Capítulo 5 — La vaca se comió el arco
Al cuarto día había recuperado el control. Voy a dejarlo por escrito, para que conste lo idiota que fui al pensarlo.
La primera entrega había llegado por fin —una furgoneta que subió la pista a paso de procesión y cuyo conductor me miró como se mira a una loca cuando le dije que sí, que el castillo era ese, el de los andamios— y con ella las flores de prueba.
Eucalipto, rosa inglesa, cardo escocés, hortensia.
Había pasado la mañana montando con ellas un arco de muestra en el patio, junto al muro que da al lago, para fotografiarlo, mandárselo a Bianca y cerrar el diseño.
Y me había quedado bonito. Más que bonito.
Con el lago de fondo y la luz de las once, aquel arco era la prueba de que yo, Catalina Vega, podía coger el peor sitio del mundo y dejarlo digno de nueve millones de móviles.
Tenía el arco a la izquierda. Tenía mi dosier a la derecha, abierto sobre una mesa plegable: cuarenta páginas impresas con todo, el cronograma minuto a minuto, los proveedores, los planos, los contactos, las tres semanas enteras reducidas a orden.
Lo había impreso en Inverness, en el único locutorio en cuarenta kilómetros, porque en Cairnloch no hay impresora, ni señal, ni nada que te conecte con un mundo donde existan las impresoras.
Era mi única copia. Era mi cerebro en papel.
Tenía el móvil en la mano para hacer la foto del arco. Sonreía. Respiraba. Controlaba.
Y entonces oí, a mi espalda, un sonido húmedo y rítmico, el sonido inconfundible de algo grande masticando.
Me giré despacio, como en las películas de terror.
Maud se estaba comiendo el arco.
* * *
No "mordisqueando". Comiendo. Había vuelto a saltarse la cerca del prado bajo —su deporte favorito— y había cruzado medio patio en silencio absoluto, con el sigilo imposible de media tonelada de vaca, para plantarse delante de mi obra maestra y empezar por arriba.
Cuando me giré, ya se había zampado la mitad de las hortensias y estaba enganchando con la lengua, con una delicadeza casi ofensiva, una rosa inglesa que me había costado lo que cuesta una rosa inglesa transportada a las Highlands.
—¡No! ¡No, no, Maud, no! —Corrí hacia ella agitando los brazos, que es lo que hace la gente de ciudad cuando se enfrenta a un animal de granja, como si las vacas entendieran el lenguaje universal de "soy una pija histérica"—. ¡Eso es eucalipto premium!
Maud me miró a través del flequillo. Masticó más despacio, sin dejar de mirarme, con una lentitud que solo puede describirse como desprecio. Y siguió comiendo. Esa vaca y yo teníamos cuentas pendientes desde la noche del barro, y las estaba cobrando una por una, en pétalos.
Empujé. Empujar a Maud es como empujar un Volkswagen aparcado en cuesta: sientes el esfuerzo, ella no siente nada.
Le tiré del ronzal, que no llevaba. Le supliqué.
Le ofrecí, Dios me perdone, negociar. Maud terminó con la última rosa, eructó con la satisfacción de un crítico gastronómico y empezó con la estructura de mimbre del propio arco.
Y fue justo entonces, mientras yo libraba mi guerra perdida contra el ganado, cuando oí, a mi otra espalda —porque resulta que en Cairnloch a una le crecen espaldas— un segundo sonido. Papel. El sonido del papel.
Me giré.
Había una cabra comiéndose mi dosier.
* * *
No sé de dónde salió. Te juro que en cuatro días no había visto una cabra en aquel sitio, y de repente había una, blanca y negra, con unos cuernos cortos y unos ojos amarillos de pupila horizontal, esos ojos de cabra que no expresan nada porque detrás no hay nada salvo hambre, de pie con las dos patas delanteras sobre mi mesa plegable, masticando la página doce de mi cronograma con la calma de quien lee el periódico en el desayuno.
—¡EH! ¡SUELTA ESO!
La cabra levantó la cabeza. Me miró. Y, mirándome a los ojos, con una insolencia que yo no sabía que un animal pudiera reunir, tiró del papel y se metió en la boca el resto de la página doce, que contenía, entre otras cosas, el teléfono del único pastelero de la zona que aceptaba hacer una tarta sin gluten en tres semanas.
Salté sobre la mesa. La cabra, ágil como un demonio, bajó de un brinco con tres páginas más en la boca y trotó hacia el centro del patio, no huyendo, sino paseando, masticando mi semana del jueves como si fuera hierba.
La perseguí. La cabra aceleró. Yo aceleré.
Dimos dos vueltas al cubo de obra. Yo gritando "¡el cronograma!
", la cabra masticando el cronograma, y al fondo Maud derribando lo que quedaba de mi arco con un golpe de testuz, satisfecha de su trabajo.
Y en algún momento de esa persecución absurda, corriendo detrás de una cabra por el patio de un castillo en ruinas a mil kilómetros de mi casa, con mi empresa muriéndose y mi plan literalmente digiriéndose en el estómago de un rumiante, oí una voz detrás de mí.
Seca. Tranquila. Insoportablemente divertida.
—Ese es Wallace.
Lachlan estaba apoyado en el arco de la entrada, con los brazos cruzados, viéndome perseguir a su cabra.
—¡HAGA ALGO! —chillé.
—Estoy haciendo algo. Estoy mirando. —Pero se despegó del muro—. Wallace come lo que sea. El año pasado se comió un sombrero. Con la señora dentro todavía, casi.
—¡Se está comiendo mi vida!
Y entonces Lachlan hizo lo que yo llevaba diez minutos sin poder hacer.
No corrió. Sacó del bolsillo medio mendrugo de pan —porque por lo visto un hombre de campo lleva pan en el bolsillo como yo llevo pintalabios—, silbó una vez, corto, y Wallace, el traidor, el demonio, dejó caer mis páginas y trotó hacia él como un perrito.
Lachlan lo agarró del collar sin esfuerzo.
Con la otra mano, sin mirar siquiera, le dio una palmada a Maud en el costado y le dijo algo bajo en gaélico, y la vaca, mi enemiga jurada, se apartó de los restos del arco y se dejó llevar hacia la cerca con la docilidad de un cordero.
Treinta segundos. Le costó treinta segundos lo que a mí me había costado mi mañana entera, mi diseño y mi dignidad.
Recogí mis páginas del barro. Lo que quedaba de ellas.
La doce no estaba. La trece tenía un mordisco semicircular perfecto, como un eclipse.
El cronograma de mi boda perfecta era ahora un puñado de confeti húmedo y baboso, y el arco que iba a demostrarle al mundo lo buena que soy era un montón de mimbre pelado y tres hojas de eucalipto que Maud había despreciado.
Me quedé de pie en medio del patio con los papeles rotos en las manos. Y algo, dentro de mí, se paró.
* * *
No lloré. Que quede claro. Pero hubo un segundo —uno solo, lo justo para que él lo viera— en que se me cayó la cara.
La sonrisa de anuncio, la voz de "todo bajo control", la barbilla alta, la carpeta.
Todo eso es una casa que me construyo cada mañana para vivir dentro, y en ese segundo, en el patio, con el barro y las flores muertas y la cabra masticando todavía un trocito de jueves, la casa se me vino abajo y se vio lo que hay detrás.
Lo que hay detrás es una mujer agotada que tiene tres semanas para salvar una empresa que es lo único que le ha salido bien en la vida.
Una mujer a la que se le rompió una cosa hace años, una cosa grande, el día que más segura estaba de que todo iba a salir perfecto, y que desde entonces planea, controla y aprieta los tornillos de la realidad uno a uno para que no vuelva a romperse nada nunca.
Y aquí, en este sitio imposible, todo se rompe igual. Las flores. El plan. El control. Todo.
—No puedo con esto —dije. En voz baja. No a él. A nadie—. No puedo con un solo desastre más.
Y me senté. En el suelo. En el barro frío del patio, con mis cuarenta páginas hechas pulpa en el regazo, una mujer de tacones sentada en el suelo de un castillo en ruinas, sin haber dormido bien en cuatro noches, sin señal para llamar a Lola y llorar como una persona normal, sin nada.
Esperaba que Lachlan dijera algo. Algo cortante. Se lo dije. O que se fuera, que es lo que se hace con la gente que se desmorona.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Soltó la cabra. Cruzó el patio despacio. Y se agachó a mi lado, en el barro, con sus rodillas crujiendo de cuarenta años de campo, sin decir nada. Recogió del suelo la página trece, la del eclipse de mordisco, le dio la vuelta, la miró un momento.
—Aquí pone "11:40, llegada de la peluquera" —leyó, en voz baja, muy serio—. Wallace le ha dejado lo importante. La peluquera se salva.
Se me escapó algo que no era ni risa ni llanto, sino las dos cosas saliendo por el mismo sitio.
—Es usted... —empecé, y no terminé.
—Lo sé. —Seguía agachado a mi lado, mirando el lago, no a mí, dándome la dignidad de no mirarme la cara—.
Mire. —Tardó en hablar. Le costaba, se le notaba, como a quien no está acostumbrado a decir cosas que no sean órdenes o pullas—.
Yo me despierto cada mañana en una casa que se cae a pedazos un poco más rápido de lo que yo la aguanto.
Sé lo que es mirar una cosa que quieres y verla romperse en las manos sin poder hacer nada.
—Por fin se giró. Me miró. Y ya no había sorna en su cara, solo algo callado y serio que no le había visto antes—.
No se puede con todo a la vez. Nadie puede. Ni usted.
Y por primera vez desde Sevilla, alguien me había dicho que estaba bien no poder, y yo le había creído.
Nos quedamos los dos sentados en el barro, sin hablar, mientras Wallace volvía a mordisquear, ahora, el cordón de mi zapato, y al fondo Maud nos observaba desde la cerca con su flequillo y su rencor, y Lachlan MacRae, que tres días antes me había parecido un bruto con una espada, me miraba como si acabara de ver, por primera vez, a la persona que vive dentro de la casa que me construyo cada mañana.
Y lo peor, lo peor de todo, fue que no me importó que la viera.