Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 9 — Apaga ese fuego (y este)
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Capítulo 9 — Apaga ese fuego (y este)

A la mañana siguiente, los dos fingimos que no había pasado nada. Se nos da fatal a los dos, por cierto.

Yo bajé a desayunar con la barbilla muy alta y un "buenos días, señor MacRae" de oficina.

Él contestó "buenos días" mirando fijamente su té como si dentro hubiera instrucciones.

Mrs. Baird nos miró a uno y a otro, levantó una ceja del tamaño de una sospecha entera, y no dijo nada, que en Mrs. Baird es decirlo todo.

Yo me serví gachas que no quería para tener las manos ocupadas, porque cada vez que él se movía me acordaba de su pulgar en mi mejilla, del palmo de aire entre las dos caras, de lo que casi.

Y luego me obligaba a recordar que ese hombre estaba prácticamente prometido a una mujer encantadora y que yo había venido a salvar mi empresa, no a perder el norte en un río a las dos de la mañana.

Lo tenía clarísimo. Lo tuve clarísimo hasta las once y diez, que fue cuando llegó la carpa.

* * *

La carpa la había encargado yo: una estructura de boda de lujo, blanca, de seis metros de altura, para cubrir la ceremonia junto al lago, porque una servidora no es tan ingenua como para casar a nadie al aire libre en Escocia sin un plan B con techo.

Llegó en un camión, en cajas, con un manual de instrucciones en inglés y un conductor que nos dejó las cajas en el prado, nos deseó suerte con una sonrisa que no me gustó nada, y se marchó a toda prisa, como quien deja un paquete bomba.

Montar una carpa de seis metros con la plantilla de Cairnloch resultó ser un ejercicio de fe.

Yo dirigía con el manual. Lachlan y Angus levantaban los mástiles.

Hamish "ayudaba", que en su caso consistía en sujetar una cuerda equivocada y dar opiniones.

A media mañana, contra todo pronóstico, teníamos la estructura en pie y la lona tendida, blanca y enorme y preciosa contra el lago, y por un instante me permití pensar: lo tengo. Esto, al menos, lo tengo controlado.

Nunca, jamás, hay que pensar eso en Cairnloch. Es como invocar al diablo.

El cielo, que llevaba dos días cargado, negro, amenazando sin cumplir, eligió ese momento exacto para cumplir. No llovió: se abrió. Y con la lluvia llegó el viento, un viento del norte que bajó del valle como una mano abierta, se metió debajo de mi carpa de lujo de seis metros y la levantó.

No exagero. La levantó. Las cuerdas se tensaron como las de un barco, los mástiles crujieron, y mi carpa blanca, mi precioso plan B con techo, se transformó en lo que en realidad era: la vela más grande del norte de Escocia, decidida a echarse a volar con todos nosotros agarrados a sus cabos.

—¡SUJETAD! —gritó Lachlan, colgándose de una cuerda con todo su peso.

Me colgué de la mía. Angus de la suya. Hamish de la equivocada.

Y por un momento glorioso y absurdo fuimos cuatro personas haciendo de ancla humana de una carpa que quería ser un globo, los pies resbalando en el barro, la lluvia horizontal, el lago picado de gris, y yo pensando, con una claridad extraña, que mis clientes de Marbella no me creerían ni con fotos.

No éramos suficientes. La carpa ganaba. Una esquina se soltó, la lona restalló como un latigazo, y supe que en treinta segundos íbamos a ver volar diez mil euros de boda lago adentro.

Y entonces llegó el pueblo.

* * *

No sé cómo se enteraron. Después supe que en sitios así no hace falta enterarse: alguien ve desde la carretera que en Cairnloch pasa algo, lo dice en la tienda, y la tienda lo dice al valle entero más rápido que cualquier red social que yo conozca.

El caso es que aparecieron. Una furgoneta vieja, dos coches, un tractor.

Y de ellos bajó gente —ocho, diez, doce personas— corriendo bajo la lluvia hacia mi carpa moribunda sin que nadie les hubiera pedido nada.

El primero fue un grandullón pelirrojo con delantal de tabernero todavía puesto.

—¡Dougie! —le gritó Lachlan—. ¡La esquina noroeste!

—¡Voy, muchacho! —Y Dougie, el del delantal, se lanzó a por la esquina que se soltaba con la energía de quien abandona la barra a media pinta por algo más importante.

Detrás de él llegó una mujer mayor, menuda y feroz, que repartió órdenes en escocés cerrado y se colgó de un cabo como si pesara el doble de lo que pesaba.

Llegaron dos chavales, un hombre con un perro, una pareja con botas de goma a juego.

Y todos, sin presentarse, sin cobrar, sin un móvil a la vista, se repartieron por las cuerdas de mi carpa y tiraron.

De repente no éramos cuatro. Éramos quince. Y quince personas sí pueden con una vela.

Yo dirigía —volví a tener un papel, gracias a Dios, que es lo único que sé hacer en una crisis—, gritando esquinas y turnos, y la gente me hacía caso, me hacía caso a mí, la española empapada del manual, y entre todos, centímetro a centímetro, doblegamos a la bestia.

Bajamos la lona. Aseguramos los mástiles.

Clavamos las piquetas en condiciones, no como las había clavado yo.

Y cuando por fin la carpa dejó de pelear y se quedó quieta, atada, vencida, gris de agua pero entera, el pueblo entero de Cairnloch soltó un vítor bajo la lluvia, y Dougie el tabernero me dio una palmada en la espalda que casi me devuelve al barro.

—Buen mando, muchacha —dijo, jadeando, chorreando—. ¿De dónde has sacado tú tanto vozarrón?

Y me reí. Empapada, helada, con las manos en carne viva de las cuerdas, me reí, y no me salió la risa de anuncio. Me salió la otra. La de verdad. La que me había encontrado la noche anterior en el río.

* * *

Cuando la lluvia paró —porque paró, de golpe, como había empezado, y el sol se abrió paso entre las nubes y prendió el lago de plata, como si el cielo se disculpara—, el pueblo no se fue corriendo.

Se quedó. Alguien sacó un termo. Mrs. Baird apareció con una bandeja de té y de unos bollos calientes que no sé de dónde había sacado, y de repente, en el prado mojado, junto a la carpa salvada, había una especie de fiesta improvisada de gente calada hasta los huesos riéndose de la que acababa de caer.

Y yo, que organizo bodas de cuento para nueve millones de espectadores, que sé montar la celebración perfecta hasta el último pétalo, me quedé un poco apartada, con mi té entre las manos heladas, mirando aquello.

Porque aquello no lo había montado yo. No había folleto, ni iluminación de diseño, ni una sola cámara.

No había nada curado, nada perfecto, nada para enseñar.

Era solo gente que había dejado lo que estaba haciendo para venir a ayudar a un vecino, y que ahora se reía junta bajo un cielo que se aclaraba, mojada y feliz, porque sí. Porque eso es lo que hacen.

En todas las bodas que yo he montado, la gente paga por sentir, durante una tarde, algo parecido a esto. Y aquí lo tenían gratis, todo el rato, sin saberlo.

Busqué a Lachlan con la mirada, no sé por qué.

Estaba al otro lado del corro, con una taza en la mano, repartiendo gracias y palmadas, en su sitio, entre los suyos.

Y me miró justo cuando yo lo miraba a él, y no apartamos los ojos esta vez.

No del todo. Hubo un segundo largo, por encima de las cabezas mojadas de medio pueblo, en que los dos nos sostuvimos la mirada, y yo supe que él estaba pensando lo mismo que yo: esto.

Otra vez esto. Y los dos, otra vez, hicimos como que no.

—Es bonito su pueblo —le dije después, cuando se acercó a devolverme nada, solo a estar cerca—. Su gente.

—No es mío —dijo, mirándolos—. Soy yo el suyo. —Lo dijo bajo, sin pose, y fue lo más bonito que le había oído decir—. Llevamos cuidándonos los unos a los otros aquí desde antes de que esto fuera un castillo. Cuando uno se cae, los demás tiran. —Me miró de reojo—. Como con la oveja.

—Como con la oveja —repetí.

Y nos quedamos los dos mirando a la gente, hombro con hombro, sin tocarnos, con un palmo de aire entre los brazos que de repente pesaba otra vez demasiado.

* * *

El móvil me vibró en el bolsillo. Una sola raya de cobertura, de milagro, traída por el viento que se llevaba la tormenta.

Era un mensaje de voz de Lola, y detrás, tres mensajes de Bianca, y el corazón se me cayó al estómago antes de abrirlos, porque Bianca no escribe tres mensajes seguidos para decir nada bueno.

Subí corriendo al promontorio de la capilla, al único punto con señal, dejando atrás la fiesta mojada, y escuché.

—¡Cataaa! —La voz de Bianca, eufórica, atropellada—.

¡Tía, no te lo vas a creer, me ha cambiado la agenda y tengo un huequito!

Así que he pensado: ¿para qué esperar? ¡Me planto ahí a ver el castillo y a grabar contenido del behind the scenes , que eso le encanta a la gente!

Te aviso ya para que lo tengas todo divino.

—Una pausa. Una risa—. Llego en tres días. ¡Bsbs!

Tres días.

Me quedé en lo alto del promontorio, con el lago de plata a mis pies y el pueblo riéndose abajo y la carpa salvada y la mejilla todavía caliente de un pulgar que no tenía derecho a recordar, y miré el castillo en ruinas que en tres días tenía que estar "todo divino" para la novia más seguida de España y sus cámaras.

Y por primera vez desde que llegué, lo que más me asustó no fue que el sitio no estuviera listo.

Fue que Bianca, con sus cámaras y su contenido y su feed perfecto, iba a llegar a meter su mundo curado y de mentira dentro de este sitio real y mojado y vivo que, sin darme cuenta, había empezado a querer.