Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 29 — Sin futuro y te quiero igual
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Capítulo 29 — Sin futuro y te quiero igual

Me desperté el día antes de la boda con una certeza nueva y aterradora: que me quedaba un día.

Uno. El último día privado antes de que mañana montara la boda perfecta de Bianca, pasado mañana Lachlan firmara su vida ante notario, y al día siguiente yo volviera a un avión rumbo a Sevilla y a una empresa que ya no sabía si quería salvar.

Un día.

Y podía gastarlo como llevo toda la vida gastando los días importantes: escondida detrás de una lista de tareas, controlándolo todo, sin sentir nada. O podía, por una vez, gastarlo de verdad.

Elegí lo segundo. Y elegirlo fue lo más valiente que he hecho en mi vida adulta, porque elegir lo de verdad, cuando lo de verdad no tiene futuro, es elegir que te rompan despacio y a propósito.

Pero ya estaba harta de protegerme. Ya había visto adónde me llevaba protegerme: a vender al hombre que quería, a perderlo por miedo, a quedarme a salvo y sola.

No quería estar a salvo. Quería estar viva, aunque doliera.

Así que fui a buscarlo. Y le robé el día.

* * *

Lo encontré en el establo, dándole de comer a las ovejas, en vaqueros viejos y sin afeitar, lo más lejos del "lord atormentado" del feed que se puede estar. Y me quedé un momento en la puerta, mirándolo, antes de que me viera.

—Tenemos boda en menos de veinticuatro horas —dijo, sin girarse, porque me había oído—. Deberías estar gestionando una catástrofe.

—Las catástrofes pueden esperar —dije—. Hoy no soy organizadora. —Tragué—. Hoy quiero darte una cosa. Y no es contenido. Es lo contrario del contenido.

Se giró, intrigado, con un puñado de pienso todavía en la mano.

—Te reduje a un símbolo —dije, y la voz me salió temblorosa pero entera—.

Cogí lo más tuyo y lo convertí en eslogan.

Te hice exactamente lo que te llevan haciendo toda la vida: verte como lo que representas en vez de como lo que eres.

Y borrar la campaña no lo arregla, ya lo sé.

Así que quiero hacer lo opuesto. Hoy. Para arreglarlo de verdad, no para una pantalla.

—Respiré—. Quiero decirte lo que veo cuando te miro.

Al hombre. No al laird. No al símbolo. A ti.

Y se lo dije.

* * *

—Veo a un hombre que le habla a un viejo de sus ovejas en el suelo de un corral para que no tenga miedo —empecé—.

Que no se le pasa por la cabeza que eso sea nada del otro mundo.

Veo a un hombre que persigue una cabra por un patio entero para devolverle una rosa robada, riéndose por dentro aunque no lo enseñe.

Que soborna a un animal imposible con media barra de pan porque no sabe ser cruel ni con una cabra.

—Di un paso hacia él—. Veo a un hombre que se quitó su propio tartán para que yo no pasara frío.

Que me sostuvo la mano en un baile sin atreverse a tocarme porque su honor pesaba más que su deseo.

Que me dijo la verdad más amarga del mundo, "no hay salida", antes que regalarme una mentira bonita, porque me respeta demasiado para mentirme aunque mentirme fuera más fácil para los dos.

Lachlan se había quedado muy quieto, el pienso olvidado en la mano.

—Veo a un hombre que carga con un valle entero a la espalda y cree que ese es su único valor —seguí, y se me llenaron los ojos—.

Y se equivoca, Lachlan. Porque yo no me he enamorado del laird de Cairnloch.

El laird de Cairnloch me da igual. Me he enamorado del hombre que hay debajo.

Del que persigue cabras y abriga a viejas y dice verdades amargas.

De ese. Del que tú crees que no existe, del que tú crees que no vale nada sin el deber.

Ese hombre es lo mejor que he conocido en mi vida.

Y existe. Y vale. Y lo veo. Aunque tú no lo veas, yo lo veo.

Y quería que lo supieras antes de... —Se me quebró la voz—. Antes de mañana.

Y vi cómo a aquel hombre de piedra, a aquel exmilitar gruñued que controla cada músculo de su cara, se le humedecían los ojos.

Porque le acababa de dar lo único que nadie le había dado nunca: que alguien lo mirara y, en vez de ver un símbolo, lo viera a él.

Y que se lo dijera. En voz alta. Sin cámara. Para nadie más que para él.

—Catalina —dijo, con la voz rota.

—No he terminado —dije, riéndome entre las lágrimas—.

Que esto me ha costado mucho y lo voy a soltar entero.

—Respiré hondo—. No tenemos futuro. Lo sé.

Mañana te casas con otra, pasado firmas, y yo me vuelvo a España.

No te estoy pidiendo nada. No estoy pidiendo que rompas tu palabra, ni que abandones tu valle, ni que dejes de ser honrado, porque ser honrado es lo que más quiero de ti y no te lo voy a quitar.

No te pido futuro. —Lo miré a los ojos—.

Solo quería que supieras, hoy, el último día que es nuestro, que te quiero.

Sin futuro y te quiero igual. Que no he venido a Escocia a salvar mi empresa.

He venido, sin saberlo, a aprender que llevaba tres años escondida y que se puede querer de verdad aunque te rompa.

Tú me lo has enseñado. Y eso no me lo quita ni el pacto, ni la boda, ni el avión.

Me lo llevo puesto para siempre. Ya está.

—Sonreí, temblando—. Eso era lo que quería darte.

Mi verdad. Sin un solo pétalo en su sitio.

Y Lachlan dejó caer el pienso al suelo, cruzó el establo en dos zancadas, y me cogió la cara entre las manos como si yo fuera lo único real que le quedaba en el mundo.

—Yo también te quiero —dijo, contra mi frente, con una voz que no le había oído nunca, desnuda del todo—.

Sin futuro y te quiero igual. Y daría el valle entero, el castillo, el apellido, los ochocientos años, todo, por poder elegirte.

Lo único que no puedo dar es a mi gente.

Y me odio por eso. Pero te quiero, Catalina.

Más de lo que he querido nada ni a nadie.

Y mañana, cuando esté delante de ese altar, voy a estar pensando en ti.

* * *

No nos quedaba futuro. Pero nos quedaba aquel día. Y lo gastamos entero, los dos, sin esconderlos.

Le robé al castillo y a la boda y al deber un día completo, el último, y fue el día más imperfecto y más real de mi vida.

No hubo nada bonito que enseñar. No hubo plan.

Caminamos por la orilla del lago sin rumbo.

Nos sentamos en el muro bajo a ver pasar las nubes.

Me enseñó a silbar a las ovejas, fatal. Le conté Sevilla, el azahar, el río, mi madre.

Nos reímos de Wallace, de Hamish, de Bianca, de Mauro y su wifi.

Nos callamos juntos, que es lo más difícil.

Y cuando cayó la noche, la última noche, no hubo tormenta que nos obligara, ni excusa, ni máscara: solo dos personas que se querían sin futuro eligiendo, a propósito, con los ojos abiertos, gastar juntos las pocas horas que les quedaban antes de que el mundo se las cobrara.

Y la luz, esta vez, no se fue. Pero a nosotros nos dio igual la luz. Cerramos la puerta nosotros.

* * *

Desperté con él, por segunda y última vez, con la primera claridad del día de la boda entrando por la ventana.

Y esta vez no hubo tres segundos de felicidad antes del pavor.

Esta vez no hubo pavor. Porque ya no me escondía.

Ya había dicho la verdad. Ya me había dejado querer y había querido sin red, y eso, descubrí, te quita el miedo aunque no te quite la pena.

Me quedé mirándolo dormir, este hombre imposible y honrado al que quería sin futuro, y en vez de calcular cómo iba a sobrevivir a perderlo, simplemente lo miré.

Lo guardé. Cada arruga, cada cicatriz, cada respiración.

Para llevármelo entero a Sevilla cuando todo esto acabara.

Lachlan abrió los ojos. Me miró. Y no dijimos nada, porque no hacía falta, porque ya nos lo habíamos dicho todo.

Fuera, en el valle, empezaba a amanecer el día más importante del año. El día de la boda.

A las once de la mañana, dentro de pocas horas, Bianca caminaría hacia el altar de un castillo en ruinas, en la boda más perfecta de mi carrera.

Y al día siguiente, el hombre que tenía al lado firmaría su vida con otra.

Tenía exactamente un día para montar la boda perfecta de una desconocida.

Y un día para empezar a despedirme del único hombre al que había querido de verdad.

—Ha amanecido —susurró él.

—Lo sé —dije, sin moverme, robándole un minuto más, y otro—. Ha amanecido.

Que dos amantes sin futuro digan "ha amanecido" es la forma más corta que existe de decir "se acaba". Y los dos lo sabíamos. Y los dos, una última vez, fingimos un minuto más que no.