Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 28 — Entenderse no es perdonarse
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Capítulo 28 — Entenderse no es perdonarse

Esa noche aprendí la diferencia entre entender a alguien y perdonarlo. Resulta que es enorme. Y resulta que las dos cosas viven a un pasillo de distancia la una de la otra, y que se puede estar en la primera horas antes de atreverse a cruzar a la segunda.

Me encerré en mi despacho con una botella y la herida abierta. Y en lugar de emborracharme, que era el plan, me puse a hacer lo que peor se me da y peor me sienta: pensar despacio.

Porque la rabia es fácil. La rabia te deja quedarte quieto, ser la víctima, tener razón.

Pero yo había visto la cara de Catalina en la biblioteca cuando me oyó hablar, y esa cara no era la de alguien que me había usado a sangre fría.

Era la de alguien a quien le estallaba en las manos algo que no había sabido que llevaba dentro.

Y conforme se me iba pasando el primer golpe, empecé, muy a mi pesar, a entenderla.

Entendí que cuando me dijo que escribió aquello semanas antes de tocarme, cuando yo solo era un casero gruñón con una espada, decía la verdad.

Que no me había archivado mientras me besaba.

Que lo de "el contenido es él" lo inventó muerta de miedo, el día que estuvo a punto de perder el contrato que paga mi tejado y la empresa que es toda su vida.

Entendí que una mujer a la que un hombre dejó plantada por estar más pendiente del escenario que de ella aprendió, en el peor día de su vida, que la imagen es lo único que no te abandona, y que desde entonces se agarra a la imagen como yo me agarro al deber: no por maldad, sino por no hundirse.

Entendí, en fin, que Catalina no me había hecho daño porque yo no le importara.

Me lo había hecho precisamente porque no sabe qué hacer con lo que le importa cuando lo tiene.

Lo coge. Y lo deja bonito. Y lo mata. Me lo había dicho ella misma.

Y yo, esa noche, con la botella sin abrir, la creí.

Lo cual no arreglaba nada. Porque entenderla no me quitaba la herida de encima.

Saber por qué alguien te ha reducido a símbolo no hace que duela menos haber sido reducido.

Entender es de la cabeza. Perdonar es de las tripas.

Y mis tripas todavía estaban en la biblioteca, viendo mi alma proyectada en una pared con letras doradas.

Estaba en eso —entendiéndola y sin perdonarla, las dos cosas a la vez, que es agotador— cuando llamaron a la puerta del despacho. Y entró, sin esperar respuesta, porque lleva cuarenta años entrando en las habitaciones de esta casa sin esperar respuesta, Mrs. Baird.

* * *

—Le traigo caldo —dijo, dejando un cuenco en la mesa con la delicadeza de un sargento—.

Porque lleva usted toda la noche aquí encerrado con cara de entierro y una botella que, milagrosamente, sigue cerrada.

Lo cual significa que el problema no se arregla bebiendo.

Y yo de problemas que no se arreglan bebiendo entiendo un rato.

Se sentó enfrente, sin que la invitara, y me clavó la ceja.

—¿Sabe lo que ha hecho la española esta tarde? —preguntó.

—Convertirme en una campaña de marketing —dije, amargo.

—Eso fue esta mañana. —Mrs. Baird resopló—.

Le hablo de esta tarde. —Cruzó las manos sobre el delantal—.

Esta tarde, esa muchacha entró en la biblioteca donde el tipo ese de los dientes, el mánager, y le dijo que cancelara la campaña.

Toda. "Amor en las ruinas" y todas esas bobadas doradas.

Le dijo que se borraran las fotos suyas, los textos, todo.

Que no se grababa ningún "día en la vida del lord".

Nada. —Levantó la ceja un milímetro más—.

El de los dientes le dijo que sin ese contenido la boda perdía la mitad del tirón, y que eso era dinero, y que su jefa no estaría contenta.

Y ella le contestó —y esto me lo contó Angus, que estaba arreglando una ventana al lado y lo oyó todo— que le daba igual el tirón.

Que prefería montar una boda con menos seguidores antes que vender a una persona.

—Mrs. Baird me miró fijo—. Esa muchacha acaba de poner en riesgo el dinero que necesita para salvar su empresa.

Por usted. Para no venderlo a usted. ¿Le suena de algo arriesgarlo todo por hacer lo correcto, milord?

Porque yo conozco a alguien más en esta casa con esa fea costumbre.

Me quedé mirando el caldo, sin verlo.

—Yo no sé qué pasó anoche con la tormenta —siguió Mrs. Baird, levantándose, recogiendo cosas que no había que recoger, como hace siempre que dice algo importante para no tener que mirarte a la cara—.

Bueno. Lo sé. Tengo ojos y vi las mantas.

Pero no es asunto mío. —Se paró en la puerta—.

Lo que sí le digo, porque a usted lo cogí en brazos recién nacido y me he ganado el derecho: el orgullo, milord, abriga muy poco en una casa tan fría como esta.

Y entender a una persona y quedarse uno sentado a oscuras entendiéndola no sirve de nada si no se levanta y se lo dice.

— Cogió el pomo—. El caldo se lo toma. Y luego baje a la cocina, que la española está allí fingiendo que revisa el menú por enésima vez con una cara que parte el alma.

Cásquenla los dos de una vez o no, pero dejen de sufrir cada uno en su esquina como dos crías.

Que esto es un castillo, no un velatorio.

Y salió, dejándome con el caldo, la herida, y la incómoda sensación de que una cocinera de sesenta y ocho años acababa de resolverme en tres minutos lo que yo llevaba toda la noche sin resolver.

* * *

Bajé. Por supuesto que bajé. Uno no desobedece a Mrs. Baird.

La cocina estaba a media luz. Catalina, en efecto, fingía revisar el menú, sentada a la mesa larga, con una taza de té frío entre las manos y los ojos rojos de no haber llorado del todo.

Levantó la cabeza al oírme y, por un momento, los dos nos quedamos en los extremos de la cocina, separados por toda la biblioteca, toda la campaña, todo lo que no nos habíamos perdonado todavía.

—Mrs. Baird me ha contado lo de la campaña —dije, desde mi esquina—. Que la cancelaste. Que te plantaste delante de Kévin.

—No quiero tu agradecimiento. —Bajó la vista—.

No lo hice para que me lo agradecieras. Lo hice porque tenías razón.

Porque lo que hice estuvo mal, y por mucho miedo que tuviera, eso no es excusa para haber vendido lo que me confiaste.

—Tragó—. Borrar la campaña no lo arregla.

Ya lo sé. No me devuelve el haberlo hecho.

Pero era lo único que estaba en mi mano.

Así que lo hice. Y si por eso Bianca se enfada y se lleva el dinero y mi empresa se hunde, pues se hunde.

Prefiero hundirme entera a hundirme vendiéndote a ti.

Y ahí, en aquella cocina a oscuras, entendí que la entendía del todo. Y que ella, por fin, se entendía a sí misma. Que las dos cosas habían pasado a la vez, esa noche horrible, cada uno en su esquina: yo dejando de tener solo razón, y ella dejando de esconderse.

—No te he perdonado —dije, porque le debía la verdad, siempre la verdad—. Todavía no. Duele demasiado y es muy reciente. No te voy a mentir y decirte que está olvidado, porque no lo está.

—Lo sé —dijo ella—. No te lo he pedido.

—Pero te entiendo. —Di un paso. Crucé media cocina—.

Te entiendo, Catalina. Sé por qué lo hiciste.

Sé de qué tienes miedo. Y sé que arriesgar tu empresa esta tarde, por no venderme, te ha costado más de lo que ninguna campaña te habría dado.

—Otro paso—. Entenderse no es perdonarse.

Pero a lo mejor es por donde se empieza.

Estábamos ya cerca. A un par de pasos. En carne viva los dos, sin máscaras, sin perdón aún, pero sin esquinas tampoco.

Y entonces, desde el patio, atravesó la noche un balido indignado, seguido de un estruendo de cubo de hojalata, seguido de la voz de Hamish gritando "¡LA CAbrA SE HA COMIDO LAS VELAS DE LA BODA!

", seguido del inconfundible sonido de una claymore golpeando algo que no debía.

Wallace, fiel a su vocación de cronista del desastre, acababa de añadir a su currículum la merienda de doce velas litúrgicas de importación.

Catalina y yo nos miramos. Y los dos, a la vez, sin querer, soltamos una risa.

Pequeña. Cansada. Pero risa. La primera desde la biblioteca.

Porque en esta casa, descubrí hace tiempo, no te dejan ni romperte el corazón en paz: siempre hay una cabra para recordarte que la vida sigue, hambrienta y absurda, pese a todo.

—Voy a tener que ir a salvar lo que quede de las velas —dijo ella, secándose un ojo, medio riendo.

—Voy contigo —dije.

Y le tendí la mano.

No fue un gesto grande. No era una reconciliación. No era un perdón. Era solo una mano abierta en una cocina a oscuras, tendida hacia una mujer a la que entendía y todavía no perdonaba, ofreciéndole ir juntos, una vez más, a perseguir una cabra en la noche.

Catalina la miró. Y, despacio, todavía con los ojos brillantes, la cogió.

Y salimos juntos al patio, de la mano, a salvar lo que quedaba, que es, al final, lo único que se puede hacer.