Capítulo 41 — El lord se elige a sí mismo
Resulta que el día que un hombre deja de ser un símbolo y empieza a ser un hombre, le pasan dos cosas. La primera: deja de tener miedo. La segunda, y mucho más útil: empieza a tener ideas.
Llevaba treinta y cuatro años sin tener una sola idea propia.
No me hacía falta. Un símbolo no necesita ideas; necesita cumplir.
Pero en cuanto, junto a aquel fuego, con la jaula abierta por Fiona y por mi abuela, decidí dejar de ser un cobarde con título, la cabeza se me llenó de algo nuevo.
De posibilidades. Y empecé, por primera vez en mi vida, a pelear por lo que quería en lugar de resignarme a lo que tocaba.
Lo primero que hice fue lo que llevaba semanas debiendo hacer.
Maté el pacto. Del todo. Para siempre.
* * *
Fui a ver a doña Edina. No a pedir permiso. A informar.
—No habrá boda —le dije, de pie en su salón, sin sentarme—.
Ni con Fiona ni con nadie por conveniencia.
Nunca. Su hija ama a un maestro y va a casarse con él, y tiene mi bendición.
Y yo amo a una organizadora de bodas española y voy a pasar el resto de mi vida intentando merecerla, empezando hoy.
El pacto se acabó. No por usted. No contra usted.
Simplemente se acabó, porque ni su hija ni yo vamos a entregar nuestra vida para que dos viejas no pierdan unos pastos.
—Respiré—. Y antes de que me diga que con esto hundo Cairnloch y arruino el valle, escúcheme, porque tengo una idea mejor.
Doña Edina, que esperaba una disculpa o una rendición, levantó una ceja ante la novedad de un MacRae que, por primera vez en su vida, hablaba como quien manda en su propia vida.
—Le escucho —dijo, y juro que había un punto de respeto nuevo en su voz.
* * *
La idea me había llegado de golpe, una noche, mirando el contador de espectadores de aquel maldito vídeo.
Cuatro millones de personas. Cuatro millones de personas habían visto Cairnloch.
Habían visto mi castillo en ruinas, mi valle, mis montañas, la cabra, la boda imperfecta y humana y caótica.
Y, lejos de reírse, lo habían adorado. Mi bandeja, igual que sospechaba que estaría la de Catalina, se había empezado a llenar de mensajes: gente preguntando si se podía visitar el castillo, si se podía celebrar algo allí, si "el sitio de la boda de las espadas" estaba disponible.
Y entonces lo vi. Clarísimo. La solución que llevaba un año buscando en los libros de Aitken y que no estaba en ningún libro de cuentas, sino en el desastre mismo.
Cairnloch no necesitaba una fusión para sobrevivir.
Necesitaba dejar de ser un secreto que se cae y convertirse en lo que el mundo entero, de repente, quería: un sitio de verdad.
Un castillo con alma, con historia, con cabras y goteras y leyendas, donde celebrar no la boda perfecta de plástico, sino la boda real, humana, imperfecta.
Lo convertiría en un lugar para casarse.
Pero no para casarse de mentira. Para casarse de verdad, con todo el caos incluido.
Bodas reales en un castillo de verdad. Eso era lo que la gente quería. Y yo lo tenía. Lo había tenido todo el tiempo, debajo de mi vergüenza por no poder pagar el tejado.
Le expliqué a Aitken los números. Por primera vez en años, sonrió.
Con el castillo lleno de bodas, eventos, visitas —con la fama que el desastre nos había regalado gratis—, los ingresos no solo cubrían la deuda de mi padre.
La enterraban. Sin vender un solo pasto.
Sin echar a un solo Cameron. Sin casarme con nadie.
Cairnloch se salvaba siendo, por fin, exactamente lo que era: un desastre hermoso y auténtico que la gente amaba.
Y, mientras se lo explicaba a doña Edina, caí en una cosa que me dejó sin aliento.
Era la idea de Catalina.
No la había hablado con ella. No sabía qué planeaba ella en España.
Pero supe, con una certeza absoluta, que ella estaría llegando exactamente a lo mismo, en su piso de Sevilla, mirando su propia bandeja de entrada.
Porque era su verdad. Era lo que me había enseñado ella sin pretenderlo: que lo real, lo imperfecto, lo humano, vale más que toda la perfección del mundo.
Yo solo estaba aplicando, al fin, la lección que me había dado la mujer a la que dejé marchar.
Habíamos llegado a la misma idea, cada uno en su país, sin saberlo.
Sus bodas reales. Mi castillo de verdad. Las dos mitades de la misma cosa.
Lo cual significaba dos cosas. Una: que teníamos un negocio. Dos, y mucho más importante: que estábamos hechos el uno para el otro de una forma que ni la geografía ni mi cobardía habían conseguido romper.
* * *
Lo del feudo, al final, se resolvió con la misma idea.
—Mire —le dije a doña Edina—. Las dos familias llevan cuarenta años matándose por una linde.
Por unos pastos que dan, ¿cuánto? ¿Para malvivir las dos?
Pues le propongo otra cosa. Cairnloch va a llenarse de gente, de bodas, de dinero.
Y ese dinero puede ser para una sola familia, o para las dos.
Únanse a esto. No por matrimonio. Por negocio.
Sus tierras tienen las mejores vistas del valle para las ceremonias; las mías, el castillo.
Juntemos lo que cada uno tiene, no casando a nuestros hijos, sino compartiendo la prosperidad.
El feudo se acaba no porque uno gane, sino porque a los dos nos va mejor juntos que enfrentados.
—Le tendí la mano—. Sus pastos y mi castillo.
Su nieta libre para casarse por amor. Y el valle entero, por fin, prosperando. ¿Trato?
Doña Edina miró mi mano un buen rato. Y luego, la mujer de hierro que llevaba cuarenta años en guerra, hizo algo que no había hecho en décadas: cedió. Con elegancia, eso sí.
—Es usted mucho más listo de lo que parecía, MacRae —dijo, estrechándomela—.
Su padre era un necio y un manirroto. Pero usted...
usted a lo mejor sirve. —Una pausa—. Trato.
Y dígale a mi hija que invite a su maestro a cenar.
Si va a arruinar el plan de su vida por amor, al menos que conozca al culpable.
Y así, sin una boda, sin una espada (bueno, con unas cuantas espadas, pero ya guardadas), sin un solo sacrificio, se acabó un feudo de cuarenta años.
Por prosperidad compartida. Por sentido común.
Por dos viejas que, al final, querían más a sus nietos que a sus pastos, aunque les costara la vida admitirlo.
Fiona lloró de alegría cuando se lo conté.
Calum, el maestro, vino a cenar, y resultó ser exactamente lo que Fiona necesitaba: un hombre bueno que la miraba como yo miraba a Catalina.
Morag los observó toda la cena con su cara de hierro y, al final, me susurró: "Bien.
Una boda de verdad en este valle. Por fin.
" Y supe que estaba pensando, como yo, en otra que faltaba.
* * *
Lo había arreglado todo. El pacto, muerto. El castillo, salvo. El feudo, terminado. La deuda, enterrada. Mi gente, a salvo. Por primera vez en mi vida adulta, Cairnloch no me pesaba en los hombros como una losa, sino que me sostenía como un hogar.
Solo me faltaba una cosa. La más importante. La única que de verdad importaba.
Ella.
Y a ella no la iba a recuperar con una idea de negocio ni con un trato de tierras.
A ella la había herido de verdad, con palabras crueles, en la ruina de un salón, llamándola fantasía egoísta y echándole en cara su cobardía para esconder la mía.
La había dejado marchar convencida de que el amor es el desastre que siempre temió.
Y eso no se arregla con un castillo lleno de bodas.
Eso se arregla yendo a buscarla. En persona.
Donde fuera. Tragándome el orgullo entero y demostrándole, no diciéndole, que el cobarde que la dejó marchar ya no existe.
Subí a la armería. Y de su sitio, del estuche viejo donde llevaba generaciones, saqué lo único que un MacRae le entrega a alguien cuando le entrega de verdad la vida: el broche del clan.
No el pasador cualquiera del tartán. El otro.
El antiguo. El de plata labrada con la mano sobre el puño de la espada, el que mi bisabuelo le puso a mi bisabuela, el que se le pone a la mujer con la que un MacRae va a compartir todo lo que es y todo lo que tiene.
El símbolo de que ya no eres "de los míos" como un abrigo prestado en una noche fría.
El símbolo de que eres mía. Para siempre. Si tú quieres.
Me lo guardé en el bolsillo del pecho, junto al corazón, donde llevaba semanas doliéndome ella.
Cogí el coche. Reservé el primer vuelo a Sevilla que encontré, para el día siguiente al amanecer.
Y bajé la pista de Cairnloch rumbo al aeropuerto, por primera vez en mi vida persiguiendo lo que quería en lugar de resignándome a lo que tocaba, con un broche de plata en el pecho y una sola idea fija en la cabeza:
Encontrar a Catalina Vega. Donde fuera. Y decirle, por fin, lo que un cobarde nunca se atrevió a decir.
Lo que no sabía —lo que me habría ahorrado un vuelo y le habría dado a esta historia un final menos enredado pero más sensato— era que, mientras yo volaba hacia España a buscarla, ella ya estaba volando hacia Escocia a buscar otra cosa.
Y que el destino, que tiene un sentido del humor pésimo, estaba a punto de cruzarnos en el aire.