Capítulo 6 — Lo auténtico como decorado
Al quinto día empezamos a recorrer la casa habitación por habitación, ella con el móvil en la mano como un médico con un termómetro, decidiendo cuáles de mis cuartos estaban lo bastante sanos para que los viera el mundo.
Era un trabajo más tranquilo que vaciar el salón a pulso, y después de lo del patio del día anterior —después de verla sentada en el barro con sus papeles rotos, sin la sonrisa de anuncio, solo cansada y verdadera— habíamos caído en una tregua.
Seguíamos pinchándonos. Pero distinto. Como dos personas que ya saben que la otra es de verdad.
Le enseñé la casa. Es lo que tengo. La sala azul, donde mi madre cosía.
El comedor pequeño, donde Mrs. Baird sirve desde antes de que yo levantara un palmo del suelo.
El cuarto del fondo del ala oeste, con el suelo que Angus lijó a mano el invierno que se quedó viudo, porque dijo que prefería lijar madera a estar quieto.
Cada puerta que abría tenía un nombre detrás.
No le conté todos. Pero cuando ella quiso quitar la cómoda del descansillo para "despejar el plano", le dije que no.
—Es de Mrs. Baird —dije—. Lleva ahí cuarenta años. Se queda.
—No sale en ninguna foto, Lachlan. Nadie la va a...
—Se queda.
No insistió. Anotó algo. Y seguimos.
* * *
La hebra cómica de la mañana, porque siempre hay una en esta casa, fue Wallace.
La cabra se había metido dentro otra vez —nadie sabe nunca cómo, Wallace es a las puertas lo que el agua a las grietas— y nos lo fuimos encontrando de cuarto en cuarto, siempre un paso por delante, siempre masticando algo que no debía.
En la biblioteca, una vela. En el cuarto azul, un cojín.
En el descansillo, por poco, la cómoda de Mrs. Baird, lo cual habría sido un final irónico para una pieza que yo acababa de salvar de la española.
Cada vez sacaba el pan del bolsillo, silbaba, y Wallace venía.
Cada vez Catalina se reía, y cada vez —lo noté— sacaba el móvil.
Porque eso es lo que hacía ella, esa mañana, mientras yo le enseñaba mi casa: la guardaba.
Al principio pensé que fotografiaba para el trabajo.
Planos, medidas, lo que necesita una organizadora.
Pero no. Apuntaba el teléfono a la pared del pasillo donde la humedad ha dibujado un mapa marrón de cuarenta años de goteras, y en vez de apuntarlo en su lista de cosas que arreglar, susurraba: "Esto es precioso.
Decadencia. Textura. Esto a la gente le encanta.
" Fotografiaba el cristal roto con el tartán encajado —el cristal que llevo tres inviernos sin poder pagar— y decía: "Esto cuenta una historia.
" Fotografiaba el polvo, el desconchón, la viga vista, todo lo que para mí es una factura y para ella, descubrí, era una estética.
Mi ruina le parecía bonita. Mi pobreza le parecía contenido.
No dije nada. Pero algo se me puso de través.
* * *
Lo que me lo puso del todo fue lo que pasó con Mrs. Baird.
Bajábamos al comedor pequeño y la encontramos peleándose con la bandeja del té y la puerta a la vez, como cada mañana, porque la puerta de ese comedor se hincha con la humedad y hay que darle con la cadera mientras sostienes la bandeja, y Mrs. Baird tiene sesenta y ocho años y unas muñecas que ya no son lo que fueron.
Hice lo que hago siempre. Le cogí la bandeja, le abrí la puerta con el hombro, le dije que dejara de cargar cosas pesadas y que para eso estoy yo, y ella me dijo que estaba perfectamente y que me ocupara de mis ovejas, que es como Mrs. Baird dice "gracias".
No es nada. Lo hago cada día. Pero al girarme, vi a Catalina con el móvil levantado.
Me había hecho una foto.
—No te muevas —dijo, encantada, mirando la pantalla—.
Ay, qué bueno. Esto. El laird gruñón cargando la bandeja de la viejecita.
—Amplió la imagen con dos dedos, los ojos brillándole con esa luz que le había visto delante del broche, la luz de la tasadora—.
Esto vende solo, Lachlan. Esto es el ángulo.
El señor del castillo, duro por fuera, blando por dentro.
A la gente se le cae la baba. —Ya estaba escribiendo algo, etiquetando, guardándome en alguna carpeta de su cabeza—.
Te lo digo yo, si jugamos bien tu personaje, la boda petará el doble.
Tu personaje.
Me quedé con la bandeja en las manos, en el umbral de un comedor donde una mujer me ha servido la cena durante sesenta y un años, y la miré convertir lo único que de verdad importa de mí —que cuido de los míos— en un ángulo. En contenido. En personaje.
—No es un personaje —dije. Bajo. Como lo del broche—. Es Mrs. Baird. Y es mi trabajo cuidarla. No es para que lo mire nadie.
Catalina levantó la vista del teléfono. Y vi, otra vez, que algo le cruzaba la cara. No es tonta. Es lo contrario de tonta. Entendió lo que acababa de hacer un segundo después de hacerlo, igual que con el broche, igual que cuando alargó la mano hacia algo que no era suyo.
—Perdona —dijo, bajando el móvil—. Es deformación profesional. Lo veo todo como... como algo que se puede enseñar. —Tragó—. Es la costumbre. Yo cojo lo que la gente tiene y lo dejo bonito para que lo mire el mundo.
—Ya. —Dejé la bandeja en la mesa—. El problema es que yo no quiero que el mundo mire. Quiero que el tejado aguante. No es lo mismo.
Y ahí estaba, otra vez, la frontera. La misma del broche.
Ella vive de capturar las cosas. Yo vivo de cargar con ellas.
A ella el día anterior la había mirado romperse y no la había fotografiado, le había dado la espalda para devolverle la cara su dignidad.
Y ahora la veía hacer lo contrario conmigo, coger lo más mío y ponerle un marco y un precio, y entendí, con un fondo de algo que no quise nombrar, que para Catalina Vega hasta una persona puede ser decorado.
Lo entendí. Y aun así —y esto fue lo peor— cuando ella se guardó el móvil avergonzada y dijo "no vuelvo a hacerte una foto sin permiso", me costó seguir enfadado.
Porque la víspera la había visto de verdad.
Y a quien has visto de verdad ya no le puedes tener del todo rencor, por mucho que te convierta en un ángulo.
Estaba en esa contradicción incómoda, sin saber si recelar de ella o perdonarla, cuando se abrió la puerta del comedor pequeño con su crujido de costumbre y entró Mrs. Baird, secándose las manos en el delantal, con una cara de mensajera que no presagiaba nada bueno.
* * *
—Milord —dijo, y el "milord" ya era mala señal, porque a mí Mrs. Baird solo me llama "milord" cuando hay público o malas noticias—. Su abuela me manda avisarle. Tendremos invitados a cenar. Mañana.
—¿Quién.
Lo pregunté con el punto bajado, sin interrogación, porque ya lo sabía. Lo supe antes de que lo dijera. Lo llevaba sabiendo desde el pasillo del cristal roto, dos días atrás, cuando mi abuela me puso la medicina delante.
—Los Sinclair —dijo Mrs. Baird—. Del valle de al lado. La señora doña Edina y la señorita Fiona.
Fiona.
El nombre cayó en el comedor pequeño y se quedó ahí, en medio de la mesa, junto a la bandeja del té.
Para Mrs. Baird era solo el nombre de la vecina.
Para Catalina, que levantó la cabeza con curiosidad de organizadora —"¿más comensales?
¿cuántos? tengo que cuadrar la mesa"—, era un nombre cualquiera, un dato más para su lista.
No tenía por qué saber lo que pesaba. No tenía por qué saber que mi abuela acababa de mover su pieza, que la cena de pasado mañana no era una cena sino el primer paso de un trato de tierras con falda de fiesta, que la señorita Fiona Sinclair era la linde, el rencor de tres generaciones y mi deber, todo a la vez, sentándose a cenar a mi mesa.
—Dos más —le dije a Catalina, con la voz tan plana que no me reconocí—. Cuadre la mesa para dos más.
—Hecho. —Ya lo anotaba, ya resolvía, ya seguía adelante, ajena, en su mundo de planos y de luz—. ¿Son importantes? ¿Hay que tirar la casa por la ventana o son de confianza?
Miré por la ventana del comedor, hacia el valle, hacia la linde que separa lo nuestro de lo de los Sinclair desde antes de que yo naciera. Mi tejado. Mi gente. Un año, o para siempre.
—Importantes —dije—. Son lo más importante que va a entrar en esta casa.
Y Catalina, sin entender nada, sin entender que acababa de oír el nombre de la mujer con la que medio valle esperaba que me casara, sonrió y apuntó Sinclair x2 — VIP en su carpeta, y subrayó el VIP dos veces, igual que subrayaba todo lo que pensaba dejar perfecto.