Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 24 — Partido en dos
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Capítulo 24 — Partido en dos

Habíamos acordado ser profesionales. El acuerdo duró exactamente hasta la primera vez que la volví a ver sola.

Fue en el granero, a media mañana. Yo había ido a por unas cuerdas.

Ella estaba allí, inventariando las sillas de la boda, de espaldas, sola, sin cámaras, sin Bianca, sin nadie.

Y debí dar media vuelta y marcharme. Eso es lo que un profesional habría hecho.

Eso es lo que un hombre con una palabra dada a doña Edina y una fecha del banco debería haber hecho.

Lo que hice fue quedarme en la puerta, mirándola, hasta que notó que estaba allí y se giró, y nos quedamos los dos quietos, a diez metros, con todo lo de la tormenta vivo entre nosotros y el acuerdo de "profesionales" cayéndose a pedazos solo de mirarnos.

—Necesitaba cuerdas —dije, que es lo más romántico que he dicho en mi vida.

—Están detrás de ti —dijo ella.

No fui a por las cuerdas.

Crucé el granero despacio, contando cada paso, dándole tiempo a que me parara, a que dijera "esto no, acordamos que no", a que se escudara detrás del inventario y de la sensatez.

No lo hizo. Se quedó quieta entre las sillas apiladas, con el cuaderno colgándole de la mano, mirándome venir con esa cara suya que sabe disimularlo todo menos esto.

—Esto no es ser profesionales —dije, parándome a un palmo.

—No —dijo ella—. No lo es.

—¿Y aun así no te apartas.

—Y aun así no me aparto.

Y durante cinco minutos robados, entre las sillas apiladas de la boda de otra, fuimos otra vez nosotros: ni una palabra de Fiona, ni del banco, ni del pacto, solo su frente contra la mía, mi mano en su pelo, su respiración entrecortada contra mi cuello, dos personas que se habían prometido no hacer aquello haciéndolo de todas formas, despacio, en silencio, sabiendo que no llevaba a ningún sitio y necesitándolo igual.

No la besé. No me atreví, porque sabía que si la besaba no iba a parar, y parar era lo único decente que me quedaba.

Me limité a sostenerla. A respirarla. A robarle al deber cinco minutos que pagaría caros.

Así fueron los días siguientes. Así me partí en dos.

* * *

Porque eso es lo que es estar enamorado y atado a la vez: vivir partido. Una mitad de mí cumplía. Repasaba las cuentas con Aitken. Contestaba las cartas. Pensaba en la fusión, en las lindes, en Mrs. Baird, en el tejado. Era el laird. Era el deber. Era lo que se esperaba.

Y la otra mitad robaba minutos. Un roce al pasarle una herramienta.

Una mirada por encima del caos de Bianca.

Cinco minutos en un granero. Una conversación en la cocina que duraba el doble de lo necesario porque ninguno de los dos quería que terminara.

Migajas. Vivíamos de migajas robadas, sabiendo que nos las teníamos prohibidas, sabiendo que cada migaja nos costaría más cara cuando llegara el final, y robándolas igual, porque cuando llevas toda la vida sin comer, las migajas saben a banquete.

Y entre una mitad y la otra, yo me iba rompiendo por la costura.

Porque no se puede cumplir con todo el corazón cuando media alma está en un granero.

Y no se puede querer con media alma sin sentir que estás traicionando a la otra media.

Estaba partido, y las dos partes me dolían, y no había manera de juntarlas, porque juntarlas significaba elegir, y elegir significaba destrozar algo: o a mi valle, o a mí.

* * *

Esa misma noche lo viví entero, las dos mitades a la vez, en la misma hora.

Estaba en el despacho con las cuentas de Aitken delante, sumando lo que no sumaba, restando años de deudas de mi padre a unos ingresos que no existían, cumpliendo con la mitad que cumple.

Y a través de la ventana, en el patio, oí su risa.

La de Catalina, discutiendo con Angus sobre dónde colocar no sé qué luces, riéndose de algo, viva.

Me quedé con el lápiz en el aire, sin sumar, escuchándola, durante no sé cuánto.

La mitad que cumplía, fija en los números.

La mitad que la quería, asomada a la ventana.

Y entre las dos, yo, sin saber a cuál pertenecía, fingiendo que se podía ser las dos cosas a la vez sin partirse por la costura.

No se puede. Lo sabía. Pero seguí sumando. Y seguí escuchándola. Las dos cosas. Hasta que se apagaron las luces del patio y me quedé solo con los números, que era, suponía, donde me tocaba quedarme.

* * *

Lo único que me salvaba de hundirme del todo en el drama era que en Cairnloch es imposible mantener un drama mucho rato. Algo siempre lo interrumpe. Y aquellos días, lo que lo interrumpía, como casi siempre, tenía cuernos.

Wallace, envalentonado tras su exitosa carrera comiéndose documentos de boda, alcanzó nuevas cotas.

Bianca había hecho traer de España, a un coste que prefiero no imaginar, un arco floral monumental para la ceremonia: tres metros de rosas blancas importadas, montado en el patio, custodiado como una reliquia.

Wallace lo descubrió al amanecer. Para cuando lo encontramos, la cabra había desflorado metódicamente medio arco, paseándose después por el patio con una rosa blanca de importación colgándole de la boca y la expresión de profunda satisfacción de quien ha desayunado caro.

El grito de Bianca se oyó en Kinlochard.

Y ahí, otra vez, Catalina y yo nos encontramos hombro con hombro en mitad de la catástrofe: ella intentando salvar lo que quedaba del arco y calmar a una influencer al borde del colapso ("¡Bianca, lo replantamos con las del jardín, nadie notará la diferencia, respira!

"), yo persiguiendo a Wallace por el patio para recuperar la rosa del cuerpo del delito, Hamish —que se había sumado a la persecución por pura afición— blandiendo la claymore al grito de "¡yo lo acorralo!

" y poniendo en fuga al animal, a tres asistentes y a la videógrafa.

Acabamos los cuatro —Catalina, yo, Hamish y una cabra impertérrita— dando vueltas alrededor del arco a medio comer mientras Bianca grababa, entre lágrimas, "el momento más estresante de mi vida" para sus nueve millones de seguidores.

Lo que siguió fue, objetivamente, lo más ridículo que ha visto el patio de Cairnloch en tres siglos, y eso incluye varias guerras.

Wallace, que corre más que un hombre con espada, dio tres vueltas completas al arco antes de refugiarse debajo de la mesa de los regalos, desde donde nos observaba masticando la rosa con la calma de quien sabe que nadie va a meterse ahí a por él.

Bianca alternaba el drama para la cámara —"¡mi arco, mi precioso arco, esto es una señal del universo!

"— con instrucciones a Kévin sobre qué ángulo la favorecía más llorando.

Y Mrs. Baird salió de la cocina, evaluó la escena en dos segundos —cabra, espada, influencer en lágrimas, laird de rodillas mirando debajo de una mesa—, dijo "este sitio no tiene arreglo" en voz baja, y volvió a meterse dentro a seguir con lo suyo, que es la única reacción sensata que ha tenido nadie en esta casa jamás.

Y en mitad de aquel disparate, persiguiendo una rosa robada con la mujer que no podía tener, me reí.

De verdad. Por primera vez en días. Y la oí reírse a ella.

Y nuestras miradas se cruzaron por encima del lomo de la cabra, las dos riéndose, y por un segundo se me olvidó que estaba partido en dos, porque la risa, descubrí, es lo único que junta las costuras aunque sea un momento.

Duró lo que duran esas cosas. Un momento. Luego volvió el mundo.

* * *

Volvió en forma de coche negro subiendo la pista. El de doña Edina.

No bajó. Bajó la ventanilla. Me hizo acercarme con un gesto del dedo, como se llama a un sirviente, y me miró desde el asiento de atrás con esos ojos que no conocen la duda.

—He venido de paso —dijo, lo cual era mentira, porque a Cairnloch no se viene de paso a ningún sitio—.

Quería verte la cara cuando te recordara la fecha.

—Hizo una pausa de hierro—. Cuatro días, Lachlan.

Tu boda de internet es en cuatro días. Y al día siguiente, los abogados.

Tu palabra y la mía, firmadas, ante notario, antes de que el banco cierre.

Lo hemos hablado. Está acordado. —Entornó los ojos hacia el patio, donde Catalina calmaba a Bianca junto al arco desflorado, y su voz bajó un grado, casi compasiva, que en ella es lo más cerca que llega a la crueldad—.

Veo que la española sigue aquí. Y veo cómo la miras.

Te lo voy a decir una vez, muchacho, por tu bien y por el de todos: lo que sea que estés haciendo, termínalo antes del jueves.

Porque el jueves firmas. Y un MacRae que firma, cumple.

—Subió la ventanilla a medias—. Tu abuela lo entendió.

Tu padre lo entendió. Espero que tú no seas el primero de tu sangre en avergonzar a su clan por una falda de Sevilla.

Y el coche dio media vuelta y bajó la pista, dejándome en el patio con la fecha clavada como un puñal: cuatro días para la boda, cinco para firmar mi vida entera.

Me quedé un momento mirando el polvo que levantaba el coche al bajar.

Doña Edina tenía razón en todo, y eso era lo peor.

Yo había dado mi palabra. Un MacRae que firma, cumple; lo llevaba grabado desde niño, como un mandamiento.

Y sin embargo, por primera vez en mi vida, una parte de mí —la mitad del granero, la mitad de la risa en el patio— quiso coger esa palabra, esa fecha, ese deber de hierro, y tirarlos al lago.

No me atreví ni a pensarlo del todo. Pero lo pensé un segundo.

Y que lo pensara, aunque fuera un segundo, ya era una grieta en algo que llevaba treinta y cuatro años sin agrietarse.

Detrás de mí, el desastre seguía. Bianca lloraba por su arco.

Hamish guardaba la espada, decepcionado de que la persecución hubiera terminado.

Wallace rumiaba la última rosa con dignidad de emperador.

Y Catalina, en mitad de todo, levantó la vista hacia el coche que se iba, y luego hacia mí, y supo —porque lo sabe todo— exactamente quién era y qué había venido a recordarme.

Nos miramos por encima del patio. Por encima del arco a medio comer, de la influencer en lágrimas, de la cabra impasible, de los cuatro días que nos quedaban.

Y en su cara vi el mismo reloj que tenía yo en el pecho, contando hacia atrás, imparable.

Cuatro días para su boda.

Cinco para la mía.

Y entre medias, los dos, partidos por la mitad, robando migajas a un final que ya tenía fecha de notario.