Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 22 — La noche que se cayeron las máscaras
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Capítulo 22 — La noche que se cayeron las máscaras

La tormenta nos encerró, apagó la luz y se llevó el resto del mundo, y por primera vez en muchos años no había nadie a quien proteger, nada que cumplir, ningún papel que sostener. Solo ella, y yo, y la verdad esperando junto al fuego.

Entramos en el castillo a oscuras, empapados hasta los huesos, con el agua chorreándonos y la tormenta aullando contra la piedra de ochocientos años como si quisiera entrar.

Encendí el fuego de la gran chimenea —lo único que en esta casa funciona sin electricidad— y busqué velas, mantas, ropa seca.

Le di un jersey viejo mío y unos pantalones de cuando yo era más joven y más delgado, y mientras ella se cambiaba detrás del biombo yo me quité la camisa empapada delante del fuego, y cuando salió, envuelta en mi ropa, con el pelo mojado y la cara limpia de todo, sin maquillaje, sin coraza, sin nada que enseñarle a nadie, pensé que no la había visto nunca tan guapa.

Nos sentamos en el suelo, frente al fuego, envueltos en mantas, con el último whisky de Hamish entre los dos y la tormenta de testigo. Y allí, en aquella casa a oscuras, aislados del mundo entero, sin testigos, sin cámaras, sin deber que nos mirara, pasó lo que llevaba quince días sin poder pasar.

Nos caímos las máscaras.

* * *

Fue ella la que empezó. Mirando el fuego, no a mí, que es como se cuentan las cosas que duelen.

—¿Quieres saber por qué hago lo que hago?

—dijo—. Por qué cojo lo de verdad y lo dejo bonito para que lo mire el mundo.

Por qué me escondo en la imagen. Me lo preguntaste una vez, sin preguntármelo.

—Bebió—. Te lo voy a contar. Esta noche te lo cuento todo, porque mañana volverá el mundo y ya no podré.

Y me contó. Por fin. Entera.

Me contó que hace tres años montó la boda más perfecta de su carrera.

Cada flor, cada vela, cada nota de música, cada pétalo en su sitio.

Su obra maestra. Y que era la suya. La boda era la de ella.

Iba a casarse con un hombre al que quería, en el día más perfecto que había diseñado jamás, con su marca hecha realidad: ni un pétalo fuera de su sitio.

—Y tres días antes de la boda —dijo, con la voz muy plana, la voz de quien ha contado esto tan pocas veces que aún no le sale sin temblar—, él me dejó.

No me dejó por otra. No me dejó por nada que yo pudiera arreglar.

Me dejó porque, según sus palabras exactas, llevaba seis meses casándose con una organizadora de bodas en vez de con una mujer.

Me dijo que yo había montado una boda perfecta y se me había olvidado tener una relación.

Que estaba tan ocupada en que todo saliera bonito que no me había dado cuenta de que lo nuestro, lo de verdad, se había muerto debajo de los preparativos.

—Soltó una risa rota—. Y tenía razón, Lachlan.

Eso es lo peor. Que tenía razón. Yo estaba mirando el seating chart cuando se murió mi amor, y ni lo noté.

Diseñé la actuación perfecta del amor mientras el amor real se apagaba a mi lado sin que yo levantara la vista.

Se quedó callada un momento, mirando las llamas.

—Y ahí aprendí la lección equivocada —siguió, en voz baja—.

Tendría que haber aprendido a mirar más lo de verdad.

Y aprendí lo contrario. Aprendí que lo de verdad te abandona, y que la imagen, en cambio, la imagen perfecta, esa siempre te obedece.

Así que me refugié ahí. En lo controlable.

Me hice la mejor del mundo vendiendo el amor perfecto, precisamente porque dejé de creer en el amor real.

Porque el real me había dejado plantada tres días antes de mi propia boda, con seiscientos invitados y los pétalos en su sitio.

—Por fin me miró, y tenía los ojos brillantes—.

Esa es mi herida, lord MacRae. Que sé montarle a todo el mundo el amor de su vida y no me fío de tenerlo yo.

Que me escondo en lo bonito porque lo bonito no me puede romper. Ya está. Ya lo sabes todo.

Y yo, que llevaba toda la vida creyendo que mi herida no se la podía contar a nadie, descubrí que la suya y la mía eran la misma, vistas desde dos esquinas distintas.

* * *

—Yo me escondo en el deber —dije.

No lo había dicho nunca en voz alta. Salió solo, al calor del fuego, atraído por su sinceridad como se atrae el hierro al imán.

—Tú te escondes en lo bonito. Yo me escondo en lo correcto.

Es lo mismo, Catalina. Son dos maneras de no vivir.

—Miré las llamas—. Toda mi vida he sido lo que se esperaba de mí.

El heredero. El laird. La octava generación.

Nunca he elegido nada. Estudié lo que tocaba.

Volví cuando murió mi padre porque tocaba.

Voy a casarme con Fiona porque toca. Y me he pasado treinta y cuatro años tan ocupado en cumplir, en cargar con todos, en hacer lo correcto, que igual que a ti se te murió el amor mirando un seating chart, a mí se me ha ido la vida entera mirando un libro de cuentas y una linde.

—Tragó—. No sé quién soy cuando no estoy cumpliendo, Catalina.

Esa es mi herida. Que he sido un símbolo tanto tiempo que no sé si queda un hombre debajo.

Que nunca, ni una sola vez, he querido algo para mí, solo para mí, hasta...

Me callé.

—Hasta —dijo ella.

—Hasta que apareciste tú resbalando por mi patio en tacones, maldiciéndome en español, con una espada en la cara.

—La miré—. Y por primera vez en mi vida quise algo que no era para el valle, ni para mi clan, ni para mi apellido.

Algo que era solo mío. Te quería a ti. Y descubrir eso, a los treinta y cuatro, después de toda una vida de no querer nada para mí, ha sido lo más parecido a estar vivo que he sentido jamás.

Y también lo más cruel. Porque llegó justo cuando ya no podía tenerlo.

El fuego crepitaba. La tormenta rugía. Y entre nosotros, en aquel suelo de piedra, ya no quedaba ni una sola máscara que sostener.

Estábamos los dos desnudos del todo, sin la imagen de ella, sin el deber de mí, dos personas que se habían escondido toda la vida y que esta noche, por una vez, no se escondían.

—No te soporto —susurró ella. Pero lo dijo como se dice lo contrario.

—Lo sé —dije—. Yo a usted tampoco. —Y le aparté un mechón mojado de la cara, despacio, como en el río, solo que esta vez no me detuve a un centímetro—.

La deseo, Catalina. Y no puedo tenerla. Y esta noche, por primera vez en mi vida, me da igual lo que pueda y lo que no pueda.

Esta noche no quiero ser lo correcto. Quiero ser un hombre.

El suyo. Aunque sea solo hasta que vuelva la luz.

—¿Y mañana? —susurró ella, ya muy cerca, ya con su frente contra la mía.

—Mañana volverá el deber, y el pacto, y el mundo, y haremos lo que tengamos que hacer. —Le cogí la cara entre las manos—. Pero esta noche el mundo no existe. Esta noche solo existes tú. Si tú quieres.

Catalina me miró a la luz del fuego, esta mujer que se escondía en lo perfecto porque lo perfecto no la rompía, y eligió, por una vez, lo imperfecto. Lo de verdad. El desastre.

—Quiero —dijo.

Y esta vez ninguno de los dos levantó el milímetro de vuelta.

* * *

La besé como no había besado nunca a nadie, sin un palmo de aire, sin un broche que me recordara nada, sin honor que me frenara, sin nada entre los dos más que la piel y el fuego y la tormenta.

Ella me agarró del cuello, me devolvió el beso con la misma hambre de quince días, y entre las mantas, frente a las llamas, en una casa de ochocientos años a oscuras, borrada del mundo por el agua, los dos dejamos por fin de ser lo que se esperaba de nosotros y fuimos, una noche, sin testigos, sin futuro, sin máscaras, solamente nuestros.

Y la luz tardó horas en volver.

Y a ninguno de los dos nos importó.

* * *

Desperté con la primera claridad gris de la mañana entrando por los ventanales, la tormenta ya calmada en un llover manso, y ella dormida sobre mi pecho, respirando despacio, con mi jersey y mi manta y mi brazo alrededor, tan tranquila, tan entera, tan mía, que por un instante —un instante larguísimo y dorado— creí que la vida podía ser así.

Que podía despertarme cada mañana de mi vida con esta mujer dormida sobre el pecho y el fuego apagándose y el valle al otro lado de la ventana.

Que esto era lo correcto, y no lo otro. Que un hombre podía, por una vez, quedarse con lo que quería.

La miré dormir a la luz del alba, y le aparté el pelo de la cara, y le besé la frente, y fui, durante ese instante, más feliz de lo que he sido nunca.

Y entonces, despacio, como vuelve siempre, volvió el mundo.

Volvió la fecha del banco, escrita en una carta en mi despacho.

Volvió la palabra que le di a doña Edina.

Volvió Fiona, encerrada en su propia jaula a tres valles de distancia, tan prisionera como yo, esperando que yo cumpliera para poder cumplir ella.

Volvió el brindis de Dougie, "por el bien de todos", y el valle entero deseando una boda que no era esta.

Volvió, en fin, todo lo que la tormenta se había llevado por una noche y que la mañana, puntual y cruel, devolvía a su sitio.

Y supe, con ella dormida y caliente sobre mi pecho, que aquella noche no había cambiado nada de lo que importaba.

Que seguía atado. Que seguía siendo un símbolo con una deuda y una palabra dada.

Que lo de anoche no había sido el principio de algo, como yo quería creer en ese instante dorado, sino —y esto fue lo que me heló la sangre mientras la abrazaba— a lo mejor solo lo único que íbamos a tener.

Catalina se removió. Abrió los ojos. Me miró, todavía medio dormida, y sonrió —una sonrisa sin coraza, recién despierta, la sonrisa más de verdad que le había visto— y luego, despacio, la vi recordar.

La vi recordar dónde estábamos, y quiénes éramos, y lo que nos esperaba al otro lado de aquella mañana.

Y vi cómo la sonrisa se le iba apagando, igual que se me había apagado a mí, hasta convertirse en algo más triste y más hermoso.

—Ha vuelto la luz —dijo en voz baja, mirando la claridad gris de la ventana.

—Sí —dije, abrazándola más fuerte, como si abrazándola pudiera detener la mañana—. Ha vuelto la luz.

Y los dos nos quedamos quietos, abrazados frente a las cenizas, sin querer movernos, sin querer empezar el día, alargando un minuto más, y otro, y otro, aquel instante robado a un futuro que no nos pertenecía, sabiendo los dos —sin decirlo, porque decirlo lo habría roto— que en cuanto nos levantáramos de aquel suelo, se acababa.