Capítulo 18 — Vísperas de ceilidh
Pasé la noche entera y media mañana intentando no pensar en una pregunta, y fracasando como fracasa un hombre que intenta no pensar en algo.
¿Y si yo no quiero que cumpla?
Lo había dicho ella, en el salón, en voz baja, por encima de los noventa nombres y el cráter de baba de la cabra.
Y yo no había sabido contestar. O sí había sabido, y por eso no contesté.
Porque la única respuesta honrada habría sido yo tampoco quiero cumplir , y esa respuesta no me la podía permitir un hombre con la fecha del banco y la palabra empeñada a doña Edina apretándole el cuello.
Así que me tragué la pregunta, como me había tragado todo lo demás, y me dije que el hielo aguantaría.
El problema es que aquella tarde había ceilidh. Y el hielo no aguanta los ceilidhs.
* * *
Un ceilidh, para quien no lo sepa, no es lo que Bianca creía que era.
Bianca creía que era "baile escocés para contenido".
Lo que es, en realidad, es la manera que tiene esta tierra de juntarse antes de un acontecimiento grande: la era de Dougie barrida y engalanada, las mesas largas con la comida que trae cada casa, el violín y la concertina y la gaita, el whisky corriendo, los viejos sentados y los jóvenes en pie, y todo el valle bailando los mismos bailes que bailaron sus abuelos, agarrados de las manos, dando vueltas, riéndose, pertenecientes.
Llevábamos haciéndolo aquí cuatrocientos años.
Y aquella tarde, por primera vez, íbamos a hacerlo con una cámara delante.
Bianca había convencido a Dougie —no fue difícil, a Dougie le encanta el público— de que grabaran "un poquito, para el feed".
Y a mí me revolvió. Que metieran la cámara en lo único que aún no se había vendido.
Pero también, lo confieso, me dio una pequeña y mezquina alegría, porque sabía algo que Bianca no sabía: que un ceilidh no se deja grabar bonito.
Un ceilidh hay que vivirlo o no es nada.
Y tarde o temprano, la cámara se rendiría, como me rendí yo el día que dejé de pelearme con que la lluvia me mojara.
Toda la tarde fue preparativos. Y, mirara donde mirara, estaba ella.
Catalina, que había llegado a este sitio en tacones y maldiciendo, andaba ahora por la era de Dougie como si llevara allí toda la vida.
Senga la había puesto a colocar las velas.
Las mujeres del pueblo le enseñaban a hacer un baile sencillo "para que no haga el ridículo, muchacha".
Dougie le había dado un delantal. Y ella, la organizadora de bodas de lujo para nueve millones de seguidores, ayudaba a montar una fiesta de pueblo sin cobrar, sin grabar, sin que le importara, riéndose, pertenecientes.
Igual que yo. Y verla así me dolió más que verla con la cámara, porque con la cámara era lo de mentira, pero esto, esto era lo de verdad, y lo de verdad es lo que no te puedes quitar de encima.
* * *
Mi abuela me cazó junto al barril de la cerveza.
—Está aprendiendo el Gay Gordons —dijo Morag, sin venir a cuento, mirando hacia donde Catalina daba vueltas torpemente entre las risas de las mujeres del pueblo—. Lo hace fatal. Le falta pareja que sepa llevarla.
—Pues que la lleve Dougie.
—Dougie tiene dos pies izquierdos y una barriga de tres pintas. —Morag me clavó esos ojos que son los míos con ochenta años de ventaja—. Tú bailas bien. Lo aprendiste de mí.
—No voy a bailar con ella, abuela.
—¿No? —Levantó una ceja—. Qué raro. Con lo bien que se te da no sentir nada.
La miré. Esto, viniendo de la mujer que dos días antes me había dicho por teléfono "deja de mirar a la española", no tenía ningún sentido.
Morag empujaba el pacto con los Sinclair como quien empuja una piedra cuesta arriba.
Morag quería la fusión, las lindes, a Fiona en esta casa.
Y, sin embargo, ahí estaba, junto al barril, animándome a bailar con la única mujer con la que no debía bailar.
—No la entiendo, abuela —dije—. ¿Quiere que me case con Fiona o no?
Morag dio un golpecito en el suelo con el bastón, despacio, y por un momento no fue la vieja de hierro que negocia tierras. Fue otra cosa. Más vieja. Más cansada. Más tierna de lo que jamás la había visto.
—Quiero —dijo, en voz baja— que esta familia sobreviva.
Esa es mi cabeza, y mi cabeza dice Sinclair, porque mi cabeza ha enterrado a demasiados MacRae para fiarse de otra cosa que no sean hectáreas.
—Miró hacia Catalina, que se reía dando una vuelta mal dada—.
Pero yo también fui joven una vez, muchacho.
Y me casé por la tierra. Y fui una buena esposa y una buena señora durante cuarenta años, y cumplí, y no me arrepiento.
—Volvió a mirarme—. Pero hay una cosa que no le he contado a nadie.
Hubo un hombre, antes de tu abuelo, que me hacía reír así.
Como se ríe ella ahí. Lo dejé ir, por el deber, por la tierra.
E hice lo correcto. —Su voz se quebró un grado—.
Y llevo sesenta años preguntándome cómo habría sido.
Se hizo un silencio entre nosotros, junto al barril, con la fiesta empezando alrededor.
—Yo no te voy a decir que rompas el pacto —dijo Morag, recomponiéndose, volviendo a ser de hierro—.
No puedo. Tengo un valle que salvar y una cabeza que es mi cabeza.
Pero tampoco te voy a decir que no bailes.
Una cosa es cumplir con el deber, Lachlan.
Y otra muy distinta es no haber tenido nunca, ni una sola vez, algo por lo que valga la pena lamentarse.
—Me dio una palmada en el brazo con su mano de pájaro—.
Baila con ella, muchacho. Aunque no puedas tenerla.
Para que dentro de sesenta años, cuando hagas lo que tengas que hacer, al menos tengas un baile que recordar.
Y se fue, golpeando el suelo, dejándome con la cerveza en la mano y el corazón hecho un nudo nuevo.
* * *
Cayó la tarde, y con ella el frío, ese frío de las Highlands que no avisa, que se te mete por las costuras en cuanto se va el sol.
Y Catalina, que había venido vestida para una fiesta sevillana —un vestido bonito, fino, imposible, los hombros al aire— empezó a tiritar junto a las velas que ella misma había colocado.
La vi temblar. Y antes de que mi cabeza, la cabeza sensata, la cabeza del hielo y del deber, pudiera decir nada, mis manos ya habían hecho lo que hacen.
Tenía sobre el hombro mi plaid, el tartán del clan, el de los cuadros verdes y negros de los MacRae que mi familia lleva tejido desde antes de que existieran los apellidos.
Me lo quité. Crucé los pocos pasos que nos separaban —los primeros pasos que daba hacia ella desde que decreté el hielo— y, sin pedirle permiso, igual que le había rozado la mejilla en el río, igual que ella me había cerrado el broche en el promontorio, le eché el tartán sobre los hombros desnudos.
Se quedó muy quieta.
Lo ajusté. Le crucé la lana sobre el pecho para que le diera el calor, y a la altura del hombro lo cerré, despacio, con cuidado, con el pasador.
El clic seco de siempre. El mismo clic del broche del primer día, el que ella había querido tocar y yo había apartado, el que ella me había cerrado a mí en el promontorio.
Solo que ahora el tartán estaba sobre ella.
Mi clan, sobre sus hombros. Los colores de mi familia, los que llevaré el día que me case con otra, envolviendo a la mujer con la que no debo bailar.
No me di cuenta de lo que significaba hasta que ya estaba hecho.
En este valle, echarle a alguien tu tartán encima no es darle un abrigo.
Es decir, sin palabras, eres de los míos .
Es lo que se hace con la familia. Con la esposa.
Lo había hecho sin pensar, por instinto, porque tenía frío, y al cerrar el pasador entendí que acababa de envolverla en lo único que no le podía dar.
Catalina bajó la vista al tartán sobre sus hombros. Luego me miró. Y por su cara entendí que ella también sabía lo que significaba, porque esta mujer lo aprende todo, lo guarda todo, lo entiende todo.
—Lachlan —dijo, en voz muy baja, sujetándose la lana contra el pecho—. ¿Sabes lo que acabas de...?
—Lo sé —dije. Y no me aparté esta vez—. Tiene frío. Y yo no soporto verla temblar.
Nos quedamos así, demasiado cerca, ella envuelta en mi clan y yo sin el calor de mi propio plaid, mientras alrededor la era se llenaba de gente, y de luz, y de risas, y la cámara de Bianca buscaba ángulos que no iba a encontrar.
Y entonces, desde el centro de la era, el violinista alzó el arco.
La concertina arrancó la primera nota. La gaita la siguió.
Y la música, esa música vieja de cuatrocientos años, llenó la noche, y todo el valle empezó a moverse hacia el centro, formando las filas del baile, riéndose, tendiéndose las manos.
Dougie nos vio. Y desde el corro, con su vozarrón de tabernero, gritó lo que yo llevaba toda la tarde temiendo y deseando a partes iguales:
—¡EL LORD Y LA ESPAÑOLA! ¡VENGA, A BAILAR LOS DOS! ¡QUE EMPIEZA EL CEILIDH!
Y el valle entero se volvió hacia nosotros, aplaudiendo, llamándonos al baile, a Catalina envuelta en mi tartán y a mí sin nada que me protegiera ya del frío ni de ella.
Y supe que estaba perdido.