Capítulo 16 — El nudo del deber
Volvimos del pueblo en silencio, y todo el camino tuve en la cabeza el brindis de Dougie.
Por el bien de todos. Lo había dicho con cariño, levantando el vaso, con un valle entero asintiendo detrás.
Por el bien de todos. Que es la frase más bonita y más pesada que le pueden colgar a un hombre del cuello.
Porque eso es lo peor de mi deber. Que no es injusto.
Que no me lo impone un tirano al que poder odiar.
Me lo pide la gente a la que quiero, por su propio bien, con una sonrisa y un whisky.
Senga, que me vio nacer. Dougie, que le fía a media comarca.
Murdo, que me enseñó a esquilar y que ahora mismo se recupera en un hospital de una caída que se dio yendo a por unas ovejas que no le dan nada.
Toda esa gente lleva cuarenta años pagando una guerra de lindes que no empezaron ellos, y la única manera de acabarla, de juntar los pastos, de que el valle respire, es que yo me case con Fiona Sinclair.
No es un capricho de mi abuela. Es la salvación de todos.
Y un hombre no le niega la salvación a su gente porque casi haya besado a una española en un bothy.
Me repetí eso todo el camino de vuelta. Casi me lo creí.
Y entonces, al llegar a Cairnloch, el destino, que tiene mala leche y peor sentido de la oportunidad, me lo dejó por escrito.
* * *
El señor Aitken me esperaba en el despacho. Aitken es el abogado de la familia, un hombre gris que solo aparece cuando hay que firmar algo o perder algo, y casi siempre las dos cosas a la vez. Traía una carta del banco y una cara que ya conocía.
—No quería decírselo por teléfono —dijo, dejando los papeles sobre la mesa—. El plazo de la deuda de su padre. Han dejado de esperar.
Me senté. Leí. Y los números, que ya conocía de memoria, esta vez traían fecha.
Una fecha cerca. Demasiado cerca. La tarifa de la boda de Bianca —esa boda por la que me había tragado el orgullo delante de una cámara— cubría los intereses de un año, sí, pero no el principal, y el principal era lo que el banco había decidido, por fin, reclamar.
Sin la finca entera detrás como aval, Cairnloch no aguantaba el golpe.
Y la única manera de poner la finca entera detrás —de duplicar las hectáreas, de convertir dos propiedades que se ahogan en una que flota— era la fusión con los Sinclair.
—Con las tierras unidas —dijo Aitken, leyéndome el pensamiento, porque para eso le pago—, el banco renegocia. Es solvente. Es viable. Sin ellas... —dejó la frase a medias, que es como dicen las cosas los abogados cuando la respuesta es "no".
Y, como si el universo necesitara subrayarlo con dos rayas, esa misma tarde llamó doña Edina.
No anduvo con rodeos, que es lo único que me gusta de ella.
—He hablado con Aitken —dijo, su voz de hierro al otro lado—.
Conozco la fecha del banco igual que tú.
Mis pastos también la conocen. —Una pausa—.
Lachlan, yo a mi hija la quiero, y a esa niña su madre la ha educado para el deber igual que a ti tu abuela.
Pero el deber tiene un precio, y es que se cumpla a tiempo.
No después de la boda de tu influencer. No el mes que viene.
Necesito tu palabra, firme, dada, antes de que el banco mueva ficha.
Necesito saber que cuando esto se firme, se firma de verdad.
—Bajó la voz, casi con amabilidad—. Dámela, muchacho.
Por las dos casas. Y deja ya de mirar a la española como la miraste en mi cena.
Eso no te lo puedes permitir. Ni tú, ni yo, ni el valle.
Colgué. Me quedé solo en el despacho, con la carta del banco en una mano y la soga en el cuello, apretada por fin del todo, anudada con cariño por las dos viejas que más quieren a esta tierra.
Y lo entendí, sin escapatoria posible: o me caso con Fiona, pronto, de verdad, o se cae Cairnloch. Y con Cairnloch, Mrs. Baird. Y Angus. Y el tejado bajo el que duerme media historia de mi familia. Y el valle pierde su única oportunidad de cerrar una herida de cuarenta años.
Contra eso, ¿qué pongo yo? ¿Que casi la beso? ¿Que quiero que se quede? ¿Que me he enamorado como un crío diez días tarde?
No hay balanza en el mundo donde eso pese más que todo lo demás. No la hay. Lo supe en el despacho. Y supe lo que tenía que hacer.
Tenía que apagar lo del bothy antes de que prendiera. Por ella. Por Fiona. Por todos. Tenía que volver a ser, otra vez, el símbolo. El que cumple. El que carga.
Me dolió como duele meterse uno mismo la mano en el pecho y apagarse una luz.
* * *
La encontré esa noche en el gran salón, sola, midiendo el espacio para las mesas de la boda, con su cinta métrica y su carpeta, tan viva, tan ella, tan absolutamente fuera de mi alcance.
Levantó la cabeza al oírme entrar, y se le iluminó la cara —se le iluminó, lo vi, lo que hace que esto sea una crueldad y no solo una pena—, y dijo, con esa media sonrisa que llevábamos un día compartiendo en secreto:
—Justo a tiempo. Necesito que sujetes el otro extremo de la cin...
—Catalina. —La corté. Y oí mi propia voz salir distinta. Fría. La voz de antes. La de "viene, monta su circo y se va"—. Tenemos que dejar de hacer esto.
Se quedó con la cinta métrica en la mano, a medio extender.
—¿De medir las mesas?
—Sabe a qué me refiero. —No aparté la mirada, porque eso sí se lo debía: mirarla a la cara mientras le cerraba la puerta—. Lo del bothy. Lo de... lo que casi. Lo que dijimos. Tiene que parar. Ahora. Antes de que vaya más lejos.
Vi cómo se le apagaba la cara, despacio, igual que se me había apagado a mí la luz en el despacho.
—¿Por qué? —preguntó. Y su voz intentó sonar profesional y no lo consiguió del todo—. ¿Es por Bianca? ¿Por la boda? Porque podemos...
—Es por la finca. —Lo dije claro, porque mentirle habría sido peor, y porque ella ya sabía la mitad—.
El banco ha puesto fecha a las deudas de mi padre.
Sin la fusión con los Sinclair, Cairnloch se cae este año.
Con Mrs. Baird dentro. Con todos dentro.
Y la fusión es la boda. La mía. Con Fiona.
Doña Edina quiere mi palabra antes de que termine el mes.
—Tragué—. No es un secreto que le esté ocultando, Catalina.
Lo oyó usted misma en el pub. Todo el valle lo sabe.
Todo el valle lo quiere. Y todo el valle tiene razón.
La vi encajarlo. La vi entender la forma de lo que le decía —porque lo entendía, no era tonta, lo había oído brindar en una barra—, y la vi, a la vez, no entender por qué se lo decía con esa voz, por qué de repente había un metro de hielo donde el día anterior había habido un bothy y un whisky y un "a lo mejor no quiero fingir".
Esa era la crueldad. Que ella entendía el qué.
Lo que no entendía era el frío. Y el frío no era para ella.
El frío era lo único que me quedaba para no quemarme yo.
—Entonces lo del bothy... —empezó, en voz muy baja.
—Lo del bothy fue un error que casi cometo —dije.
Y cada palabra fue una piedra que me tragué—.
Soy responsable de demasiada gente para permitirme errores.
Lo siento. De verdad lo siento. Pero a partir de ahora usted monta su boda, yo cumplo con la mía, y entre nosotros no hay más que un contrato. Como debió ser desde el principio.
No era verdad. Era la mentira más grande que he dicho en mi vida. Pero era la mentira que nos salvaba a todos menos a nosotros dos, y yo llevo toda la vida aprendiendo a elegir esa clase de mentiras.
Catalina bajó la cinta métrica. Se quedó muy quieta, muy recta, recomponiendo delante de mí la coraza que yo le había visto caerse en el barro, en la inundación, en el bothy.
Volviendo a su sitio seguro, como me había contado que hacía.
Y cuando habló, su voz ya era de hielo también, igual de fría que la mía, dos personas congelándose la una a la otra a propósito para no derretirse juntas.
—Entendido, señor MacRae —dijo—. Un contrato. Perfecto. —Se giró hacia la pared, hacia sus medidas, dándome la espalda—. Si no le importa, tengo mucho que medir. La boda es en nueve días.
Y me quedé un momento más en la puerta del salón, mirándole la espalda recta, las ganas de cruzar la habitación y decirle que era todo mentira tirándome del pecho como un perro de su cadena.
No crucé la habitación.
Di media vuelta. Salí del salón. Y por el pasillo de mi casa que se cae, bajo el tartán encajado en el cristal roto que no podía pagar, me tragué lo que sentía —entero, sin masticar, hasta que me dolió el alma de tragarlo— y elegí, una vez más, como todos los hombres de mi sangre antes que yo, el deber.
Por el bien de todos.
Menos del mío.