Capítulo 36 — El desastre, otra vez viral
Hay una simetría en mi vida que solo un guionista con muy mala leche habría escrito: empecé mi carrera de organizadora cayendo en desgracia por un desastre viral. Y la estaba terminando, exactamente tres años después, con otro.
Estaba en el suelo del gran salón de Cairnloch, debajo de Lachlan, que acababa de salvarme la vida tirándose entre mi cuello y la espada de su tío.
El corazón me iba a mil. Acababa de oírle decir "no he pensado en nada, solo en ti".
Y por un segundo, un segundo robado en mitad del caos, nada más existió: ni la batalla, ni las espadas, ni nada que no fuera su cuerpo cubriendo el mío y lo que esas cuatro palabras significaban.
Lo miré desde abajo, con su cuerpo de escudo sobre el mío, y por un instante imposible los dos nos quedamos así, quietos, respirando el mismo aire en mitad de una batalla, diciéndonos sin palabras lo que llevábamos semanas sin atrevernos a decir en voz alta.
Él tenía una brizna de no sé qué en el pelo y una mirada que me atravesaba.
Yo tenía su peso encima y el corazón en la garganta.
Y durante ese segundo robado, lo juro, se me olvidó que el mundo entero se estaba cayendo a nuestro alrededor.
Pero el caos no espera a que disfrutes tus segundos robados. Y alrededor de nosotros, mi obra maestra agonizaba.
* * *
Me incorporé, todavía aturdida, y vi el alcance del desastre. Y era total.
El gran salón —mi salón, el que había transformado de ruina en sueño, mi mejor trabajo en doce años— era un campo de batalla.
Las flores, pisoteadas. El arco de rosas, en el suelo por segunda vez.
La mesa del banquete, volcada. La tarta, devorada por una cabra.
Las sillas, esparcidas como después de un naufragio.
Dos familias dándose de mandobles con las espadas ancestrales de un clan.
Un tío borracho dirigiendo la orquesta del desastre.
Y, sobre los restos, las tres cámaras y un dron caído, transmitiéndolo absolutamente todo a un contador que ya pasaba de tres millones y medio de espectadores y que no paraba de subir.
Saqué el móvil con dedos temblorosos, por puro masoquismo profesional, y lo confirmé.
Ya era tendencia. En todas partes. "#BodaDelCaos".
"Boda influencer termina en batalla de espadas".
Vídeos de Hamish blandiendo la claymore, ya recortados, ya con música de fondo, ya con dos millones de visualizaciones cada uno.
Mi nombre, el de mi empresa, etiquetado por la gente que reconocía el estilo: "esto lo ha organizado la misma de las mariposas".
Los comentarios caían más rápido de lo que podía leerlos.
"Esto es mejor que cualquier serie." "La cabra comiéndose la tarta es lo mejor que he visto este año.
" "El señor escocés tirándose entre la espada y la chica, ¿lo habéis visto?
¿QUIÉN es?" Risas, memes, capturas, mi desastre convertido en entretenimiento global en tiempo real, troceado y musicado y compartido por gente que no sabría encontrar Escocia en un mapa.
Y yo, en mitad de mi obra maestra hecha escombros, no podía hacer absolutamente nada para pararlo.
Doce años controlando hasta el último pétalo, y ahora el momento más incontrolable de mi vida se retransmitía a cuatro millones de personas sin que yo pudiera apagar una sola pantalla.
Y ahí estaba el círculo, cerrándose con una crueldad perfecta.
Tres años atrás, en la boda del futbolista Maxi Belmonte, solté catorce mil mariposas que, por un error de temperatura, salieron aletargadas y se le metieron en la boca al novio durante el "sí, quiero".
Catorce millones de visualizaciones. #LaPlannerDeLasMariposas.
Mi reputación, destruida en una tarde. Mi empresa, herida de muerte de la que no se recuperó nunca del todo.
Y aquí estaba yo, tres años después, en otro país, intentando salvar la empresa con la boda perfecta que lo arreglaría todo, viéndola convertirse, en directo, ante tres millones y medio de personas, en un desastre aún más espectacular que el primero.
La mariposa había vuelto. Más grande. Con espadas.
Mi obra maestra estaba destruida. La tarifa que iba a salvar mi empresa, perdida —porque no hay boda, y sin boda no hay pago, y yo misma había mandado a la novia a correr—. Y mi reputación, lo poco que me quedaba de ella, ardía en directo en mil pantallas.
Estaba acabada. Otra vez. Por las mismas razones de siempre.
Y, lo más raro de todo, en mitad de aquella ruina absoluta, no sentía lo que debería.
No sentía el pánico de hace tres años. Porque hace tres años el desastre me cayó encima.
Y este lo había elegido yo, por hacer lo correcto.
Y resulta que un desastre que eliges duele distinto a uno que te cae. Duele, pero no te avergüenza.
Pero eso lo pensaría después. Porque en aquel momento, la prioridad era que nadie acabara ensartado.
* * *
Y entonces, cuando la trifulca estaba en su peor momento, cuando Lachlan trataba de desarmar a media docena de borrachos a la vez y yo buscaba desesperadamente cómo parar aquello, pasó lo que menos esperaba.
Se subió alguien a la mesa volcada.
Fiona.
Fiona Sinclair, la novia perfecta del pacto perfecto, la heredera callada que se pasaba la vida obedeciendo, se subió a la mesa caída en mitad de la batalla, y gritó, con una voz que no le había oído jamás, una voz de mando que retumbó en la piedra de ochocientos años:
—¡BASTA!
Y, milagrosamente, medio salón se detuvo, sorprendido de que la dulce Fiona tuviera semejante vozarrón.
—¡Mirad lo que estáis haciendo! —Recorrió el salón con la mirada, a los Sinclair y a los Ross y a los MacRae, a su propia familia—.
¡Cuarenta años! ¡Cuarenta años matándoos por una linde, por unos pastos, por el orgullo de unos viejos que ya ni se acuerdan de por qué empezó!
—Le temblaba la voz de pura rabia—. ¿Y sabéis cuál era la solución de mi madre?
¿Sabéis cómo iba a acabar esta guerra estúpida?
¡Vendiéndome a mí! ¡Casándome con Lachlan MacRae para juntar las tierras!
¡Como una vaca de feria! ¡Para que vosotros, los mayores, pudierais seguir odiándoos en familia mientras los jóvenes pagamos vuestras guerras!
Doña Edina, lívida, intentó intervenir:
—Fiona, baja de ahí ahora mis...
—¡No, madre! —La cortó Fiona, y el salón entero contuvo el aliento—.
Se acabó. No me vendo. No me caso para arreglar vuestro rencor.
Si queréis acabar el feudo, lo acabáis vosotros, hablando como adultos, no casando a vuestros hijos con quien no aman.
—Miró a Lachlan, y a mí a su lado, y por un segundo le brilló algo cómplice en los ojos—.
Yo tengo mi propia vida que vivir. Y vosotros, vuestra vergüenza.
En directo, además. Ante tres millones de personas. Enhorabuena.
Y se hizo el silencio. El silencio de cuarenta años de feudo que una sola persona, la que menos esperaban, acababa de plantar cara.
Y yo, mirándola allí arriba, en mitad de la ruina, temblando de su propia valentía, sentí una punzada de algo parecido a la envidia.
Porque Fiona, la novia perfecta, la heredera obediente, acababa de hacer en treinta segundos lo que yo llevaba toda la vida sin atreverme: plantarse, en alto, delante de todos, y elegir su propia vida por encima de lo que se esperaba de ella.
Sin red. Sin plan. Sin importarle las cámaras ni los cuatro millones.
Acababa de saltar. Y le había salido, si no bien, al menos verdadero, que a esas alturas yo ya empezaba a sospechar que era lo único que importaba de verdad.
La trifulca se deshizo sola, de pura vergüenza.
Los Ross soltaron las espadas. Los Sinclair bajaron la cabeza.
Hamish, al ver que la diversión se acababa, dejó la claymore con un suspiro de decepción y se sentó a terminarse el whisky.
Y el gran salón de Cairnloch quedó, por fin, en silencio, en ruinas, lleno de gente avergonzada, con las cámaras grabándolo todo y un contador que ya rozaba los cuatro millones.
* * *
El polvo se asentó sobre la ruina total.
Y fue, de todas las cosas, lo más silencioso.
Después del estruendo, del griterío, de los mandobles, vino una calma rara, de campo de batalla cuando termina la batalla.
Los invitados empezaron a marcharse, cabizbajos, recogiendo abrigos, evitando las cámaras.
Kévin lloraba en una esquina por los seguidores perdidos y ganados a la vez.
Doña Edina se marchó sin decir palabra, derrotada por su propia hija.
Fiona bajó de la mesa, me dirigió una mirada larga, casi una sonrisa, y salió al patio a respirar el aire de su recién estrenada libertad.
Mrs. Baird empezó a barrer, porque en Cairnloch, pase lo que pase, alguien tiene que barrer.
Mauro, el novio plantado, fue de los primeros en irse, y juro que se le veía aliviado: se despidió de mí con un apretón de manos cordial, me deseó "mucha suerte con todo esto" como quien deja un trabajo que nunca le gustó, y se marchó a buscar su vuelo y su wifi, libre por fin de una boda que nunca había querido.
Los del valle se quedaron más, claro, porque para ellos esto no era una catástrofe sino la mejor noche de pub de la década, y ya se oía a Dougie prometiendo rondas y a Senga reconstruyendo los hechos con mejoras.
Pero poco a poco se fueron también, y el gran salón se fue quedando vacío, enorme, herido, lleno de los restos de un sueño que yo había construido piedra a piedra y que el mundo entero acababa de ver arder.
Y en mitad de aquel salón destrozado, entre las flores pisoteadas y las espadas caídas y los restos de la boda más perfecta y más catastrófica de mi carrera, nos quedamos los dos.
Lachlan y yo.
Frente a frente.
Él, con la camisa rota de la pelea, el tartán del clan torcido, mirándome con esos ojos que hacía un rato me habían dicho "solo en ti".
Yo, con el vestido de organizadora hecho un desastre, el pulso desbocado, la empresa en ruinas y la cabeza llena de todo lo que acababa de pasar: que había detonado mi obra maestra por elección propia, que él se había tirado entre una espada y mi cuello sin pensarlo, que me había elegido a mí por encima de todo delante de tres millones de personas.
Nos miramos en mitad de la ruina humeante.
Y supe, por la forma en que él me devolvía la mirada —con amor, sí, pero también con algo más oscuro asomando detrás, algo que se parecía mucho al miedo, al repliegue, al "esto es justo lo que yo temía"— que el desastre de fuera, el de las espadas y las cámaras, no era ni de lejos el más grande de la noche.
El de verdad estaba a punto de empezar.
Entre él y yo.
—Catalina —dijo Lachlan, y su voz ya no sonaba como en el suelo, hacía un rato. Sonaba a despedida—. Tenemos que hablar.
Y por su tono, por su cara, por cómo apartó la mirada de la mía, supe exactamente de qué iba a hablarme.
Del deber.
Otra vez.