Capítulo 24
L a pendiente era agotadora. A Hawk le ardían los muslos con cada paso mientras avanzaban cuesta arriba con un ritmo implacable, a pesar de que la altitud les mermaba las fuerzas.
El sendero se estrechaba hasta convertirse en una angosta senda, flanqueada por un denso follaje a un lado y un precipicio al otro.
Sus pulmones se expandían, aspirando un aire fino y frío.
Escudriñaba los alrededores, con los ojos saltando de una sombra a otra, atentos a cualquier movimiento entre la maleza.
Phoenix, que encabezaba la formación, levantó de pronto un puño cerrado. Hawk se detuvo de inmediato, subiéndose el fusil al hombro con un movimiento seco. Detrás de él, Viper y Edmond se quedaron petrificados. Nadie hablaba. El aire vibraba de tensión, con todos los sentidos en alerta máxima.
Voces.
Hawk aguzó el oído para identificar la dirección.
Un murmullo bajo llegaba a través de los árboles que tenían delante: tonos graves y masculinos puntuados por estallidos de risas.
Se agachó, haciendo una señal a los demás para que hicieran lo mismo, y le indicó a Phoenix que confirmara la procedencia.
Phoenix desapareció en dirección a la meseta. A través de la espesura, pudieron ver un terreno fértil de hierba salpicado de ganado pastando y, resguardado en un valle tranquilo más abajo, un pueblo.
Ahí debía de estar Lexi.
Phoenix regresó moviéndose sin hacer ruido entre los arbustos que flanqueaban el sendero. Cuando llegó a su altura, susurró:
—Cuatro tangos. Dispersaos, pero sin salir del alcance. Parece que se preparan para moverse.
—¿Van a atacar el pueblo? —preguntó Hawk.
Él asintió.
—Todos llevan AK y parece que van en serio.
—¿Cómo quieres manejar esto? —preguntó Viper.
Phoenix no dudó.
—Yo flanquearé por la derecha y daré un rodeo para ponerme detrás de ellos. Viper, tú y Hawk coged la izquierda. Edmond, quédate donde estás por ahora y cúbrenos. Atentos a mi señal.
Edmond asintió secamente, aferrando su arma con los nudillos blancos por el esfuerzo.
Hawk asintió. Había llegado el momento de acabar con esos bastardos que habían estado cazando a su mujer. No lo había olvidado. Sigilo y velocidad; aún conservaba ambas cosas. —Hagámoslo rápido. Tenemos que llegar al pueblo antes de que anochezca.
Viper agarró la correa de su fusil.
—Rápido y silencioso. Recibido.
—En marcha —susurró Phoenix.
Observaron cómo Phoenix se fundía con la maleza, con movimientos fluidos y deliberados.
Hawk y Viper esperaron un instante antes de desviarse a la izquierda, midiendo cada paso para evitar el crujido de las ramas o el desprendimiento de piedras sueltas.
Edmond se quedó atrás, vigilando el perímetro en busca de cualquier señal de refuerzos.
El pulso de Hawk se estabilizó; su respiración era lenta y controlada.
El peso del fusil resultaba natural en sus manos, una extensión familiar de su cuerpo perfeccionada tras años de entrenamiento en los SEAL.
Su mente entró en modo operativo: calculando ángulos, evaluando riesgos, repasando contingencias.
Los rebeldes no habían apostado a ningún vigía; su postura era relajada y su atención estaba centrada en ellos mismos.
Un error que no vivirían lo suficiente para lamentar.
A medida que se acercaban, su instinto tomó el mando. A veinte yardas, le hizo una señal a Viper para que mantuviera la posición. Se agacharon tras un grupo de arbustos altos, cuyo follaje proporcionaba la cobertura justa para ocultar su aproximación.
Consultó su reloj. Phoenix estaría en posición de un momento a otro.
Hawk apretó la M4 Carbine que llevaba cruzada al pecho; su peso familiar le infundía confianza.
El protocolo SEAL se activó y su mente ya estaba asignando arcos de fuego.
Viper y él se encargarían del lado izquierdo del grupo, mientras que Phoenix despejaría el derecho.
Una formación de emboscada estándar de dos y dos. Limpia y eficiente.
—¿Listo? —murmuró Viper en un susurro apenas audible.
Él asintió.
Los segundos pasaban, cada uno estirándose como una eternidad. Entonces, muy débilmente, Hawk oyó el crujido de una bota sobre hojas secas. Phoenix.
Viper levantó la mano en una cuenta silenciosa. Tres. Dos. Uno.
Atacaron en perfecta sincronía.
Hawk se levantó con fluidez de su cobertura, fijando su fusil en el rebelde más cercano.
Apretó el gatillo dos veces, de forma rápida y controlada.
Las balas de 5,56 mm impactaron en el centro de la masa, y la fuerza del impacto lanzó al rebelde hacia atrás.
Su AK-47 se le resbaló de las manos mientras se desplomaba en el suelo.
A su lado, los disparos de Viper cortaron el aire: dos ráfagas rápidas dirigidas al rebelde más cercano al árbol. El hombre ni siquiera tuvo tiempo de levantar su arma antes de caer, con el cuerpo doblándose como una muñeca de trapo.
Al otro lado del claro, Phoenix emergió de las sombras.
Sus movimientos eran precisos, metódicos, como los de un depredador cercando a su presa.
Disparó dos veces seguidas con doble toque, y los disparos dieron en el blanco con una precisión letal.
Ambos rebeldes cayeron donde estaban, y sus cuerpos golpearon el suelo casi en perfecta sincronización.
El silencio que siguió fue atronador.
Hawk recorrió el claro con la mirada, pasando el fusil por encima de los cadáveres. No había movimiento. No se oía más sonido que el lejano susurro de las hojas y el tenue balido del ganado al fondo.
—Despejado —anunció, con la adrenalina recorriéndole las venas.
Phoenix se acercó.
—Demasiado fácil —masculló, tocando uno de los cuerpos con la punta de la bota.
—El exceso de confianza te matará aquí fuera —respondió Viper con tono sombrío. Se agachó junto a uno de los rebeldes para inspeccionar el arma. AK-47. Cargada a tope. Parece que estaban preparados para tener problemas.
—No lo suficiente —dijo Hawk con la mirada afilada. Se volvió hacia Edmond, que acababa de entrar en el claro con expresión estoica pero con los ojos muy abiertos por la inquietud—. ¿Alguna novedad?
Edmond negó con la cabeza.
—Sin refuerzos. Solo eran ellos.
Hawk soltó un suspiro lento, aflojando el agarre del fusil.
—Bien. Registrad los cuerpos. Ved si tienen algo útil: mapas, inteligencia, suministros. Si no, dirijámonos al pueblo.
Phoenix y Viper se movieron rápido, con manos metódicas mientras registraban los bolsillos y mochilas de los rebeldes. Hawk montaba guardia, escudriñando la línea de árboles en busca de cualquier movimiento, pero no había nada.
—Tengo algo —exclamó Viper, mostrando un trozo de papel arrugado. Lo desdobló, frunciendo el ceño mientras estudiaba el contenido—. Es un mapa dibujado a mano. Parece el pueblo que tenemos delante.
Hawk exhaló.
—De acuerdo, entonces. En marcha.