Capítulo 13
H awk entró en la clínica a la mañana siguiente sobre las seis y media. Sabía que Lexi madrugaba y que ya estaba en la clínica antes de que saliera el sol. Ella le había dicho que no se perdiera, así que había esperado un día antes de darle la sorpresa.
—Oye, pasaba a saludar antes de empezar a trabajar. —Robert se había empeñado en que empezaran temprano para no tener que trabajar cuando el sol convirtiera el claro en un horno.
Ella se giró, esbozando una sonrisa vacilante. No llegaba a ser un hoyuelo, pero le faltaba poco. —Hola. ¿Quieres un café? Estaba a punto de tomarme uno.
—Sí, por favor.
Él puso dos tazas sobre la mesa y ella las llenó con café de la cafetera. —Has llegado en el momento perfecto.
Él sonrió. —Ese era mi plan.
Salieron fuera y se sentaron en dos sillas destartaladas en el porche, con vistas al claro.
Era lo bastante temprano como para que el sol aún no hubiera calentado el suelo, y una bruma baja se desplegaba al pie de los árboles en el borde de la explanada.
El aire estaba cargado con el aroma de la tierra húmeda y el leve olor a rancio de la vegetación mojada.
—Va a ser otro día de calor brutal —dijo Lexi, contemplando el cielo azul pálido y sin nubes. Un halcón solitario flotaba en las corrientes de aire, ojeando el terreno en busca de desayuno.
—A ti no parece molestarte demasiado —observó él.
—Te acabas acostumbrando. Cuando llegué por primera vez, me derretía. Ahora ya me he aclimatado, así que no me molesta tanto.
A lo lejos, el reclamo de los pájaros que despertaban perforaba el bajo zumbido de la selva. Cerca del recinto de los gorilas, los trabajadores se iban reuniendo con tazas humeantes de café en la mano, charlando en voz baja mientras se preparaban para la jornada que tenían por delante.
Todo el mundo seguía el horario previsto.
Un pelotón de soldados de la ONU merodeaba cerca, con los fusiles colgados al hombro.
Su escolta diaria se había convertido en una rutina.
Los lugareños se negaban a caminar por las zonas controladas por los rebeldes sin protección, y Hawk no tenía inconveniente en pagar la cuenta para garantizar su seguridad.
No es que eso le hiciera sentirse mucho mejor con la situación.
Le quemaba que esta gente —que solo intentaba ganarse la vida a duras penas— tuviera que pagar por lo que debería haber sido un derecho básico: la seguridad. Pero África no funcionaba así.
Este país se regía por sus propias reglas; eso lo había aprendido tras muchas horas conversando con Robert en el Lodge. Los señores de la guerra locales y los rebeldes controlaban regiones enteras y usaban su poder para explotar recursos, extorsionar con impuestos y esclavizar a los trabajadores.
Aquí, a la sombra de una de las mayores minas de estaño de la región, la tensión entre las fuerzas gubernamentales y las facciones rebeldes era palpable.
Usala Park, con su fauna en peligro de extinción y su esperanzador santuario, a menudo se encontraba en medio del fuego cruzado.
Era un ecosistema frágil en todos los sentidos de la palabra.
Charlaron un rato, sobre todo de sus respectivos planes para el día, y luego Hawk se bebió lo que quedaba de su café. —Será mejor que me ponga a trabajar.
—Claro, yo también.
Los obreros empezaron a moverse, terminando su café y recogiendo las herramientas. Cerca, un grupo de niños jugaba con palos y un neumático viejo; sus risas rompían el silencio de la mañana. Hawk sonrió; le encantaba el sentido de comunidad que había en el santuario.
Moyo, el chico con el que había hablado el otro día, se acercó corriendo. Sujetaba con fuerza la navaja que él le había regalado. —¿Señor Hawk, está listo para trabajar?
Él sonrió de oreja a oreja. —Sí, chaval, claro que sí.
Lexi sonrió, y esta vez él sí le vio los hoyuelos.
—Luego nos vemos —gritó él mientras se alejaba para unirse a los demás.
Ella se despidió con la mano y, solo por un momento, a él se le alegró el corazón.
Era casi la hora del almuerzo cuando Hawk levantó la vista y vio a Lexi salir de la clínica.
La luz del sol realzaba los tonos cobrizos de su pelo, haciéndola parecer más una ninfa que nunca.
Llevaba una bandeja de té helado y un plato de sándwiches.
Él había estado trabajando en la construcción de un muro de ladrillos, enseñándole a Moyo cómo se hacían las cosas, por así decirlo.
Era un trabajo básico y manual, pero lo estaba disfrutando.
Con el sol en la espalda, el sonido de los hombres trabajando a su alrededor y Moyo a su lado, ¿qué podía haber mejor?
Se secó el sudor de la frente. Hacía calor, la verdad, y le vendría bien un descanso y algo de comer. Moyo miraba los sándwiches con avidez.
—Hora de comer —dijo ella, dejando la bandeja sobre un montón de ladrillos.
—Gracias, señorita Lexi —dijo Moyo, ofreciéndole una sonrisa tímida.
—De nada, Moyo. —Ella le sonrió al chico antes de dirigirse a él—. ¿Cómo va la cosa?
—Bien, estamos progresando. —Esta sería la pared trasera de su nueva oficina cuando estuviera terminada.
—Estoy aprendiendo a levantar un muro, señorita Lexi —dijo Moyo con orgullo.
—Ya lo veo. Un trabajo excelente.
Él resplandeció y alargó la mano para coger un sándwich.
—Hace mucho calor aquí fuera —dijo ella, mirando hacia arriba. El sol estaba casi en su cenit, mientras la humedad volvía a alcanzar niveles disparatados.
—Sí, lo sé. Pararemos a las dos y empezaremos de nuevo a las seis, cuando ya no pegue con tanta fuerza.
Ella asintió hacia Moyo y le lanzó a él una mirada intencionada.
—Espera un momento —murmuró él, y desapareció en la oficina provisional que usaban como base para la construcción. Cuando regresó, traía una gorra de béisbol. Se agachó y se la entregó a Moyo—. Toma. Esto te protegerá la cabeza del sol.
La cara del niño se iluminó mientras le daba vueltas a la gorra entre las manos, rozando con los dedos el logotipo bordado. —¿Qué dice?
—Es de los Yankees —dijo Hawk con una sonrisa—. Mi equipo de béisbol favorito. Ahora pareces un auténtico fan.
Moyo sonrió de par en par y se encasquetó la gorra, ajustándose la visera hasta que le quedó perfecta.
La sonrisa de Lexi fue agradecimiento suficiente.
—Será mejor que vuelva —dijo ella, señalando la clínica.
—Gracias por el almuerzo —le gritó él cuando ya se alejaba.
Hawk y Moyo se comieron sus sándwiches, sentados en algo de sombra al borde del claro. Moyo se ajustó su gorra nueva, mirando de reojo a Hawk.
—La señorita es una mujer muy buena —dijo en francés.
Hawk respondió de la misma manera. —Sí. Lo es.
—Me ayuda mucho —continuó el chico con tono serio—. Me dijo que no me fuera con los rebeldes.
Hawk se quedó helado, con el vaso a medio camino de los labios. —¿Los rebeldes?
Moyo se quedó mirando su bebida. —Se llevan a chicos como yo. Nos enseñan a luchar, a ser soldados. Yo no quiero, pero a veces no tenemos elección.
La mandíbula de Hawk se tensó. Las palabras del chico le impactaron más fuerte de lo que esperaba.
Había leído sobre los niños soldados, visto los titulares y los informes, pero oírlo de boca de Moyo, un chaval al que había empezado a conocer, lo hacía real de una forma para la que no estaba preparado.
—Tiene razón. No tienes que irte con ellos —dijo con firmeza—. Tienes otra opción, Moyo. Eres bueno con las manos. Puedes quedarte aquí, aprender un oficio. Ser como tu padre.
La expresión de Moyo se ensombreció. —Mi padre ha muerto.
Hawk exhaló, incapaz de contener una oleada de ira. Las injusticias de este lugar —las cosas que estos niños se veían obligados a soportar— eran abrumadoras. Pensaba que lo había visto todo, pero esto era otra cosa.
Mientras estaban sentados en silencio, la mirada de Hawk se desvió de nuevo hacia el porche de la clínica, donde Lexi estaba poniendo un cuenco de agua para los perros callejeros que se habían instalado en el santuario. Siempre pensando en los demás, siempre poniéndose en segundo plano.
No era solo su amabilidad, aunque eso era parte. Era su fuerza. Su capacidad para prosperar en este lugar brutal y despiadado. La admiraba. El pensamiento le sorprendió. No admiraba a mucha gente, pero ella era una excepción.
—Bueno —dijo Moyo, interrumpiendo sus pensamientos—, ¿volvemos al trabajo?
Hawk miró al chico y asintió. —Volvemos al trabajo.
Juntos, caminaron de regreso a la obra mientras el sol seguía subiendo en el cielo.