Capítulo 35 — Alguien había olvidado guardar las espadas
Mi abuela me dijo una vez que ninguna boda MacRae termina sin sangre o sin trifulca. Yo siempre creí que era una leyenda, una de esas exageraciones que cuentan los viejos en el pub para asustar a los forasteros.
Aquella tarde descubrí que no era una leyenda.
Era una previsión meteorológica.
* * *
Cuando Catalina entró sola en el salón y contó, con la voz firme delante de dos millones de personas, que Bianca se había marchado, que no habría boda, que la novia había elegido no casarse, se hizo un silencio espeso, de esos que solo duran un segundo antes de que el mundo se rompa.
Y el mundo se rompió.
Mauro, para sorpresa de nadie que lo conociera, recibió la noticia de que su prometida lo había dejado plantado ante dos millones de personas con un visible alivio, sacó el móvil, y se puso a buscar un vuelo, ajeno por completo a que acababa de protagonizar el mayor drama de internet del año.
Kévin se desplomó en una silla murmurando cifras de seguidores perdidos.
Los influencers, oliendo el contenido, empezaron a grabarse a sí mismos reaccionando al desastre.
Y mi abuela —no la mía, doña Edina, la otra abuela de hierro— se levantó de su asiento de la primera fila, lívida de furia, porque su plan perfecto, el anuncio de mi compromiso con Fiona delante de todo el valle reunido, acababa de quedar sepultado bajo el escándalo de una novia fugada.
Y doña Edina, cuando está furiosa, no se calla.
—Una vergüenza —siseó, lo bastante alto para que la oyeran las primeras filas—.
Esto pasa por traer la frivolidad de internet a un valle decente.
Era de esperar. Todo lo que tocan los MacRae termina así: en ruina y en escándalo.
Como su castillo. Como sus cuentas. Como todo lo que llevan tocando ochenta años.
Y ahí. Justo ahí. En esa frase. Encendió la mecha.
* * *
Porque resulta que en aquel salón, sentados a pocos metros unos de otros gracias a la diplomacia de Catalina, estaban las dos familias que llevaban cuarenta años queriendo matarse por una linde.
Los Sinclair y los MacRae. Los suyos y los míos.
Y un MacRae —el viejo Tam Ross, primo lejano, ochenta años, sordo como una tapia pero con el oído finísimo para los insultos— se levantó al oír a doña Edina menospreciar a su clan.
—¿Ruina? —rugió Tam—. ¡Hablando de ruina la Sinclair, que su bisabuelo nos robó los pastos del río con un papel falso en 1903!
—¡El papel era legal! —saltó un Sinclair de la otra punta.
—¡Era tan falso como la dentadura de tu tía!
Y eso —la dentadura de la tía— fue, oficialmente, la chispa.
Lo que siguió no se puede contar en orden, porque no ocurrió en orden.
Ocurrió todo a la vez, como ocurren las catástrofes.
Un Sinclair empujó a un Ross. Un Ross devolvió el empujón con intereses.
Una silla voló. Doña Edina gritaba "¡comportaos!
" sin que nadie le hiciera caso. Los influencers chillaban y grababan.
Mauro seguía buscando vuelos. Y por encima del barullo creciente, con la alegría pura de quien lleva toda la vida esperando este momento exacto, se elevó la voz de mi tío Hamish.
—¡TRIFULCA! —bramó Hamish, encantado—. ¡UNA TRIFULCA DE VERDAD! ¡COMO LAS DE ANTES!
Y Hamish hizo lo que Hamish hace. Miró la pared más cercana. Y la pared más cercana, gracias a la tradición, gracias a Mrs. Baird, gracias a que alguien —yo, yo era ese alguien— había olvidado guardar las espadas, estaba cubierta de claymores ancestrales de mi clan.
Hamish descolgó una. La levantó por encima de la cabeza. Y soltó el grito de guerra de los MacRae, que llevaba sin oírse en aquel valle desde antes de que yo naciera.
Y el salón entero, dos familias enfrentadas, cuarenta años de rencor, whisky en las venas y espadas de verdad en todas las paredes, estalló.
* * *
Fue, sin la menor duda, el peor momento de mi vida como laird. Y mira que he tenido momentos malos.
En cuestión de segundos, mi gran salón —el salón de mis ancestros, el salón donde se suponía que se celebraba la boda más bonita del año, el salón que un equipo había transformado en un sueño— se convirtió en un campo de batalla medieval con público y cámaras.
Los Ross y los Sinclair se enzarzaron a empujones, a gritos, a golpes.
Tam Ross blandía un candelabro. Un primo Sinclair había cogido otra espada de la pared y la agitaba con más entusiasmo que destreza.
Hamish, en su elemento, perseguía a no se sabía quién dando mandobles al aire y derribando, de paso, el arco de rosas reconstruido, la mesa del banquete y a dos influencers que no habían sido tan rápidos huyendo.
Wallace, que de algún modo seguía suelto, galopaba entre las piernas de los combatientes robando comida del suelo con la serenidad de quien ha visto cosas peores.
Y Maud, asomada a la puerta, contemplaba la destrucción total de la boda con lo que ya solo podía interpretar como satisfacción.
Y todo, todo, EN DIRECTO. Las cámaras, abandonadas por sus operadores, seguían grabando.
El dron caído seguía transmitiendo desde el suelo.
El contador de espectadores, lo vi de refilón mientras esquivaba un mandoble, había superado los tres millones y subía como la espuma.
"BODA INFLUENCER ACABA EN BATALLA CAMPAL CON ESPADAS EN UN CASTILLO ESCOCÉS" no era un titular.
Era lo que estaba pasando. En mi casa. En directo. Para el planeta entero.
Trescientos años de leyenda, cumpliéndose ante tres millones de testigos.
Me metí en medio. Por supuesto que me metí en medio.
Soy el laird; es mi gente; es mi casa; es mi responsabilidad.
Grité con toda la autoridad que pude reunir —"¡BASTA!
¡PARAD TODOS! ¡SOLTAD ESAS ESPADAS!"— y, durante un instante, algunos pararon.
Pero la inercia de cuarenta años de rencor y tres horas de barra libre no se detiene con un grito.
Un Sinclair me empujó sin reconocerme. Esquivé el candelabro de Tam.
Le quité a un primo una espada de las manos antes de que le sacara un ojo a alguien.
E hice lo único sensato que se puede hacer en mitad de una batalla de borrachos: intentar desarmarlos uno a uno antes de que la leyenda cumpliera su parte de la sangre, no solo la de la trifulca.
Y entonces, en mitad de aquel caos, la vi.
* * *
A Catalina.
Mi organizadora de catástrofes, fiel a su naturaleza, no había huido como los influencers.
Se había metido en el ojo del huracán a hacer lo que mejor sabe: intentar arreglar el desastre.
La vi cruzar el salón entre los combatientes, esquivando golpes, gritando órdenes que nadie obedecía, tratando de separar a la gente, de proteger las cámaras, de salvar lo insalvable, con esa cabezonería suya que la había hecho subir una colina en tacones la primera noche.
Y la vi meterse, sin darse cuenta, justo donde no debía.
Hamish, ciego de whisky y de entusiasmo, había acorralado a un primo Sinclair contra la pared del fondo y blandía su claymore ancestral haciendo molinetes en el aire, gritando glorias del clan.
Y Catalina, intentando llegar hasta una cámara que se caía, pasó por detrás de él justo cuando Hamish echaba la espada hacia atrás para tomar impulso para el siguiente mandoble.
El filo — el filo de verdad, viejo, afilado, de una espada que había visto guerras— trazó un arco brillante en el aire, hacia atrás, hacia donde estaba ella, que no lo veía, que miraba la cámara, que no sabía.
Y el tiempo, como hace en los peores momentos, se ralentizó.
Vi la espada. Vi a Catalina. Vi el arco que las iba a juntar. Y no pensé. No calculé. No me acordé del deber, ni de Fiona, ni de doña Edina, ni de las tres millones de personas mirando, ni de nada de lo que llevaba toda la vida pesando en mi cabeza antes de cada acto.
Por primera vez en treinta y cuatro años, mi cuerpo se movió antes que mi deber.
Crucé el salón. No sé cómo. No recuerdo haber decidido hacerlo.
Solo recuerdo que de repente estaba allí, entre la espada de mi tío y la espalda de la mujer que amaba, agarrando a Catalina, girándola, cubriéndola con mi cuerpo, sacándola del arco del filo en el último instante, los dos cayendo juntos al suelo del salón mientras la claymore de Hamish pasaba silbando por donde un segundo antes había estado su cuello.
Aterrizamos en el suelo de piedra, yo encima de ella, protegiéndola, el corazón desbocado, en mitad de una batalla campal retransmitida a medio mundo.
Y Catalina, debajo de mí, con los ojos enormes, jadeando del susto, me miró.
—Me has salvado —susurró.
—No lo he pensado —dije, sin aliento, todavía sin soltarla, todavía cubriéndola con mi cuerpo mientras la guerra rugía alrededor—. No he pensado en nada. Solo en ti.
Y ahí, en el suelo, en medio del desastre más grande de mi vida, con las espadas de mi clan volando y tres millones de desconocidos mirando y todo mi mundo cayéndose a pedazos, supe que acababa de hacer, por instinto, sin pensarlo, lo que llevaba semanas jurando que no podía hacer.
Había elegido a Catalina por encima de todo.
Delante de todos.
Y ya no había forma de fingir que no.