Capítulo 12 — Lo que hace un hombre cuando nadie mira
A la mañana siguiente del diluvio dormimos hasta tarde los dos, lo cual en esta casa es casi un escándalo, y desayunamos en el comedor pequeño mirándonos los platos, porque las cuatro de la madrugada habían dejado algo en el aire que ninguno sabía cómo recoger.
Ahora sabía cosas de ella que el día anterior no sabía.
Sabía que una vez creyó en el amor lo bastante para montarse la boda perfecta.
Sabía que esa boda no se celebró, aunque ella no dijera por qué, ni quién, ni con qué cara se quedó delante de toda esa gente.
Sabía, en fin, que debajo de la mujer que lo controla todo había una chica a la que el control no la salvó de nada, y que por eso no soltaba los tornillos.
Y mirarla aquella mañana, despeinada del cansancio, con las manos todavía arrugadas del agua, sabiendo todo eso, era distinto a mirarla la víspera. Más peligroso.
Mrs. Baird nos sirvió a los dos sin decir palabra y se quedó mirándonos con esa ceja suya que lo sabe todo. Iba a decir algo —se le notaba— cuando sonó el teléfono de la casa, el fijo, el que solo suena por una razón en este valle.
Y la razón, esa mañana, era Murdo.
* * *
Murdo Cameron tiene ochenta y nueve años y vive en la última cabaña antes de que el camino se rinda, con su mujer, Eilidh, y cuatro ovejas que ya no le dan nada pero que él no se quita de encima porque dice que un pastor sin ovejas es un viudo.
Conoció a mi padre. Conoció a mi abuelo.
Me enseñó a esquilar cuando yo tenía nueve años y le tenía más miedo a la tijera que a la oveja.
Si hay alguien en este valle que sea más Cairnloch que la propia piedra del castillo, es Murdo.
Eilidh llamaba con la voz rota. Murdo se había caído en el corral al amanecer, yendo a por sus ovejas inútiles, y no se levantaba, y le dolía el pecho, y la ambulancia más cercana estaba a una hora larga por la carretera de un carril.
—Voy —dije, ya de pie, ya cogiendo las llaves del Land Rover.
—Voy con usted —dijo Catalina, levantándose también.
—No hace falta.
—Lo sé. Voy igual. —Ya se estaba poniendo el abrigo de Angol—. Usted conduce. Yo me ocupo de la señora. Eso sí sé hacerlo.
No discutí. Aprendí hace tiempo a no discutir con ella, y aquella mañana, además, no quise.
* * *
La cabaña de Murdo huele a turba, a perro viejo y a una vida entera. Lo encontramos en el suelo del corral, blanco, sudado, sujetándose el pecho, con Eilidh arrodillada a su lado deshecha y las cuatro ovejas mirando desde la cerca con la indiferencia de su especie.
Me arrodillé a su lado. Y aquí es donde un hombre aprende lo que de verdad importa, porque lo que importa no es tener miedo —miedo tenía yo, a Murdo se le estaba yendo el color de mala manera—, sino no enseñarlo.
La gente que se cae al suelo necesita que el que se arrodilla a su lado tenga la voz tranquila.
Es lo único que de verdad puedes darles, a veces. La calma. Aunque sea mentira.
—Murdo —dije, despacio, cogiéndole la mano—. Soy Lachlan. Mírame. Vas a estar bien.
—Las ovejas —jadeó el viejo cabezota—. Que no se salgan.
—Las ovejas no van a ninguna parte. Tú quédate quieto.
Hice lo que hay que hacer. Llamé al doctor McKay por el móvil de la cabaña, le dije lo que veía, escuché lo que me dijo.
Mandé razón al pueblo por la línea de Eilidh, y supe que en diez minutos Dougie estaría avisando a medio valle, porque aquí, cuando uno se cae, los demás tiran.
Le aflojé a Murdo el cuello de la camisa, le puse mi chaqueta debajo de la cabeza, le hablé sin parar de tonterías, del tiempo, de sus ovejas, de la vez que me esquiló a mí en broma de niño, cualquier cosa con tal de que oyera una voz tranquila y supiera que no estaba solo en el suelo de su corral.
Y mientras yo sostenía al viejo, vi a Catalina hacer lo suyo.
No se quedó parada. No sacó el móvil. Se llevó a Eilidh dentro, le hizo un té con manos que no temblaban, la sentó, la cogió de las manos viejas y le habló bajito, y cuando volvió a salir traía mantas, y una bolsa de agua caliente, y la serenidad prestada de quien sabe que en una crisis alguien tiene que fingir que no es para tanto.
Sabía hacerlo. Claro que sabía. Lleva años montándole a la gente el día más importante de su vida sin perder los nervios.
Solo que esta vez no había folleto, ni cámaras, ni nada que enseñar.
Solo una vieja asustada y una mujer de fuera cogiéndole las manos.
El doctor McKay llegó en su coche antes que la ambulancia, como siempre, y entre los dos estabilizamos a Murdo.
No era el corazón, o no del todo: una caída fea, una costilla rota, el susto y el frío.
Iba a vivir para fastidiar a sus ovejas muchos inviernos más.
Cuando se lo llevaron por fin en la ambulancia, con Eilidh agarrada a la mano de Catalina hasta el último momento, Murdo, el muy terco, sacó fuerzas para gruñirme desde la camilla:
—Lachlan. Las ovejas.
—Yo me ocupo de tus ovejas, viejo. Tú vuelve.
Y se fue, refunfuñando sobre el ganado, que es la manera que tiene la gente de aquí de decir que va a estar bien.
* * *
Volvimos al castillo en silencio, pero un silencio distinto al del desayuno. Más limpio. Catalina miraba por la ventanilla el valle que pasaba, y al rato habló sin volverse.
—Le hablaba de sus ovejas —dijo—. Estaba en el suelo, asustado, y usted le hablaba de sus ovejas para que no tuviera miedo.
—Se giró, y tenía los ojos brillantes—. Yo monto el día perfecto para que la gente sienta algo durante unas horas.
Usted... usted le sostiene la mano a la gente cuando se le cae el mundo.
Y no se le pasa por la cabeza que eso sea nada del otro mundo.
—Negó con la cabeza, despacio—. Es usted el hombre menos parecido a un folleto que he conocido en mi vida, Lachlan MacRae.
Y lo digo como el mayor cumplido que sé hacer.
No supe qué contestar. Así que conduje. Pero algo se me había hinchado en el pecho, algo cálido y peligroso, y no era por Murdo.
* * *
Morag nos esperaba en el patio cuando llegamos, apoyada en su bastón, y le bastó una mirada para saber de dónde veníamos y cómo había ido.
Le contó a Mrs. Baird que llamara al hospital por la tarde para llevarle a Murdo sus cosas.
Y luego, cuando Catalina entró en la casa a quitarse el frío, mi abuela me retuvo en el patio con un golpecito de bastón en mi bota.
—Doña Edina ha mandado razón —dijo, sin preámbulos—. Quiere fijar fecha. Para hablar de lo de Fiona en serio, con los abogados, las lindes, los papeles. Después de la boda de la chica de internet. —Me miró fijo—. Le he dicho que sí.
La sombra cayó sobre el patio como cae sobre Cairnloch la del torreón a media tarde. La linde. Los papeles. Fiona. El deber con nombre y fecha.
—Bien —dije, porque es lo que se dice.
—¿Bien? —Morag entornó los ojos, y por un instante no fue la vieja que empuja el trato de tierras, sino otra cosa, algo más viejo y más listo.
Miró hacia la puerta por la que había entrado Catalina.
Luego me miró a mí. Y vi que lo veía. Lo veía todo.
La mesa entera, como Fiona—. Mmm —dijo solamente, que en mi abuela puede querer decir cualquier cosa—. Bien.
Y entró en la casa golpeando el suelo con el bastón, dejándome solo en el patio con la fecha de mi deber recién clavada y un calor en el pecho que no tenía permiso para existir.
* * *
Esa noche no podía dormir. Otra vez. Pero ya no era por el broche, ni por las tuberías.
Era porque me había dado cuenta.
Llevaba días diciéndome que era atracción.
Que era el aburrimiento de un hombre solo, que era lo nuevo, que era el barro y la adrenalina y las noches sin dormir, cosas que se pasan.
Me lo había creído. Hasta esa tarde, hasta el coche, hasta que ella me dijo "es usted el hombre menos parecido a un folleto que he conocido", y yo sentí que se me hinchaba el pecho no por su cara, ni por su risa, ni por el palmo de aire entre las dos bocas.
Sino porque quería que pensara eso de mí. Porque me importaba lo que ella pensara. Porque cuando le sostenía la mano a Murdo en el suelo y la vi mirarme desde la puerta de la cabaña, lo que sentí no fue ganas de besarla.
Fue ganas de que se quedara.
Para siempre. En esta casa. En este valle. A mi lado, sosteniéndoles la mano a los míos cuando se les cayera el mundo, hasta que fuéramos los dos tan viejos como Murdo y discutiéramos por nuestras propias ovejas inútiles.
Y eso, eso no es atracción. Eso es lo otro. Lo que no se pasa. Lo que un hombre prometido a una linde, con una fecha ya puesta, con un valle entero esperando que cumpla, no tiene ningún, ningún derecho a sentir.
Me senté en el borde de la cama, en la oscuridad, con el corazón desbocado y el miedo subiéndome por la garganta, y entendí, por fin, en qué lío me había metido sin darme cuenta. No me había enamorado un poco de la organizadora de bodas.
Me había enamorado del todo. Y llegaba diez días tarde y una boda concertada de más.