Capítulo 4 — Deber, deudas y un broche
Al tercer día, la española tenía una carpeta nueva, una lista de catorce puntos y la convicción, que yo no le había pedido, de que yo era el punto uno.
—El gran salón —dijo, plantándose en mi cocina con el café de Mrs. Baird en una mano y el bolígrafo en la otra—. Hoy. Lo vaciamos hoy. No puedo planear un banquete encima de un montón de paja y de lo que sea que haya debajo de la paja.
—Debajo de la paja hay más paja —dije.
—Razón de más.
No discutí. Había aprendido en dos días que discutir con Catalina Vega era como discutir con la lluvia: gastas saliva y al final te mojas igual.
Además, el salón sí había que vaciarlo. Llevaba años convertido en almacén de todo lo que esta casa no sabe tirar, que es todo.
Me terminé el té de pie y fui a por las botas.
Fue en el pasillo donde me cortó el paso mi abuela.
* * *
Morag tiene ochenta y seis años y la costumbre de aparecer en los sitios donde uno preferiría estar solo. Estaba apoyada en el bastón junto a la ventana del cristal roto, la del tartán encajado, y no se molestó en bajar la voz aunque la española andaba cerca.
—¿Se lo has dicho ya?
—No.
—¿Y cuándo piensas decírselo?
—No tengo que decirle nada a la organizadora de bodas, abuela. Viene, monta su circo y se va.
Morag golpeó el suelo con el bastón, una vez, seca.
—No hablo de la organizadora. Hablo de ti.
—Me miró como solo me mira ella, como quien ya ha enterrado a demasiados hombres de esta familia para perder el tiempo siendo amable—.
La tarifa de esta boda te da un año, Lachlan.
Un año. ¿Y luego qué? ¿Otra novia de internet?
¿Vendemos el salón piedra a piedra? —Bajó la voz, no por discreción, sino para clavarla mejor—.
Hay una manera de arreglar esto de verdad y la conoces.
Las tierras de los Sinclair y las nuestras llevan tres generaciones separadas por una linde y un rencor.
Juntas, valen. Separadas, las dos os ahogáis.
Una boda. La tuya. La de la heredera de los Sinclair y tú, y se acaba el rencor, se juntan los pastos y Cairnloch deja de contar los inviernos.
Ahí estaba. Lo que Morag llevaba años poniéndome delante como quien le acerca la medicina a un niño. Y lo peor de la medicina de Morag es que casi siempre es lo que cura.
—Es un trato de tierras —dije—. No un matrimonio.
—En esta familia —respondió mi abuela, ya dándose la vuelta— casi nunca ha sido otra cosa. Y aquí seguimos.
Me quedé un momento en el pasillo, con el frío del cristal roto en la nuca.
Mi padre se casó por la tierra. Mi abuelo, por la tierra.
La palabra amor en Cairnloch ha sido siempre un lujo de gente con menos hectáreas que perder.
Yo soy el último MacRae, y de mí dependen una casa que se cae, un pueblo que envejece, una vieja que no se quiere ir y un guarda y un ama que no sabrían a dónde ir si los echara.
Un hombre con todo eso colgado del cuello no se pregunta qué quiere.
Se pregunta qué debe. Y lo que yo debía tenía nombre de clan y una linde de por medio.
Aparté el pensamiento como quien aparta una piedra del camino, para volver a tropezar con ella más tarde, y fui a vaciar el maldito salón.
* * *
Vaciar el gran salón de Cairnloch con Catalina Vega resultó ser, contra todo pronóstico, lo más parecido a trabajar bien que había hecho en meses.
Ella organizaba. Yo cargaba. Al principio chocamos por todo —ella quería etiquetar cada caja, yo quería sacarlo todo por la puerta de una vez— y nos dijimos cosas.
Pero a la media hora, sin acordarlo, habíamos caído en un ritmo.
Ella señalaba, yo levantaba. Ella iba diciendo eso sí, eso no, eso a la torre, eso al fuego , con una rapidez de cálculo que no me esperaba de alguien que llevaba tacones a una granja.
No se quejó del polvo. Se arremangó. Cargó su parte.
Cuando un arcón pesaba demasiado para ella, no fingió que podía; me llamaba, lo cogíamos entre los dos, y por un segundo, con el arcón entre las manos, éramos solo dos personas haciendo fuerza en la misma dirección.
Salía y entraba gente. A media mañana se asomó Angus a decirme que la tormenta había tirado un tramo de muro en el prado de los Donald, y dejé las cajas para ir a verlo, porque un muro caído es ganado suelto y ganado suelto es la cena de alguien arruinada.
Volví media hora después, embarrado hasta el codo.
Catalina había seguido sin mí, había apilado, ordenado, abierto los postigos de los ventanales que llevaban cerrados desde que yo era niño.
Entraba luz en el salón. Luz de verdad, por primera vez en años.
Me miró entrar.
—¿Todo bien con su pueblo, milord? —Lo dijo con sorna, pero algo había cambiado en cómo lo dijo. Me había visto salir corriendo por un muro ajeno. Había entendido, supongo, que el hombre al que había tomado por el casero no jugaba a ser el dueño: lo era, con todo el peso que eso trae.
—Ganado suelto —dije—. Lo de siempre.
—Pues mientras arreglaba lo suyo —señaló a su alrededor— yo he arreglado lo mío. Mire.
Y miré. El salón, con los postigos abiertos y la luz entrando a raudales, con la mesa de roble de doce metros desnuda en el centro, ya no parecía un almacén. Parecía lo que fue. Y la mesa, esa mesa que llevaba en mi familia trescientos años, brillaba bajo el polvo.
—Esto no lo toca usted —dije, antes de que pudiera proponerlo—. La mesa se queda.
—Por Dios, claro que se queda. —Pasó la mano por la madera con un respeto que no esperaba de ella—. ¿Sabe lo que la gente paga por una mesa así de mentira? Y usted la tiene de verdad. —Negó con la cabeza, casi para sí—. A veces lo auténtico es más bonito que lo que yo monto. No lo diga por ahí.
Fue la primera cosa que le oí decir que me hizo pensar que a lo mejor, debajo de la carpeta, había una persona.
* * *
Hacía frío en el salón con los postigos abiertos, así que recogí el plaid del respaldo de la silla y me lo eché al hombro. Lo sujeté como lo sujeto siempre, sin pensar: con el broche.
Es un broche viejo. De plata, redondo, gastado de tanto pulgar a lo largo de tanto año, con el escudo del clan grabado en el centro: una mano cerrada sobre el puño de una espada.
Va pasando de un MacRae al siguiente, igual que las deudas.
Lo cerré en el hombro con el gesto de siempre, el clic seco del pasador entrando en su sitio.
Catalina dejó de ordenar.
—Eso —dijo, acercándose— sí que es bonito. ¿Puedo?
Y antes de que dijera que sí o que no, alargó la mano hacia el broche, hacia mi hombro, con esos ojos de tasadora que pone cuando ve algo que le gusta. Me quedé muy quieto. No sé por qué me quedé tan quieto.
—Es del clan —dije. Salió más áspero de lo que pretendía—. No es un adorno.
Retiró la mano. Algo le cruzó la cara, no ofensa, otra cosa. Como si acabara de tocar, sin querer, la frontera entre lo que ella vende y lo que yo soy.
—Perdón —dijo, en voz baja—. Tiene razón. No todo es decorado.
Y por un momento, en aquel salón frío y lleno de luz, los dos nos quedamos callados a un palmo de distancia, ella mirándome el broche y yo mirándola a ella, y juro que el aire entre los dos pesaba más de lo que debería pesar el aire entre una organizadora de bodas y el hombre que firma su factura.
Entonces sonó el teléfono. El suyo. Y el momento, fuera lo que fuera, se rompió.
* * *
—Es Bianca —dijo, y se le encendió esa sonrisa de azafata que se le activaba sola aunque le temblara el pulgar sobre la pantalla—. Por videollamada. Tengo que cogerla. —Levantó el móvil, lo movió a un lado, al otro—. No hay señal. En esta casa no hay señal en ningún...
—Junto a la capilla vieja —dije—. Es el único sitio. Hay que subir.
La acompañé. Lo confieso: la acompañé por curiosidad. Quería ver a la mujer que iba a casarse en mi salón.
Subimos al promontorio de la capilla, donde el viento te despeina el alma y, por algún milagro de la geografía, entra una raya de cobertura.
Catalina aceptó la llamada con una sonrisa de anuncio que se le encendió en la cara como una bombilla.
En la pantalla apareció una chica guapísima, bronceada, con el pelo perfecto incluso a través de una conexión de mierda, en lo que parecía la terraza de un sitio donde nunca llueve.
—¡Cataaa! —chilló Bianca—. ¡Por fin! Oye, una cosa rápida, que estoy entre reuniones. ¿Tú has visto la luz de ahí? ¿Es la misma de las fotos? Porque el feed tiene que ser idéntico a la referencia, ¿eh?, idéntico, esto tiene que petarlo.
—La luz es espectacular, Bianca, te va a encan...
—Vale, vale. Y oye. —Bianca se inclinó hacia la cámara, los ojos brillándole con una idea—. Para el beso. El del altar. Quiero un momentazo. Algo que caiga del cielo, ¿sabes? Una nube de algo bonito, pétalos o mariposas o lo que sea, que se viralice solo. La gente flipa con eso.
Vi la cara de Catalina. Vi cómo se le quedó la sonrisa congelada, cómo palideció bajo el bronceado, cómo abrió la boca sin que saliera nada.
No entendí por qué la palabra mariposas le hizo aquello.
Lo entendería después. En aquel momento solo vi a una mujer que recibía una bofetada que la otra ni notaba haber dado.
—¿Y el novio? —pregunté yo, sin pensar, desde detrás de ella—. ¿No tiene opinión sobre lo que cae del cielo?
Bianca me localizó en la pantalla por primera vez. Me miró como se mira un mueble que no recordabas haber pedido.
—¿Y este quién es?
—El dueño del cielo —dije.
Bianca soltó una risa que no llegó a ninguna parte y volvió a Catalina como si yo nunca hubiera hablado.
—Da igual, da igual. Marco no se mete en estas cosas, lo del estilismo lo llevo yo. —Movió la mano restándole importancia a su propio novio—. Tú apúntate lo de la nube, ¿vale, Cata? Que sea épico. Que sea contenido. ¡Un beso, os quiero, me tengo que ir!
Y colgó.
El viento siguió soplando en el promontorio. Catalina se quedó mirando la pantalla negra del móvil, muy quieta, con la palabra mariposas todavía clavada en algún sitio que yo no veía, y al fondo, allá abajo, Cairnloch esperaba la lluvia con la paciencia de siempre.
—¿Marco? —dije—. Creía que su novio se llamaba de otra manera.
—Se llama Mauro —murmuró Catalina, sin apartar los ojos del teléfono apagado—. Mauro.
Y por la forma en que lo dijo, entendí que acababa de pensar, igual que yo, que una mujer que se equivoca con el nombre de su propio novio a lo mejor no se va a casar por las razones que pone en el folleto.