Capítulo 13 — Bridezilla aterriza
Bianca llegó a las once de la mañana en una caravana de tres todoterrenos negros, como una invasión, solo que las invasiones suelen traer menos maletas.
Los oí antes de verlos: el rugido de tres motores de ciudad subiendo la pista de un carril, frenando, pitando, perdiéndose en los ensanches, volviendo a pitar.
Cuando aparcaron en el patio —donde la noche del barro había aparcado yo, donde Maud rumiaba ahora con su flequillo y su rencor— se abrieron seis puertas a la vez y de ellas bajó otro planeta.
Bajó Bianca, deslumbrante, con gafas de sol del tamaño de un parabrisas pese a que en Cairnloch el sol es un rumor.
Bajó Kévin, el mánager de la voz con prisa, pegado al móvil, buscando cobertura que no iba a encontrar.
Bajaron dos chicas de un equipo de estilismo con maletas de aluminio, una videógrafa con una cámara que valía más que el tejado que estábamos intentando salvar, y un asistente cuya única función, descubrí, era sostener cosas.
Y bajó, el último, bostezando, con un chándal de marca y los ojos clavados en el teléfono, el novio.
Mauro.
Lo reconocí por las fotos, aunque me costó, porque en las fotos sale mirando a Bianca y en persona miraba la pantalla. Levantó la vista lo justo para registrar el castillo, los andamios, la vaca, el cubo de obra, y dijo la primera frase que le oí en mi vida:
—¿Hay wifi aquí o qué?
—No —dije.
—¿Cómo que no?
—Estamos en las Tierras Altas de Escocia, Mauro. Hay un sitio con una raya de cobertura junto a una capilla. Lo demás es siglo diecinueve.
Mauro me miró como si le hubiera dicho que no había oxígeno, guardó el móvil con un duelo visible, y a partir de ese momento deambuló por mi boda como un alma en pena desconectada de la matriz.
* * *
Bianca, en cambio, no necesitaba wifi. Bianca era su propia red.
—¡Cataaa! —Me abrazó entre una nube de perfume—. ¡Por fin! ¡Ay, el castillo, qué fuerte, qué fuerte! —Se bajó las gafas, miró la ruina de verdad por primera vez, y vi cómo, durante medio segundo, la sonrisa le vacilaba ante los andamios y las goteras—. Es muy... auténtico, ¿no?
—Auténtico —dije, agarrándome a la palabra como a un clavo ardiendo— es exactamente el concepto. Espera y verás.
Y empezó el circo.
Bianca lo quería grabar todo, pero no como era, sino como debía ser para el feed.
La videógrafa la seguía a un palmo. Bianca posaba, se reía a cámara, rehacía la risa porque "no había salido natural", y dirigía cada plano con una precisión que, contra mi voluntad, me dio respeto profesional: la mujer sabía vender.
El problema era que Cairnloch no se dejaba vender.
Cada vez que Bianca encontraba un rincón "monísimo", el rincón tenía una gotera, o una grieta, o a Hamish.
A Hamish lo encontró en la biblioteca, con su botella y su espada, y casi lo adora.
—¡Ay, qué fuerte, un señor con una espada de verdad! —chilló—. ¡Ponte ahí, sostén la espada, mira a cámara! ¡Esto es oro!
Hamish, encantado de ser oro por fin a sus sesenta y tantos, blandió la claymore, estuvo a punto de descabezar a la videógrafa, y dio un discurso improvisado sobre el clan que nadie entendió pero que Bianca grabó entero porque "el acento queda increíble".
Wallace contribuyó a su manera: se coló en el patio, le pegó un mordisco a una de las maletas de aluminio del equipo de estilismo —que resultó contener pelucas de repuesto— y se paseó por el plano de Bianca con una peluca rubia colgando de la boca, lo cual, según la videógrafa, fue "el mejor contenido del día".
Maud photobombeó tres tomas seguidas con la indiferencia de una estrella veterana.
Y Mrs. Baird, a quien Bianca pidió que "saliera de fondo amasando, para dar calorcito de hogar", la miró por encima de las gafas y dijo: "Yo no amaso para cámaras, niña", y volvió a su cocina, lo cual me hizo quererla más todavía.
Era un caos. Era divertidísimo. Y, sin embargo, debajo de la comedia, yo notaba crecer una cosa fea en el estómago. Porque me di cuenta, viendo a Bianca dirigir, de una cosa que prefería no ver.
* * *
No grababa a Mauro.
O sí, pero solo cuando lo necesitaba. "Mauro, ven, ponte aquí, cógeme la mano, mírame con amor.
" Y Mauro venía, le cogía la mano, la miraba con un amor que se apagaba en cuanto la videógrafa decía "corten", y volvía a su rincón a sufrir la falta de wifi.
No se hablaban. No se buscaban. No había, entre la novia más seguida de España y su futbolista, ni una sola mirada que no fuera para la cámara.
Su relación entera, vista de cerca, era una sucesión de tomas.
Imagen perfecta, montada, dirigida. Y debajo, donde debería haber algo, no había nada.
O había dos personas que se habían encontrado en el cruce de dos marcas y habían decidido que casarse era una buena campaña.
Y yo, que llevaba once días en un castillo en ruinas viendo lo que es de verdad —un hombre que le habla a un viejo de sus ovejas para que no tenga miedo, un pueblo que sale bajo la lluvia a salvarte una carpa sin cobrar— miré aquella boda de mentira que iba a salvarme la empresa, y por primera vez me dio un poco de asco mi propio oficio.
Pero no podía permitirme el asco. El asco no paga facturas. Bianca empezaba a aburrirse de la ruina, Kévin merodeaba con cara de "esto no da el contenido prometido", y yo notaba el trato escurrirse otra vez, y con él mi empresa y el tejado de Lachlan. Así que hice lo que sé hacer. Hice mi trabajo.
Y mi trabajo, ese día, fue lo peor que le he hecho a nadie.
* * *
—Bianca —dije, con mi voz de "tengo algo buenísimo"—. Olvídate de los rincones. El contenido no está en las piedras. El contenido es él.
Y señalé a Lachlan, que cruzaba el patio en ese momento con un saco de pienso al hombro, ajeno, real, en su mundo.
A Bianca se le iluminó la cara.
Lo llamé. Vino. Y delante de él, delante de la cámara, hice lo que me había prometido no volver a hacer después de lo de la bandeja.
Lo posé. Lo vendí. Cogí todo lo que sabía de él —lo que me había contado en la oscuridad, achicando agua, a las tres de la mañana, las cosas que un hombre solo le cuenta a alguien en quien confía— y lo convertí en guion.
—Lord Lachlan MacRae —le dije a la cámara de Bianca, con la cadencia de un tráiler—.
Octava generación. Heredó un castillo que se cae y la promesa de salvarlo.
Carga con un valle entero a la espalda. Mira el lago como quien lleva ochocientos años de historia en los hombros.
—Me giré hacia él—. Lachlan, ponte ahí, junto al muro.
Con el lago detrás. No sonrías. Mira a lo lejos, como si pesara. El lord atormentado. Eso es. Perfecto.
Y Lachlan se puso. Junto al muro. Con el lago detrás. No sonrió. Miró a lo lejos.
Y a Bianca se le cayó la baba, y la videógrafa grababa sin parar, y Kévin levantó el pulgar, y supe, con la parte de mí que sabe estas cosas, que aquello iba a petar, que aquel hombre serio y guapo y de verdad junto a su lago de verdad iba a multiplicar por diez los seguidores de Bianca y a salvar mi boda y mi empresa y su tejado.
Funcionó. Funcionó perfectamente.
Y fue una traición.
Porque mientras lo grababan, mientras yo lo dirigía como a un modelo, mientras vendía su deber y su soledad y su casa que se cae como si fueran atrezzo, Lachlan me miró. Una sola vez. Por encima de la cámara de Bianca. Y en sus ojos no había rabia, que habría sido más fácil. Había algo peor.
Había la cara de un hombre que le había dicho una vez "no es un personaje, es mi gente", y que ahora se dejaba convertir en personaje por la única persona a la que le había abierto la puerta.
Se dejó. Esa es la palabra. Aguantó la pose, miró el lago como le pedí, dejó que lo grabaran, dejó que yo lo vendiera.
Por la tarifa. Por el año de tejado. Por Mrs. Baird, que no amasa para cámaras pero que a los sesenta y ocho años necesita que esta boda salga.
Tragó el orgullo y se dejó. Por todos ellos.
Pero yo lo conocía ya. Lo conocía lo bastante para ver lo que la cámara no veía.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Vi cómo apretaba el saco de pienso que aún sostenía como si fuera lo único real a lo que agarrarse.
Y vi, sobre todo, cómo algo se le cerraba por dentro, despacio, como se cierra una puerta que ya no piensas volver a abrir.
Algo se le agrió. Y yo sabía qué era, porque yo se lo estaba agriando.
—Genial, ¿no? —me dijo Bianca, eufórica, revisando las tomas—.
¡El lord atormentado! Cata, eres una crack, esto va a ser viral fijo.
—Y se volvió a gritarle a Mauro que se pusiera al lado del lord "para una foto de los dos guapos", y Mauro vino arrastrando los pies, y posó, y se apagó en cuanto dijeron corten.
Yo me quedé mirando a Lachlan dejar el saco de pienso en el suelo, en silencio, y marcharse hacia el establo sin mirarme, con la espalda muy recta y los hombros cargados de verdad esta vez, no para la cámara.
Y entendí, con algo apretándome de nuevo bajo las costillas, que acababa de ganar la batalla por mi empresa.
Y que la había ganado vendiendo lo único de aquel sitio que de verdad había empezado a querer.