Bodas, espadas y otros desastres escoceses
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Capítulo 1 — El día que internet me canceló
Catorce millones de personas habían visto salir una mariposa de la boca de Maxi Belmonte.
Catorce. Y todas sabían de quién era la culpa, porque mi nombre estaba en la esquina del programa de mano, en cursiva dorada, debajo de la frase que llevaba ocho años siendo mi promesa y mi condena: Vega Bodas de Ensueño. Ni un pétalo fuera de su sitio.
Lo de las mariposas había sido idea mía.
Mil monarcas criadas para la ocasión, que debían alzarse en una nube viva justo cuando los novios se besaran.
Lo había ensayado en mi cabeza cien veces.
El beso, la música subiendo, el cielo del jardín cubriéndose de naranja y negro como si el mismo verano les diera la enhorabuena.
Llorarían las tías. Lo grabarían las tías.
Sería —y elijo la palabra con cuidado— perfecto.
No calculé los focos. Cuarenta focos de calor para que la novia, una cantante con más seguidores que vecinos tiene Sevilla, no pasara frío de hombros en mayo.
El patio del cortijo estaba a la temperatura de una sartén.
Las mariposas salieron de las cajas aturdidas, gordas de jarabe, abrieron las alas, lo pensaron mejor y se dejaron caer.
Sobre la tarta de cinco pisos. Sobre el recogido de la novia.
Sobre el padrino, que en ese momento rezaba.
Y, en el instante exacto en que Maxi levantaba la copa para brindar con la boca muy abierta y el corazón muy lleno, sobre la lengua de Maxi.
El vídeo lo grabó una invitada con dos millones de seguidores y un olfato envidiable para la desgracia ajena.
A cámara lenta. Con música de piano. Se ve a Maxi escupir.
Se ve a la mariposa salir caminando por su labio de abajo, despacio, como quien abandona un sitio del que no piensa hablar.
Y se ve, al fondo, desenfocada pero perfectamente reconocible, a una mujer de moño tirante y vestido negro llevándose las dos manos a la cara.
Esa mujer era yo.
El hashtag fue #LaPlannerDeLasMariposas. Para el martes era un sonido de TikTok. El jueves alguien le había puesto autotune.
* * *
Lola me lo dijo sin rodeos, que para eso llevábamos ocho años compartiendo despacho, deudas y un calefactor que solo funcionaba si le dabas una patada en el sitio justo.
—Cata. Nos han cancelado los Otero.
—Los Otero eran de septiembre.
—Y los Ferrán. Y la pareja del bautizo doble. —Hizo la pausa que hace cuando lo que viene es verdad de la mala—. Y han llamado del banco.
Yo tenía el móvil en una mano y, en la otra, una grapadora que llevaba diez minutos apretando sin grapar nada.
La solté. En una boda se puede arreglar casi todo.
Se cambia un proveedor a las seis de la mañana, se sujeta un arco con bridas y fe, se distrae a una suegra con un gin-tonic mientras se rehace la mesa presidencial.
Lo que no se arregla es que catorce millones de personas decidan que tu apellido es sinónimo de bicho en la boca.
—¿Cuánto nos queda? —pregunté.
—Para cerrar bien, con todo pagado y la cabeza alta —Lola respiró—, semanas. Pocas.
Miré el despacho. La pared de fotos. Cada boda mía colgada en su marco, cada novia sonriendo dentro de un día que yo había planchado hasta dejarlo sin una sola arruga.
Yo no creía en el amor, eso lo tenía claro desde hacía años y un altar concreto, pero creía en aquello.
En el día. En que se pudiera mirar una vida entera y decir, al menos por una tarde, aquí no falló nada.
Era lo único que sabía garantizar. Y acababa de demostrarle a internet que tampoco.
—Vale —dije, porque era lo que tocaba decir—. Pues conseguimos otra boda.
—Cata, nadie va a contratar a la de las mar...
—Una grande. Una que tape a todas las demás. —Ya estaba abriendo el correo. Pasé por encima del de mi madre, del de la asesora fiscal, de cuarenta de gente que quería decirme lo del meme por si no me había enterado—. Una que la gente quiera ver por las razones buenas.
Y entonces, como si el universo tuviera un sentido del humor cruel pero puntual, ahí estaba.
* * *
El asunto decía: BIANCA SOLÍS — BODA (CONFIDENCIAL). Solo la mejor. Eso eres tú.
Bianca Solís tenía nueve millones de seguidores, una marca de bañadores, los dientes de un anuncio y un novio futbolista que jugaba en una liga del norte de Europa cuyo nombre yo no sabía pronunciar.
Quería casarse en tres semanas. Quería un castillo.
No un salón con aire de castillo, no una finca con dos torres de pega: un castillo de verdad, escocés, de los de bruma y piedra mojada y leyenda, en las Tierras Altas, porque su última campaña la había rodado allí y, cito textualmente, la luz le había cambiado la vida.
Y quería, escrito con todas sus letras, que lo organizara yo. La frase del correo la leí tres veces: Sé lo de las mariposas. Me da igual. La gente que no se arriesga no hace nada legendario. Te quiero a ti.
Lola leía por encima de mi hombro. Notaba su respiración parada.
—El presupuesto —dijo bajito— es de los que se escriben sin coma de los miles.
Había una palabra para lo que me estaba ofreciendo aquel correo, y no era trabajo .
Era salvavidas . Una boda viral, pero de las que se vuelven virales bien.
Un castillo de cuento, una novia que era una marca andante, una historia preciosa contada en directo a nueve millones de móviles.
Si salía perfecta —y yo no sabía hacer nada que no fuera perfecto, o esa era la idea—, no solo no cerrábamos. Volvíamos por arriba.
—Diles que sí —dije.
—Cata, tres semanas para montar una boda en otro país es una...
—Diles que sí, Lola. —Me oí la voz firme, profesional, la de "todo bajo control", esa que se me da tan bien que a veces hasta yo me la creo—. Que ya estoy de camino.
Respondí el correo en doce minutos. Reservé el vuelo en quince.
Lo que no hice, porque entonces no lo sabía, fue mirar una sola foto del castillo.
Se llamaba Cairnloch. El nombre sonaba a poema.
El folleto que me mandaron tenía una torre dorada al atardecer y una frase: Donde los sueños encuentran su piedra.
El folleto, ya lo sé ahora, mentía como un político en campaña.
* * *
Escocia me recibió poniéndome a prueba. Aterricé con sol —un sol fino, de mentira, que duró lo que tardé en recoger la maleta— y para cuando salí con el coche de alquiler hacia el norte, el cielo se había puesto del color de un cardenal de tres días.
Llovía como llueve allí, que no es como llueve en Sevilla.
En Sevilla la lluvia es un acontecimiento, sale la gente a mirarla.
Aquí la lluvia es la jornada laboral del cielo.
Constante. Profesional. Sin ganas de gustarte.
Las carreteras se fueron estrechando como si alguien las hubiera ido apretando con la mano.
Primero dos carriles. Luego uno y medio.
Luego un carril a secas, con un muro de piedra a un lado y un barranco con ovejas al otro, y unos ensanches cada tanto donde, según un cartel, debías meterte si venía alguien de frente.
No venía nadie de frente. No venía nadie en absoluto.
Llevaba una hora sin cruzarme con un coche, con una casa, con una farola, con nada que dijera aquí vive gente que se ducha con agua caliente.
El GPS aguantó hasta un pueblo de cuatro tejados y una iglesia.
Después dijo recalculando , lo dijo otra vez con menos convicción, y se apagó con un pitido que sonó casi a disculpa.
La pantalla puso Sin señal y se quedó tan ancha.
Yo, que no había dado un paso sin un plan en toda mi vida adulta, me encontré conduciendo a oscuras por una montaña extranjera, guiándome por un folleto y por la fe, dos cosas en las que no creo.
Hablé sola, que es lo que hago cuando la situación se me escapa.
—Tú tranquila —me dije—. Llegas, ves el castillo, es precioso, lo fotografías, te tomas un té con leche del malo y mañana este sitio te parece pintoresco.
Tomé la última curva con el limpiaparabrisas peleando y el corazón en un puño, porque entonces sí, por fin, los faros lo encontraron.
El castillo que iba a salvar mi empresa estaba ahí arriba, recortado contra un cielo morado, con sus torres y sus almenas y toda su piedra de leyenda. Por un segundo me quedé sin aire. Era de verdad bonito. Era el folleto.
Y entonces bajé la vista al patio, y el folleto se vino abajo conmigo dentro.
Había andamios en un ala, cubiertos de lonas que el viento hinchaba como velas a punto de soltarse.
Había un cubo de obra en mitad del empedrado, lleno hasta arriba de agua de lluvia.
Faltaban tejas en un torreón, contadas a ojo unas cuantas, y de una ventana del piso de arriba colgaba una manta, una manta de cuadros tendida como bandera de un país que se rinde.
La torre dorada del folleto, vista de cerca y bajo el agua, era una ruina con buena fotogenia y un problema serio de goteras.
Y en mitad del patio, plantada bajo la lluvia con la calma de quien lleva ahí mil años, había una vaca.
Una vaca enorme. Naranja. Con flequillo. Me miró a través del parabrisas, masticando algo despacio, y en sus ojos había una sola pregunta, dirigida claramente a mí: ¿y tú quién eres?
—Ay, Bianca —murmuré, con las dos manos quietas en el volante y la lluvia tamborileando en el techo—. Bianca, hija, lo que la luz te ha hecho a la cabeza.
Apagué el motor. Saqué el móvil para hacer la primera foto del desastre y avisar a Lola de que íbamos a necesitar mucho más que seis semanas. Encendí la pantalla. Tres por ciento de batería y, debajo, las dos palabras más sinceras que me había dicho aquel país desde que aterricé: Sin señal.
Suspiré. Levanté otra vez la cabeza para mirar la vaca, casi por solidaridad.
La vaca ya no estaba sola.
Detrás de ella, en la oscuridad del fondo del patio, algo se había puesto en movimiento. Algo grande. Algo que venía hacia el coche, rápido, partiendo los charcos a su paso, levantando agua a los lados, directo a mí.
Y lo último que pensé, antes de que los faros lo alcanzaran, fue que ni en tres semanas ni en tres meses iba yo a poner una sola mariposa en aquel sitio.