Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 20 — A un milímetro
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Capítulo 20 — A un milímetro

La saqué de la era hacia la oscuridad, y por una vez en mi vida no estaba pensando en el deber.

Dejamos atrás las velas, la música, la cámara de Bianca, el valle entero aplaudiendo un baile que no sabía haber presenciado.

Caminamos sin hablar, deprisa, su mano en la mía, hasta que la luz de la fiesta no fue más que un resplandor amarillo a nuestra espalda y el frío y la noche y el rumor del lago nos envolvieron.

Nos paramos junto al muro bajo que da al agua, lejos de todo, los dos jadeando todavía del baile, o de lo otro.

Llevábamos diez días así. Diez días de rozarnos al pasarnos una herramienta y apartar la mano como si quemara.

Diez días de mirarnos por encima del caos de Bianca y bajar la vista antes de que se notara.

Diez días midiendo en centímetros, en palmos, el aire que nos separaba, sin cruzarlo nunca.

Y el baile de hacía un rato —su cuerpo girando a un milímetro del mío, sin tocarnos, delante de todo el valle— había sido la gota.

La era se me había quedado pequeña. El valle se me había quedado pequeño.

Necesitaba oscuridad y necesitaba silencio y la necesitaba a ella, y por una vez no estaba dispuesto a sentarme a contar las razones para no tenerla.

La luna se había abierto paso entre las nubes. La veía a la luz de plata, envuelta en mi tartán, con el pelo suelto del baile, los ojos enormes, y supe que había llegado el momento que llevaba diez días huyendo y persiguiendo a la vez.

—Esto es una locura —dije. Pero no le solté la mano.

—Lo sé —dijo ella. Pero tampoco me la soltó.

—Mañana me odiaré.

—Yo también. —Dio un paso hacia mí, el último paso, el que cerraba el palmo de aire que llevábamos diez días sin cruzar—. Pero mañana es mañana, Lachlan. Y esta noche estoy harta de hacer lo correcto.

Y eso fue todo lo que hizo falta.

* * *

La besé. O ella me besó. No sé cuál de los dos cruzó el último milímetro, y no importa, porque el milímetro se rindió por fin y nuestras bocas se encontraron en la oscuridad, junto al lago, bajo la luna, y fue como cuando se rompe la presa que llevas días apuntalando: todo de golpe, todo a la vez, todo el agua contenida derramándose.

No fue un beso suave. Fue un beso de diez días de centímetros, de palmos, de manos que no se posaban y miradas que se apartaban.

Fue rabia y alivio y hambre. La atraje contra mí, contra el muro, sintiendo por fin entero su cuerpo contra el mío sin un centímetro de aire que nos separara, y ella me agarró del cuello, de la camisa, me devolvió el beso como si llevara la misma sed que yo, y el mundo —el deber, la linde, el banco, Fiona, el valle— se redujo a la nada, a esto, a su boca y la mía y el frío de la noche y el calor de los dos.

Mis manos la recorrieron. Su espalda. Su cintura.

El tartán resbalándole de un hombro. Le besé el cuello, la oí coger aire, susurrar mi nombre de una manera que no me había llamado nunca, y noté cómo el beso pedía más, cómo los dos nos inclinábamos hacia lo que viene después de un beso así, hacia el borde, hacia el casi, hacia mandarlo todo definitivamente al infierno allí mismo, contra el muro, bajo la luna.

Estábamos a nada. A un suspiro. A un solo paso más al otro lado de la línea que no se vuelve a cruzar de vuelta.

Y entonces, en la penumbra, mi mano encontró el broche.

El pasador del tartán. El que yo mismo le había cerrado horas antes sobre el hombro, contra el frío.

El que sujetaba mi clan sobre su cuerpo.

Y al rozarlo con los dedos, en mitad del beso, lo sentí.

La plata fría. Los cuadros verde y negro de los MacRae bajo mis manos.

Mi tartán. Mis colores. Eres de los míos.

Y me acordé de lo que significaba.

* * *

Me quedé helado con la mano en el broche.

Porque ese tartán que yo le había puesto sobre los hombros era el mismo que iba a llevar el día que me casara con Fiona Sinclair. Eran los colores que mi familia ha tejido durante siglos, los que un MacRae le pone encima a su esposa, a su gente, a los suyos.

Me acordé, de golpe, de mi padre echándole este mismo tartán por los hombros a mi madre una Nochebuena, hace treinta años, delante del fuego, y de cómo ella se lo ciñó sin decir nada, porque no hacía falta decir nada: aquel gesto lo decía todo.

Así se hace en mi familia. Así se ha hecho siempre.

No se promete con palabras. Se promete con la lana del clan sobre los hombros de la persona elegida.

Y yo, sin pensarlo, llevado por el frío y por la ternura, acababa de hacerle a Catalina la promesa más sagrada de mi sangre con una tela que no era mía para entregar.

Yo se lo había echado por instinto, por ternura, porque tenía frío.

Y ahora, con la mano en el broche, en mitad del beso que llevaba diez días deseando, entendí lo que estaba a punto de hacer: tomar a esta mujer, prometerle con el cuerpo todo lo que no le podía prometer con la vida, envolverla en mi clan una noche para entregársela a otra el mes que viene.

Eso no es amor. Eso es robar. Robarle a ella una noche que no tiene futuro. Robarle a Fiona una palabra que le di. Robarle al valle la única salvación que le queda. Robarme a mí mismo el único honor que me sostiene cuando ya no me queda nada más.

Despegué mi boca de la suya. Despacio. Me costó como me ha costado pocas cosas en la vida.

—No puedo —dije, con la frente apoyada en la suya, los dos respirando entrecortado, el corazón desbocado—. Catalina. No puedo.

—Lachlan... —Su voz era un ruego.

—Llevas mi tartán puesto. —Cerré los ojos—.

¿Lo entiendes? Te he envuelto en mi clan.

Y mi clan está prometido. Esa palabra ya está dada, a Fiona, al valle, a doña Edina, antes de que tú llegaras, antes de que yo supiera que ibas a existir.

Y si te beso hoy, si paso de aquí, te estaré dando algo que no es mío para dar.

Te estaré mintiendo con el cuerpo. Y tú no te mereces eso.

Te mereces a un hombre entero, libre, que pueda ponerte el tartán encima y que sea de verdad. No a uno prestado por una noche.

La aparté. Suavemente. Le subí el tartán que le había resbalado del hombro y se lo cerré otra vez, casto esta vez, con manos que temblaban, el mismo clic del pasador, solo que ahora era un clic que nos separaba en vez de un clic que nos unía.

Catalina dio un paso atrás. La vi recomponerse en la oscuridad, recoger los pedazos, levantar la barbilla, volver a esa coraza que yo le había visto caerse y construirse tantas veces.

—Tienes razón —dijo, en voz baja, y le tembló—. Por supuesto que tienes razón. Eres un hombre honrado, Lachlan MacRae. Es lo mejor que tienes. —Soltó una risa que no tenía nada de risa—. Y es lo que más odio de ti ahora mismo.

—Lo sé.

—Llévame a casa —dijo—. Antes de que los dos hagamos algo de lo que no podamos volver.

Y volvimos. En silencio. Por el camino oscuro, separados, con el resplandor del ceilidh apagándose a nuestra espalda, los labios todavía calientes del beso que sí nos habíamos dado y el cuerpo entero doliéndonos del que no.

* * *

No dormí.

Me quedé tumbado en mi cama fría, en mi casa que se cae, mirando el techo, con el sabor de ella todavía en la boca y la mano todavía recordando la plata del broche, y conté las razones por las que había hecho lo correcto.

El honor. La palabra. El valle. Fiona. Mrs. Baird.

El tejado. La fusión. Las conté todas, una a una, como ovejas, hasta que me las supe de memoria.

Conté también, sin querer, otras cosas. El peso exacto de ella contra mi pecho.

El sonido que había hecho al susurrar mi nombre contra mi cuello.

La forma en que se le había rendido el cuerpo un segundo antes de que yo levantara el muro otra vez.

Esas también me las sabía ya de memoria.

Y esas no había manera de quitárselas contando ovejas.

Y no me sirvió de nada. Porque todas las razones del mundo no me quitaban una sola cosa: que la había tenido entre los brazos, entera, queriéndome, y la había soltado.

Que un milímetro nos había separado durante diez días y esta noche el milímetro se había rendido y yo, yo, lo había vuelto a levantar con mis propias manos.

Que había sido más fuerte que mi deseo, sí, pero que ser más fuerte que tu propio deseo, cuando tu deseo es lo único que de verdad quieres, no es una victoria. Es solo otra forma de perder.

A unas habitaciones de la mía, en su cama igual de fría, sé que ella tampoco dormía.

Lo sé porque a las tres de la mañana oí sus pasos en el pasillo, despacio, parándose un momento frente a mi puerta —un momento larguísimo, un momento en el que solo nos separaba una hoja de madera y todo el peso del mundo— y luego alejándose, de vuelta a su cuarto, sin llamar.

Y los dos nos quedamos despiertos hasta el alba, cada uno en su frío, deseando al otro al otro lado de un pasillo y de una promesa, tan cerca, tan imposiblemente cerca, a un milímetro y a un mundo de distancia.