Capítulo 15 — Lejos del altar
Esa noche, en el castillo, Lachlan y yo nos esquivamos como dos imanes del mismo polo: cuanto más cerca pasábamos, más fuerza hacía falta para apartarnos.
Él se metió en su despacho. Yo me quedé fingiendo que organizaba la "hora dorada" de Bianca, que en realidad era Bianca poniéndose la luz del atardecer en la cara durante cuarenta minutos mientras Mauro buscaba wifi por las almenas.
No nos miramos. No nos hizo falta. En el bothy nos habíamos dicho ya, sin besarnos, las dos cosas que no se pueden retirar: a lo mejor no quiero fingir , yo tampoco quería fingir .
Y ahora vivíamos en el sitio incómodo de después, donde las palabras ya están dichas y el cuerpo todavía no sabe qué hacer con ellas.
A la mañana siguiente me salvó, por una vez, el desastre.
—Tenemos un problema de tarta —le anuncié a Lachlan en el desayuno, agarrándome al trabajo como a un salvavidas—.
El único pastelero de la zona que hace tartas sin gluten, que es lo que Bianca exige porque "el gluten hincha para las fotos", tenía su número en la página doce de mi dosier.
Y la página doce —respiré— se la comió su cabra.
Así que necesito ir a verlo en persona. Hoy.
Antes de que Bianca pregunte por la tarta y descubra que no hay tarta.
—Está en Kinlochard —dijo Lachlan—. A cuarenta minutos. Por carretera de un carril.
—¿Hay autobús?
Me miró como se mira a un niño que pregunta si los unicornios pagan impuestos.
—La llevo yo —dijo.
Y así, sin pretenderlo, conseguimos lo que los dos llevábamos necesitando desde el bothy: una excusa para huir.
* * *
Salir de Cairnloch fue como salir de debajo del agua.
En cuanto el castillo y sus cámaras desaparecieron por el retrovisor, en cuanto dejamos atrás a Bianca y su luz dorada y a Kévin buscando cobertura y a Mauro buscando sentido, los dos respiramos a la vez, sin decirlo, y el coche se llenó de un silencio distinto, fácil, el de dos personas que por fin no tienen que actuar para nadie.
Y entonces apareció el paisaje. De verdad. No el del folleto.
Yo había visto las Highlands desde la primera noche, pero las había visto como ve una organizadora: un fondo, una localización, una baza para el feed.
Ese día, en el coche de Lachlan, sin nada que organizar, las vi por primera vez como son.
Las montañas peladas, enormes, viejísimas, de un verde casi negro bajo las nubes que corrían.
Los lagos de plata apareciendo en cada curva.
La luz cambiando cada cinco minutos, lluvia y sol peleándose por el mismo cielo, arcoíris a trozos.
Una soledad inmensa y hermosa que no pedía nada de nadie.
Y me di cuenta, mirando por la ventanilla, de que ese sitio no se podía vender.
No cabía en una foto. Había que estar dentro. Había que dejar que te entrara.
—Es injusto —dije, sin pensarlo.
—¿El qué.
—Que esto sea tan bonito. Yo me gano la vida haciendo que las cosas parezcan bonitas. Y aquí está esto, sin que nadie lo monte, sin que nadie lo ilumine, partiéndome el alma por la ventanilla de un Land Rover. —Negué con la cabeza—. Hace que todo lo que yo hago parezca un truco de feria.
Lachlan no apartó los ojos de la carretera, pero su voz se suavizó.
—No es un truco —dijo—. Usted le da a la gente un día bonito en un mundo que no se lo regala. Aquí lo regala el sitio. Allí lo regala usted. No es lo mismo, pero no es menos.
Lo miré de perfil, conduciendo por su valle, diciéndome la cosa exacta que yo necesitaba oír sin que yo supiera que la necesitaba, y pensé, por enésima vez, en lo profundamente inconveniente que era aquel hombre.
* * *
Kinlochard era cuatro casas, una iglesia, una tienda que vendía de todo y, gracias a Dios, una panadería.
El pastelero —un tal Hamish también, porque aquí, descubrí, la mitad de los hombres se llaman Hamish— resultó ser un setentón enharinado y encantador que, en cuanto supo que la tarta era para "la boda del castillo de los MacRae", se emocionó tanto que casi me regala la tarta.
Cerramos el encargo en diez minutos. Sin gluten, tres pisos, lista para el feed.
Y de vuelta, Lachlan paró en el pub de Dougie.
—Una pinta rápida —dijo—. Es de mala educación pasar por delante sin entrar. Aquí eso es casi un delito.
El pub de Dougie era pequeño, cálido, con vigas bajas y un fuego de turba y un olor a cerveza y a lana mojada.
Y en cuanto entramos, pasó algo que no me esperaba: el pub entero me saludó.
A mí. "¡La española de la carpa!", gritó alguien.
Dougie me puso media pinta en la mano sin preguntar y me presentó a medio valle como "la muchacha del vozarrón que salvó la carpa".
La vieja feroz del día de la tormenta —que se llamaba Senga, supe por fin— me dio una palmada en el hombro y me dijo algo en escocés cerrado que Dougie tradujo como "dice que para ser de fuera, no eres tonta", que por lo visto en este sitio es el mayor de los elogios.
Y por un rato, con la media pinta caliente en la mano, en aquel pub lleno de gente que me había adoptado por sujetar una cuerda bajo la lluvia, me sentí algo que hacía años que no me sentía. Me sentí parte. No la organizadora de fuera. Parte.
Fue Senga, claro, la que estropeó la magia. Aunque no lo hizo a propósito.
—Así que la boda del castillo —dijo, dándole un trago a su whisky—.
La primera boda en Cairnloch en cuarenta años.
—Chasqueó la lengua—. Espero que tu novia de internet sepa dónde se mete.
Aquí tenemos un dicho, muchacha. —Sonrió, le faltaban dientes, fue una sonrisa preciosa—.
Ninguna boda MacRae termina sin sangre o sin trifulca.
Lleva siendo verdad trescientos años. Pregúntale al lord.
Miré a Lachlan. Lachlan se miró la pinta.
—Es una tontería de viejos —murmuró.
—¡No es ninguna tontería! —protestó Dougie, encantado—.
¡La boda del abuelo del lord acabó con dos primos en el río y la tarta en el suelo!
¡Y la de su tío abuelo con la Guardia avisada!
En esta familia, cuando hay boda, hay jaleo.
Es la tradición. —Levantó su vaso hacia mí, festivo—.
¡Por la sangre y la trifulca, muchacha! ¡Y por que tú seas la primera planner que rompa la maldición!
Brindé, riéndome, mientras por dentro tomaba nota mental, con letras grandes y rojas: retirar TODAS las espadas del recinto el día de la boda.
Vigilar a Hamish. Tener a la Guardia en marcación rápida.
Porque una cosa había aprendido en Cairnloch: aquí las tonterías de viejos tienen la fea costumbre de cumplirse.
—Y para celebrar que vienes —siguió Dougie, secándose la espuma—, te montamos un ceilidh. Pasado mañana, en la era. Baile, música, todo el valle. Como manda Dios antes de una boda. —Me señaló con el dedo, sin admitir réplica—. Y tú vienes. Y bailas. Que de algo te tiene que servir caernos bien.
* * *
Y entonces, mientras yo me reía y prometía ir al ceilidh, pasó lo otro. Lo que me apretó el pecho. Lo que no me esperaba.
Dougie, repartiendo su euforia por la barra, se volvió hacia un par de viejos del fondo y dijo, como quien comenta el tiempo:
—Y después de esta boda, ya veréis, la de verdad. La del lord y la Sinclair. —Asintieron todos, con un murmullo de aprobación—. Ya iba siendo hora. Cuarenta años de pelea por esa linde, y al fin las dos fincas juntas. Eso sí que va a ser una fiesta. Eso es lo que necesita el valle.
—Buena chica, la Fiona —dijo Senga, asintiendo—. Y el lord, ya toca que siente cabeza y dé un heredero. Por el bien de todos.
—Por el bien de todos —repitieron varios, brindando.
Y lo dijeron con cariño. Sin malicia. Con el alivio sincero de un valle entero que llevaba cuarenta años esperando que se acabara una guerra.
No era el plan de Morag. No era un capricho de doña Edina.
Era esto: todo un pueblo, toda una comarca, deseando, bendiciendo, dando por hecha la boda de Lachlan con Fiona, porque esa boda salvaba las tierras de todos, terminaba el rencor de todos, daba un futuro a todos.
Y yo estaba allí, en medio, con mi media pinta caliente, recién adoptada por esta gente que tanto me gustaba, oyéndoles bendecir con todo su corazón la única cosa del mundo que volvía imposible lo que Lachlan y yo nos habíamos dicho en un bothy el día anterior.
Miré a Lachlan. Tenía los ojos clavados en la pinta, la mandíbula apretada, los hombros muy quietos.
No bebía. No protestaba. Aguantaba. Igual que había aguantado la cámara de Bianca.
Aguantaba que todo su mundo, toda su gente, le pusiera delante el deber como quien le pone una soga, con cariño, con un brindis, sin saber que se la ponían.
Y entendí, por fin, con una claridad que dolía más que cualquier negativa, contra qué estábamos.
No estábamos contra Morag. No estábamos contra doña Edina. No estábamos siquiera contra Fiona, que era encantadora y tan prisionera como él.
Estábamos contra un valle entero que lo quería, y que por quererlo lo entregaba.
Dejé la media pinta en la barra. De repente no me sabía a nada.
—Deberíamos volver —dije, en voz baja—. Bianca preguntará por la tarta.
Y volvimos a Cairnloch en silencio, con el paisaje partiéndome el alma otra vez por la ventanilla, solo que esta vez no me pareció injusto que fuera tan bonito.
Me pareció cruel.