Capítulo 25 — Lo que vendo, en carne ajena
Llevo doce años montando bodas, y si algo he aprendido es a distinguir, en los tres primeros minutos, a una pareja que se quiere de una pareja que ha contratado un fotógrafo.
Las primeras tienen un idioma propio. Se buscan con la mirada cuando creen que nadie mira.
Se ríen de cosas que solo ellos entienden.
Discuten por la tarta y se reconcilian con un codazo.
Tienen, debajo del estrés y los nervios y la suegra, una corriente que no se ve pero se nota, como la electricidad en el aire antes de una tormenta.
Esas parejas no me necesitan para emocionarse. Yo solo les pongo el escenario.
Las segundas son otra cosa. Las segundas posan.
Se cogen de la mano cuando hay cámara y se sueltan cuando no la hay.
Hablan de seguidores y de hashtags y de "qué bien va a quedar esto".
Y tienen, debajo de las sonrisas perfectas, un vacío educado, una cortesía de socios de negocio, dos personas que se han encontrado en el cruce de dos marcas y han decidido que casarse es una buena campaña.
Bianca y Mauro eran de las segundas. Y a tres días de su boda, las costuras empezaban a notarse.
* * *
Lo veía porque es mi oficio verlo. Llevaba días montando su boda perfecta, y cuanto más me acercaba a ellos, más claro lo tenía.
No se hablaban. En serio. En todo el tiempo que llevaban en Cairnloch, no les había oído mantener una conversación de verdad, de las que se tienen sin público.
Bianca le dirigía a Mauro frases de cámara —"cariño, ven, ponte aquí, mírame con amor"— y Mauro venía, posaba, y en cuanto la videógrafa decía "corten", se apagaba como una bombilla fundida y volvía a su rincón con el móvil.
Comían en mesas distintas. Dormían, supe por Mrs. Baird, en habitaciones separadas "por el feng shui prenupcial", que es la excusa más cara que he oído nunca para no compartir cama con quien te vas a casar en tres días.
Mauro sabía más de la Wi-Fi del valle que del color de ojos de su prometida.
Y Bianca hablaba de su boda como se habla de un lanzamiento de producto: con ilusión, sí, pero la ilusión del marketing, no la del amor.
Una tarde los vi "ensayar los votos" para un reel.
Bianca leía de un papel que le había escrito Kévin —Kévin, el mánager, escribía los votos de boda, dato que necesité sentarme a procesar— y Mauro repetía las palabras mirando a la cámara, no a ella, con la dicción de quien lee la lista de la compra.
"Eres mi sol, mi luna y mi mejor colaboración.
" Mejor colaboración. En sus votos. Y nadie en aquel patio, salvo yo, pareció encontrarlo raro.
Y mientras los observaba montar su preciosa mentira de tres metros de rosas importadas, me pasó una cosa que no me esperaba, y que no me gustó nada.
Me reconocí.
* * *
Porque lo que Bianca y Mauro estaban haciendo —vender una imagen perfecta de un amor que no existía— era exactamente lo que yo había hecho toda mi vida.
No con mi pareja. Con la de todos los demás.
Yo soy la que monta la imagen perfecta. La que coloca el pétalo en su sitio para que la foto quede bonita aunque debajo no haya nada.
La que cree, la que ha creído durante tres años, que la imagen es lo que importa, que si el escenario es perfecto, lo de dentro da igual.
Bianca era yo. Bianca era mi marca hecha persona.
Bianca era la prueba viviente de aquello en lo que yo había decidido creer el día que un hombre me dejó plantada por estar más pendiente del seating chart que de él.
Y la prueba viviente era esto: dos desconocidos a punto de casarse para el feed, con votos escritos por su mánager, durmiendo en cuartos separados, sin haberse mirado una sola vez con la corriente esa que tienen las parejas de verdad.
Esto es lo que vendes, Catalina. Esto es en lo que crees. Esto es lo que defendiste durante años: que la imagen perfecta basta. Pues mírala. Mírala bien. Ahí la tienes, perfecta y vacía.
Lo pensé. Lo sentí, entero, como un puñetazo. Y luego hice lo que llevo años haciendo con todo lo que me incomoda: lo empujé hacia abajo, lo tapé, lo enterré.
No es lo mismo , me dije. Yo no soy Bianca.
Yo solo monto bodas, no las falsifico. Cada uno hace lo que puede.
No es lo mismo. Me repetí esa mentira tres o cuatro veces, hasta casi creérmela, porque la alternativa —admitir que la noche junto a aquel fuego, con Lachlan, en mitad de un desastre sin un solo pétalo en su sitio, había sido más real y más bonita que todas las bodas perfectas que había montado en doce años— esa alternativa era demasiado grande.
Si la admitía, tenía que admitir que llevaba tres años equivocada.
Que había construido toda mi vida, mi marca, mi armadura, sobre una creencia falsa.
Y yo no estaba lista para tirar abajo mi armadura.
Otra vez no. No con la única persona que me la había quitado a punto de casarse con otra.
Así que enterré el reconocimiento, sonreí a Bianca, le dije que los votos estaban "preciosos", y seguí montando su mentira perfecta como la profesional que soy.
Pero algo se había movido. Y los muertos enterrados a medias, ya se sabe, tienen la fea costumbre de volver.
* * *
Volvió esa misma noche. Y volvió de la mano de la propia Bianca.
La encontré sola en la biblioteca, sin cámara, sin Kévin, sin séquito, sentada en el alféizar de una ventana mirando la oscuridad del valle.
Sin el filtro de la influencer, a media luz, parecía otra.
Más joven. Más sola. Una chica de veintipocos años en un castillo extranjero, a tres días de su boda, mirando por una ventana.
—¿Todo bien? —pregunté, porque es lo que se pregunta.
Bianca tardó en contestar. Y cuando lo hizo, no usó su voz de cámara. Usó otra, más pequeña, que no le había oído nunca.
—Cata, ¿tú crees en el amor? —Se giró hacia mí, y a media luz le vi una cara que ningún feed había visto jamás—. En el de verdad, digo. No en el de las fotos. En el de... no sé. En el de quedarte con alguien aunque no haya nadie mirando.
Me quedé helada en la puerta de la biblioteca.
—¿Por qué lo preguntas? —dije, con cuidado.
—Por nada. —Soltó una risa que no engañaba a nadie, y menos a mí—.
Es que... —Miró sus manos, sus uñas perfectas—.
Mauro y yo nos conocimos en una campaña.
De bañadores. Hace ocho meses. Y al mes nuestros mánagers dijeron que "hacíamos buena pareja para las marcas", y empezamos a salir, y todo el mundo nos adoraba, y los números subían, y...
y un día Kévin dijo "una boda en un castillo escocés petaría", y aquí estamos.
—Tragó—. Y es perfecto, ¿sabes? Todo es perfecto.
Los seguidores, las marcas, el castillo, el vestido, el arco de rosas que se comió la cabra.
Perfecto. —Su voz se quebró por una grieta finísima—.
Pero a veces, de noche, cuando se apagan las cámaras y me quedo sola en mi cuarto, pienso...
pienso que no tengo ni idea de qué le gusta desayunar al hombre con el que me caso pasado mañana.
Y me da un miedo que no te puedes ni imaginar.
Y no se lo puedo decir a nadie, porque ¿a quién se lo digo?
¿Al millón de personas que ha comprado boletos para ver mi boda perfecta?
Y se quedó mirándome, esta chica perfecta y aterrada, esperando que yo, la organizadora, la profesional de las bodas, le dijera que era normal, que todo iba bien, que el amor de las fotos y el amor de verdad eran la misma cosa.
Y yo, que vendía exactamente esa mentira, que me ganaba la vida diciéndole a la gente que la imagen perfecta basta, me quedé sin palabras.
Porque acababa de probar lo de verdad. Y sabía, ahora sí, con una certeza que me dolía en el pecho, que no, que no eran la misma cosa, ni de lejos, y que esta pobre chica estaba a punto de casarse con un desconocido delante de nueve millones de personas por la misma razón por la que yo me había pasado tres años escondida detrás de los pétalos.
Porque a las dos nos habían enseñado a creer que la foto bastaba.
Y a las dos, esa noche, en aquella biblioteca a media luz, se nos estaba empezando a romper la mentira a la vez.