Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 21 — La calma que asusta
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Capítulo 21 — La calma que asusta

A la mañana siguiente del beso que no debíamos habernos dado, Lachlan y yo hicimos lo único que se nos da bien a los dos: fingir que no había pasado y volver al trabajo.

Nos cruzamos en el desayuno. Él me dio los buenos días.

Yo se los devolví. Los dos miramos nuestros platos con la concentración de quien busca el sentido de la vida en una tostada, y por debajo de la mesa, por debajo de la cortesía, estaba todo: el muro junto al lago, la boca de los dos, su mano en mi broche, su "no puedo", mis pasos a las tres de la mañana parándose frente a una puerta que no me atreví a abrir.

Estaba todo ahí, enorme, y los dos lo rodeábamos como se rodea un agujero en el suelo, con cuidado, sin mirarlo, para no caernos dentro.

Igual habríamos seguido así eternamente, fingiendo, si no llega a salvarnos —porque en Cairnloch siempre te salva un desastre— el cielo.

* * *

Fue Angus, el primero, el que olió el aire raro. Entró en la cocina, miró por la ventana hacia el oeste, donde el horizonte se estaba poniendo de un color que no me gustó nada, un morado de moratón, y dijo la frase más larga que le había oído pronunciar en quince días:

—Viene una gorda.

Lachlan salió, miró el cielo, escuchó el viento, sacó el móvil para mirar no sé qué parte meteorológica, y cuando volvió tenía esa cara que yo ya conocía, la cara de "esto se va a torcer". Y me lo confirmó en tres palabras de las suyas:

—Temporal. Esta tarde. De los serios.

En las Highlands, descubrí en los siguientes diez minutos, "de los serios" significa una cosa muy concreta: vientos que arrancan árboles, lluvia horizontal, el río desbordado, el puente cortado, la luz fuera y la carretera de un carril convertida en un río intransitable que aísla el valle del resto del mundo durante horas o días.

Y, sobre todo, significa que tienes un tiempo limitado —el que tarda el moratón del cielo en llegar— para asegurar todo lo que el viento se pueda llevar.

Y yo, que tenía media boda montada a la intemperie, tenía muchísimo que asegurar.

Saltó la alarma. Y, con la alarma, saltó lo que mejor se me da en este mundo: gestionar una catástrofe.

* * *

—Vale. —Me puse de pie, y noté cómo la organizadora volvía a ocupar mi cuerpo, empujando al desastre romántico a un rincón—. Esto lo sé hacer. Esto es lo mío. Lachlan, ¿qué se vuela primero?

—La carpa —dijo él, ya en marcha—. Si el viento la coge montada, se va a Noruega. Hay que desmontarla o atarla a algo que no se mueva.

—La atamos. No tengo tiempo de desmontar y volver a montar antes de la boda. —Cogí mi carpeta, que en una crisis es mi espada—. Angus, los animales. ¿Dónde están más seguros?

—El establo de piedra. Aguanta lo que sea. —Angus ya iba hacia la puerta—. Subo a por el rebaño de arriba antes de que se corte el camino.

—Yo me ocupo de los de aquí —dije.

Y entonces, justo cuando teníamos un plan, apareció Bianca.

Bianca había mirado por la ventana, había visto el moratón del cielo, había consultado a Kévin, y había tomado la única decisión sensata que le vi tomar en toda su estancia.

—Cata, nos vamos —anunció, ya con las gafas de sol puestas pese al moratón, ya con el equipo recogiendo maletas a su espalda—.

Kévin ha llamado a un hotel en Kinlochard.

No pienso quedarme aislada en una ruina sin wifi con una tormenta.

Volvemos en cuanto pase. —Me dio dos besos apresurados—.

Tú asegura todo lo de mi boda, ¿vale? ¡Que no se vuele nada! ¡Eres una crack!

Y la caravana de tres todoterrenos negros que había llegado como una invasión se marchó como una retirada, levantando barro, con el equipo de estilismo, las maletas de pelucas mordidas por Wallace, y un Mauro que, asomado a la ventanilla trasera, gritó lo único coherente que dijo en todo su paso por Escocia:

—¡EN KINLOCHARD HAY WIFI! —y desapareció camino abajo, radiante por fin, rumbo a la civilización.

Detrás de ellos, Lachlan mandó a Mrs. Baird y a Morag al pueblo, a casa de la hermana de Mrs. Baird, que está en alto y seca.

Morag protestó —"yo he aguantado tormentas peores que tú, muchacho"— pero Lachlan no cedió, y se las llevó él mismo en el Land Rover, deprisa, antes de que el camino se pusiera imposible.

Volvió media hora después, justo cuando las primeras ráfagas empezaban a doblar los árboles.

Y, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, nos dimos cuenta a la vez de una cosa: que se habían ido todos. Bianca, el circo, Mrs. Baird, Morag, Angus cortado arriba con el rebaño. Que en Cairnloch, contra una de las peores tormentas del año, quedábamos exactamente dos personas.

Él. Y yo.

Los dos que habíamos prometido fingir que no nos habíamos besado.

* * *

No hubo tiempo de pensar en eso. La tormenta no espera a que resuelvas tu vida amorosa.

Las dos horas siguientes fueron una carrera contra el moratón del cielo, y, que Dios me perdone, fueron las dos horas más felices que llevaba en días. Porque cuando trabajo no duelo. Y cuando trabajo con él, además, vuelo.

Atamos la carpa. Los dos, bajo el viento que arreciaba, peleando con la lona que quería echar a volar como una vela, pasando cuerdas, anudándolas a los muros de piedra, a los árboles viejos, a todo lo que llevara cuatrocientos años sin moverse.

Yo gritaba instrucciones, él las ejecutaba; él gritaba avisos, yo los obedecía; nos pasábamos las cuerdas, los mazos, las estacas, leyéndonos sin hablar, anticipándonos, como si lleváramos toda la vida asegurando carpas juntos contra el fin del mundo.

Una ráfaga me tiró el sombrero y casi a mí detrás; Lachlan me agarró del brazo sin mirar, me sostuvo, y siguió clavando estacas como si nada, y yo sentí su mano en mi brazo mucho después de que la quitara.

Metimos a los animales. Wallace, que olía la tormenta, estaba insoportable y se negaba a entrar en el establo, así que Lachlan tuvo que sobornarlo con media barra de pan mientras yo empujaba sus cuatrocientos kilos de cabra terca por detrás, las dos cosas a la vez, los dos riéndonos pese a todo.

Maud entró sola, con su flequillo y su dignidad, dedicándome al pasar una mirada que decía claramente "los humanos siempre con prisas".

Cerramos las puertas de piedra. Aseguramos el material de la boda en el granero. Tapamos lo que se podía tapar.

Y cuando clavamos la última estaca, cuando atamos el último cabo, cuando ya no quedaba nada más que asegurar, nos quedamos los dos de pie en el patio, empapados, sin aliento, mirándonos, con el viento aullando alrededor y el moratón del cielo justo encima.

—Lo hemos conseguido —jadeé.

—Lo ha conseguido usted —dijo él, y por un segundo, un solo segundo, se le olvidó el hielo y me miró como me había mirado en el bothy, en el baile, en el muro—. Es la mejor en una catástrofe que he visto en mi vida.

—Es lo único que sé hacer —dije.

—No —dijo él, en voz baja—. No es lo único.

Y nos quedamos ahí, a un palmo otra vez, empapados, el corazón a mil, con todo lo del muro entre los dos sin resolver y un palmo de aire cargado que ya sabíamos que no aguantaba nada.

Y entonces, como si el cielo hubiera estado esperando exactamente ese momento para subrayarlo, el moratón se rompió.

No empezó a llover. Estalló. De golpe, como si arriba se hubiera reventado una presa, cayó toda el agua del mundo a la vez, una cortina blanca, horizontal, furiosa, y el viento la siguió con un rugido que dobló los árboles hasta el suelo y se llevó por delante lo que no habíamos atado.

Un relámpago partió el cielo en dos sobre el lago.

El trueno llegó un segundo después, tan fuerte que lo sentí en el pecho.

Y la luz del castillo, la única luz en kilómetros, parpadeó una vez, dos, y se apagó.

Nos quedamos a oscuras, empapados, en mitad del patio, bajo el diluvio, dos siluetas iluminadas solo por los relámpagos.

—¡Adentro! —gritó Lachlan por encima del rugido, cogiéndome de la mano—. ¡Ya!

Y corrimos juntos, de la mano, bajo la tormenta, hacia el castillo a oscuras, mientras el mundo entero se cerraba a nuestro alrededor —el puente cortado, el camino un río, el teléfono mudo, la luz fuera, el valle entero borrado por el agua— y nos dejaba, a él y a mí, solos, aislados, empapados y temblando, encerrados juntos por una tormenta en una casa vacía de ochocientos años.

Sin nadie.

Sin huida.

Sin un solo testigo de lo que pasara aquella noche.