Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 19 — El baile que no me toca
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Capítulo 19 — El baile que no me toca

Yo no sé bailar bailes escoceses. Lo dejo claro antes de contar lo que pasó, para que conste que nada de lo que pasó aquella noche fue culpa mía.

Fue culpa del violín, del whisky, del fuego, de un valle entero empujando, de un tartán sobre mis hombros y de la mano de un hombre que se negó a tocarme y, por negarse, me tocó más hondo que nadie en la vida.

Pero voy por orden.

Cuando Dougie nos señaló desde el corro y gritó "¡el lord y la española!

", yo quise morirme. De verdad. Pensé en excusas.

Pensé en la cámara de Bianca, que apuntaba ya hacia nosotros con su ojo de cristal.

Pensé en el hielo de los últimos días, en el "no hay más que un contrato", en lo absurdo que sería bailar con el hombre que me había congelado a propósito.

Y entonces el valle entero empezó a aplaudir, a corear, a tirar de mí hacia el centro, y Senga me dio un empujón en la espalda, y de repente estaba allí, en mitad de la era, bajo las velas que yo misma había colocado, frente a Lachlan MacRae.

Él tampoco quería. Se le notaba. Tenía la mandíbula apretada y los ojos de quien va a hacer algo que sabe que no debe.

Pero no se podía negar —en un ceilidh no te niegas, me explicaron después, sería como escupir en la mesa— y además, vi cómo buscaba a su abuela con la mirada, y vi cómo Morag, desde su silla, le hacía un gesto pequeñísimo con la cabeza.

Un permiso. Una orden. Baila, muchacho. Y Lachlan, con un suspiro que solo yo oí, me tendió la mano.

—No sé bailar esto —le advertí.

—Lo sé —dijo—. Déjese llevar. Es lo único que tiene que hacer. Dejarse llevar.

Y para una mujer que lleva toda la vida llevando, dejarse llevar resultó ser lo más difícil y lo más delicioso que me han pedido nunca.

* * *

El violinista atacó el Gay Gordons, ese baile que las mujeres del pueblo habían intentado enseñarme entre risas por la tarde, y la era entera se puso en marcha a la vez.

Parejas en círculo, todos girando en la misma dirección, adelante, atrás, vueltas, un río de gente moviéndose como un solo cuerpo bajo las velas.

Y yo, en medio, sin saber un paso, me agarré a lo único firme que había: a él.

Al principio fue una catástrofe. Pisé a Lachlan.

Pisé a la pareja de al lado. Fui hacia la izquierda cuando todo el valle iba hacia la derecha y casi provoco un choque en cadena de proporciones bíblicas.

Me reí, roja de vergüenza, y oí —milagro— que Lachlan también se reía, por lo bajo, una risa que no le había oído desde la inundación.

—A la derecha —me murmuró al oído, llevándome—. Ahora vuelta. Eso es. No piense. Sienta la música.

Y poco a poco, paso a paso, vuelta a vuelta, dejé de pensar.

Dejé que sus manos me guiaran, que la música me empujara, que el río de gente me arrastrara, y de repente, sin saber cómo, estaba bailando.

Mal, pero bailando. Riéndome. Girando bajo las velas con el tartán de los MacRae ondeando sobre mis hombros, en mitad de un valle que me había adoptado, con el hombre que no podía tener llevándome de la mano por un baile de cuatrocientos años.

Hamish, tres whiskies más allá, bailaba solo en una esquina con una pareja imaginaria y, en un momento de inspiración patriótica, sacó la claymore para "marcar el ritmo", lo cual provocó que tres parejas se dispersaran chillando y que Dougie tuviera que quitarle la espada al grito de "¡Hamish, que no es ese tipo de baile!

". Yo me reí tanto que perdí el paso otra vez, y Lachlan me sujetó por la cintura para que no cayera, y por un segundo me tuvo agarrada, y los dos dejamos de reírnos a la vez.

Y entonces empezó lo otro.

* * *

La música cambió. El violinista, con esa crueldad sabia de los músicos viejos, pasó del baile rápido y alegre a uno lento.

Un vals escocés, triste y hermoso, de los que se bailan en pareja, cerca, mirándose.

Y la era, que un momento antes era un torbellino de risas, se aquietó.

Las parejas se juntaron. Las velas parecieron arder más bajo.

Y yo me quedé frente a Lachlan, sin saber qué hacer con las manos, con el cuerpo, con todo.

—Este lo sé —dijo él, en voz baja—. Este es fácil. —Tragó—. Solo hay que estar cerca.

Y me puso la mano. Bueno. Eso es lo que debería haber hecho. Eso es lo que hacían todos los hombres de la era con sus parejas: la mano firme en la cintura, la otra cogiendo la mano, y a bailar.

Lachlan no me puso la mano.

Levantó el brazo, lo llevó hasta mi espalda, hasta la parte baja de mi espalda donde va la mano en un vals, y se detuvo.

A un dedo. A menos de un dedo. Tan cerca que yo sentía el calor de su palma a través del tartán, a través del vestido, el calor entero de su mano abierta flotando sobre mi piel sin llegar a tocarla.

Y la dejó ahí. Sin posarla. Sin cerrar ese último centímetro de aire que separaba su mano de mi cuerpo.

Y bailamos así.

No sé cómo explicar lo que es bailar un vals con una mano que se niega a tocarte.

Es la cosa más erótica y más triste que me ha pasado nunca.

Porque en ese centímetro de aire que él no cruzaba estaba todo.

Estaba el deber, y la linde, y Fiona, y el banco, y las razones por las que no podía posar esa mano.

Pero estaban también las ganas, las ganas enormes, temblorosas, que yo sentía vibrar en su palma suspendida, en lo mucho que le costaba no cerrar ese centímetro, en cómo su mano me seguía a un milímetro constante en cada giro, como un planeta que orbita y no se atreve a caer.

Me tocaba sin tocarme. Me decía "no puedo" y "quiero" en el mismo gesto, a la vez, con una sola mano que no se posaba.

Giramos despacio bajo las velas. Yo tenía la cara a un palmo de la suya.

Veía cómo le subía y le bajaba el pecho, demasiado rápido para un baile tan lento.

Veía la mandíbula apretada del esfuerzo de no cruzar ese centímetro.

Y notaba, en mi propia espalda, el fantasma ardiente de su mano, siguiéndome, orbitándome, negándose y deseándome al mismo tiempo, hasta que el centímetro de aire entre su palma y mi cuerpo se convirtió en lo único que existía en el mundo, en la frontera más fina y más infranqueable que yo había sentido nunca.

—Lachlan —susurré.

—No diga nada —murmuró él, la voz ronca—.

Por favor. Déjeme tener esto. Solo esto.

Un baile. —Sus ojos buscaron los míos en la penumbra, y había en ellos algo que se rendía—.

Mi abuela me dijo que bailara con usted.

Que aunque no pueda tenerla, al menos tenga un baile que recordar dentro de sesenta años.

—Tragó—. Y tiene razón. Voy a recordar este baile el resto de mi vida.

Y al decirlo, sin querer, en un giro, su mano flaqueó. Cedió. Por una décima de segundo, el centímetro desapareció, y su palma se posó entera, caliente, firme, en la parte baja de mi espalda, y me atrajo, medio centímetro, hacia él.

Los dos contuvimos el aliento.

Y los dos supimos, en esa décima de segundo de contacto, que estábamos perdidos del todo.

Que el centímetro había sido lo único que nos sostenía.

Que con la mano posada ya no había deber que valiera, ni hielo, ni contrato.

Que estábamos a un suspiro, a una vela apagada, a una nota de música, de mandarlo todo al infierno en mitad de una era llena de gente.

Y entonces, como un latigazo, la música paró.

El violinista bajó el arco. La última nota se quedó temblando en el aire.

La era entera estalló en aplausos y vítores para las parejas, para el baile, para la noche.

Y Lachlan y yo nos quedamos quietos en el centro, su mano todavía en mi espalda, mi cara todavía a un palmo de la suya, los dos jadeando como si hubiéramos corrido, rodeados de un valle que aplaudía sin tener ni idea de lo que acababa de pasar entre nosotros.

El instante se quedó suspendido. Un segundo.

Dos. La gente empezaba a moverse, a buscar las bebidas, a reírse.

La cámara de Bianca, en algún sitio, seguía grabando, capturando píxeles, sin capturar nada, porque lo que había pasado en aquel baile no cabía en ninguna pantalla, no se podía grabar, no se podía vender, solo se podía vivir, y nosotros lo estábamos viviendo, allí, en el centro, con la mano y la espalda y el centímetro vencido.

Lachlan me miró. Yo lo miré.

Y sin decir una palabra, sin soltarme la mano, empezó a llevarme —despacio, hacia el borde de la era, hacia la oscuridad de fuera, lejos de las velas, lejos de la cámara, lejos del valle, lejos de todo— y yo me dejé llevar, otra vez, por primera vez en mi vida sin pensar, sin calcular, sin controlar nada.

Salimos juntos de la luz hacia la noche.

Y supe que lo que iba a pasar ahí fuera, en la oscuridad, lejos de todos, iba a cambiarlo todo. O a romperlo todo. O las dos cosas a la vez.