Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 10 — El pacto entre nosotros
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Capítulo 10 — El pacto entre nosotros

La encontré en lo alto del promontorio de la capilla, a las nueve de la mañana, sentada en la hierba mojada con el móvil en la mano y la cara de quien acaba de perder algo.

Había subido a por cobertura, como cada día, y por la espalda recta y quieta supe, antes de llegar, que no eran buenas noticias. No me oyó hasta que estuve a su lado. Cuando me oyó, no se molestó en montar la sonrisa. Eso, en Catalina Vega, era la mayor señal de alarma que yo conocía.

—Nos quieren quitar la boda —dijo.

Me senté en la hierba, a su lado.

—Cuente.

—Me ha llamado el mánager de Bianca. Un tal Kévin, con acento y prisa. —Apretó el móvil—. Hay otro sitio. Castle Glenravish. ¿Lo conoce?

Lo conocía. Todo el mundo aquí lo conoce.

Glenravish era un castillo como el mío hasta que una cadena de hoteles lo compró, lo vació de fantasmas y lo llenó de spa.

Ahora es un cinco estrellas con calefacción por suelo radiante, wifi en cada torre y una boda distinta cada fin de semana.

Es lo que sería Cairnloch si yo me rindiera.

—Le ofrecen a Bianca un trato de patrocinio —siguió Catalina—.

Boda gratis, o casi, a cambio de que lo enseñe todo en sus redes.

Glenravish gana publicidad, Bianca gana dinero, y los dos ganan un sitio que está terminado, perfecto, listo para las cámaras.

Mientras que aquí —señaló el castillo, los andamios, la carpa salvada de milagro el día anterior— tenemos esto.

Kévin lo ha dicho con esas palabras: "obra".

Ha dicho que Bianca no puede casarse en una obra.

Se quedó callada. Y luego dijo lo que de verdad le pesaba, en voz más baja:

—Si Bianca se va, no es solo que pierda una boda. Es que pierdo la única que iba a salvarme la empresa. Y usted —me miró— pierde su año. Su tejado. A Mrs. Baird. Los dos nos hundimos a la vez. Hoy.

Ahí estaba. Las dos cuentas atrás, la suya y la mía, colgando del mismo hilo, y el hilo cortándose en la mano de un tal Kévin a doscientos kilómetros.

* * *

Y aquí es donde tengo que ser honesto sobre lo que pasó dentro de mí, porque no me deja en buen lugar.

Durante un segundo, uno solo, sentí alivio. Si Bianca se iba, se acababa el circo. Se iban las cámaras, la nube de mariposas, la chica que no se sabe el nombre de su novio. Mi casa volvía a ser mía. Volvía a ser solo una ruina silenciosa con sus deudas, sí, pero mía.

Y entonces miré a Catalina, sentada en la hierba mojada con el móvil apagado y la empresa hundiéndose, y se me pasó el alivio de golpe.

Porque si Bianca se iba, Catalina se iba con ella.

Y descubrí, ahí arriba, con el viento del valle en la cara, que la idea de que se fuera me gustaba todavía menos que la idea de tener cámaras en mi salón.

No lo dije. Hay cosas que un hombre prometido a una linde no debería ni pensar, mucho menos decir. Lo que dije fue:

—¿A qué hora vuelve a llamar el tal Kévin?

—A las doce. Para que Bianca decida.

Me puse de pie. Le tendí la mano para ayudarla a levantarse, y esta vez la cogió.

—Entonces tenemos tres horas —dije— para convencerla de que no.

Catalina me miró desde abajo, sorprendida.

—¿Usted quiere convencerla? Creía que se moría por que nos dejara en paz.

—Y me muero. —Tiré de ella hacia arriba—. Pero no a su costa. Vamos a pelear esta boda, señora Vega. Los dos. ¿O se cree que es la única en este castillo que sabe no rendirse?

* * *

Lo planeamos en la cocina, junto al fogón que no se apaga desde 1974, los dos inclinados sobre su carpeta como dos generales sobre un mapa.

—Con glamour no ganamos —dije—. Glenravish tiene más glamour en un cuarto de baño que nosotros en todo el castillo. Si jugamos a eso, perdemos.

—Lo sé. —Catalina se mordía el bolígrafo, pensando a toda máquina—.

Hay que cambiar de juego. —Y de repente levantó la cabeza, y vi cómo se le encendía la luz, la suya, la de la mujer que coge un sitio imposible y le encuentra el ángulo—.

Glenravish le da a Bianca lo que cualquiera puede comprar.

Una boda de hotel. Bonita, perfecta y exactamente igual que las otras cincuenta que ese sitio hace al año.

—Empezó a escribir, rápido—. Pero Bianca no vende bonito.

Bianca vende único . Vende lo que sus nueve millones no pueden tener.

Y eso, Lachlan, eso no lo tiene Glenravish. Lo tiene usted.

—Yo no tengo nada.

—Tiene un castillo de verdad. De los que no se alquilan.

Tiene ochocientos años de clan, un lago que no ha salido en el feed de nadie, una espada de cuatrocientos años y un tío que recita poemas al haggis.

Tiene un pueblo que ayer, sin cobrar, sin cámaras, salvó una carpa bajo la lluvia.

—Me miró, y por una vez no había tasadora en sus ojos, había convicción de verdad—.

Eso no se compra. Y lo que no se puede comprar es exactamente lo que la gente como Bianca más desea.

Vamos a venderle no lo perfecto. Vamos a venderle lo irrepetible.

No le dije que me dolió un poco oírla poner precio a mi casa, a mi gente, a mi tío.

Ya habíamos tenido esa discusión, la del broche, la de la bandeja.

Pero entendí algo: que esta vez no lo hacía para coleccionar.

Lo hacía para salvarnos. A los dos. Y un hombre aprende a perdonar muchas cosas a quien está peleando en su misma trinchera.

—De acuerdo —dije—. ¿Qué necesita de mí?

—Que salga en la llamada. —Sonrió, y había algo travieso en ello—. El laird gruñón de verdad. Glenravish puede ofrecer un castillo. No puede ofrecer un lord. Usted es lo único que ese hotel no tiene en el catálogo.

—No pienso actuar.

—No quiero que actúe. —Su voz se suavizó—. Quiero que sea exactamente lo que es. Por una vez, su mal humor va a trabajar para nosotros.

* * *

A las doce subimos juntos al promontorio. Bianca apareció en la pantalla, bronceada, con el tal Kévin susurrándole al oído fuera de cuadro, y empezó con que lo sentía mucho, que Glenravish le ofrecía un montón, que ella tenía que pensar en su marca.

Catalina la dejó hablar. Y luego, con una calma que yo no le conocía, le dio la vuelta a todo.

—Tienes toda la razón, Bianca —dijo—. Tienes que pensar en tu marca.

Por eso te llamo para felicitarte. Glenravish es una elección segura.

Preciosa. Igual que la boda que hizo allí aquella otra influencer en marzo, ¿la viste?

Salió monísima. Y la de mayo. Y la de junio.

—Una pausa, exacta—. Tu boda en Glenravish va a ser perfecta. Y va a ser una más.

Vi a Bianca parpadear. Vi a Kévin dejar de susurrar.

—En cambio —siguió Catalina, y giró el móvil hacia el lago, hacia el castillo, hacia mí— esto no lo tiene nadie. Te presento a lord Lachlan MacRae. El dueño de Cairnloch. Octava generación. El castillo lleva en su familia desde antes de que existiera tu país.

Bianca me miró desde la pantalla, esta vez de otra manera.

—¿Y... usted vive ahí? ¿De verdad? ¿Es lord de verdad?

—Llevo aquí toda la vida —dije—. Y la casa, ochocientos años. Nunca se ha casado nadie de fuera entre estos muros. —La miré a la cámara, sin sonreír, porque no sé sonreír a las cámaras—. Sería la primera.

Hubo un silencio. Y en ese silencio oí cómo a Bianca, la chica que solo quiere lo que nadie más tiene, se le caía Glenravish de las manos.

—La primera —repitió, en voz baja, ya enamorada de la frase—.

Cata. Cata, esto es buenísimo. "La influencer que se casó donde nadie se había casado.

" Madre mía, esto petará el triple. —Ya estaba en otro sitio, ya nos había elegido—.

Kévin, dile a Glenravish que no. ¡Cata, nos vemos en tres días, voy a grabar el castillo del lord de verdad, te quiero, bsbs!

Y colgó.

Bajamos el móvil los dos a la vez. Nos miramos. Y por un segundo no dijimos nada, porque acababa de pasar algo grande y los dos lo sabíamos.

—Lo hemos salvado —dijo ella, incrédula.

—Lo hemos salvado.

—Juntos. —Soltó una carcajada de puro alivio, de esas suyas de verdad, y me tendió la mano, como aquella primera noche en el barro, solo que esta vez yo no era el casero y ella no era una turista perdida—. Trato hecho, señor MacRae. Esto lo sacamos adelante los dos. Juntos.

Le estreché la mano.

—Juntos —dije.

* * *

Y ahí debería haber terminado. Un apretón, un pacto, dos socios. Pero no soltó mi mano enseguida. Y yo no solté la suya.

El viento del promontorio me había abierto el broche del plaid otra vez —siempre se afloja con el viento del norte— y la tela se me había escurrido del hombro.

Catalina lo vio. Y antes de pensarlo, igual que yo le había rozado la mejilla en el río, ella alargó la mano libre, me recogió el plaid sobre el hombro, y cerró el broche.

El mismo broche que había querido tocar el primer día, cuando le dije que no era un adorno. El mismo que aparté.

Esta vez no lo aparté.

Sentí sus dedos buscar el pasador, el clic seco de la plata entrando en su sitio, y luego su mano, que no se retiró, que se quedó un instante de más sobre mi hombro, sobre el escudo del clan, sobre la mano cerrada en torno a la espada grabada en la plata.

Y los dos nos quedamos quietos en lo alto del promontorio, su mano en mi hombro, el lago abajo, el aire entre las dos caras hecho otra vez ese palmo imposible.

—Ya está —dijo, en voz muy baja, sin retirar la mano—. No se le va a caer.

—Gracias —dije, y mi voz salió ronca, porque no estaba hablando del broche, y los dos lo sabíamos.

Fue ella quien apartó la mano primero. Despacio.

Como si le costara. Y dio un paso atrás, y se le subió el color a la cara, y empezó a hablar muy rápido de Bianca y de los tres días y de todo lo que faltaba por hacer, cualquier cosa, otra vez, con tal de no nombrar lo que acababa de pasar entre sus dedos y mi hombro.

Y yo bajé el promontorio detrás de ella, con el broche bien cerrado y el pecho mal cerrado, pensando una sola cosa, una cosa que me dio más miedo que Glenravish, que Kévin y que todas las deudas de mi padre juntas:

Que ya no quería que se fuera. Y que un hombre prometido a una linde no tiene ningún derecho a querer eso.