Capítulo 7 — La otra novia
La cena de los Sinclair tenía, al principio, una sola complicación: el menú. Después tuvo todas las demás.
Yo había puesto la mesa. Es lo mío, no podía evitarlo: velas, el lino que encontré en un arcón, una composición central de cardo y brezo que rescaté del desastre de Maud, los cubiertos buenos sacados a brillo.
Me había quedado preciosa. Demasiado preciosa, según Morag, que pasó por delante apoyada en su bastón, miró mi obra y dictaminó: "Niña, esto parece la boda.
Quita la mitad de las velas, que vienen a cenar, no a casarse.
" Lo cual, visto lo que vino después, fue una ironía que entonces no supe apreciar.
Mi intención era servir y desaparecer. La organizadora pone la mesa, supervisa que salga la comida y se retira a su cuarto a comerse un sándwich y a maldecir la falta de cobertura. Pero Morag tenía otros planes. Cuando llegué con la sopera, me señaló una silla con el bastón.
—Tú te sientas. —No era una sugerencia—. Quiero ver cómo se comporta una española en una cena de verdad.
Y así, sin que nadie me preguntara, me encontré sentada en la mesa de doce metros, entre el tío Hamish y un sitio vacío, en mitad de una cena que yo creía de vecinos y que era cualquier cosa menos eso.
* * *
Los Sinclair llegaron a las ocho en punto.
Doña Edina entró primera, y entró como entran las mujeres que llevan toda la vida siendo lo más importante de cualquier habitación: pequeña, de hierro, vestida de un tweed verde que parecía blindaje, con los mismos ojos de tasadora que Morag, solo que del otro bando.
Las dos viejas se saludaron con una cortesía tan afilada que se podía cortar pan con ella.
—Edina.
—Morag. Veo que el tejado del ala este sigue en pie. Milagro.
—Sigue. Igual que tu artritis, querida.
Me quedó claro en tres segundos que aquellas dos llevaban cuarenta años haciéndose la guerra con guantes de seda, y que yo acababa de comprar entrada de primera fila.
Y detrás de doña Edina entró Fiona.
Tengo que ser honesta, porque esto es importante para entender lo idiota que me puse después: yo esperaba algo.
No sé qué. Una mujer fría, una rival, una de esas bellezas heladas de las series.
Y entró Fiona Sinclair, y no era nada de eso.
Era guapa, sí, de una manera tranquila, sin esfuerzo, con el pelo castaño recogido sencillo y un vestido sin pretensiones.
Pero lo primero que hizo, antes que saludar a nadie, fue mirar mi mesa, mis velas, mi cardo y mi brezo, y decir, con una sonrisa de verdad:
—Qué bonito. Esto lo ha hecho alguien con mucho cariño.
Y me miró a mí al decirlo, porque supo, sin que se lo dijeran, que la de fuera era yo. Y me cayó bien al instante. Lo cual, dadas las circunstancias, fue de lo más inoportuno.
* * *
La cena empezó con la sopa, que fue territorio neutral, y se complicó con el plato principal, que fue territorio escocés.
Mrs. Baird entró con una fuente humeante y la depositó en el centro de la mesa con la solemnidad de quien sirve una reliquia. Sobre la fuente había una cosa. Una cosa grande, redonda, parda, hinchada, brillante, que olía a una mezcla de pimienta, hígado y algo profundamente animal.
—Haggis —anunció Hamish, ya con tres whiskies de ventaja y los ojos encendidos de patriotismo—. El plato nacional, señorita española. ¿Sabe qué lleva?
—Prefiero no saberlo —dije, con mi mejor sonrisa diplomática.
—Corazón, hígado y pulmón de oveja —recitó Hamish, encantado—. Picado, mezclado con avena y especias, y cocido dentro del estómago del propio animal. —Se relamió—. Lo mejor de la oveja, todo junto, dentro de la oveja.
Hice un cálculo rápido entre mi educación y mi estómago, y ganó la educación por muy poco. En Sevilla nos comemos casi todo el cerdo, así que no soy quién para juzgar, pero hay algo en que te sirvan un órgano dentro de otro órgano que pone a prueba el cosmopolitismo de cualquiera.
Y entonces, porque la noche aún podía complicarse, Hamish se levantó.
—¡Hay que dirigirle unas palabras al haggis! —proclamó—. ¡Como mandan los cánones!
Y sacó la espada.
No sé de dónde. La tenía debajo de la silla, supongo, porque el tío Hamish es a las espadas lo que Wallace a las puertas.
La claymore del clan, la misma que casi me decapita el coche la primera noche, la misma que cuelga sobre la chimenea, apareció en sus manos a la altura de mi cara, y Hamish, tambaleándose ligeramente, empezó a recitar en escocés cerrado un poema al haggis mientras blandía cuatrocientos años de acero sobre la fuente, sobre la mesa y, en su trayectoria, sobre mi peinado.
—Tío —dijo Lachlan, con una calma de hombre que ha vivido esto muchas veces—. La espada.
—¡La tradición, muchacho!
—La tradición no incluye degollar a la invitada.
Hamish, magnánimo, bajó el filo, lo clavó de un golpe en el centro del haggis —que se abrió derramando su contenido humeante con un suspiro—, y se sentó tan satisfecho como si hubiera fundado la nación. Yo me llevé la mano al pelo para comprobar que seguía teniéndolo. Lo tenía. De milagro.
Y, lo confieso, me reí. Por primera vez en la cena me reí de verdad, y al levantar la vista vi que Lachlan me estaba mirando, y que en su cara había algo parecido a una disculpa y algo parecido a la diversión compartida de dos personas que asisten al mismo circo.
Fue un segundo. Bajé los ojos al haggis.
Él bajó los suyos al whisky. Y los dos hicimos como que no había pasado.
* * *
Hasta ese momento, yo seguía sin entender por qué estaba allí. Lo entendí con el brindis.
Fue doña Edina quien empezó a empujar, suave, con la pala de terciopelo de las matriarcas.
—Fiona ha estado mirando el ala oeste —le dijo a Morag, como quien comenta el tiempo—. Dice que con luz norte sería un estudio precioso. Para cuando haga falta.
—Hará falta —respondió Morag—. Esta casa lleva mucho tiempo esperando que vuelva a haber una señora en ella.
—Las dos fincas juntas darían para arreglar ese tejado de una vez —siguió doña Edina, mirándome de reojo a mí, la extraña, midiendo cuánto podía decir delante de mí—.
Y para acabar de una santa vez con esa linde absurda que lleva separando a las dos familias desde que tu suegro y mi marido se dejaron de hablar por un palmo de pasto.
Y entonces Hamish, que no tiene filtro ni sobrio ni borracho, levantó el vaso y lo dijo. Lo dijo entero. Lo dijo claro.
—¡Por la boda que va a juntar los valles! —brindó, derramando media copa—. ¡Por Lachlan y Fiona, que pondrán fin al rencor de tres generaciones y nos arreglarán a todos el invierno! ¡Slàinte!
Y ahí, sentada entre el haggis abierto y la espada clavada, lo entendí todo de golpe, como quien por fin lee la letra pequeña del contrato que firmó hace rato.
Esto no era una cena de vecinos. Era una pedida.
Una negociación de tierras con mantel. Lachlan MacRae —el hombre que me había recogido del barro, el hombre del broche que no es un adorno, el hombre que cargaba la bandeja de Mrs. Baird— estaba destinado a casarse con la mujer serena y amable que tenía sentada enfrente.
Por deber. Por la linde. Por el tejado. La otra , había dicho Morag aquel primer día. Esta era la otra.
Y algo en mi pecho, algo que no tenía ningún derecho a estar ahí, se cerró como un puño.
* * *
Me dije que era profesional. Me lo dije con todas mis fuerzas.
Una boda concertada flotando sobre la cabeza del anfitrión es un riesgo logístico para mi evento; si esto sale mal, si hay drama, mi boda de nueve millones de espectadores se resiente.
Es eso. Es preocupación profesional. Es velar por mi cliente.
Pero entonces miré a Fiona, buscando a la rival, buscando algo que odiar, y Fiona no me lo puso fácil.
Porque Fiona también lo había oído. El brindis de Hamish, su nombre y el de Lachlan unidos como dos parcelas.
Y vi cómo, por un instante, antes de recomponer la sonrisa, a Fiona Sinclair se le apagó algo por dentro.
La misma sombra que yo le había visto a Lachlan cuando Morag dijo "la otra".
La cara de quien quiere a su gente lo bastante para hacer algo que no quiere hacer.
Más tarde, cuando ayudé a recoger y nos cruzamos en el pasillo, Fiona me tocó el brazo.
—Gracias por la mesa —dijo, en voz baja, lejos de las dos viejas—.
Hacía mucho que en esta casa no entraba algo bonito que no fuera por obligación.
—Me miró un segundo de más, como si supiera, como si las dos supiéramos—.
Cuídelo bien, lo de la boda. Que al menos una boda en este valle se haga por amor.
Y se fue, dejándome con la bandeja en las manos y una certeza incómoda clavada en el pecho: que no podía odiar a Fiona Sinclair.
Que Fiona Sinclair era exactamente igual de prisionera que él.
Que las dos, ella y Lachlan, estaban atrapadas en el mismo deber, y que lo único que separaba a aquella mujer de su tristeza era una linde, un tejado y tres generaciones de rencor.
Lo cual debería haberme dado pena.
Y me dio pena, sí. Pero debajo de la pena, en un sótano de mí misma que yo no visitaba desde hacía años, había otra cosa. Una cosa pequeña, fea, egoísta y caliente, que se alegraba —que se alegraba, Dios me perdone— de que Lachlan MacRae no quisiera casarse con ella.
Me quedé sola en el pasillo con la bandeja, escuchando cómo se reía Hamish en el comedor, y me obligué a nombrar lo que sentía, porque soy de las que prefieren mirar el problema a la cara.
Estaba celosa.
Yo, Catalina Vega, que no creo en el amor, que vine aquí a salvar mi empresa y no a perder la cabeza, estaba celosa de la prometida del cliente. Por el dueño de un castillo en ruinas al que conocía hacía seis días.
Y lo detesté. Detesté el calor en el pecho, detesté el sótano abierto, detesté no poder cerrarlo. Pero sobre todo me detesté a mí, porque por primera vez en muchos años había algo que yo, la mujer que lo controla todo, no podía controlar en absoluto.