Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 8 — Dos prisioneros del deber
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Capítulo 8 — Dos prisioneros del deber

Fiona vino al día siguiente, sola, con la excusa de ver el ala oeste. Las dos sabíamos que el ala oeste le daba igual.

La encontré en el descansillo, mirando por la ventana del cristal roto hacia su valle, y por un momento no dije nada, porque a Fiona Sinclair la conozco desde que los dos íbamos en bota de agua a robar manzanas al huerto que ahora es de nadie.

Hubo un tiempo en que pensé que crecer al lado de alguien era razón suficiente para casarse con esa persona.

Ya no lo pienso. Pero por eso, supongo, podíamos hablar claro.

—Lo de anoche fue una emboscada —dije.

—Lo de anoche fue mi madre y tu abuela jugando al ajedrez con nosotros de peones. —Se giró. Sonrió, cansada—. Llevan así desde que enviudaron. Es lo único que les queda por organizar.

Me apoyé en la pared, a su lado.

—No quiero esto, Fiona.

—Lo sé. —Lo dijo sin ofenderse, con un alivio que no se molestó en esconder—.

Yo tampoco. —Volvió a mirar por la ventana—.

Pero las dos fincas juntas arreglan tu tejado y salvan mis pastos, y acaban con una linde por la que mi padre y tu abuelo dejaron de hablarse el resto de su vida.

Y tú cargas con tu gente, y yo cargo con la mía, y los dos sabemos lo que es eso.

—Me miró de reojo—. Por eso es tan fácil hablar contigo.

Porque los dos estamos atados a la misma piedra. No hay que fingir.

Y ahí estaba, dicho sin drama, la verdad de lo nuestro: que no había nada entre Fiona y yo salvo dos cadenas iguales y el cariño viejo de quien ha compartido la misma jaula. Ni amor, ni deseo, ni siquiera la posibilidad. Solo deber, en estéreo.

—Hay otra cosa —dijo entonces, en voz más baja, y algo le cruzó la cara, una puerta que no llegó a abrir—.

Hay una vida que yo querría, Lachlan, y no está en este valle, ni en el tuyo, ni en ninguna fusión de pastos.

Pero esa es mi piedra. Cárgala yo. —Sacudió la cabeza, cerró la puerta—.

No te lo cuento para darte pena. Te lo cuento para que sepas que, si alguno de los dos encuentra la manera de soltarse, yo no voy a ser quien lo retenga.

No supe qué responder. Así que no respondí.

Fiona se apartó de la ventana, recogió su abrigo, y al pasar por mi lado se paró. Me miró un segundo de más, con esa puntería que tiene la gente que no está enamorada de ti y por eso te ve con claridad.

—Esa española —dijo.

—¿Qué española.

—La que te mira como te miró anoche en la mesa. Y a la que tú miraste igual cuando creías que nadie te veía. —Sonrió, casi con ternura—. Yo también vi la mesa, Lachlan. Vi la mesa entera.

—Es la organizadora de bodas. —Salió demasiado rápido—. Viene, monta su circo y se va.

—Claro. —Fiona se puso el abrigo—. Eso decías tú. —Y se fue, dejándome en el descansillo con la frase clavada y una mentira a medio terminar en la boca.

* * *

Esa noche no podía dormir, y resultó que no era el único.

La tormenta llevaba dos días amenazando sin descargar, una de esas que cargan el aire y enervan al ganado, y con el muro de los Donald todavía caído por el temporal de la semana, las ovejas andaban donde no debían.

A medianoche me levanté a hacer la ronda, cogí el farol y bajé al prado, y al cruzar el patio vi una luz en la ventana de la cocina y una figura envuelta en una manta junto al fogón que no se apaga desde 1974.

—No puedo dormir en esta casa —dijo Catalina, sin volverse, cuando me oyó entrar—. La calefacción canta, el viento aúlla y ahora, por lo visto, hay un hombre con un farol rondando a las tantas. ¿También sale de noche con la espada o eso solo lo primer día?

—Hay ovejas sueltas —dije—. El muro está caído. Una se mete en el burn con esta lluvia y se ahoga. Voy a contarlas.

Esperaba que dijera suerte y se volviera a su té. Lo que dijo fue:

—Espere, voy. —Se levantó, arrastrando la manta—. Si me quedo aquí escuchando cantar las tuberías una hora más, me da algo.

Le di unas botas de agua de Mrs. Baird que le venían grandes y un impermeable que olía a Angus, y bajamos juntos al prado, en la oscuridad, con el farol partiendo la lluvia entre los dos.

Las conté. Faltaba una. Y la oímos antes de verla: un balido ronco, de pánico, viniendo del burn, donde el agua bajaba crecida y negra. La encontré con el farol: una oveja preñada, atrapada hasta el pecho en el barro de la orilla, hundiéndose despacio, agotada de pelear.

—Sujete el farol —le dije a Catalina—. Y no se acerque al agua.

No me hizo caso, claro. Bajé yo a la orilla, me metí en el barro hasta la rodilla, agarré a la oveja por la lana del lomo.

Pesaba lo que pesan dos ovejas, por la cría y por el agua.

Tiré. No salió. Tiré otra vez. El barro la chupaba hacia abajo.

Y entonces, a mi lado, sin que se lo pidiera, apareció Catalina, los tacones cambiados por las botas de Mrs. Baird, el impermeable de Angus hasta las orejas, metiéndose en el barro helado conmigo.

—Dígame qué hago —dijo, con los dientes apretados—. Y no me diga que sujete el farol.

—Por las patas de atrás. A la de tres. Tire hacia arriba, no hacia usted.

Y tiramos. Los dos. En el barro, en la lluvia, a oscuras, con una oveja embarazada de por medio y el burn rugiendo, tiramos a la vez, en la misma dirección, gruñendo del esfuerzo, hasta que el barro soltó a la bestia con un ruido obsceno y la oveja salió disparada, nos tiró a los dos de espaldas al lodo, se sacudió, nos miró sin una pizca de gratitud y se fue trotando a reunirse con las demás como si no hubiera pasado nada.

Nos quedamos los dos sentados en el barro de la orilla, calados, sin aliento, cubiertos de fango hasta el pelo.

Y Catalina se echó a reír.

No la risa de anuncio. Otra. Una risa de verdad, de tripa, que le salía a borbotones, contagiosa, mirándose las manos llenas de barro, mirándome a mí lleno de barro, mirando a la oveja desagradecida alejarse en la noche.

—Tres semanas —dijo, entre carcajadas—. Vine a montar la boda más elegante del año y estoy sentada en un río escocés a las dos de la mañana, oliendo a oveja, con su impermeable.

Si me viera Bianca. Si me vieran mis clientes.

—Negó con la cabeza, secándose los ojos con una mano embarrada y dejándose una raya de fango en la mejilla—. Hacía años que no me reía así. Años.

Y yo, que llevaba todo el día con la frase de Fiona clavada, la miré.

La miré de verdad, por primera vez sin la coraza de ella ni la mía de por medio.

Sin la carpeta. Sin la sonrisa de anuncio.

Una mujer empapada y feliz y verdadera, sentada en mi río, riéndose en mitad de su propio naufragio.

Y algo se me movió en el pecho, algo que llevaba años sin moverse, algo que no tenía permiso para moverse porque mañana, o el mes que viene, yo me casaría con una linde y un tejado.

—Tiene barro —dije. Mi voz salió distinta. Más baja—. En la cara.

—¿Dónde?

—Aquí.

Y levanté la mano. Y, sin pensarlo, sin permiso, le rocé la mejilla con el pulgar para quitarle la raya de fango, igual que cierro el broche, igual que hago las cosas que hago sin decidirlas.

Ella se quedó muy quieta. La lluvia caía entre los dos.

Su cara estaba a un palmo de la mía, vuelta hacia arriba, los ojos grandes en la oscuridad, y el frío y el barro y la oveja y las tres semanas desaparecieron, y solo quedó eso: mi pulgar en su mejilla, su respiración cortándose, y el espacio entre nosotros haciéndose más pequeño sin que ninguno de los dos lo decidiera.

Estábamos a nada. A un suspiro. Yo iba a hacer la peor estupidez de mi vida, y la iba a hacer con ganas.

—¡LACHLAAAN! ¡MUCHACHO! —La voz de Hamish rajó la noche desde lo alto del prado, acompañada del bamboleo de un farol y de un canto desafinado—. ¿ESTÁS AHÍ ABAJO? ¡HE OÍDO BALAR Y HE TRAÍDO LA ESPADA POR SI ERA UN LOBO!

No hay lobos en Escocia desde hace doscientos años. Pero hay tíos borrachos a las dos de la mañana, y eso, esta noche, fue suficiente.

Catalina apartó la cara. Yo aparté la mano.

El palmo entre nosotros volvió a ser un metro, y luego dos, y los dos nos pusimos de pie a la vez, demasiado rápido, demasiado torpes, hablando los dos a la vez de la oveja y del barro y de lo tarde que era, cualquier cosa con tal de no hablar de lo que casi había pasado.

—Será mejor subir —dije.

—Sí —dijo ella—. Sí. El barro. Y el frío. Subamos.

Y subimos el prado en silencio, separados, hacia el farol de Hamish y su espada inútil, mientras yo notaba todavía en el pulgar el calor de su mejilla y pensaba, con un peso nuevo en el pecho, que Fiona había visto la mesa entera, y que tenía toda la razón.