Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 11 — Inundación y otras intimidades
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Capítulo 11 — Inundación y otras intimidades

Esa noche no podía dormir, y la culpa la tenían dos cosas: un broche y unas tuberías.

El broche porque, por más que me dijera que recolocarle el plaid a un cliente es un gesto sin importancia, mis dedos seguían recordando el clic de la plata, su hombro caliente debajo, el "gracias" ronco que no era por el broche y que los dos fingimos no haber oído.

Lo había repasado tantas veces tumbada en aquella cama helada que me daba vergüenza de mí misma.

Tengo treinta y cuatro años. No soy una adolescente.

Y, sin embargo, ahí estaba, mirando el dosel a oscuras como una idiota, reviviendo dos segundos de contacto con la mano de un hombre prometido a media comarca.

Y las tuberías porque, sobre la una de la madrugada, dejaron de cantar.

Llevaban cuatro noches con su gemido de costumbre, ese lamento metálico que sube por las paredes.

Y de repente, silencio. Un silencio raro, malo, como el de un enfermo que deja de quejarse.

Lo noté medio dormida. Y un minuto después, el silencio se rompió con un estruendo que sí me despertó del todo: un golpe sordo, un chasquido, y luego un sonido que reconocí enseguida porque es el peor sonido del mundo en una casa vieja a la una de la mañana.

Agua. Mucha agua. Cayendo donde no debe.

* * *

Salí al pasillo descalza y me hundí hasta el tobillo.

El agua bajaba por el corredor del primer piso como un arroyo de montaña, salía a borbotones de una junta reventada en la pared, junto al cuarto de la plancha, y avanzaba alegremente hacia las escaleras, hacia el descansillo, hacia —el corazón me dio un vuelco— el gran salón que tanto nos había costado dejar listo.

Diez días de trabajo a punto de irse por un desagüe centenario.

—¡Lachlan! —grité, ya chapoteando hacia el origen del desastre—. ¡LACHLAN!

Apareció en cuestión de segundos, descalzo, en una camiseta gris y unos pantalones de pijama, con el pelo revuelto de la cama y una linterna en la mano.

Y tengo que confesar, porque esto es la verdad y no un cuento de hadas, que en mitad de la inundación, con el agua subiéndome por los tobillos y mi boda hundiéndose, mi cabeza tuvo tiempo de registrar que Lachlan MacRae sin el plaid, sin la coraza de tela y de mal humor, en camiseta y a oscuras, era una imagen que yo no necesitaba en mi vida en ese momento concreto.

Me obligué a volver a la inundación, que para algo soy una profesional.

—¡La junta de la pared! —señalé—. ¡Va hacia el salón!

—La llave de paso —dijo él, ya vadeando hacia el fondo del corredor—. Está en el armario del santo. Lleva años atascada. Hay que darle con maña, no con fuerza, o se parte.

—¿El armario del qué?

—El santo. Hay un San Andrés de yeso. No pregunte.

No pregunté. Lo seguí, chapoteando, hasta un armario empotrado donde, en efecto, un San Andrés de yeso desconchado custodiaba una llave de paso de hierro tan antigua como el pecado.

Lachlan la agarró, le susurró algo —juro que le susurró algo, este hombre le habla a las vacas, a las ovejas y ahora a las llaves de paso— y la giró con un cuidado de cirujano.

Costó. Crujió. Pero cedió. Y el borbotón de la pared bajó de chorro a goteo y de goteo a nada.

Habíamos cortado el agua. Pero el agua que ya había salido seguía ahí, un palmo de inundación buscando el salón.

—Toallas —dije—. Cubos. Lo que sea. Hay que sacar esto antes de que baje las escaleras.

Y nos pusimos a achicar.

* * *

Achicar una inundación en un castillo a las dos de la mañana, con dos cubos, una fregona del año del catarro y un montón de toallas que íbamos escurriendo por la ventana, es la clase de actividad que no sale en los folletos de boda de lujo.

Lachlan formó un dique de toallas en el umbral del salón.

Yo achicaba con los cubos hacia el baño más cercano.

Trabajábamos en silencio, rápido, eficaces, los dos empapados de rodilla para abajo, y poco a poco —centímetro a centímetro, como con la carpa, como con la oveja, como con todo en aquel sitio imposible— le fuimos ganando terreno al desastre.

Y como siempre que trabajábamos juntos, en algún momento el silencio se aflojó y empezó el otro idioma.

—Reconozca que esto no se lo enseñan en la escuela de lores —dije, escurriendo una toalla—. Achicar su propia casa en pijama.

—Reconozca usted —contestó él, sin levantar la vista del dique— que no había vadeado un pasillo a oscuras en su vida hasta que me conoció.

—Tiene razón. Mi vida era mucho más seca antes de Cairnloch.

—Y mucho más aburrida.

Levanté la cabeza. Lo dijo sin mirarme, colocando una toalla, pero lo dijo. Y había algo en cómo lo dijo, una chispa debajo de la sequedad, que no era pelea. Era otra cosa. La misma otra cosa del promontorio, del río, del broche.

—No se venga arriba, milord —dije, lanzándole una toalla mojada que le acertó en el pecho—. Que yo aún no he decidido si "menos aburrida" compensa "más mojada".

La cogió. Sonrió —media sonrisa, la de la esquina de la boca, la que ya había aprendido a buscarle—, y por un segundo, en mitad de la inundación, los dos nos quedamos mirándonos con las manos llenas de toallas y el agua a los pies, coqueteando sin llamarlo coquetear, picándonos sin que fuera pelea, jugando a un juego que ninguno de los dos había aceptado jugar pero al que los dos llevábamos días sin poder dejar de jugar.

Aparté la mirada primero. Volví a los cubos. Porque sé adónde llevan esos juegos, y yo no podía permitirme volver a ese sitio.

* * *

Sobre las tres, lo peor había pasado. El salón estaba a salvo, el pasillo casi seco, y nos sentamos los dos en el escalón de arriba de la escalera, exhaustos, empapados, con los cubos vacíos al lado, a recuperar el aliento antes del último repaso.

Y en ese silencio de las tres de la mañana, en esa tregua agotada, Lachlan hizo la pregunta.

—¿Puedo preguntarle algo.

—Depende.

—¿Por qué hace bodas? —Miraba al frente, al pasillo mojado, no a mí, dándome otra vez la dignidad de no mirarme—. La primera noche dijo que no cree en el amor. Lo dijo en la cena, también, con esa cara. Y, sin embargo, se dedica a montarles a otros el día más enamorado de su vida. No me cuadra.

Podría haber mentido. Se me da bien mentir; es media parte de mi trabajo. Pero eran las tres de la mañana, estaba calada hasta los huesos, llevaba tres horas achicando agua al lado de este hombre, y había algo en la oscuridad y en el cansancio y en que él no me mirara que me aflojó la lengua.

—Creía en el amor —dije—. Una vez. Creía tanto que monté la boda perfecta.

La más perfecta que he hecho nunca. Cada flor, cada vela, cada minuto, calculado para que no fallara nada.

—Me miré las manos, arrugadas del agua—.

Y falló todo. El día. El sitio. La persona.

Yo estaba lista, todo estaba listo, y resultó que ser yo la que más segura estaba de que iba a salir perfecto era exactamente la garantía de que iba a romperse en mil pedazos delante de todo el mundo.

No dije la palabra. No dije altar , no dije plantada , no dije quién ni cuándo. No hizo falta. Lo entendió. Lo sentí entenderlo a mi lado, en cómo se quedó muy quieto, en cómo no dijo "lo siento" ni ninguna de las tonterías que dice la gente.

—Desde entonces —seguí, en voz más baja— no planeo lo mío.

Solo lo de los demás. Le monto a la gente el día perfecto, lo controlo hasta el último segundo para que a ellos no se les rompa, y luego me voy a casa, sola, sabiendo que al menos esa boda salió bien.

—Solté una risa que no tenía nada de risa—.

Por eso lo controlo todo, Lachlan. Por eso me vio derrumbarme con la cabra y los papeles.

Porque la única vez que solté el control, la única vez que me fié de que algo saliera bien solo porque sí... —no terminé la frase.

No hizo falta terminarla.

Él tampoco dijo nada durante un rato. Y cuando habló, no me consoló. Hizo algo mejor.

—Yo heredé una ruina y una promesa de casarme con una linde —dijo, mirando al pasillo—.

Llevo toda la vida cargando con cosas que no elegí, sujetando un tejado que se cae para que no aplaste a la gente que vive debajo.

—Se giró, por fin, y me miró en la penumbra—.

Los dos llevamos años apretando los tornillos de la realidad para que no se rompa nada más.

Usted con sus bodas. Yo con mi casa. —Hizo una pausa—.

No es la peor manera de vivir. Pero es solitaria de cojones.

Y nos quedamos los dos sentados en el escalón, empapados, agotados, mirándonos en la penumbra del amanecer que ya empezaba a clarear por la ventana del cristal roto.

Y entonces vino el silencio.

No el silencio incómodo de no tener nada que decir.

El otro. El silencio lleno. El que pesa.

El que se queda entre dos personas que acaban de contarse, sin decirlo del todo, las cosas que no le cuentan a nadie, y que de repente están demasiado cerca, en un escalón demasiado estrecho, con la ropa demasiado mojada y pegada al cuerpo, con un broche y un río y una promesa imposible flotando entre las dos caras.

Lachlan me miraba. Yo lo miraba. El agua goteaba en alguna parte.

Fuera, un pájaro empezó a cantar, idiota, anunciando un día que a mí me daba igual.

Y el palmo de aire entre nosotros —ese palmo que ya conocía de memoria, ese palmo que se había hecho un metro en el río y dos en el promontorio— volvió a encogerse, despacio, sin que ninguno de los dos lo decidiera, hasta que fue medio palmo, hasta que fue casi nada.

Y ninguno de los dos dijo una palabra. Porque las palabras lo habrían roto, y por una vez, en aquel escalón, a las cuatro de la mañana, después de salvar juntos un castillo del agua, ninguno de los dos quería romper nada.