Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 23 — Volver a profesionales (fracasar en el intento)
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Capítulo 23 — Volver a profesionales (fracasar en el intento)

Hay una versión de mí, la de antes de aquella noche, que sabía exactamente quién era: una mujer que lo controla todo. A esa mujer la maté yo misma en un suelo de piedra, frente a una chimenea, durante una tormenta. Y a la mañana siguiente no tenía ni idea de quién la iba a sustituir.

Desperté sobre el pecho de Lachlan, con su brazo alrededor y su jersey puesto, y durante tres segundos fui más feliz que en toda mi vida adulta. Tres segundos exactos. Los conté luego. Tres segundos de calor, de respiración ajena, de paz, de "así podría ser siempre".

Y al cuarto segundo, llegó el pavor.

No el pavor normal, el del pacto, el de Fiona, el del banco.

Ese también, pero ese venía después. El primer pavor, el que me subió por el pecho como agua helada, fue otro, uno más mío, uno que no le podía explicar a él porque me daba vergüenza: el pavor de darme cuenta de que había perdido el control.

Del todo. Que me había dejado caer entera, sin red, sin plan, sin saber cómo iba a recoger los pedazos por la mañana.

Que había hecho exactamente lo que llevaba tres años jurándome que no volvería a hacer: entregarme a lo de verdad, a lo incontrolable, a lo que te puede romper.

Porque lo de verdad me dejó plantada una vez con seiscientos invitados.

Y la imagen, la imagen perfecta, esa nunca me había fallado.

Y yo, idiota de mí, acababa de cambiar mi armadura por una noche junto a un fuego.

Y a la luz gris de la mañana, con la armadura tirada en el suelo y el corazón al aire, me entró un miedo cerval, animal, de niña pequeña: el miedo de la mujer que solo se siente a salvo cuando lo controla todo y que, por primera vez en años, no controlaba absolutamente nada.

Así que hice lo que hace una cobarde con miedo. Me agarré a lo único que sé manejar.

* * *

—Esto no puede repetirse —dije.

Lo dije antes incluso de levantarme del suelo, todavía con su brazo a mi alrededor, mirando el techo en vez de mirarlo a él. Lo dije rápido, como se arranca una tirita, porque sabía que si lo pensaba un segundo más no sería capaz.

Noté cómo se ponía rígido debajo de mí.

—Catalina...

—No. Escúchame. —Me incorporé, me senté, me abracé las rodillas, recomponiendo a toda prisa los trozos de mi coraza como quien recoge ropa del suelo antes de que entre alguien—.

Lo de anoche ha sido... —Se me quebró la voz y la odié—.

Ha sido lo más bonito que me ha pasado en años.

Y por eso no puede repetirse. Porque tú te casas con Fiona en cuestión de semanas para salvar tu valle, y yo me vuelvo a España en cinco días en cuanto monte esta boda, y lo único que vamos a conseguir repitiéndolo es destrozarnos los dos un poco más cada noche hasta que llegue el final, que ya sabemos cuál es.

—Respiré—. Yo no puedo hacer eso, Lachlan.

No puedo enamorarme cada noche de un hombre al que voy a tener que ver casarse con otra.

No tengo el corazón para eso. Ya me lo rompieron una vez por no mirar.

No quiero que me lo rompan otra por mirar demasiado.

Lachlan se quedó callado un buen rato, sentado a mi lado en el suelo, frente a las cenizas.

—Tiene razón —dijo por fin, y le costó tanto decirlo como me había costado a mí—. Por supuesto que tiene razón. Es lo sensato. Es lo correcto. —Soltó el aire despacio—. Volvamos a ser profesionales. Usted monta su boda. Yo cumplo con la mía. Y lo de anoche... —Tragó—. Lo de anoche fue la tormenta.

—Fue la tormenta —repetí, y los dos sabíamos que era la mentira más grande que nos habíamos dicho nunca, más grande incluso que su "no hay más que un contrato", porque aquella vez al menos no nos habíamos despertado abrazados.

Nos miramos. Y en esa mirada estaba todo lo que acabábamos de prometer no volver a sentir, intacto, ardiendo, sin haberse apagado ni un grado por mucho que lo declaráramos cerrado.

Profesionales. Claro.

Resultó ser el plan más optimista de mi carrera. Y eso que yo organizo bodas en castillos en ruinas.

* * *

El mundo volvió a media mañana, en cuanto bajó el río y se abrió el puente, y volvió todo a la vez, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta para pillarnos.

Primero llegó Angus, embarrado hasta las cejas, con el rebaño de arriba a salvo y un "ha sido una buena tormenta" que en su idioma equivalía a un parte de guerra.

Luego llegó Lachlan de vuelta de recoger a Mrs. Baird y a Morag —había salido a buscarlas en cuanto el camino lo permitió, agradeciendo, supongo, cualquier excusa para no quedarse a solas conmigo con lo recién prometido temblando entre los dos—.

Y por último, levantando barro y escándalo, regresó de Kinlochard la caravana de tres todoterrenos negros, con Bianca quejándose del hotel ("una estrella, Cata, ¡una!

"), Kévin reconectado al mundo, el equipo de estilismo, y un Mauro visiblemente reacio a abandonar de nuevo la civilización del wifi.

Cairnloch volvió a llenarse de gente, de cámaras, de exigencias, de caos. Y, en mitad de todo ese ruido, Lachlan y yo empezamos nuestra brillante interpretación de "dos profesionales que no se han visto desnudos a la luz de una chimenea".

Fue un desastre.

Porque resulta que yo, que llevo años con cara de póker delante de bridezillas, suegras y proveedores que me mienten, no tengo absolutamente ninguna cara de póker para él.

Cada vez que entraba en una habitación donde estaba Lachlan, se me olvidaba lo que iba a decir.

Cada vez que me pasaba un papel, nuestras manos se acercaban y los dos las retirábamos como si quemara.

Le hablaba de usted —"señor MacRae, ¿el granero está disponible para...

?"— y me salía la voz rara, dos tonos más alta, de actriz mala de telenovela.

Él no lo hacía mejor: me contestaba con monosílabos tan tensos que parecía que le estuviera arrancando las muelas, y una vez, al cruzarnos en el pasillo, los dos nos apartamos hacia el mismo lado a la vez, luego al otro a la vez, y acabamos haciendo ese baile absurdo de "tú primero, no, tú", a treinta centímetros, mirándonos, hasta que Angus tuvo que pasar por el medio resoplando.

Éramos transparentes. Éramos un cartel de neón. Éramos lo contrario exacto de discretos.

* * *

Y la primera que lo cazó, cómo no, fue Mrs. Baird.

Mrs. Baird tiene sesenta y ocho años y una ceja que es un detector de mentiras de precisión militar.

Volvió del pueblo, entró en su cocina, miró el fuego de la chimenea grande —medio apagado, con dos mantas tiradas en el suelo de piedra que yo, idiota, no había recogido a tiempo— y luego nos miró a Lachlan y a mí, que andábamos por allí fingiendo revisar el menú con una intensidad que ningún menú merece.

Y levantó la ceja.

Una ceja. Despacio. Cargada de ochenta interrogantes y ninguna duda.

Nos miró a uno. Nos miró al otro. Miró las mantas.

Miró el fuego apagado. Volvió a mirarnos.

Y entendí, con horror, que aquella mujer había reconstruido la noche entera en tres segundos, con la precisión forense de quien lleva cuarenta años en esta casa y conoce a Lachlan desde que llevaba pañales.

—Voy a... recoger esas mantas —dije, lanzándome a por ellas, roja como un tomate de Almería.

—Déjelas —dijo Mrs. Baird, sin alterar la voz, sin dejar de bajar la ceja—.

Ya las recojo yo. —Se dio la vuelta hacia sus fogones, y antes de empezar a trastear con las cacerolas, soltó, como quien comenta el tiempo, la frase que me dejó clavada en el sitio—: Hizo una buena tormenta anoche.

De las que te dejan sin saber dónde dormir.

—Una pausa. El golpe de una sartén—. Menos mal que esta casa tiene buenas chimeneas para entrar en calor.

Y siguió cocinando, tan tranquila, dejándonos a Lachlan y a mí petrificados en mitad de la cocina, mirándonos por encima de un menú que ya nadie fingía leer, descubiertos del todo, sin una sola máscara que nos quedara puesta, con la certeza horrible de que nuestra brillante interpretación de "profesionales" había durado exactamente lo que tarda una vieja escocesa en mirar dos mantas en el suelo.

Y yo, que lo controlo todo, que tengo un plan para cada catástrofe, que sé manejar a una novia con nueve millones de seguidores y a una cabra con vocación de demoler mi trabajo, me di cuenta, con un pánico nuevo y enorme, de que había una sola cosa en el mundo que no era capaz de controlar.

Que se me notara en la cara lo que sentía por él.

Y se me notaba. Vaya si se me notaba. Se le notaba a una cocinera de sesenta y ocho años a cinco metros de distancia.

—El menú —dije, con un hilo de voz, agarrándome a lo único que me quedaba—. Decíamos del menú.

—El menú —repitió Lachlan, igual de perdido.

Y los dos volvimos a fingir, fatal, que aquello iba de canapés, mientras Mrs. Baird tarareaba en sus fogones y la boda que iba a separarnos para siempre se acercaba, imparable, a cinco días de distancia.