Capítulo 32 — La novia, no
A mediodía, mi casa de ochocientos años se había convertido en un plató de televisión. Y yo, en el atrezzo más caro del plató: el lord de verdad, en el castillo de verdad, presidiendo, con el tartán del clan puesto, una boda de mentira.
Habían llegado los noventa invitados, y juntarlos a todos en un mismo salón era una obra de ingeniería social que solo Catalina podía haber resuelto.
Por un lado, la tribu de Bianca: influencers vestidos para ser fotografiados antes que para asistir a nada, con outfits que costaban más que mis tejados, mirándose unos a otros para ver quién había venido más guapo.
Por otro, el séquito de Mauro: futbolistas y representantes que no entendían qué hacían en un castillo escocés y buscaban, con la desesperación de náufragos, la barra y la wifi.
Y por otro, los míos: el valle entero, Dougie y Senga y los Cameron y media comarca, embutidos en sus mejores galas, mirando a los influencers como a una especie exótica y, sospecho, planeando ya las anécdotas que contarían en el pub durante los próximos diez años.
El choque de mundos producía escenas que pienso recordar el resto de mi vida.
Vi a Hamish explicándole a un futbolista internacional la diferencia entre un whisky de las Highlands y uno de las islas con la pasión de un converso, mientras el futbolista asentía sin entender una palabra y buscaba con los ojos la salida.
Vi a Senga inspeccionar el canapé que le ofrecía un camarero, olerlo, declarar "esto no es comida, es un adorno" y guardarse dos en el bolso por si acaso.
Vi a una influencer preguntarle a Angus, mi taciturno guardés, si el castillo tenía "ring light", y a Angus mirarla como se mira a alguien que habla en un idioma desconocido, que era exactamente el caso.
Dos tribus que no se entendían, repartidas por el salón de mis ancestros, sin sospechar que estaban a punto de compartir el mayor desastre de sus respectivas vidas.
Y, presidiéndolo todo, las cámaras.
Porque esto, no lo olvidemos, no era una boda.
Era contenido. Había un equipo de tres cámaras, un dron zumbando bajo el techo abovedado de mis ancestros, y un cartelito que rezaba "EN DIRECTO" con un contador de espectadores que, la última vez que lo miré, marcaba más de un millón de personas viendo, en ese preciso instante, cómo se casaba Bianca en mi salón.
Un millón de desconocidos. En mi casa. Mirando.
Era, en una palabra, una pesadilla. Y yo tenía que sonreír y hacer de anfitrión en ella.
* * *
Hice mis rondas de laird. Saludé. Estreché manos. Soporté que tres influencers se hicieran un selfie conmigo "con el lord de fondo, qué vibrazo". Y todo el rato, debajo de la cortesía, me latía en el pecho la cuenta atrás de mi propia condena.
Porque hoy no terminaba con la boda de Bianca.
Doña Edina me lo había dejado clarísimo: cuando Bianca y Mauro estuvieran casados, cuando todo el valle estuviera reunido y achispado y emocionado, con las cámaras aún encendidas, los Sinclair y los MacRae anunciarían el compromiso.
El mío. Con Fiona. Delante de todos. En directo, probablemente, para que un millón de desconocidos vieran también cómo se prometía el lord arruinado a la heredera vecina y se acababa, por fin, la guerra de las lindes.
La encontré entre la multitud, a doña Edina, vestida de gala, vigilándolo todo con sus ojos de hierro.
Me hizo un gesto seco con la cabeza al verme.
Recuerda lo de después. Como si pudiera olvidarlo.
A su lado, Fiona, guapísima y triste, me dirigió una mirada de compañera de patíbulo, esa solidaridad callada de dos personas a punto de ser sentenciadas juntas por el bien de todos.
En un momento en que doña Edina se distrajo dando órdenes a un camarero, Fiona se acercó a mí, fingiendo arreglarme una arruga inexistente en el tartán, y me habló bajito, sin mirarme.
—¿Tú quieres esto? —murmuró—. Lo de después. El anuncio.
—No —dije, igual de bajo—. ¿Y tú?
—Tampoco. —Tragó—. Pero lo vamos a hacer igual, ¿verdad? Porque es lo que toca.
—Es lo que toca —dije.
Fiona asintió, despacio, con una tristeza vieja, y volvió al lado de su madre antes de que se notara.
Y me quedé pensando que había algo profundamente roto en un mundo que obligaba a dos personas que no se querían a prometerse para que dos ancianas no perdieran unos pastos.
Pero no lo dije. Porque yo, como ella, era lo que tocaba.
Asentí. Seguí sonriendo. Hice de anfitrión. Y, por dentro, conté las horas que me quedaban de ser un hombre libre, que eran pocas y se acababan al ritmo de un violín afinando.
* * *
Y entonces, en mitad de aquel circo, la vi a ella.
A Catalina.
Estaba en el otro extremo del salón, de negro, con el pinganillo puesto, apagando los mil fuegos que apaga una organizadora minutos antes de una ceremonia.
Dirigía al violinista. Recolocaba una silla.
Tranquilizaba a una maquilladora histérica.
Hacía su trabajo, su obra maestra, con una eficacia perfecta y la sonrisa de trabajo bien puesta, la misma que les pone a las novias, la que enseña los dientes y no significa nada.
Pero yo había aprendido a leerla. Y sabía lo que había debajo.
Sabía que estaba ejecutando la boda más bonita de su carrera el mismo día que me perdía.
Sabía que cada vela que colocaba era una despedida.
Y por encima de la multitud, por encima de las cámaras y el dron y el millón de espectadores y los noventa invitados y los Sinclair y el deber, nuestras miradas se cruzaron.
Una sola vez. Un segundo. Pero en ese segundo cupo todo.
Cupo el barro de la primera noche, y la espada en su cara.
Cupo el bothy, y el whisky, y el "no quiero fingir".
Cupo el baile, y el centímetro de aire, y la mano que no se posaba.
Cupo la tormenta, y el fuego, y las máscaras caídas.
Cupo "te quiero sin futuro". Cupo todo lo que habíamos sido y todo lo que no íbamos a poder ser.
Y cupo, sobre todo, la despedida: porque los dos sabíamos que esa mirada, por encima del caos, en mitad de la boda de otra, horas antes de mi compromiso con otra, era de las últimas que nos quedaban.
Ella sonrió. Apenas. Una sonrisa triste, valiente, de "estamos haciendo lo correcto y nos está matando". Yo le devolví otra igual. Y luego, los dos, profesionales hasta el final, apartamos la mirada y volvimos cada uno a su papel: ella a montar la boda, yo a presidir mi condena.
Fue la mirada más larga y más corta de mi vida. Y no sabía, en ese momento, que iba a ser la última tranquila que cruzaríamos en mucho rato. Porque el reloj ya había empezado a contar hacia el desastre, y faltaban exactamente cuatro minutos para que cayera la primera ficha.
* * *
A la una en punto, todo estaba listo.
Los noventa invitados, sentados en sus filas perfectas.
Las dos familias enemistadas, separadas con la sabiduría diplomática de Catalina, los MacPherson a un lado, los Ross al otro, una zona desmilitarizada de influencers en medio.
El violinista, el arco en alto. Las cámaras, grabando.
El dron, suspendido. Las espadas de mi clan, relucientes en las paredes.
Hamish, en primera fila, con una petaca mal disimulada y una sonrisa peligrosa.
Y en el altar, bajo el arco de rosas, esperando, con cara de estar deseando que esto acabara para volver a mirar el móvil, Mauro.
Solo faltaba una persona.
La novia.
El violinista, a una señal de Catalina, atacó la marcha nupcial.
Las cabezas se giraron hacia la escalera por la que debía bajar Bianca, espectacular, envuelta en diez mil euros de tul, hacia su final feliz en directo.
El dron se reposicionó para captar el momento.
El contador de espectadores subió de golpe, todos esperando la entrada de la novia.
Y la novia no bajó.
La marcha nupcial sonó una vez. Las cabezas siguieron giradas.
Mauro, en el altar, miró su reloj. La marcha nupcial sonó dos veces, y el violinista, sin instrucciones nuevas, empezó a repetirla con esa cara de pánico contenido de los músicos cuando algo no va según el plan.
Tres veces. Cuatro. La escalera seguía vacía.
Un murmullo empezó a recorrer las filas, primero entre los influencers, luego entre el pueblo.
Kévin, junto a una cámara, miraba hacia arriba con cara de horror creciente.
El contador de espectadores subía, ajeno, hambriento.
Yo había presidido suficientes desastres en este valle para reconocer la textura exacta del momento en que algo se tuerce de verdad.
Lo había sentido con las inundaciones, con los incendios de carpa, con las cabras en las tartas.
Era un cambio en el aire, un murmullo de pánico que pasaba de fila en fila antes de que nadie se atreviera a decirlo en voz alta.
Y lo estaba sintiendo ahora, crecer, mientras la marcha nupcial daba vueltas sobre sí misma y la escalera seguía, obstinadamente, vacía.
Y yo, desde mi sitio de anfitrión, vi a Catalina —que un segundo antes dirigía la ceremonia con calma de cirujana— llevarse la mano al pinganillo, escuchar algo, y ponerse blanca.
La vi mirar la escalera vacía. La vi mirar a Kévin. Y la vi, sin perder un segundo más, recogerse la falda y subir las escaleras de dos en dos hacia la habitación de la novia, deprisa, con la urgencia de quien sabe que algo se acaba de torcer de verdad.
La marcha nupcial sonó por quinta vez en un salón cada vez más inquieto, con un millón de personas mirando una escalera por la que no bajaba nadie.
El altar estaba listo. Las cámaras, grabando. El valle, esperando.
La novia, no.
Y yo, que llevaba toda la mañana presintiendo que algo iba a salirse del guion, sentí cómo, en algún sitio del piso de arriba, acababa de caer la primera ficha de un dominó que ya no iba a parar hasta llevarse por delante la boda entera, mi compromiso, las espadas de mi clan y, con un poco de suerte o de desgracia, el plan perfecto de doña Edina.
Que Dios nos pillara confesados.
Empezaba el desastre.