Bodas, espadas y otros desastres escoceses Capítulo 3 — Plan imposible, primer asalto
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Capítulo 3 — Plan imposible, primer asalto

Me desperté a las seis y cuarto porque algo en las tuberías de Cairnloch llevaba toda la noche muriéndose, despacio y con mucho sentimiento.

Un gemido largo, metálico, que subía por la pared, alcanzaba una nota imposible y se apagaba, solo para empezar otra vez tres minutos después.

La primera hora pensé que era el viento.

La segunda, que era un fantasma. A la tercera entendí la verdad, que es peor que las dos primeras juntas: era la calefacción de una casa que se construyó cuando aún no se había inventado estar caliente.

La habitación que me habían dado tenía una cama con dosel, un armario del tamaño de mi cocina entera y una temperatura de cámara frigorífica.

Había dormido con el abrigo. El abrigo seguía húmedo del lago.

Mi maleta, que Mrs. Baird había subido la noche anterior con una linterna y una mirada de "no preguntes", estaba abierta en el suelo y, al levantarme, vi que mis tacones de la noche, los buenos, los que se habían suicidado en el barro, descansaban sobre el radiador como dos pacientes en cuidados paliativos.

Me miré en el espejo. Tenía barro seco en la oreja.

Una mujer que ha llamado montón de escombros a la casa de un lord delante del lord, y que además lo ha hecho con barro en la oreja, tiene dos opciones: morirse de vergüenza o ponerse a trabajar.

Yo siempre elijo la segunda. El trabajo es lo único que no me ha plantado nunca.

Saqué la carpeta. Saqué el cronómetro mental. Y bajé a salvar mi empresa.

* * *

La cocina era el único sitio caliente de Cairnloch, y eso porque tenía un fogón de hierro del tamaño de un coche pequeño que, según supe luego, no se apagaba desde 1974. Junto a él, con un delantal y la espalda recta de quien ha cargado bandejas durante medio siglo, estaba Mrs. Baird.

—Siéntese —dijo, sin saludar—. Está usted del color de la leche cortada.

Me puso delante un té con leche, una tostada y un cuenco de unas gachas grises que el folleto, desde luego, no mencionaba.

Mrs. Baird tenía sesenta y ocho años, el pelo blanco recogido en una redecilla y unas manos que parecían capaces de estrangular a un ganso o de coser un botón con la misma eficacia.

Me observó comer como quien evalúa una inversión dudosa.

—Así que usted es la de la boda —dijo.

—Catalina. Cata. —Tragué gachas y mentí sobre lo buenas que estaban—. Soy la organizadora.

—Mmm. —Recogió un trapo, lo dobló, lo volvió a colgar—. La última que vino a hacer fotos del salón se marchó a las dos horas. Dijo que el sitio tenía "demasiado carácter". —Me miró por encima de las gafas—. Usted lleva barro en la oreja y se ha comido las gachas. A lo mejor usted aguanta.

No supe si era un cumplido o una amenaza. Con Mrs. Baird, aprendí después, casi nunca lo es solo una cosa.

Lo que sí entendí, en aquella cocina, mientras ella me servía un segundo té sin preguntar, fue algo que el contrato de Bianca no decía. Que en Cairnloch vivía gente. Poca, pero gente. Y que esa gente quería a la casa con el cariño terco con que se quiere lo que se cae a pedazos.

* * *

El tour me lo hice sola, porque el dueño, según Mrs. Baird, "estaba con las ovejas y de un humor que mejor no". Crucé la casa con la carpeta apretada contra el pecho, y a cada puerta que abría se me iba un año de vida.

El gran salón —el que yo necesitaba vacío y resplandeciente para el banquete de noventa cubiertos— tenía una mesa de roble de doce metros, una chimenea en la que cabría de pie, y sobre la chimenea, la espada.

La de anoche. La del tío Hamish, colgada en sus ganchos como si tal cosa, goteando todavía un poco de lluvia sobre la piedra.

En el suelo, junto a la mesa, había paja. Paja de verdad. No quise saber por qué.

El ala este estaba apuntalada por dentro con el andamio cuyas lonas me habían parecido velas la noche anterior; visto de día, era peor: se veían las vigas que sujetaba.

El pasillo del primer piso tenía una ventana con el cristal roto, tapado desde dentro con una manta de cuadros encajada en el marco, y por las rendijas entraba un hilo de aire que movía las telarañas como cortinas.

En tres habitaciones distintas conté tres cubos colocados con precisión de cirujano bajo tres goteras.

La fontanería, cuando abrí un grifo para probar, escupió primero aire, luego un agua del color del té y por fin, a regañadientes, agua.

La presión era la de una persona muy mayor soplando una vela.

Hice cuentas. Tres semanas. Noventa invitados con móvil. Nueve millones de espectadores. Y un castillo que no estaba listo para recibir ni a un fontanero.

Y aun así —y esto es lo que me pasa, esto es mi enfermedad— mi cabeza no dejaba de resolver.

El andamio se viste con hiedra artificial y luces, y deja de ser andamio.

El gran salón con las velas justas, de noche, oculta la mitad de sus pecados.

El lago, el lago es la baza, ahí no hay que arreglar nada, ahí solo hay que ponerse delante.

No podía no verlo. Donde otra persona veía una ruina, yo ya veía el plano de iluminación.

Me lo estaba imaginando tan fuerte que no vi el bulto del sillón.

—Bonita —dijo el bulto.

Pegué un grito. El bulto era un hombre. Un hombre de unos sesenta años, colorado, con barba de varios días y un kilt arrugado, despatarrado en una butaca orejera junto a la chimenea apagada de la biblioteca.

Tenía una botella vacía abrazada contra el pecho con una mano y, con la otra, sujetaba —cómo no— otra espada, más corta, apoyada en el reposabrazos como un bastón.

—¿Es usted... real? —pregunté.

—A ratos. —Cerró un ojo para enfocarme mejor con el otro—. Hamish. Tío del muchacho. —Hizo un gesto vago con la espada hacia toda la casa, hacia Escocia, hacia el universo—. ¿Es usted la novia?

—Soy la organizadora.

—Ah. —Pareció decepcionado. Luego, satisfecho—. Mejor. Las organizadoras beben. —Y, dicho esto, cerró los dos ojos y volvió a roncar antes de que yo decidiera si aquello era una invitación.

Salí de la biblioteca de puntillas, anoté en la carpeta retirar todas las armas del recinto antes de la llegada de invitados , lo subrayé dos veces, y seguí.

* * *

A Angus lo encontré en el patio, dándole de comer a Maud.

Era un hombre seco como un sarmiento, de edad imposible de calcular, con un gorro de lana del que asomaban dos cejas pobladísimas.

Cuando me acerqué, Maud me reconoció —o reconoció a la mujer que la noche anterior la había hecho correr— y resopló con rencor.

—No le caes bien —dijo Angus. Fue lo único que dijo. Las únicas cuatro palabras que le oí en toda la mañana. Luego volvió a la vaca como si yo no existiera, lo cual, comparado con todo lo demás, casi se agradeció.

Estaba todavía digiriendo mi nula popularidad entre el ganado cuando apareció Lachlan, por fin, bajando del prado con las botas embarradas y la cara de quien ha pasado la mañana discutiendo con animales y prefería seguir con ellos.

A la luz del día seguía siendo grande. Eso no se le había caído con la noche. Me planté delante de él con la carpeta como un escudo.

—Tenemos que hablar del plan —dije.

—No hay plan. Hay una boda. La aguanto y se van.

—Esa actitud —respondí, sonriendo con todos los dientes— es justo la que voy a ignorar durante las próximas tres semanas. Necesito el gran salón vacío para el banquete.

—El gran salón es donde come Maud cuando llueve.

—Pues Maud cena fuera tres semanas.

—Maud lleva cenando ahí dentro más inviernos que usted de organizadora. —Pasó por mi lado camino del establo—. Negocie con ella.

Lo seguí. Lo seguiría a todas partes durante tres semanas, así que más valía que se acostumbrara.

—El andamio del ala este hay que taparlo.

—El andamio sujeta el ala este.

—Lo decoramos. Hiedra, luces. Deja de parecer un andamio.

—Es un andamio.

—Todo parece otra cosa con la luz adecuada.

—Era mi lema. Era, ahora que lo pienso, casi mi religión—.

Es mi trabajo, señor MacRae. Yo cojo sitios que no están listos para que los miren y los dejo listos para que los miren.

Y este sitio —respiré— va a estar precioso aunque tenga que sujetar yo misma las vigas con las manos.

Se paró. Se giró. Y por primera vez me miró de verdad, no como a una molestia, sino como a un problema que merecía atención.

—¿Sabe por qué he dicho que sí a esto? —Su voz bajó, perdió el filo, se volvió solo cansada—.

No por su folleto. No por su novia de internet.

He dicho que sí porque cuando se muere el dueño de una casa como esta, el Estado te manda una factura por heredarla, una factura que no cabe en ningún sobre, y porque las deudas de mi padre llevan diez años esperándome con paciencia de buitre.

La tarifa de esta boda me compra un año.

Un año de tejado. Un año de que Mrs. Baird no tenga que buscarse otra casa a los sesenta y ocho.

—Señaló con la barbilla la carpeta que yo abrazaba—.

Así que decore lo que quiera. Ponga sus luces.

Pero no me cuente que va a salvar este sitio con flores, porque este sitio no se salva. Solo se aguanta. Un año más.

Me quedé sin réplica, que en mí es noticia.

Porque debajo de su mal humor acababa de oír la misma cuenta atrás que yo llevaba en el pecho desde Sevilla.

Él, un año de tejado. Yo, tres semanas de no cerrar.

Los dos contando hacia atrás. Los dos colgados del mismo hilo, que era esta boda absurda en este sitio imposible.

—Entonces nos necesitamos —dije, en voz baja—. Qué incómodo.

Algo en su boca, una esquina nada más, estuvo a punto de no ser una línea recta. Pero entonces, desde la puerta del salón, una voz como un cuchillo bien afilado cortó la mañana en dos.

—Vaya, vaya. Así que esta es.

* * *

En el umbral había una mujer pequeña, antiquísima, apoyada en un bastón de empuñadura de plata, vestida de tweed de los pies a la garganta.

Tenía los ojos de Lachlan, los mismos exactos, solo que con ochenta años más de práctica en mirar a la gente como si le estuviera leyendo la cuenta del banco.

No necesité que nadie me dijera quién era.

Una se da cuenta de cuándo está delante de la persona que de verdad manda en una casa.

—Abuela —dijo Lachlan, y hubo en esa palabra una advertencia y una rendición a partes iguales.

—Morag —dijo ella, sin tenderme la mano, recorriéndome de arriba abajo: el abrigo húmedo, el barro de la oreja que no había logrado quitarme del todo, la carpeta—.

Conque la española. La de las luces. —Chasqueó la lengua, no supe si con desdén o con interés—.

Por lo menos esta no ha salido corriendo todavía.

—Todavía —murmuró Lachlan.

Morag avanzó tres pasos hacia mí, despacio, y me miró tan de cerca que olí la lavanda de su ropa. Lo que vino después lo dijo bajando la voz, casi en confidencia, como quien comparte un secreto entre mujeres y deja al hombre fuera.

—Te voy a dar un consejo, niña, y solo uno.

—Dio un golpecito en el suelo con el bastón—.

Sea lo que sea que vas a montar aquí, móntalo rápido.

Déjalo todo cuadrado, atado y cerrado cuanto antes.

—Sus ojos, los ojos de Lachlan con ochenta años de ventaja, brillaron—.

Mejor tenerlo hecho antes de que llegue la otra.

El aire de la mañana se quedó muy quieto.

—¿La otra? —pregunté—. ¿Qué otra?

Pero Morag ya se había dado la vuelta, golpeando el suelo con su bastón, camino del interior caliente de la casa.

—Eso —dijo, sin volverse— pregúntaselo a él.

Y miré a Lachlan. Y Lachlan, que un minuto antes casi había sonreído, había cerrado la cara como se cierra una puerta antes de una tormenta.