Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 17 — Guerra fría con cabra
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Capítulo 17 — Guerra fría con cabra

Resulta que sé exactamente cómo se le rompe el corazón a una mujer que no cree en el amor: con educación.

A la mañana siguiente, Lachlan me dio los buenos días.

Correctísimo. Me preguntó si necesitaba algo para la boda.

Cortés. Me dijo que Angus tenía las cosas del establo a mi disposición.

Servicial. Y cada palabra educada, cortés y servicial era una puñalada limpia, sin rabia, de las que no dejan marca pero te vacían por dentro, porque yo sabía lo que había debajo de esa cortesía.

Sabía que el día anterior, en un bothy, ese mismo hombre me había dicho "a lo mejor no quiero fingir".

Y ahora fingía. Perfectamente. Como un profesional.

Lo peor es que entendía por qué. Eso es lo que nadie te cuenta del desamor con explicación: que la explicación no ayuda.

Yo conocía el pacto desde la cena. Había oído al valle entero bendecirlo en el pub.

Lachlan me lo había soltado en la cara, sin esconderme nada, con la honestidad brutal de los hombres honestos: el banco, la deuda, Fiona, la fusión, el bien de todos.

Lo entendía. Punto por punto. Lo que no entendía —lo que me tenía despierta, lo que me revolvía— era cómo se podía pasar de aquel "no quiero fingir" del bothy a este "no hay más que un contrato" del salón en menos de veinticuatro horas.

Cómo se apaga uno así. De golpe. A propósito.

Yo no sé apagarme así. Y me dolía descubrir que él sí.

Así que hice lo que hago. Lo que llevo años haciendo cada vez que algo se me rompe.

Me volqué en el trabajo. Si él iba a ser un contrato, yo iba a ser la mejor contratada de la historia.

Cogí mi coraza —la sonrisa de anuncio, la barbilla alta, la carpeta— y me la puse hasta las orejas, y me enterré en la única cosa que nunca me ha plantado: una lista de tareas.

Lo malo es que el universo, en Cairnloch, nunca te deja enterrarte tranquila.

* * *

El seating chart era mi obra maestra de aquellos días.

Noventa invitados. Los influencers de Bianca, que no se podían sentar cerca unos de otros porque la mitad estaban enemistados por colaboraciones de maquillaje.

La familia de Mauro, que no hablaba con Mauro.

Los "locales auténticos" que Bianca exigía "de fondo, para dar color", que resultaban ser medio pueblo de Cairnloch.

Un rompecabezas diplomático de los que a mí me gustan, porque en un seating chart todo está bajo control: cada persona en su sitio, cada tensión neutralizada, cada silla en su lugar.

El orden hecho papel. Lo había trazado a mano, a tinta, sobre una cartulina grande, con la caligrafía perfecta que reservo para lo importante, y lo tenía apoyado en un caballete en el gran salón, casi terminado.

Lo encontré a media tarde con Wallace encima.

Literalmente encima. La cabra había vuelto a colarse —Wallace es a las puertas lo que la desgracia a mi vida— y estaba de pie sobre las patas traseras, con el morro pegado a mi cartulina, masticando metódicamente la mesa doce, donde yo había colocado, con enorme cuidado diplomático, a las tres influencers de maquillaje que no se hablaban.

—¡NO! —grité, lanzándome—. ¡Esa mesa me ha costado una hora!

Wallace levantó la cabeza, me miró con esos ojos amarillos vacíos, y, sosteniéndome la mirada, se metió en la boca el resto de la mesa doce, la trece entera y una esquina de la presidencial.

Mi seating chart, mi orden hecho papel, mi único pedazo de control de aquella semana horrible, desapareció en el estómago de una cabra en cuestión de segundos, dejándome en la mano una cartulina mordisqueada con un cráter baboso en el centro y el nombre de Bianca medio comido.

Y entonces, por primera vez en dos días, se me llenaron los ojos de lágrimas. Y no era por la cartulina.

—Otra vez no —murmuré, agarrando los restos—. Hoy no, Wallace. Hoy no puedo con esto.

* * *

Lachlan entró atraído por mis gritos, vio la escena —yo de rodillas con una cartulina destrozada, Wallace eructando satisfecho— y, contra su nuevo régimen de hielo, hizo lo que no pudo evitar hacer: sacó el pan del bolsillo, silbó, y se llevó a la cabra.

Y luego, porque era un caballero hasta cuando te estaba congelando, se quedó.

—La ayudo a rehacerlo —dijo, en su nueva voz de contrato—. Va a necesitar saber quién no se puede sentar cerca de quién. Eso lo sé yo. Las familias de aquí.

Quería decirle que no. Quería decirle que se fuera con su cortesía a otra parte, que prefería rehacer el seating sola que rehacerlo a su lado, fingiendo los dos que no había pasado nada.

Pero la boda era en ocho días, y el seating no se hacía solo, y yo no me podía permitir el lujo del orgullo.

Así que asentí, con la mandíbula apretada, y nos sentamos a la mesa de roble de doce metros, a una distancia profesional, a rehacer un mapa de noventa personas mientras los dos fingíamos ser dos personas que no se habían dicho "no quiero fingir" en una colina.

Fue una tortura exquisita.

—Los MacPherson no van con los Ross —decía él, plano—. Pleito de pesca. Cuarenta años.

—Anotado —decía yo, plana—. ¿Y la señora Senga?

—Senga va donde quiera. Pónganla cerca del whisky.

Y así, frase por frase, dato por dato, mano sobre mano sobre la misma cartulina sin tocarnos nunca, fuimos reconstruyendo el orden.

Y debajo de cada nombre, debajo de cada "los MacPherson no van con los Ross", había otra cosa, una tensión callada de dolor y de ganas, un anhelo a flor de piel que hacía que cada vez que sus dedos pasaban a tres centímetros de los míos para señalar una mesa, a mí se me parara la respiración y a él se le tensara la mandíbula.

Los dos lo notábamos. Los dos hacíamos como que no.

Dos personas congelándose a propósito para no quemarse, exactamente como él había dicho, solo que congelarse, descubrí, también quema.

Aguanté hasta la mesa de los Sinclair.

—¿Dónde pongo a Fiona? —pregunté. Y lo pregunté con voz profesional, lo juro, pero algo se me escapó por debajo, un filo que no pretendía—.

Porque Bianca quiere a "la nobleza local" en cabecera.

Para las fotos. Así que tengo que sentar a la futura señora de Cairnloch en un sitio de honor, en su propia futura casa, en una boda que no es la suya.

¿Le parece bien la mesa dos? ¿O prefiere que la siente a su lado directamente, para ir ensayando?

Lo dije. No quería decirlo. Salió solo, ácido, herido, por debajo de toda la cortesía.

Lachlan dejó el bolígrafo en la mesa.

—Eso ha sido injusto —dijo, en voz baja.

—¿Injusto? —Solté la pluma yo también—. ¿Sabe lo que es injusto, Lachlan?

Que ayer me dijera una cosa y hoy me trate como a un proveedor.

Que me explique con todo lujo de detalles por qué no podemos, como si yo fuera idiota, como si no lo hubiera entendido a la primera, en el pub, oyendo a Dougie brindar por su boda con otra.

Lo entendí. ¿Vale? Lo entendí perfectamente.

—Me temblaba la voz y la odié por temblar—.

Lo que no entiendo es por qué, si tan claro lo tiene, si tan de hielo está, si lo nuestro es "un error que casi comete"...

por qué se le tensa la mandíbula cada vez que le rozo la mano por una cartulina.

Eso es lo que no entiendo. Esa es la única parte que no me cuadra.

Silencio. El fuego de turba crepitaba en la chimenea bajo la espada del clan. Lachlan tenía los nudillos blancos sobre la mesa.

—No haga esto —dijo. Y por primera vez en dos días, su voz no era de contrato.

Era de verdad. Rota—. Por favor. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo, Catalina.

Estoy intentando hacer lo correcto para mucha gente, y la única manera que conozco de hacerlo es no sentir nada, y usted...

usted me lo pone imposible cada vez que abre la boca, cada vez que se ríe, cada vez que me roza la mano por una maldita cartulina.

Así que no me pregunte por mi mandíbula.

Déjeme el hielo. El hielo es lo único que me queda para cumplir.

—¿Y si yo no quiero que cumpla? —La pregunta se me escapó antes de pensarla, en voz muy baja, la pregunta más egoísta y más sincera que había hecho en años.

Nos quedamos los dos mirándonos por encima de la mesa de doce metros y los noventa nombres y el cráter de baba de Wallace, dos personas heladas a propósito a punto de derretirse a la vez, y supe, por cómo me miraba, que él tampoco tenía respuesta.

O que la tenía y no se atrevía a decirla.

Que estábamos los dos en el borde exacto de decir en voz alta lo que llevábamos dentro, lo que ni el hielo ni el deber ni la cortesía habían conseguido apagar.

Y entonces, porque en Cairnloch nunca te dejan llegar al final de una frase, se abrió la puerta del salón de golpe.

—¡Cataaa! —Bianca, radiante, ajena—. ¡Que mañana hay un ceilidh en el pueblo, me he enterado, y dice Dougie que estamos invitados!

¡Vamos a ir todos a grabar! ¡Baile escocés, qué fuerte, el contenido va a ser brutal!

—Nos miró a los dos, sentados muy tiesos a ambos extremos de la mesa, con la cartulina mordida en medio—. ¿Interrumpo algo?

—No —dijimos los dos a la vez, demasiado rápido, demasiado fuerte.

Y los dos volvimos a la cartulina, a los noventa nombres, al hielo, dejando la pregunta de "¿y si yo no quiero que cumpla?" colgada en el aire del salón, sin responder, latiendo, mientras Bianca planeaba grabar contenido en el baile que —yo aún no lo sabía— iba a terminar de romperlo todo.