Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 14 — El símbolo se cansa
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Capítulo 14 — El símbolo se cansa

Aguanté el circo hasta media tarde. Aguanté que me grabaran, que me posaran, que me llamaran "el lord atormentado" veinte veces, que una chica con una maleta de pelucas me empolvara la cara "para que no brillara".

Y luego, sin decírselo a nadie, dejé el saco de pienso en el establo, salí por la puerta de atrás y subí a la colina.

Hay un sitio, arriba, al que voy cuando esta casa pesa demasiado.

Un bothy. Una choza de piedra de pastores, sin más lujo que un banco, una chimenea de hierro y una botella escondida en una repisa para las noches en que la ronda se hace larga.

No tiene wifi. No tiene vistas "monísimas" para el feed de nadie.

Tiene la verdad: el glen entero a tus pies, el lago abajo como una moneda de plata, el viento, el silencio, y a este lado de la puerta nadie que te llame personaje.

Subí cargado. No de pienso, esta vez. Cargado de lo otro.

Porque eso es lo que llevaba toda la tarde tragando, y no había querido nombrarlo hasta que estuve solo.

La rabia no, la rabia habría sido fácil.

Lo que llevaba dentro era peor. Era la sensación, vieja, conocida, de ser otra vez un símbolo.

Toda mi vida he sido un símbolo. El heredero.

El laird. La octava generación. La pieza que mi abuela mueve hacia los Sinclair para salvar las tierras.

Nunca un hombre. Siempre lo que represento.

Y hoy, en mi propio patio, la única persona en años a la que le había abierto la puerta de verdad, a la que le había contado en la oscuridad las cosas que no cuento, había cogido todo eso —mi deber, mi casa, mi soledad— y lo había convertido en contenido para una desconocida con nueve millones de seguidores.

"Mira el lago como si pesara." Como si pesara.

Como si yo no llevara pesando toda la vida.

Me dejé en buen lugar pensando que solo estaba dolido. La verdad es que estaba dolido porque la quería. Si me lo hubiera hecho cualquier otra, me habría dado igual. Que me lo hiciera ella era lo que no se me pasaba.

Saqué la botella. Me serví un dedo en el único vaso. Y entonces oí pasos en la pendiente.

* * *

Subía como había bajado al barro la primera noche: con los zapatos equivocados, resbalando, maldiciendo en español por lo bajo, decidida a llegar de todas formas. Catalina Vega no sube colinas. Catalina Vega las conquista a base de cabezonería.

Se paró en la puerta del bothy, sin aliento, despeinada por el viento, y me miró desde el umbral.

—Te he visto subir —dijo—. Le he dicho a Bianca que necesitaba "localizaciones". Es mentira. Subía detrás de ti. —Tragó—. ¿Puedo pasar?

Podría haberle dicho que no. Quise decirle que no. Lo que hice fue señalarle el banco con la barbilla.

Se sentó a mi lado, lejos, dejando un palmo prudente de piedra fría entre los dos. Miró el glen, el lago, todo lo que no sale en ningún folleto. Y durante un buen rato no dijo nada, lo cual, en ella, ya era una disculpa.

—Te he hecho una cosa fea hoy —dijo por fin—.

Y lo sé. Por eso he subido. No a explicártelo.

A reconocerlo. —Se giró hacia mí—. Te he hecho exactamente lo que tú me dijiste el primer día que hago.

Te he convertido en un personaje. Cogí lo que me contaste en la inundación, lo más tuyo, y lo vendí a una cámara.

Y funcionó, y por eso es peor. —Bajó la vista a sus manos—.

Llevo años haciéndolo con sitios, con flores, con momentos, y nunca me importó porque nunca me importó nada de lo que vendía.

Hoy me ha importado. Por primera vez. Y aun así lo he hecho. Eso es lo que peor llevo.

Yo no esperaba eso. Esperaba excusas, o que me dijera que era su trabajo, que era por la boda, por mi tejado, todo lo cual era verdad y no habría arreglado nada. En lugar de eso me había dicho la única cosa que podía arreglarlo: que le había importado.

—¿Y entonces por qué lo has hecho? —pregunté. Sin filo. Solo quería saberlo.

—Porque tengo una empresa que se muere y una sola boda para salvarla.

—Lo dijo simple, sin lástima—. Y porque soy una cobarde, Lachlan.

Sé hacer una cosa muy bien en esta vida, una sola, que es coger lo de verdad y dejarlo bonito para que lo mire el mundo.

Y cuando me asusto, vuelvo a eso. Es mi sitio seguro.

Aunque para volver a él tenga que vender lo que más me importa.

—Me miró—. Hoy he vuelto a mi sitio seguro pisándote a ti.

Y lo siento. De verdad. No como organizadora. Como yo.

El viento entró por la puerta del bothy. Abajo, lejísimos, se oía el circo, un eco de música y de voces y de una vida de mentira que se grababa a sí misma. Y aquí arriba estábamos los dos, en una choza de piedra, con un vaso de whisky entre los dos y la verdad por fin sobre el banco.

Le tendí el vaso.

—Solo tengo uno —dije.

Lo cogió. Bebió. Hizo una mueca —"madre mía, esto raspa"— que me arrancó la primera media sonrisa de la tarde. Y a partir de ahí, no sé cómo, se nos pasó el peso.

* * *

Nos pasamos el vaso. Nos reímos, primero flojo y luego de verdad, de la única cosa de la que se podía uno reír aquel día: del circo de abajo.

—¿Has visto a Wallace con la peluca? —dijo ella, secándose una lágrima—. Se paseaba por el plano con una melena rubia colgando de la boca como una drag queen que ha tenido un mal divorcio.

—La videógrafa dijo que era el mejor contenido del día.

—¡Es que lo era! Esa cabra entiende de viralidad más que Kévin. —Bebió, me pasó el vaso—. ¿Y Mauro? Pobre. Le he dicho que no hay wifi y se le ha apagado la cara como a un Tamagotchi sin pilas.

—¿Ese hombre se casa con ella?

—Eso dicen los contratos. —Su risa se apagó un poco, se volvió otra cosa—.

No se miran, Lachlan. ¿Te has fijado? En todo el día no se han mirado una vez si no había una cámara delante.

Yo monto bodas. Sé distinguir a una pareja de una campaña.

Y eso de ahí abajo es una campaña. —Negó con la cabeza—.

Llevo once días en una ruina sin calefacción viendo lo que es de verdad.

Y luego baja eso, perfecto y de mentira, y me paga el sueldo. Es para volverse loca.

—Suba aquí más a menudo —dije—. Aquí no llega lo de mentira.

Me miró. Y algo cambió en cómo me miró.

—Ya —dijo, en voz baja—. Eso es lo que me da miedo.

* * *

No sé cuál de los dos se movió primero. Creo que ninguno.

Creo que fue el palmo de piedra fría que llevaba once días encogiéndose, en el barro, en el promontorio, en el escalón a las cuatro de la mañana, y que ahora, en aquel bothy, con el whisky y la verdad y el glen entero de testigo, se hartó de existir y desapareció.

De repente estábamos cerca. Muy cerca. Tan cerca que veía la raya de barro seco que el viento no le había quitado del pómulo, la misma mejilla que le rocé en el río. Tenía el vaso vacío en una mano y la otra apoyada en el banco, a un dedo de la mía. Su respiración se había cortado. La mía también.

—Catalina —dije. Y mi voz no era mi voz.

—No lo digas —susurró ella, pero no se apartó. Al contrario—. Si lo dices ya no podemos fingir que no.

—A lo mejor no quiero fingir.

Lo dije. Lo dije de verdad. Y vi cómo se le abrían los ojos, cómo se le entreabrían los labios, cómo el último palmo de aire entre las dos bocas temblaba a punto de no existir.

Estaba a punto de hacerlo. A punto de mandar a la mierda la linde, los papeles, la fecha que mi abuela acababa de poner, ochocientos años de deber, todo, por inclinarme dos centímetros y besar a una organizadora de bodas en una choza de pastores.

Y entonces, desde abajo, desde el mundo de mentira, una voz subió por la colina y rajó el momento en dos:

—¡CATAAA! ¡CATA, ¿DÓNDE ESTÁS?! ¡TENEMOS QUE GRABAR EL ATARDECER, QUE ES LA HORA DORADA!

Bianca.

Catalina cerró los ojos. Yo cerré la boca sobre lo que había estado a punto de decir. El palmo volvió. Y luego el metro. Y luego ochocientos años.

—La hora dorada —murmuró ella, con una risa que dolía—. Claro.

Se levantó del banco. Se alisó el abrigo con manos que no le obedecían del todo. Y antes de salir por la puerta del bothy, de vuelta al circo, de vuelta a lo de mentira, se paró en el umbral, de espaldas a mí, y dijo en voz muy baja, sin volverse:

—Por si sirve de algo... yo tampoco quería fingir.

Y bajó la colina hacia las cámaras, dejándome solo en la choza con un vaso vacío, una botella que raspa y la certeza, más clara que nunca, de que estaba enamorado hasta los huesos de la única mujer del mundo a la que no tenía ningún derecho a besar.

Y, que Dios me perdone, lo único que me dio rabia de verdad no fue el deber.

Fue que Bianca hubiera llegado treinta segundos antes de tiempo.