Capítulo 26 — Buscando una salida que no existe
Hay un momento, cuando llevas demasiados días resignado, en que la resignación se rompe y decides pelear. A mí me llegó dos días antes de la boda. Y lo primero que hice, cuando me llegó, fue ir a buscar una salida que mi cabeza ya sabía que no existía.
Porque eso es lo que hace un hombre cuando por fin se atreve a querer algo: busca la manera de quedárselo.
Llevaba semanas diciéndome que el pacto era inevitable, que el deber no se discute, que un MacRae cumple.
Y de repente, una mañana, mirándola a ella reírse con Mrs. Baird en la cocina, pensé: ¿y si no?
¿Y si hubiera otra manera? ¿Y si por una vez en mi vida no me limito a cargar con lo que me toca, y peleo por lo que quiero?
Así que fui a ver a Aitken. Y le pedí que me buscara una salida.
* * *
Pasamos toda una tarde con los libros abiertos, el abogado y yo, repasando cada número, cada hipótesis, cada rendija por la que pudiera colarse una esperanza. Y una a una, Aitken, con esa paciencia gris que tiene para darme malas noticias, me las fue cerrando.
—¿Y si vendo tierra? —pregunté—. En vez de fusionar. Vendo una parte, pago al banco, y me quedo con lo demás. Sin Sinclair. Sin boda.
—¿Qué tierra? —Aitken se quitó las gafas—.
La única que vale lo suficiente para cubrir la deuda es la de los pastos del sur.
Y en los pastos del sur viven y trabajan los Cameron, los Ross, media docena de familias que llevan ahí desde antes que usted naciera.
Si vende, los echa. Salva la piedra del castillo a cambio de arruinar a su gente.
—Negó con la cabeza—. Y aun así, milord, tendría que encontrar comprador.
¿Quién compra una finca empapada y remota en mitad de las Highlands al precio que usted necesita? Nadie. No hay cola.
—Otro préstamo, entonces. Refinancio. Gano tiempo.
—Está al límite del crédito. Ningún banco le presta un penique más con la deuda que arrastra de su padre. Ya lo intentamos el año pasado. Le cerraron las puertas en las narices.
—La boda de la chica. La tarifa.
—Cubre los intereses de un año. Eso ya lo sabe.
No toca el principal. —Aitken volvió a ponerse las gafas, y su voz se suavizó un grado, lo cual en él es casi un abrazo—.
Milord, he buscado. Lleva usted pidiéndome que busque desde que volvió de la guerra.
No hay nada que yo no haya mirado dos veces.
La aritmética es la aritmética. Solo hay una operación en este mundo que salva Cairnloch, salva a su gente, y termina la disputa de las lindes de un plumazo.
Y es unir las dos fincas. Y las dos fincas solo se unen de una manera.
—Cerró el libro—. Lo siento. Ojalá le pudiera decir otra cosa.
Pero le pago usted para que le diga la verdad, no para que le mienta.
Y la verdad era un muro. Un muro de piedra de ochocientos años, igual que el castillo, levantado por generaciones de deudas y de lindes y de necesidad, contra el que yo me había lanzado de cabeza creyendo, por un día, que el amor podía tirarlo.
No podía. El amor no tira muros. Lo descubrí esa tarde, con los libros cerrados delante.
* * *
Y aquí es donde, solo, en mi despacho frío, después de que Aitken se fuera, entendí por fin la herida entera. No la mitad. La entera.
Porque me di cuenta de una cosa que me heló más que el muro: que aunque hubiera habido una salida, aunque Aitken hubiera encontrado la rendija, yo no estaba seguro de saber cruzarla.
No sé elegirme a mí mismo. No sé hacerlo.
Llevo treinta y cuatro años siendo lo que se espera de mí, y en todo ese tiempo nunca, ni una sola vez, he puesto lo que yo quería por encima de lo que debía.
Estudié lo que tocaba. Serví donde tocaba.
Volví cuando tocaba. Soy el laird, el heredero, el que carga, el que cumple, el símbolo.
Y el problema de pasarte la vida siendo un símbolo es que un día te preguntas qué hay debajo del símbolo, y no lo sabes.
No sé quién es Lachlan cuando no está cumpliendo con nadie.
No sé si ese hombre existe. Y tengo miedo —ese es el fondo de mi herida, lo más hondo, lo que no le había confesado ni a ella— de que debajo del deber no haya nada.
De que yo solo valga algo mientras cargo.
De que un MacRae que abandona a su gente por una mujer no sea un hombre libre, sino un hombre sin valor.
Un traidor a lo único que le da sentido.
Catalina se esconde en lo bonito porque lo bonito no la rompe. Yo me escondo en el deber porque sin el deber no sé si soy alguien.
Y por eso el muro no era solo de piedra y de números. Era también de mí. De lo que soy. De lo que no sé dejar de ser.
* * *
La encontré esa noche en el pasillo, de camino a su cuarto. Sola. La casa dormía. Y yo venía del despacho con el muro entero metido en el pecho y una cosa temblándome en la garganta que me moría por decirle.
—Lachlan —dijo, parándose—. ¿Estás bien? Tienes cara de... no sé. De funeral.
—He estado con Aitken. —Me acerqué—. Buscando.
—¿Buscando qué?
—Una salida. —La miré, y por un momento, un momento larguísimo, estuve a punto.
A punto de cogerle las manos y decirle lo que ella necesitaba oír, lo que yo necesitaba prometer: te juro que encontraré la forma.
Dame tiempo. No te cases con la idea de que esto es imposible.
Voy a pelear. Voy a elegirte. Aguanta. Lo tenía entero en la boca.
Lo notaba subir, caliente, urgente, la confesión y la promesa juntas, las ganas enormes de darle una esperanza a la que agarrarse.
Y me callé.
Porque no había salida. La había buscado toda la tarde y no la había.
Y prometerle que la encontraría habría sido lo más fácil del mundo, lo más bonito, lo que ella quería oír.
Pero habría sido mentira. Una esperanza falsa.
La promesa de un hombre que ya sabe que no la puede cumplir, dada solo para no ver el dolor en la cara de la mujer que ama.
Y eso —regalarle una mentira piadosa para ahorrarme a mí el mal trago de su tristeza— eso sí que habría sido una traición.
La peor. Porque le habría robado la verdad para comprarme yo un poco de paz.
Y a ella no le iba a mentir. A ella no. Ni siquiera para hacerle daño con la verdad antes que herirla con un consuelo falso.
—¿Has encontrado algo? —preguntó, y vi en sus ojos que ya sabía la respuesta, que solo me daba la oportunidad de decírsela.
—No —dije. Y fue la palabra más honesta y más amarga que he pronunciado nunca—. No he encontrado nada, Catalina. No hay salida. La he buscado entera. No existe.
No le prometí que seguiría buscando. No le di una esperanza que no podía sostener.
No le dije "ya veremos" ni "algo se nos ocurrirá" ni ninguna de las mentiras bonitas que se dicen para suavizar un final.
Le di lo único que sí era mío para dar: la verdad, pelada, sin adornos, sin un solo pétalo en su sitio.
—Vale —susurró ella. Y le tembló la barbilla, pero levantó la cabeza, porque esta mujer encaja la verdad de pie aunque le rompa el alma—.
Gracias por no mentirme. —Soltó una risa rota—.
Cualquier otro me habría dicho que lucharía.
Y yo me habría agarrado a eso. Y habría dolido más al final.
—Me miró, y había en sus ojos un respeto terrible, doloroso, el respeto que duele—.
Eres un hombre honrado hasta cuando ser honrado es lo más cruel que puedes hacer.
Es lo que más quiero de ti. Y es lo que va a acabar conmigo.
Y se fue por el pasillo a su cuarto, dejándome solo con la confesión tragada quemándome en la garganta, con la promesa que no le hice pesándome más que todas las que sí podría haberle hecho, y con la certeza, fría y entera, de que había hecho lo correcto.
Otra vez.
Lo correcto.
Lo único que sé hacer. Y lo único que, esa noche, daría cualquier cosa por no saber.