Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 19
83%

Capítulo 19

N ueva York.

Hawk estaba sentado en su elegante oficina de Nueva York, con la vista fija en las hojas de cálculo que brillaban en el monitor, aunque los números no significaban nada para él.

Su escritorio, habitualmente un emblema de control y autoridad, se sentía frío y sin vida.

El zumbido del aire acondicionado y el estruendo lejano del tráfico de Manhattan no hacían más que resaltar el silencio opresivo de la estancia.

Su mente no estaba en Nueva York. No lo había estado desde el momento en que se bajó del avión hace un mes. Ninguna cantidad de reuniones, acuerdos o estrategias lograba distraerle de la fuerza de atracción de la selva, de aquel rostro que rondaba cada uno de sus pensamientos.

Lexi.

Estaba en todas partes. Se la imaginaba en la clínica, con las manos firmes y seguras mientras curaba a los gorilas heridos.

Imaginaba la forma en que sonreía cuando le llevaba té helado durante los descansos en la obra, con su hoyuelo asomando y sus ojos brillando con una discreta picardía.

Incluso se sorprendía preguntándose si estaría riendo en ese momento —probablemente por algo que hubiera dicho Moyo— o si estaría trabajando, con el pelo recogido en esa coleta práctica que, de alguna manera, solo conseguía que estuviera más guapa.

Joder, cómo la echaba de menos.

Hawk tensó la mandíbula y se reclinó en la silla, pasándose una mano por el pelo.

Siempre se había sentido orgulloso de ser un hombre con autocontrol, alguien capaz de compartimentar.

Pero Lexi lo había hecho añicos, dejándolo expuesto y desequilibrado.

Ella le había hecho sentir cosas que nunca se había permitido experimentar antes; cosas que ni siquiera estaba seguro de querer sentir.

Y lo había echado todo a perder.

Pedirle que se fuera con él había sido un error desesperado y egoísta.

Conocía su pasado, sus sacrificios, su arraigada necesidad de forjar su propio camino.

Y aun así, consumido por el pánico a perderla, lo había ignorado todo.

Se había agarrado a un clavo ardiendo, con la esperanza de que ella abandonara todo aquello por lo que había luchado para seguirle.

¿Cómo había podido pedirle algo así?

Se sentía avergonzado de sí mismo, de su arrogancia, de su incapacidad para ver que amarla significaba dejarla ser quien era.

Debería haberse quedado. El pensamiento le golpeó como un puñetazo en el estómago.

Podría haberse quedado más tiempo, haber buscado una solución.

Pero no, el deber había llamado a su puerta.

La junta directiva había exigido su regreso y, como el buen soldado que solía ser, había obedecido las órdenes.

Se había convencido a sí mismo de que no tenía elección, pero ahora sabía que no era cierto. Podría haber sacado tiempo.

Debería haber sacado tiempo.

Sus pensamientos derivaron hacia Moyo. El rostro del niño surcado de lágrimas mientras el camión de la ONU se alejaba estaba grabado a fuego en su memoria.

Había querido decirle algo para consolarle, prometerle que volvería, pero las palabras se le habían quedado atascadas en la garganta.

Los había abandonado a los dos —a Lexi y a Moyo— y la culpa le pesaba como el plomo.

—Tengo que espabilar —masculló, frotándose las sienes mientras un golpe en la puerta le sacaba de su espiral de pensamientos.

Grace entró, con su actitud práctica y resuelta de siempre. —Le he traído un poco de té —dijo, dejando una bandeja sobre el escritorio—. Y un sándwich. Ha vuelto a saltarse el almuerzo.

—Me acabas de salvar la vida, Grace. —Esbozó una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.

Ella le observó un instante; a su mirada afilada no se le escapaba nada. —No es usted el mismo desde que volvió. África sigue en su cabeza, ¿verdad?

Él no respondió, pero la verdad debía de estar escrita en su rostro. Grace suspiró y le dio una palmadita en el hombro. —Dígame si necesita cualquier cosa —dijo antes de dejarle a solas con sus cavilaciones.

La tarde se hizo eterna. Hawk cumplía con los trámites del trabajo, pero no ponía el corazón en ello. Miró su reloj. Las cuatro y media. Suficientemente cerca de la hora de salir. Estaba empezando a guardar su portátil cuando sonó el teléfono.

La línea chasqueó y el corazón le dio un vuelco. La estática era inconfundible: era una llamada de larga distancia.

—¿Dígame? —dijo, con la voz tensa por la expectación.

—Hawk, soy Robert.

El alivio le inundó, seguido inmediatamente por un pico de ansiedad. Robert rara vez llamaba a menos que fuera algo grave.

—¿Qué está pasando? —soltó Hawk.

La voz de Robert sonaba tensa; las palabras salían atropelladas. —Me temo que son malas noticias. Ha habido otro ataque. Los rebeldes han asaltado el santuario.

A Hawk se le cayó el alma a los pies. Apretó el teléfono con fuerza. —¿Qué ha pasado?

—Han venido en masa, más de cuarenta, armados hasta los dientes. No hemos podido contenerlos. Estelle y yo hemos salido vivos de milagro. La ONU nos ha recogido a cinco millas al oeste del parque.

El corazón de Hawk latía con fuerza, pero las siguientes palabras de Robert le golpearon como un tren de mercancías.

—Hawk, Lexi ha desaparecido.

El tiempo pareció detenerse. El mundo se redujo a esas palabras, que retumbaban en su cráneo.

—¿Cómo que desaparecida ? —exigió, con voz baja y peligrosa.

—Se quedó atrás con Patrick para trasladar a los animales heridos. No llegó al punto de evacuación. —A Robert se le quebró la voz—. Tuvimos que irnos sin ella. No hubo elección.

La visión de Hawk se nubló por una rabia ardiente y un miedo gélido. Apenas podía procesar lo que Robert decía.

Lexi, sola en la selva, con los rebeldes acechando.

—¿Qué se está haciendo para encontrarla? —ladró, mientras sus instintos de SEAL entraban en acción.

—Nada —admitió Robert, con la voz cargada de culpa—. El ejército no da abasto y la ONU no puede enviar a nadie de vuelta. Esto es el caos, Hawk. Todo el lugar está al borde de una guerra civil.

Hawk golpeó el escritorio con el puño, haciendo que la bandeja del té traqueteara. —Eso es inaceptable.

Robert intentó explicarse, pero Hawk no escuchaba. Su mente ya trabajaba a toda velocidad, formulando un plan. Ya no era el CEO de una corporación. Era el Navy SEAL, el soldado, el hombre que crecía bajo presión y conseguía resultados.

—Voy para allá. —Su voz era dura como el acero.

—No puedes —protestó Robert—. Es demasiado peligroso.

—No me importa —gruñó Hawk—. Ella está ahí fuera, y no voy a dejarla con los lobos, joder.

Colgó e inmediatamente empezó a hacer llamadas. Primero a Grace, ordenándole que le reservara el primer vuelo a Kinshasa.

—Pero se va a Ecuador la semana que viene —protestó ella, pero él la interrumpió con un tono que no admitía réplica.

Después llamó a Patrick, un viejo compañero SEAL.

Pat Burke, ya retirado de la Marina, dirigía una unidad de élite de exmilitares y veteranos de los SEAL a los que Hawk acudía a menudo para protección cercana en regiones volátiles.

Le expuso el problema y Pat prometió enviar a dos operativos competentes para ayudarle a moverse por el territorio de la selva controlado por los rebeldes y traer a Lexi de vuelta.

Para cuando Doug, su capaz y eficiente director financiero, entró en su oficina, Hawk era un hombre con una misión. Su habitual apariencia pulcra había sido sustituida por algo crudo y primario.

—Vuelvo a África —le dijo a Doug sin preámbulos—. Tú estás al mando hasta que regrese.

—¿Y qué hay de Ecuador? —preguntó Doug, alarmado.

—Tendrás que encargarte tú —dijo Hawk, agarrando su bolsa de equipo—. Llévate a Max contigo. Es el jefe de ingeniería. Está perfectamente capacitado para evaluar el proyecto.

—¿Qué vas a hacer en África? —preguntó Doug, siguiéndole fuera del despacho.

—Arreglar un error.

Mientras salía del edificio, su mente estaba centrada con total nitidez. No había lugar para la duda, ni para el miedo. Encontraría a Lexi. La traería de vuelta.

Y que Dios ayudara a quien se interpusiera en su camino.