Capítulo 2 — El casero de la espada
Estaba cortando una rama con una espada de cuatrocientos años, bajo un aguacero, a medianoche, porque era el único filo que había junto a la puerta. Eso, más o menos, resume el estado de mi casa.
La claymore es del tío Hamish. Eso dice él.
En realidad es del clan; lleva colgada sobre la chimenea del salón desde antes de que naciera mi abuela, y tiene grabado un lema en gaélico que se traduce, más o menos, por firmes en la tormenta.
Aquella noche el lema me pareció una broma de mal gusto.
Hamish la usa para todo. Para cortar la tarta en Hogmanay.
Para señalar el horizonte cuando ha bebido.
Para abrir el correo. Esa tarde la había dejado clavada en el tajo de la leña, y cuando el viento arrancó media cornisa de andamio y la tiró sobre el camino, fue lo que tenía a mano.
Así que ahí estaba, partiendo el larguero mojado en trozos manejables, calculando si me daría tiempo a despejar la entrada antes de que llegaran los camiones del día siguiente.
Porque iban a venir camiones. Iba a haber una boda en Cairnloch.
Había firmado los papeles yo mismo, en mi propia letra, en el peor momento de claridad de mi vida, cuando el contable me puso delante la cifra de lo que cuesta mantener en pie un montón de piedra que el Estado considera patrimonio y la lluvia considera suyo.
Una mujer de internet quería casarse en mi casa.
Pagaba lo que cuesta arreglar un tejado y dar de comer a la gente que aún trabaja aquí un invierno más.
Dije que sí. Un hombre dice que sí a muchas cosas cuando la alternativa es echar a Mrs. Baird a los sesenta y ocho años.
Lo que no sabía, mientras cortaba, era que la boda ya había llegado. Y que tenía muy mal aparcamiento.
La vi subir por la pista antes de oírla.
Dos faros temblando entre la lluvia, demasiado juntos, demasiado bajos: uno de esos coches de ciudad del tamaño de una caja de zapatos, de los que la empresa de alquiler te da cuando no quedan coches de verdad.
Subía deprisa. Mucho más deprisa de lo que esa pista perdona.
Pensé, con el cansancio de quien ya ha sacado tres coches del barranco este año, turista.
Se habrá perdido. Pasa. La gente teclea "castillo escocés" en el móvil y el móvil los manda a morir a mi puerta.
El coche entró en el patio y se paró en seco en el peor sitio posible: justo en el centro, justo donde Maud llevaba media hora rumiando su mal humor bajo el agua.
Conviene que sepa quién es Maud. Maud es una vaca de las Highlands, naranja, con un flequillo que le tapa los ojos y un carácter que no.
Pesa lo que un coche pequeño —más, de hecho, que el coche que acababa de pararse delante de ella— y esa tarde se había vuelto a saltar la cerca del prado bajo, que es algo que hace cuando se aburre, y se había plantado en el patio a contemplar la ruina conmigo.
Llevábamos un rato los dos ahí, mojándonos, sin hablar.
Yo le tengo cariño. Es la criatura más razonable que vive en esta casa.
Entonces el cielo se partió en dos con un trueno, los faros del coche le dieron a Maud de lleno en la cara, y Maud, que aguanta el granizo, el invierno y a Hamish, decidió que aquello era demasiado.
Salió disparada. Hacia el lago.
Una vaca de media tonelada bajando a oscuras la pendiente que da al agua es la clase de problema que no se arregla mañana.
Solté la rama, agarré la espada porque no había tiempo de soltarla, y crucé el patio detrás de ella a todo lo que dan unas piernas a las que les sobran cuarenta años de campo.
La adelanté por un costado. Le eché mano al ronzal justo cuando pasaba rozando el coche, tiré de ella para apartarla del borde, y la hoja de la claymore, que llevaba en la otra mano sin querer, silbó por delante del retrovisor del coche a un palmo escaso.
Lo cuento como lo viví: una vaca, una cuerda, un hombre tirando. Visto desde dentro de ese coche, supongo que fue otra cosa.
La puerta del lado opuesto se abrió de golpe.
Salió una figura, una mujer, gritando algo en un idioma que no era el mío, y en vez de quedarse en el empedrado, donde había suelo firme, echó a correr en la única dirección que no debía: cuesta abajo, por la hierba mojada, hacia el lago.
Dio tres pasos. Al cuarto, sus zapatos —que no eran zapatos de aquí, eran zapatos de ciudad, de suela lisa y tacón fino, los zapatos de alguien que esa mañana no imaginaba acabar la noche donde la acabó— hicieron lo que hacen esos zapatos en un terraplén escocés.
Aterrizó sentada en el barro, en la orilla, con el agua del lago lamiéndole los tobillos.
Até a Maud a la argolla del muro, le di una palmada en el costado para que se calmara, y bajé.
La mujer seguía sentada en el lodo, calada hasta los huesos, con el pelo pegado a la cara y una expresión que conozco bien porque la tiene este país diez meses al año.
La de quien acaba de descubrir que la lluvia, aquí, no se pasa.
—¿Está usted bien? —pregunté.
Levantó la cabeza y me apuntó con un dedo embarrado.
—¡Casi me mata! —Tenía acento. Del sur de algún sitio cálido. Pronunciaba mi idioma con rabia y con eses largas—. ¡Ha venido a por mí con un machete a por mi coche!
—Es una espada —dije—. Y no iba a por su coche.
—¡Lo he visto!
—Iba a por mi vaca. —Le ofrecí la mano. No la cogió—. Que, de las dos, es la que vale dinero.
No le hizo gracia. Se levantó sola, con dignidad, lo cual tiene mérito cuando uno se levanta de un charco.
Se miró las manos, el abrigo, los zapatos arruinados.
Miró el castillo. Lo miró de arriba abajo, despacio, con los faros del coche todavía iluminando las grietas, las lonas hinchadas del andamio, el cubo de obra rebosando agua de lluvia, la teja que faltaba en el torreón, el cuadro de tela que llevamos tres inviernos metido en la ventana del pasillo porque se rompió el cristal y nadie ha tenido las doscientas libras que cuesta el nuevo.
Vi cómo lo sumaba todo. Vi cómo su cara pasaba del susto a algo peor para mí: la decepción de quien creía haber comprado una cosa y ha recibido otra.
—No me lo puedo creer —dijo, más para ella que para mí—. Esto. Esto es lo que ella ha visto. —Cerró los ojos un segundo—. Mire, da igual. Dígame una cosa y se la arreglamos entre todos. ¿Es usted el casero? ¿El guarda? ¿El que lleva el mantenimiento?
Ahí debí decirlo. No lo dije. Estaba mojado, eran las doce y media, acababa de salvar a mi vaca y una desconocida me llamaba el del mantenimiento en el patio de la casa de mis abuelos. A veces el silencio es lo más parecido al descanso que le queda a uno.
—Algo así —dije.
—Bien. Perfecto. —Sacó del bolsillo del abrigo un móvil del que cayó un hilo de agua, lo miró, y por su cara entendí que la pantalla le decía lo mismo que a todo el que llega aquí: nada—.
Pues necesito hablar con el dueño esta misma noche.
Con el lord, o como se llame. Dígale que la planner ya está aquí, que el sitio no está ni de lejos preparado, y que tenemos —respiró— tres semanas.
Tres. Para convertir este... —buscó la palabra, descartó varias— este pintoresco montón de escombros en el castillo de cuento que sale en el folleto.
Así que como comprenderá, voy a necesitar al dueño despierto y de buen humor.
—El dueño está despierto —dije.
—¿Sí? ¿Dónde?
—Aquí.
Tardó en entenderlo. Le di tiempo. La lluvia caía entre los dos y, al fondo, Maud resopló como quien comenta la jugada.
—Lachlan MacRae —dije—. El lord, o como se llame. El dueño de este pintoresco montón de escombros.
No se desmayó, hay que reconocérselo. Pero algo en ella se cayó, por dentro, sin ruido, igual que se le había caído el coche en el sitio equivocado y ella en el barro.
Abrió la boca. La cerró. Volvió a mirar el castillo, esta vez como quien recuerda todo lo que acaba de decir delante de su dueño, y luego a mí, mojado, con la espada del tío Hamish todavía en la mano y una vaca atada al muro.
Y yo, por mi parte, hice mi propia cuenta.
La mujer del barro no se había perdido. La mujer del barro no era una turista.
La mujer del barro era la boda. Era el circo que yo había firmado.
Era nueve millones de teléfonos a punto de entrar en mi casa para mirar por las grietas, y venía con el pelo lleno de lodo a decirme que mi hogar era un montón de escombros y que iba a quedarse en él.
—Catalina Vega —dijo al fin, muy tiesa, tendiéndome una mano embarrada que esta vez sí esperaba que yo estrechara—. De Vega Bodas de Ensueño.
Le estreché la mano. Estaba helada y temblaba, y no del todo de frío.
—Y sí —añadió, levantando la barbilla, recuperando delante de mis narices algo que se parecía mucho al coraje—. Tres semanas.
La miré a ella. Miré el cielo, que no tenía intención de parar. Miré mi casa, que se caía a pedazos a un ritmo solo un poco más lento que mi paciencia.
—Tres semanas —repetí.
Y supe, con la misma certeza con la que sé cuándo va a nevar, que iban a ser las tres semanas más largas de mi vida.