Capítulo 31 — El altar estaba listo
El día de mi última boda en Cairnloch amaneció perfecto. Que es, créeme, lo peor que le puede pasar a una boda que no quieres que llegue.
Cielo despejado, esa luz limpia y rara de las Highlands después de una tormenta, el lago quieto como un espejo, el castillo en ruinas convertido —por mí, por mis manos, por mi obra— en algo que quitaba el aliento.
Y yo, a las siete de la mañana, ya estaba en pie, vestida de negro de organizadora, con el pinganillo puesto, la carpeta en la mano y el corazón empaquetado con tres capas de cinta aislante para que no se me notara que estaba hecho añicos.
Porque hoy tocaba ser la mejor versión de mí.
La profesional. La que ejecuta. Hoy montaba la boda más bonita de mi carrera, mi obra maestra, y la montaba sabiendo que era mi canto de cisne: que cuando se pusiera el sol, Bianca estaría casada, Lachlan estaría prometido a Fiona delante de todo el valle, y yo estaría haciendo la maleta.
Mi último día. Mi mejor trabajo. Mi despedida.
Las tres cosas a la vez, atadas con un lazo perfecto.
Y la ironía, la ironía que me reía amargamente en la cara mientras colocaba la última vela, era esta: yo, que monto el amor perfecto, llevaba dentro un amor de verdad que se moría hoy.
Y la boda que montaba, la perfecta, la de las fotos, era de mentira.
Bianca caminaría hacia Mauro sin saber qué desayuna.
Y yo, que sí sabía lo que era querer de verdad, lo perdía el mismo día.
El amor falso al altar. El amor verdadero a un avión.
Si yo escribiera bodas en vez de montarlas, mi editor me diría que esto es demasiado cruel para ser creíble.
Pero la vida no tiene editor. Así que respiré, sonreí, y seguí montando.
* * *
El set estaba listo a media mañana. Y era, modestia aparte, perfecto.
El gran salón del castillo, transformado.
Ochocientos años de piedra suavizados con miles de flores blancas —las de repuesto, después de lo de Wallace, pero nadie lo notaría—.
La luz entrando por los ventanales en haces dorados.
Las sillas en filas impecables. La mesa de roble de doce metros vestida de gala para el banquete.
Y al fondo, sobre una tarima, bajo un arco de rosas reconstruido, el altar. Listo. Esperando a la novia.
Lo miré desde el fondo del salón, con el pinganillo crepitando órdenes y la carpeta apretada contra el pecho, y por un segundo me permití sentirlo: el orgullo.
Esto lo había hecho yo. De una ruina empapada y una cabra y un lord arruinado, había sacado esto.
El altar estaba listo. Mi obra maestra estaba lista.
Y entonces, porque la perfección en Cairnloch dura exactamente lo que tarda en aparecer un problema, empecé a fijarme en todo lo demás. En todo lo que mi instinto de organizadora, entrenado en doce años de catástrofes, no podía dejar de ver. Y lo que vi no me gustó.
Vi las espadas.
Estaban por todas partes. Las claymores ancestrales del clan MacRae, sacadas para la boda como tradición, colgadas en las paredes, cruzadas sobre la chimenea, dispuestas a ambos lados del altar como guardia de honor.
Reales. Viejas. Con filo. Y al alcance, me di cuenta con un escalofrío, de cualquier mano que se estirara.
Me acordé, sin poder evitarlo, de la voz de Senga en el pub, riéndose: ninguna boda MacRae termina sin sangre o sin trifulca.
Me acordé de mi propia nota mental de aquel día: retirar TODAS las espadas el día de la boda.
Y aquí estaban, todas, en su sitio, por tradición, el día de la boda.
—Angus —dije por el pinganillo—. ¿Esas espadas se pueden... no sé... colgar más alto? ¿O fijarlas? Es que están muy a mano.
—Son tradición —crepitó la voz de Angus, como si eso lo explicara todo, que en este valle lo explica.
—Ya, pero...
—Tradición —repitió. Y colgó. Fin de la discusión.
Apunté "espadas" en mi lista de preocupaciones, debajo de las otras dos que ya tenía subrayadas en rojo.
La primera: Wallace.
* * *
A Wallace, por motivos de seguridad alimentaria y patrimonial, lo habían encerrado en el establo de piedra para la boda.
Lo cual, conociendo a Wallace, me daba la misma tranquilidad que encerrar a Houdini en una caja de zapatos.
Aquella cabra se había comido un plano maestro, un seating chart, un arco de rosas de importación y doce velas litúrgicas.
Su historial de fugas era impecable. Y hoy había noventa invitados, un banquete entero, flores comestibles y, sobre todo, el largo velo blanco de la novia más seguida de España.
Si Wallace se soltaba — cuando Wallace se soltara, me corregí, porque el optimismo es para los que no conocen a esa cabra—, las posibilidades de desastre eran, técnicamente, infinitas.
—Que alguien vigile el establo de la cabra —dije por el pinganillo—. En serio. Es prioridad uno.
—Ya lo vigilo yo —dijo Mrs. Baird, que en Cairnloch es la única persona competente además de mí.
La segunda preocupación subrayada en rojo: Hamish.
Hamish llevaba desde el desayuno "celebrando" la boda, lo cual en su caso significa whisky.
A las once de la mañana ya tenía esa alegría peligrosa de los borrachos con afición, y su afición, como todo el valle sabe, es la espada.
Hamish y una claymore son, por separado, dos elementos relativamente inofensivos.
Juntos, y con tres whiskies encima, en un salón decorado con espadas de verdad, delante de dos familias que llevan cuarenta años queriendo matarse por una linde... eran la receta de algo.
—Y que alguien vigile a Hamish —añadí, ya sin mucha esperanza—. Y, a poder ser, que lo mantenga lejos de las espadas.
—Eso —dijo Dougie por algún rincón— va a ser más difícil.
Hice un repaso mental, allí de pie en mi salón perfecto, de los ingredientes que tenía sueltos a pocas horas de la boda.
Espadas de verdad por todas partes. Una cabra con vocación de demolición a punto de fugarse.
Un tío borracho enamorado del hierro. Dos familias enemistadas a punto de juntarse con barra libre.
Un anuncio de compromiso que iba a remover cuarenta años de rencor.
Y, presidiéndolo todo, una leyenda de trescientos años que prometía sangre.
Cualquier organizadora con dos dedos de frente habría cancelado la boda.
Yo, en cambio, ajusté una vela y seguí adelante, porque las facturas no se pagan cancelando bodas, y porque, francamente, después de perder a Lachlan, una trifulca con espadas casi me parecía un alivio cómico.
Iba a arrepentirme de ese pensamiento. Pero eso aún no lo sabía.
* * *
Subí a ver a la novia a media mañana. Y me encontré la tercera señal. La peor. La que no estaba en mi lista porque no me la esperaba.
Bianca, en pánico.
La habitación de la novia era un torbellino de estilistas, maquilladoras, el vestido —espectacular, de ensueño, diez mil euros de tul— colgado como una aparición.
Y en medio, en bata, a medio peinar, estaba Bianca, blanca como el papel, con una copa de champán temblándole en la mano y una mirada que yo conozco muy bien porque la he visto en docenas de novias: la mirada del que está a punto de darse cuenta de algo.
—¡Cata! —Me agarró del brazo en cuanto entré, y me arrastró a un rincón, lejos del equipo—. Cata, menos mal. Necesito que me digas una cosa. Y necesito que me la digas de verdad, no de organizadora.
—Claro. —Se me encogió el estómago—. ¿Qué pasa?
—¿Tú crees que esto está bien? —Le temblaba la voz, le temblaba la copa, le temblaba todo—.
La boda. Mauro. Todo. —Tragó—. Anoche no dormí.
Y esta mañana, mientras me maquillaban, me he mirado al espejo con el velo puesto, y en vez de ver a una novia feliz he visto...
he visto a una chica disfrazada. Disfrazada de algo que no siento.
Y me ha entrado un pánico, Cata, un pánico que no se me va.
—Miró hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia el salón donde la esperaba el altar—.
Hay nueve millones de personas esperando ver mi boda perfecta.
Mis marcas. Mis patrocinadores. Mi madre, que ha invitado a media España.
Kévin, que dice que esto es lo más grande de mi carrera.
Todos esperan que yo baje esas escaleras y me case.
—Le brillaron los ojos, y por primera vez no era para la cámara—.
¿Y si no quiero? ¿Y si bajo esas escaleras, llego al altar, y resulta que no quiero?
Me quedé helada en aquel rincón, con la novia agarrada a mi brazo, a una hora de la ceremonia, oyéndola decir en voz alta la pregunta que lo podía hacer estallar todo.
Abajo, el altar estaba listo. Las sillas, llenándose.
El violinista, afinando. Los Sinclair, esperando su momento para anunciar otro compromiso sobre el mismo altar.
Lachlan, en algún sitio, poniéndose el tartán del clan para casar a una pareja y prometerse a una mujer el mismo día.
Noventa invitados. Las espadas en las paredes.
Wallace en su establo. Hamish con su whisky.
Todo el polvorín, montado, perfecto, esperando una sola chispa.
Y yo acababa de oír, en la habitación de la novia, el primer chisporroteo.
—Bianca —dije, con mucho cuidado, eligiendo cada palabra—. Respira. Tienes una hora. Vamos a hablar.
Pero ella ya no me escuchaba. Miraba el vestido colgado como una aparición, con los ojos muy abiertos, y dijo, en un susurro que me puso la piel de gallina, la frase con la que empezó, oficialmente, el día más caótico de mi vida:
—No sé si voy a poder bajar esas escaleras, Cata.
El altar estaba listo.
La novia, no.