaltados cuando un ciudadano sublevado recordó que se decía que en el interior del teatro había un busto de la soberana.

Efectivamente, en el interior del Liceu había una escultura de Isabel II, obra de Andreu Aleu.

Tonet de les Capses y sus compañeros ataron el busto y lo arrastraron Ramblas abajo hasta el puerto, donde lo arrojaron al mar.

Sin embargo, eran perros ladradores. La buena gente de Barcelona se arrepintió de lo que había hecho, y se sabe que seis años después de la hazaña, Tonet ayudó al escultor Rossend Nobas a recuperar el busto y reflotarlo.

El artista lo guardó mucho tiempo en su taller.

Curiosamente, el pedazo de mármol regio estuvo bajo el agua seis años exactamente, lo mismo que duró el Sexenio Revolucionario...

Uno de los exaltados que había arrojado el retrato de Isabel II a la calle desde una ventana del ayuntamiento era Valentí Almirall, fundador del catalanismo político.

A diferencia de lo que se lee habitualmente, trazando un falso paralelismo con el nacionalismo vasco, las formulaciones iniciales del movimiento no bebieron del carlismo, sino de la izquierda radical.

Almirall, como Pitarra o Ildefons Cerdà, era un federal convencido y totalmente tremebundo.

Su folleto juvenil titulado Guerra a Madrid (¡poco expresivo!), editado en tinta roja, formaba parte de este planteamiento furibundamente anticentralista.

Almirall fundó La Campana de Gràcia en 1870 y entre 1869 y 1872 fue publicando El Estado Catalán.

En 1873 lo encontramos en Madrid para asistir al desarrollo de la Primera República, pero no es hasta 1879 cuando toma forma un proyecto fundamental: su Diari Català, el primer periódico moderno en lengua catalana.

Los ochenta fueron los años centrales en su trayectoria: en 1880 organiza el Primer Congrés Catalanista, en el Teatro Tívoli; en 1882 funda el Centre Català, tres años después redacta el famoso Memorial de Greuges; en 1887 publica España tal como es, un hito fundamental para el desarrollo de la prosa regeneracionista.

Almirall, masón, fue uno de los impulsores de la Biblioteca Arús, uno de los centros culturales más activos, aún hoy, de la ciudad.

El espacio es de lo más interesante y se conserva intacto: sus salas históricas están presididas por una reproducción de la estatua de la Libertad.

Rossend Arús no pasó por la historia literaria sin aportar su granito de arena: su drama La mà oculta (1883) supuso una de las primeras piezas teatrales catalanas escritas en prosa, abandonando el verso.

Le siguió en ese camino el dramaturgo Feliu i Codina.

En 1893, la Biblioteca Arús adquirió ella sola veinticuatro mil volúmenes.

Almirall le donó toda su biblioteca, es decir, más de cuatro mil libros, con un fondo especializado sobre el descubrimiento de América que contaba con primeras ediciones de Bartolomé de las Casas o Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Su tratado más sistemático, Lo Catalanisme, es de 1886.

Después, con el cambio de siglo, su estrella se va apagando poco a poco.

No se entienden estos personajes progresistas de la época posromántica (Balaguer, Figueras, Pi i Margall, Lostau, Arús) sin un vistazo a las trayectorias de sus predecesores de mediados de siglo.

En Cataluña, el republicanismo se había hecho fuerte en Barcelona y el litoral de Girona mucho antes de que se desarrollara en Madrid.

Jordi Rubió i Balaguer ha escrito que «no era solo la voz de Víctor Balaguer la que sonaba aquellos años en otro tono.

No olvido a Sol i Padrís. Hay que recordar la obra de J.

Anselm Clavé. Comprometido en la revuelta del general Zurbano de noviembre de 1844, fue encarcelado en la Ciutadella y dicen que en su reclusión concibió la idea de crear los coros populares.

Hacia febrero de 1845 fundó el primero: La Aurora.

Lo siguió La Fraternidad y en 1855 el famoso Euterpe.

El año 1856 Clavé fue exiliado; pero, una vez liberado, reemprendió los conciertos y los dio en los jardines dichos de La Nimfa, en el paseo de Gràcia, los cuales fueron ya llamados Jardines de Euterpe.

Los inauguró el 7 de julio de 1857» (1996: 240).

En aquellos jardines se instaló el teatro llamado Prado Catalán, en 1863, donde triunfó el actor Ernesto Rossi interpretando fundamentalmente obras de Shakespeare y Calderón.

Muy cerca de allí, también en el paseo de Gràcia, se encontraban los jardines llamados Camps Elisis, hoy también desaparecidos.

Allí es donde el cacique liberal de la ciudad, el banquero Evarist Arnús, construyó el teatro más lujoso de la ciudad, Liceu aparte: el Teatre Líric - Sala Beethoven, inaugurado en 1881.

En sus tablas llegó a actuar Sarah Bernhardt, aunque fueron un feudo de dos de los actores más célebres del país: Rafael Calvo y Antonio Vico.

Por su parte, Balaguer era otro prodigio de la Naturaleza.

Con quince años de edad ya empezó a estrenar obras de teatro, concretamente el drama Pepín, el jorobado.

Poeta empedernido, incansable, fundador de incontables periódicos y revistas, cuando murió dejó tras de sí un centenar de libros.

Se le considera un predecesor de Guimerà, y una vez, durante una revuelta, le quemaron la biblioteca, llena de libros de Voltaire y de Rousseau.