Capítulo 25
L exi estaba hundida en la silla de madera junto al catre, con los dedos entrelazados con los de Moyo.
El chico no se había movido en horas; su respiración superficial apenas resultaba audible por encima del fragor del viento que batía el tejado de hierro corrugado de la clínica.
Observaba su rostro pálido, incapaz de contener las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Su pequeño pecho apenas subía y bajaba; cada aliento era un hilo frágil que lo mantenía unido a la vida.
Patrick se había ido a buscar algo de comida y agua, pero ella no podía pensar en eso ahora. Le había fallado a Moyo. Sin la atención médica adecuada, él iba a morir.
La revelación la golpeó como un puñetazo en el estómago.
A pesar de toda su formación veterinaria y de sus intentos desesperados por ponerlo a salvo, no había tenido poder alguno para rescatarlo.
El niño que había arriesgado su vida por la de ella se le escapaba ante sus propios ojos, y no podía hacer absolutamente nada para evitarlo.
Lanzó un sollozo ahogado.
—Lo siento tanto, Moyo.
El pensamiento de que los rebeldes aún los perseguían apenas la afectaba ya.
Llevaba demasiado tiempo sin comida, agua ni descanso, y tenía la mente aturdida; sus pensamientos eran lentos e inconexos.
Incluso el miedo a lo que los rebeldes pudieran hacerle si los encontraban se había mitigado hasta convertirse en un vago ruido de fondo.
Su cuerpo se inclinó hacia delante por el cansancio. Se desplomó sobre el borde del catre, todavía sujetando la manita de Moyo, y cerró los ojos. Solo un momento. El tiempo justo para escapar de esta pesadilla.
Pero la pesadilla aún no había terminado con ella.
El sonido de voces elevadas la devolvió a la consciencia.
Gritos. Hombres. Cerca. Levantó la cabeza de golpe, pero el movimiento repentino hizo que la habitación diera vueltas.
Se aferró al borde del catre para estabilizarse mientras la visión se le nublaba.
Las voces de fuera se volvieron más fuertes, más airadas.
Unas botas patearon la tierra apisonada del exterior de la clínica.
No era el arrastrar de pies de los aldeanos, sino las zancadas pesadas y decididas de hombres que venían con un propósito.
Los rebeldes. Nos han encontrado.
Su corazón se aceleró, pero su cuerpo se negó a moverse.
Se quedó mirando la puerta, incapaz de reunir la energía necesaria para levantarse.
Que vengan, pensó con entumecimiento. Estaba demasiado débil para luchar, demasiado destrozada para que le importara.
Miró la forma pálida e inmóvil de Moyo y una nueva oleada de lágrimas le nubló la vista.
El estruendo de las botas se detuvo justo delante de la puerta. Alguien ladró una orden y, por un instante, el mundo se detuvo. Lexi cerró los ojos, preparándose para el final.
—¿Lexi? Lexi, ¿estás ahí dentro?
Abrió los ojos de golpe. Esa voz... no podía ser. No era posible. Estaba alucinando. La deshidratación y la desesperación la habían empujado finalmente al precipicio de la locura. Se aferró al catre, con el aliento contenido en la garganta.
—¡Lexi! ¡Respóndeme!
Sonaba igual que él.
—¿Hawk? —intentó incorporarse, pero el esfuerzo hizo que cayera de rodillas. El mundo se inclinó de forma peligrosa y apoyó la mano contra la pared para sostenerse.
—¿Hawk? —llamó de nuevo, esta vez más fuerte, con la voz quebrada al pronunciar su nombre.
La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared con una fuerza que hizo vibrar las ventanas. Por un momento creyó que la luz del sol que entraba a raudales la había cegado, pero entonces la silueta de él llenó el marco.
Era él. Era Hawk.
Había venido a por ellos.
Fuerte, de hombros anchos y gloriosamente vivo, estaba allí plantado como un guerrero de otro mundo. Su pecho subía y bajaba con fuerza mientras inspeccionaba la habitación, con el fusil colgado al pecho.
—Lexi. Gracias a Dios.
Cruzó la estancia y se arrodilló frente a ella, sujetándola por los hombros como para anclarla al sitio.
—Ya te tengo, cielo. Ahora estás a salvo.
Ella se desplomó en sus brazos, sollozando.
—¿Has venido a por mí?
—Por supuesto que sí —dijo él con fiereza, estrechándola contra sí—. Te quiero. No habría permitido que te pasara nada por nada del mundo.
Ella hundió el rostro en su pecho, inhalando su aroma familiar: sudor, tierra y algo que era únicamente de Hawk. ¿Acababa de decir que la quería? La sensación irreal de alivio fue efímera. Se apartó de pronto, con los ojos muy abiertos por el pánico.
—Moyo —articuló con dificultad, señalando el catre—. Hawk, se está muriendo. No sé qué hacer. Lo he intentado todo... —se le quebró la voz mientras nuevas lágrimas le rodaban por la cara.
Hawk giró la cabeza bruscamente hacia el niño, con expresión endurecida. Gritó por encima del hombro:
—¡Phoenix! ¡Entra aquí ahora mismo!
Un hombre alto, un gigante de hombros anchos, entró en la habitación moviéndose con precisión militar. Sus ojos agudos escrutaron la estancia en busca de amenazas.
—¿Dime?
—Necesitamos una medevac para el chico.
—Enseguida. —Metió la mano en su mochila para sacar lo que ella supuso que era un teléfono satelital—. Se lo comunicaré a Pat.
—Edmond —susurró ella cuando el guardabosques entró tras ellos. Él se acercó rápidamente con una cantimplora y se la ofreció.
—Toma, bebe.
Le temblaban las manos al coger la cantimplora; su peso resultaba casi excesivo para sus débiles brazos.
Hawk puso una mano firme sobre la de ella, guiando la cantimplora a sus labios.
El agua estaba fresca y dulce, y bebió con avidez; el líquido alivió su garganta reseca. El aturdimiento empezó a remitir.
—¿Cuánto tardarán? —preguntó ella, mordiéndose el labio.
—Poco.
Ella esperaba que tuviera razón.
—Los rebeldes —murmuró, apoyando la cabeza en el hombro de Hawk. Aún no podía creer que él estuviera allí, que hubiera ido a buscarla.
—No te preocupes por ellos —dijo él—. Ya nos hemos encargado de eso.
—¿Quieres decir que...?
Él asintió.
Las lágrimas afloraron de nuevo, pero esta vez eran de alivio. Estaban a salvo. Real y verdaderamente a salvo.
Ahora, si tan solo pudieran llevar a Moyo a un hospital a tiempo...
—Se va a poner bien —dijo Hawk, como si le leyera el pensamiento—. Le conseguiremos la atención que necesita.
—¿Estás seguro? Está muy mal.
—No dejaré que le pase nada —masculló Hawk contra su oído—. Confía en mí, Lexi. No voy a permitir que os vuelva a pasar nada malo a ninguno de los dos nunca más.