Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 43 — Kilt, broche y una cabra
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Capítulo 43 — Kilt, broche y una cabra

He estado en combate. He desactivado explosivos con las manos.

He enterrado a mi padre y he cargado yo solo con un castillo en ruinas.

Y nada, nada en mis treinta y cuatro años, me había aterrado tanto como plantarme en el patio de mi propio castillo, vestido con el kilt entero del clan, delante de medio valle, dispuesto a hacer el ridículo más grande y más necesario de toda mi vida.

Porque resulta que un hombre puede ser valiente para las balas y un completo cobarde para los sentimientos. Yo lo había sido durante tres décadas. Y se acababa hoy.

* * *

Volé toda la noche desde Sevilla. Aterricé al amanecer, conduje como un loco hasta Cairnloch, y lo primero que hice no fue dormir ni ducharme: fue sacar del armario el traje que mi padre se ponía en las grandes ocasiones y que yo no me había puesto jamás.

El kilt con el tartán verde y negro de los MacRae.

La chaqueta. El cinturón. Todo. Si iba a humillar mi orgullo delante de la mujer que amaba y de todo el valle, al menos lo haría vestido como lo que era: el laird de Cairnloch, entero, sin esconderme detrás de nada.

Mrs. Baird, al verme bajar las escaleras así vestido, dejó caer la bandeja.

—Por todos los santos —murmuró—. Va en serio.

—Voy en serio —dije—. ¿Dónde está?

—En el salón. Con sus clientes. Midiendo ventanas o lo que sea que hagan los que organizan bodas. —Me miró de arriba abajo, y por una vez la ceja que lo sabe todo no supo qué decir—. Señor. Va usted... va usted muy guapo. No lo estropee hablando, que para eso es un desastre.

Consejo sabio. No lo seguí.

* * *

Salí al patio. Y, como las noticias en este valle vuelan más rápido que cualquier cosa con alas, para cuando llegué ya se había juntado allí media comarca, avisada por quién sabe quién, con la excusa de quién sabe qué.

Estaba Morag en su silla, con su bastón y su cara de halcón.

Estaban los Cameron. Estaba Dougie con su delantal del pub.

Estaba Senga. Estaba Fiona, del brazo de Calum el maestro, los dos radiantes.

Hasta doña Edina había venido, no sé si a apoyar o a fiscalizar.

Y, junto a la puerta del salón, con su carpeta en la mano y cara de no entender nada, estaba ella.

Catalina.

Con su pelo de tormenta y sus ojos enormes y su vestido negro de organizadora, mirándome aparecer en el patio vestido de gala como si se le hubiera aparecido un fantasma del siglo XVIII.

—¿Lachlan? —dijo—. ¿Qué...? ¿Por qué vas vestido...?

—Cállate un momento, Catalina —dije, y mi voz salió ronca, y todo el patio se quedó en silencio—.

Por favor. Porque llevo toda la noche en un avión preparando lo que te voy a decir y, si me interrumpes, soy hombre muerto.

No se me dan las palabras. Nunca se me han dado.

Así que déjame soltarlas todas de golpe antes de que el miedo me las quite.

Y, delante de medio valle, el laird de Cairnloch, el hombre más seco y más cerrado de las Highlands, se tragó treinta y cuatro años de orgullo y empezó a hablar.

* * *

—Fui un cobarde —dije—. Eso para empezar.

La noche de la boda, en la ruina de mi salón, te dije cosas crueles.

Te llamé fantasía egoísta. Te eché en cara tu cobardía para no tener que mirar la mía.

Te dejé marchar convencida de que el amor es un desastre, cuando lo único desastroso de toda esta historia fui yo, escondido detrás del deber como un crío detrás de las faldas de su madre.

Tú me lo dijiste a la cara y tenías razón en cada palabra.

Yo no me quedaba por mi gente. Me escondía.

Tenía miedo. Miedo de quererte, de elegirte, de que se me cayera encima, de descubrir que debajo del laird no había un hombre que valiera la pena.

—Tragué—. Y por ese miedo estuve a punto de perder lo único que de verdad he querido en la vida.

El patio entero contenía el aliento. Catalina tenía los ojos llenos de lágrimas y la carpeta apretada contra el pecho como un escudo.

—Pero pasaron cosas —seguí—. Fiona tuvo el valor de subirse a una mesa.

Mi abuela tuvo el valor de admitir sesenta años de arrepentimiento.

Y tú, tú tuviste el valor de detonar tu propia boda perfecta por hacer lo correcto, y luego de rechazar lo seguro y cruzar Europa por una idea.

Todos a mi alrededor eran valientes menos yo.

—Di un paso hacia ella—. Así que decidí dejar de ser un cobarde.

Rompí el pacto. Para siempre. Encontré la forma de salvar Cairnloch sin venderme y sin vender mi tierra.

Y, sin saber que tú estabas pensando exactamente lo mismo en Sevilla, encontré que la única manera de salvar este castillo era convertirlo en lo que tú, sin querer, le enseñaste al mundo entero que podía ser: un sitio para el amor de verdad.

Imperfecto. Real. Con caos. —Sonreí, y me tembló la voz—.

Tuvimos la misma idea, Catalina. Cada uno a solas, en un país distinto.

Porque somos, te guste o no, la misma clase de loco.

* * *

Metí la mano en el bolsillo del pecho. Y saqué el broche.

No el pasador cualquiera. El otro. El de plata vieja labrada, con la mano cerrada sobre el puño de la espada, el escudo de los MacRae. El broche que mi bisabuelo le puso a mi bisabuela. El que un MacRae solo saca de la armería una vez en la vida, para una sola persona.

Se oyó un murmullo en el patio. Morag se llevó la mano a la boca. Porque todos los del valle sabían lo que significaba ese broche, aunque Catalina no.

—¿Te acuerdas de la noche del ceilidh? —dije, acercándome a ella, con el broche en la mano temblándome—.

Te envolví en el tartán del clan y te dije "ya eres de los míos".

Con un clic. Como quien presta un abrigo en una noche fría.

—Tragué—. Eso fue una cobardía también. Una forma de decirte que te quería sin atreverme a decírtelo.

De marcarte como mía sin darte nada a cambio.

—Levanté el broche—. Esto es lo contrario.

Esto no es un abrigo prestado, Catalina.

Esto es todo lo que tengo y todo lo que soy.

Este broche dice "eres mía" no por una noche, sino para siempre.

Dice que comparto contigo el castillo, el apellido, el desastre, la deuda, la cabra, las goteras, el valle entero y lo que me quede de vida.

Dice que te elijo. En voz alta. Delante de todos. Con todo.

Y, con las manos temblándome como nunca me han temblado, le prendí el broche del clan de los MacRae en el vestido negro, sobre el corazón.

Clic.

El mismo sonido de aquella noche. Pero esta vez no marcaba a nadie. Esta vez se entregaba un hombre entero.

* * *

Fue, debo decirlo, el momento más perfecto de mi vida.

Y duró exactamente hasta que Wallace decidió participar.

Porque mientras yo le prendía a Catalina el broche más sagrado de mi clan, en el silencio más solemne y emocionante que ha vivido el patio de Cairnloch en doscientos años, una cabra de las Highlands de tamaño considerable irrumpió al galope, atravesó la multitud derribando a Dougie, y se abalanzó directamente sobre mí con un único objetivo en su pequeña mente caprina: comerse la borla de mi sporran, que al parecer le pareció el aperitivo más apetecible del valle.

—¡WALLACE, NO! —rugí, justo cuando la cabra cerraba la boca sobre mi indumentaria ceremonial.

Y así, el laird de Cairnloch, en el momento más romántico y vulnerable de su vida, vestido de gala, con el corazón en la mano y el broche de sus ancestros recién entregado, tuvo que forcejear con una cabra que intentaba comerse su falda escocesa delante de la mujer a la que acababa de declararse y de medio valle muerto de risa.

Catalina se rió. Una carcajada enorme, con lágrimas, la risa más bonita que he oído en mi vida.

Angus llegó corriendo con un trozo de pan.

Wallace, sobornado, soltó mi sporran y se retiró con dignidad a rumiar su victoria.

Y yo me quedé allí, despeinado, con la falda mordisqueada, sin un gramo de la solemnidad con la que había empezado.

Y comprendí que así era exactamente como tenía que ser.

—¿Lo ves? —le dije a Catalina, recuperando el aliento, señalando a la cabra, al patio, a la multitud, a las viejas claymores del clan que colgaban otra vez de las paredes del salón a nuestra espalda, ya no como amenaza sino como lo que siempre debieron ser, una tradición, una historia, una broma vieja de familia—.

Esto es lo que te ofrezco. Un desastre. Un castillo que se cae, una cabra que se come las cosas, un tío que saca espadas en las bodas, un valle de locos, y un hombre seco y cabezota que tardó treinta y cuatro años en aprender a sentir.

No es perfecto. No tiene ni un pétalo en su sitio.

Es el caos absoluto. —Le cogí la mano, la del broche sobre el corazón—.

Pero es real. Y es mío. Y quiero que sea nuestro.

Dijiste una vez que la perfección es una actuación y que el amor de verdad es el desastre que eliges.

—Respiré, y solté, por fin, las últimas palabras, las que de verdad importaban—.

Pues yo te elijo a ti, Catalina Vega. A ti y a todo tu caos.

Para siempre. Eres el mejor desastre de mi vida.

Y te lo pregunto delante de toda esta gente imposible que ya es tan tuya como mía:

¿Quieres elegirme tú a mí?

Y la pregunta se quedó flotando en el aire del patio, sobre el broche, sobre la cabra, sobre el valle entero conteniendo el aliento.

Y Catalina abrió la boca para responder.