Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 30 — Víspera que alguien guarde las espadas
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Capítulo 30 — Víspera que alguien guarde las espadas

Le robé a Catalina el último día. Y al caer la tarde, como para cobrármelo, el mundo entero se presentó en Cairnloch a cobrarme a mí.

Primero llegó el caos previsible: los camiones de las flores de repuesto, el catering, el equipo de Bianca multiplicándose, Kévin con doce crisis a la vez, mi castillo en ruinas transformándose, a marchas forzadas, en el decorado de una boda de cuento.

Mrs. Baird daba órdenes a media docena de mozos.

Angus colocaba bancos. Hamish, a quien nadie había invitado a colaborar, "supervisaba" desde una silla con una botella.

Y en mitad de todo, Catalina, la organizadora, ejecutando su obra maestra con una eficacia que solo yo sabía cuánto le costaba, porque solo yo sabía lo que tenía roto por dentro mientras sonreía y señalaba dónde iban las velas nuevas.

Y luego, cuando ya creía que la víspera no podía apretar más, subió por la pista el coche que más temía.

Los Sinclair.

* * *

Doña Edina bajó del coche como baja una reina a un territorio que ya considera suyo. Detrás, más callada, bajó Fiona.

—Hemos venido para la boda de mañana —anunció doña Edina, aunque los dos sabíamos que la boda de Bianca le importaba un comino—.

Y para lo de pasado. —Me clavó los ojos—.

Aitken tiene los papeles listos. El jueves firmamos.

Y mañana, en la boda, delante de todo el valle reunido, anunciaremos el compromiso.

—Levantó una ceja ante mi silencio—. Es lo lógico, Lachlan.

Estará todo el mundo. Las dos familias. La comarca entera.

Una boda es el sitio donde se anuncian estas cosas.

El valle lleva cuarenta años esperándolo.

Démoselo. —Bajó la voz—. A menos que tengas algo que decir. ¿Lo tienes?

Y ahí estaba. La pregunta. La última puerta. ¿Tienes algo que decir? Tenía el valle entero. Tenía a Mrs. Baird, a Angus, a los Cameron, a cada familia que se hundía si yo no firmaba. Tenía a Aitken y su aritmética de muro. Tenía ochocientos años de sangre que cumplió.

—No —dije—. No tengo nada que decir.

—Bien. —Doña Edina asintió, satisfecha, y entró en el castillo a inspeccionar lo que pronto consideraría su salón.

Y me dejó en el patio con Fiona.

* * *

Fiona y yo nos quedamos solos junto al coche, dos personas a punto de prometerse en público sin habernos elegido nunca.

—Lo siento —dijo ella, en voz baja, mirando hacia donde su madre acababa de entrar—.

Por todo esto. Por el anuncio. Por mañana.

—Me miró, y en sus ojos había la misma jaula que en los míos—.

¿Sabes lo más triste, Lachlan? Que tú y yo nos llevaríamos bien.

Seríamos amigos. Cuidaríamos del valle juntos, bien, con cariño.

No sería un mal matrimonio. —Sonrió, y fue la sonrisa más triste que he visto—.

Solo sería un matrimonio sin esto. —Señaló vagamente el aire, lo que falta, lo que ninguno de los dos sentía por el otro—.

Y yo me he pasado la vida pensando que eso era suficiente.

Que el cariño y el deber bastaban. Hasta que...

—Se calló de golpe. Algo le cruzó la cara, algo que se guardó deprisa, un nombre que no dijo—.

Hasta hace poco —terminó, en voz baja—. Da igual.

La miré, y por primera vez me pregunté si Fiona Sinclair, la novia perfecta del pacto perfecto, tendría también, en algún rincón de su vida, su propia tormenta y su propio bothy y su propia persona imposible. No se lo pregunté. No era el momento. Pero lo guardé.

—Que al menos una boda en este valle se haga por amor —dijo ella entonces, repitiendo lo que ya me había dicho una vez, mirando hacia el castillo donde se preparaba la de Bianca—.

Aunque no sea la nuestra. —Me tocó el brazo, un gesto de aliada, de compañera de condena—.

La española es buena chica, Lachlan. Lo sé porque tengo ojos.

—Y antes de que yo pudiera decir nada, entró tras su madre, dejándome con un nudo nuevo y la sensación incómoda de que en este valle había más corazones presos de los que yo creía.

* * *

Y entonces, por si la noche necesitaba un mal presagio, sacaron las espadas.

Fue idea de Mrs. Baird, en realidad, y de la tradición.

"En una boda MacRae —me dijo, cuando me extrañé— se sacan las espadas del clan.

Siempre se ha hecho. Decoran el salón. Es lo nuestro.

" Y así, esa noche de víspera, bajaron del armería las claymores ancestrales de mi familia —las de verdad, las viejas, las que llevan filos que han visto cosas— y las colocaron cruzadas en las paredes del gran salón, sobre la chimenea, junto al altar improvisado, relucientes a la luz de las velas, como decoración, como tradición, como recuerdo de quiénes éramos antes de ser un castillo en ruinas alquilado a una influencer.

Yo las miré, colgadas por todas partes, al alcance de cualquier mano, y sentí un frío que no venía de las corrientes.

Porque me acordé de la leyenda. La que Dougie y Senga le habían contado a Catalina en el pub, riéndose.

Ninguna boda MacRae termina sin sangre o sin trifulca.

Trescientos años de verdad. La boda de mi abuelo, dos primos en el río.

La de mi tío abuelo, con la Guardia avisada.

En esta familia, cuando hay boda, hay hierro.

Y mañana, en mi casa, iba a haber una boda, y dos familias enfrentadas cuarenta años por una linde, y whisky a raudales, y un anuncio de compromiso que removería viejas rencillas, y, repartidas por todas las paredes, al alcance de cualquier borracho con memoria larga, las espadas de verdad de mi clan.

—Alguien tendría que guardar esas espadas —murmuré, más para mí que para nadie.

—Bah —dijo Hamish, pasando con su botella, palmeándome la espalda—. Tranquilo, muchacho. ¿Qué va a pasar?

Famosas últimas palabras, pensé. Pero estaba demasiado cansado, demasiado roto, demasiado lleno de despedidas para insistir.

Lo apunté en algún rincón de mi cabeza — vigilar las espadas mañana — y lo dejé ahí, junto a las otras cien cosas que me preocupaban, sin saber que aquella sería la que de verdad importara.

* * *

Y, en medio de toda aquella convergencia —los Sinclair, las flores, el anuncio, las espadas, Bianca a quien oía discutir nerviosa con Kévin en el piso de arriba, los nervios de todo el valle reunido—, le robé a Catalina un último momento.

Fue tarde, ya de noche, cuando el castillo por fin durmió.

La encontré comprobando el salón una última vez, sola entre las velas y las espadas.

Y no hicieron falta palabras. Nos quedamos juntos en mitad de aquel salón listo para una boda que no era la nuestra, mirando el altar donde mañana se casaría una desconocida y pasado se anunciaría mi condena, y yo la abracé, despacio, sin prisa, con toda la pena del mundo, porque sabía —los dos sabíamos— que aquel era, de verdad, el último.

—Mañana, cuando todo esto empiece —le dije al oído—, no voy a poder mirarte. Tendré que ser el laird. Tendré que estar con Fiona, con doña Edina, con el deber. No voy a poder ser tuyo ni un minuto, delante de toda esa gente.

—Lo sé —susurró ella, contra mi pecho.

—Así que te lo digo ahora. Por si no hay otro momento. —Le besé el pelo—. Gracias por verme. Por ver al hombre. Nadie lo había hecho nunca. Y pase lo que pase mañana, me lo llevo. Para siempre.

Nos quedamos así, abrazados entre las velas y las espadas de mi clan, robándole a la noche el último minuto, hasta que ella se separó, despacio, y me miró con los ojos brillantes, y dijo:

—Deberíamos dormir. Mañana es el día.

Y subimos cada uno a su cuarto. Separados. Como mandaba el deber. Una última noche de despedida que ni siquiera nos permitimos, porque a veces el adiós más grande es el que se hace de pie, vestidos, sin tocarse, sabiendo que se acabó.

* * *

No dormí. Otra vez.

Y vi, por la ventana de mi cuarto frío, cómo el cielo del este se iba poniendo gris, y luego rosa, y luego de la luz limpia y traidora de una mañana de boda.

Abajo, en el salón, esperaban las velas, el altar, y las espadas de mi clan relucientes en las paredes.

Fuera, los Sinclair dormían bajo mi techo, listos para anunciar mi futuro.

En algún cuarto, Bianca se preparaba para caminar hacia un hombre que no conocía.

En otro, Catalina se preparaba para montar la boda perfecta y empezar a despedirse.

Y yo me preparaba para hacer, una vez más, lo correcto, delante de todo el valle, con el corazón en otra parte.

Amaneció el día de la boda.

Y yo, mirando el sol salir sobre Cairnloch, tuve la sensación rara, helada, de animal que huele la tormenta, de que algo, ese día, iba a salirse del guion.

No sabía qué.

Pero había una cabra suelta, un tío borracho, un valle con rencores viejos, una novia aterrada, dos amantes rotos, un anuncio explosivo y las espadas de mi clan colgadas al alcance de cualquiera.

Visto así, en realidad, lo raro habría sido que no pasara nada.