Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 42 — Misma verdad, dos caminos
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Capítulo 42 — Misma verdad, dos caminos

Volver a Cairnloch fue como volver a abrir un libro que habías cerrado llorando: sabías exactamente dónde dolía, y aun así no podías evitar pasar las páginas.

Llegué un martes por la tarde, con mi única maleta, mi carpeta y mi pareja de clientes —Sofía y Nando, una pareja madrileña preciosa que quería casarse "en un sitio con alma, aunque se cayera a trozos"—, decidida a comportarme como una profesional.

Esto era trabajo. Esto era mi nuevo negocio.

Venía a ver el castillo como venue , a hacer fotos, a tomar medidas, a montar una boda real en el sitio más real que conocía.

No venía por Lachlan. Me lo repetí en el avión, en el coche de alquiler, en la pista de subida. No vengo por él. Vengo por esto.

Lo que no esperaba era que, al llegar, él no estuviera.

* * *

Me abrió la puerta Mrs. Baird, con su cara de pergamino y su ceja que lo sabe todo, y antes de que yo dijera nada, la ceja se le disparó hacia arriba como si llevara dos semanas esperándome.

—Usted —dijo—. Por fin. Llega tarde.

—¿Tarde para qué? —pregunté—. Vengo a ver el castillo para una boda. Es trabajo. ¿Está... está el señor MacRae? Debería avisarle de que...

—No —dijo Mrs. Baird, y se le escapó algo peligrosamente parecido a una sonrisa—. No está. Pase. Hay mucho que contarle, y por lo visto nadie ha tenido la decencia de contárselo todavía. Estos dos. —Suspiró al cielo—. Son como dos relojes parados a la misma hora que se empeñan en no mirarse.

Y me hizo pasar al gran salón —reparado, limpio, sin rastro de la batalla, otra vez hermoso— y me contó, taza de té mediante, lo que había pasado en Cairnloch en las dos semanas que yo llevaba muriéndome en Sevilla.

Y cada frase que decía me desmontaba un poco más.

Lachlan había roto el pacto. Del todo. Para siempre. Había ido a ver a doña Edina y le había dicho, delante de todos, que no se casaba con Fiona ni con nadie por conveniencia, nunca.

—Pero la deuda —dije, con la taza temblándome—. El banco. Sin la fusión, él...

—Ah. —Mrs. Baird sonrió del todo, esta vez—.

Espere a oír esto. Al señor se le ocurrió una idea.

Una idea de las buenas. Va a convertir Cairnloch en un sitio para bodas.

No bodas de mentira, de esas perfectas. Bodas de verdad.

Reales. Con su caos y su cabra y su alma.

Dice que la gente está harta de lo perfecto y quiere lo auténtico, y que él tiene el castillo más auténtico de Escocia.

Aitken hizo los números. Salva la casa. Sin vender los pastos.

Sin echar a los Cameron. Sin casarse con nadie.

Y yo me quedé con la taza a medio camino de la boca, sin respirar.

Porque esa era mi idea.

Palabra por palabra. Bodas reales. Caos incluido. El castillo como hogar de lo auténtico. La misma idea exacta que me había hecho rechazar Madrid, hacer las maletas y cruzar Europa. La idea que yo creía mía, nacida de mi desastre, de mi lección, de mi corazón roto.

La habíamos tenido los dos. A la vez. Ella en España, yo en Escocia. Sin hablarnos.

—Misma verdad —murmuré, más para mí que para Mrs. Baird—. Dos caminos.

—¿Cómo dice?

—Nada. —Tragué—. Que los dos... que sin saberlo, los dos... —No me salían las palabras—. Mrs. Baird, ¿dónde está? ¿Dónde está ahora?

Y Mrs. Baird, la mujer más seca de las Highlands, hizo entonces algo que no le había visto hacer nunca: se rió. Una risa de verdad, cascada y vieja y encantada.

—Ay, criatura —dijo—. Ahí está lo bueno. Esta mañana, al amanecer, ha cogido un avión. —Hizo una pausa, disfrutándolo—. A Sevilla. A buscarla a usted.

* * *

Me quedé muda.

Lachlan estaba en España. En mi ciudad. Buscándome.

En el mismo momento en que yo estaba en Escocia, en su castillo, buscando...

bueno, oficialmente buscando un venue . Nos habíamos cruzado en el aire, como dos idiotas en una comedia romántica mal sincronizada, cada uno volando hacia el sitio donde estaba el otro media hora antes.

Y entonces entendí lo más importante de todo.

Lo que de verdad importaba. No había ningún malentendido que aclarar.

No había un secreto escondido, ni una palabra mágica que deshiciera la pelea del salón.

Lo que nos había separado en aquella ruina —su miedo, mi reflejo, su deber, mi coraza— ya no existía.

No porque alguien hubiera explicado nada.

Sino porque los dos, cada uno por su lado, en dos semanas de infierno, habíamos hecho lo único que arregla las cosas de verdad: habíamos cambiado. Y habíamos actuado.

Yo había rechazado Madrid. Él había rechazado el pacto. Yo había elegido lo real. Él se había elegido a sí mismo. Yo había cruzado Europa por una idea. Él había cruzado Europa por mí.

Habíamos cruzado, los dos, al mismo lado. El lado del desastre elegido.

Y lo más terrible y lo más bonito era que lo habíamos hecho solos.

Sin que el otro nos arreglara. Sin que el otro nos salvara.

Cada uno se había salvado a sí mismo. Y solo entonces, los dos salvados, los dos enteros, los dos transformados, el destino —con su sentido del humor pésimo— nos ponía a cuarenta minutos de distancia volando en direcciones opuestas.

—Tengo que llamarlo —dije, sacando el móvil con dedos torpes.

—Inténtelo —dijo Mrs. Baird—. Pero va en un avión, criatura. Y luego aterrizará en una ciudad de un millón de personas a buscar a una mujer que no está. Tardará un rato en darse cuenta de que el pájaro voló al revés.

* * *

Para entonces, la noticia de que "la española ha vuelto" había recorrido el valle a la velocidad a la que solo corren las noticias en los sitios pequeños, que es más rápido que la fibra óptica.

En menos de una hora, el gran salón de Cairnloch se había llenado de gente que venía a verme con cualquier excusa.

Dougie, el del pub, trajo "unas botellas por si acaso".

Senga me miró de arriba abajo y sentenció: "Más flaca.

En Escocia comería mejor". Murdo y Eilidh Cameron —los que Lachlan había estado a punto de desahuciar y a los que ahora salvaba con su idea— me cogieron las manos con lágrimas en los ojos.

Y Morag, la temible Morag, entró apoyada en su bastón, me clavó esos ojos pequeños y feroces que no perdonan una, y dijo, sin más preámbulo:

—Conque usted es la idea fija de mi nieto.

—Me examinó—. Hum. Ya era hora de que alguien le pusiera la vida del revés a ese muchacho.

Lleva treinta y cuatro años demasiado ordenado.

—Se sentó, satisfecha—. Le he dicho que prefería ver caer el castillo a verlo casarse sin amor.

Y mírelo. Cruzando el cielo por una española.

Por fin un MacRae con sangre en las venas y no solo deber.

—Me señaló con el bastón—. No le rompa el corazón otra vez, ¿me oye? Que ya bastante torpe es él solo.

Y en mitad de aquel salón lleno de gente que me había adoptado sin pedirme permiso, mientras yo intentaba llamar por décima vez a un hombre que estaba sobrevolando los Pirineos en dirección contraria, oí un estruendo en la cocina, un grito de Mrs. Baird, y vi pasar a Wallace al galope con la pamela de Sofía, mi clienta, colgándole de un cuerno, perseguido por Angus.

Algunas cosas en Cairnloch no cambian nunca. Y me alegré, con todo el corazón, de que así fuera.

* * *

Lachlan tardó, en efecto, un rato en darse cuenta.

Lo sé porque, a media tarde, cuando ya había aterrizado en Sevilla y se había plantado, según supe después, en la puerta de mi piso vacío como un pasmarote, por fin le entró la cobertura y vio mis nueve llamadas perdidas. Y me llamó.

No descolgué a la primera. Me temblaban demasiado las manos. Descolgué a la segunda.

—Catalina. —Su voz. Esa voz. Sin aliento, lejana, con ruido de calle española de fondo, tan fuera de lugar—. Estoy en Sevilla. En la puerta de tu casa. He venido a... —Una pausa—. He venido a buscarte. A decirte muchas cosas. Y no estás.

—No —dije, y se me llenaron los ojos—. No estoy, Lachlan. —Tragué—. Estoy en tu salón. En Cairnloch. Tu abuela me está dando consejos y tu cabra acaba de robarle la pamela a mi clienta.

Silencio al otro lado. Un silencio largo, de hombre procesando el tamaño exacto del desastre cósmico.

—¿Estás... en mi casa? —dijo por fin.

—Tuvimos la misma idea —dije—. Lo del castillo. Las bodas reales. Lo tuvimos los dos a la vez, idiota. Y luego cogimos dos aviones en direcciones contrarias el mismo día. Somos... —Me reí, llorando—. Somos un desastre.

—Sí —dijo él, y juro que oí la sonrisa en su voz, esa sonrisa que tan pocas veces le había visto—.

Lo somos. —Una pausa, y luego, con una determinación nueva, de hombre que ya no se resigna a nada—: No te muevas de ahí.

¿Me oyes? No te muevas de Cairnloch. Cojo el primer vuelo de vuelta.

Hay algo que tengo que decirte, Catalina, y no pienso decírtelo por teléfono a mil kilómetros.

Te lo voy a decir a la cara. Mañana. En mi casa.

Delante de quien haga falta. —Bajó la voz—. Espérame.

Y colgó.

Y yo me quedé en el gran salón de Cairnloch, rodeada de un pueblo entero que sonreía sin disimulo, con el corazón a mil, con un hombre cruzando el cielo de vuelta hacia mí, con algo enorme e inminente flotando en el aire entre dos países.

Solo me separaba de él un vuelo.

Una noche.

Y lo que fuera que aquel hombre cabezota, honrado y por fin valiente había decidido decirme a la cara.

Esa noche tampoco dormí.

Pero esta vez, por primera vez en mucho tiempo, no fue de pena ni de miedo.

Fue de esperanza.